Solemnidad de San José
19 de marzo de 2005

La homilía de Betania


1.- JOSÉ, CUMPLIÓ LA VOLUNTAD DE DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

2.- SAN JOSÉ: UN EMPUJE HACIA LA PASCUA

Por Javier Leoz

3.- LOS JÓVENES ESPOSOS

Por Ángel Gómez Escorial


1.- JOSÉ, CUMPLIÓ LA VOLUNTAD DE DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

1. La figura de san José nos viene presentada por los textos evangélicos. José es el hombre abierto a la Palabra de Dios, receptor y acogedor de esta Palabra de Dios, que le llega –según el género literario de la Escritura– por medio de un sueño y a través de un ángel. Duerme José, ciertamente, pero a la vez está en disposición de oír la voz del ángel. Parece desprenderse lo que el Cantar de los Cantares había proclamado: “Yo dormía, pero mi corazón estaba vigilante”. Reposan los sentidos exteriores, pero el fondo del alma se puede franquear.

Tenemos una figuración del hombre que, desde lo profundo de sí mismo, puede oír lo que resuene en su interior o se lo diga desde arriba; del hombre cuyo corazón está lo suficientemente abierto como para recibir lo que el Dios vivo y su ángel le comuniquen. En esa profundidad el alma de cualquier hombre se puede encontrar con Dios. Desde ella Dios nos habla a cada uno y se nos muestra cercano.

Sin embargo, la mayoría de las veces nos hallamos invadidos por cuidados, inquietudes, expectativas y deseos de todas clases; tan repletos de imágenes y apremios producidos por el vivir de cada día, que, por mucho que vigilemos externamente, se nos pide la interna vigilancia y, con ella, el sonido de las voces que nos hablan desde lo más íntimo del alma. Ésta se halla tan cargada de cachivaches, y son tantas las murallas elevadas en su interior, que la voz suave del Dios próximo no puede hacerse oír.

2. La palabra recibida en sueños por José aclara sus dudas y –así lo aclara el Evangelio– al despertar, viendo claro qué misión se le confiaba, “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.” Ese José que duerme, pero que al mismo tiempo se halla presto para oír lo que resuena por dentro y desde lo alto –porque no es otra cosa lo que acaba de decirnos el Evangelio de este día–, es el hombre en el que se unen el íntimo recogimiento y la prontitud. Desde el silencio de su vida, nos invita a retirarnos un poco del bullicio de los sentidos; a que recuperemos también nosotros el recogimiento; a que sepamos dirigir la mirada hacia el interior y hacia lo alto, para que Dios pueda tocarnos el alma y comunicarnos su Palabra.

3. Ese José que vemos está pronto para erguirse y, como dice el Evangelio, cumplir la voluntad de Dios. Así toma contacto con el centro de la vida de María y con la respuesta que dio Ella en el momento decisivo de su existencia: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mi según tu Palabra.” En José sucede lo mismo con su disposición a levantarse: “Aquí tienes a tu siervo. Dispón de mí. Haz de mí lo que quieras”. Coincide su respuesta con la de Isaías en el instante de recibir la vocación: “Heme aquí, Señor. Envíame”. Esa llamada y esa respuesta de José informarán su vida entera en adelante. Pero también hay otro texto de la Escritura que viene aquí a propósito: el anuncio que Jesús hace a Pedro cuando le dice: “Te llevarán adonde tú no quieras ir”. José, con su presteza, lo ha hecho regla de su vida: porque se halla preparado para dejarse conducir, aunque la dirección no sea la que él quiere. Su vida entera es una historia de amor y de correspondencia a la llamada de amor.

Comenzó con la primera comunicación de las alturas: La del ángel al darle información sobre el secreto de la maternidad divina de María, el misterio de la llegada del Mesías. De improviso, la idea que se había hecho de una vida discreta, sencilla y apacible, resulta trastornada cuando se siente incorporado a la aventura de Dios entre los hombres. Al igual que sucediera en el caso de Moisés ante la zarza ardiente, se ha encontrado cara a cara con un misterio del que le toca ser testigo y copartícipe. Muy pronto ha de saber lo que ello implica: que el nacimiento del Mesías no podrá suceder en Nazaret. Ha de partir para Belén, que es la ciudad de David; pero tampoco será en ella donde suceda: porque los suyos no le acogieron. Apunta ya la hora de la Cruz: porque el Señor ha de nacer en las afueras, en un establo. Luego viene, tras la nueva comunicación del ángel, la salida de Egipto, donde ha de correr la suerte de los sin techo y sin patria: refugiados, extranjeros, desarraigados que buscan un lugar donde instalarse con los suyos.

Volverá, pero sin que hayan terminado los peligros. Más tarde sufrirá la dolorosa experiencia de los tres días durante los que Jesús está perdido, esos tres días que son como un presagio de los que mediarán entre la Cruz y la Resurrección: días en los que el Señor ha desaparecido y se siente su vacío. Y, al igual que el Resucitado no habrá de retornar para vivir entre los suyos con la familiaridad de aquellos días que se fueron, sino que dice: “No quieras retenerme, porque he de subir al Padre, y podrás estar conmigo cuando tú también subas”, así ahora, cuando Jesús es encontrado en el Templo, reaparece en primer plano el misterio de Jesús en lo que tiene de lejanía, de gravedad y de grandeza. José se siente, en cierto modo, puesto en su sitio por Jesús, pero a la vez encaminado hacia lo alto. “Yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre.” Es como si le dijera: “Tú no eres padre mío, sino guardián, que, al recibir la confianza de este oficio, has recibido el encargo de custodiar el misterio de la Encarnación.”

4. Y morirá por fin José sin haber visto manifestarse la misión de Jesús. En su silencio quedarán sepultados todos sus padecimientos y esperanzas. La vida de este hombre bueno y justo no ha sido la del que, pretendiendo realizarse a sí mismo, busca en sí solamente los recursos que necesita para hacer de su vida lo que quiere. Ha sido el hombre que se niega a sí mismo, que se deja llevar adonde no quería. No ha hecho de su vida cosa propia, sino una realidad que dar y entregar. Es el hombre totalmente dado a los demás. No se ha guiado por un plan que hubiera concebido su inteligencia y decidido su voluntad, sino que, respondiendo a los deseos de Dios, ha renunciado a su voluntad para entregarse a la del “totalmente otro”, la voluntad grandiosa del Altísimo. Pero es exactamente en esta íntegra renuncia de sí mismo donde el hombre se descubre, y descubrimos su grandeza.

Porque tal es la verdad: que solamente si sabemos perdernos, si nos damos, podremos encontrarnos. Cuando esto sucede, no es nuestra voluntad quien prevalece, sino ésa del Padre a la que Jesús se sometió: “No se haga mi voluntad, sino la tuya.” Y como entonces se cumple lo que decimos en el padrenuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, es una parte del cielo lo que hay en la tierra, porque en ésta se hace lo mismo que en el cielo. Por esto san José nos ha enseñado, con su renuncia, con su abandono que en cierto modo adelantaba la imitación de Jesús crucificado, los caminos de la fidelidad, de la resurrección y de la vida.

5. Mirando a ese José peregrino de la fe, comprendemos que, a partir del momento en que supiera del Misterio, su existencia sería la del que está siempre en camino, en un constante peregrinar. Fue así la suya una vida marcada por el signo de Abrahán: porque la historia de Dios entre los hombres, que es la historia de sus elegidos, comienza con la orden que recibiera el padre de la estirpe: “Sal de tu tierra para ser un extranjero”. Y por haber sido una réplica de la vida de Abrahán, se nos descubre José como una prefiguración de la existencia del cristiano. Podemos comprobarlo con viveza singular en la primera carta de san Pedro y en la de Pablo a los Hebreos. Como cristianos que somos –nos dicen los Apóstoles– debemos considerarnos extranjeros, peregrinos y huéspedes. Porque nuestra morada, como dice san Pablo en su carta a los Filipenses, nuestra ciudadanía está en los cielos.

Hoy suenan mal estas palabras sobre el cielo: porque tendemos a creer que, apartarnos de cumplir nuestros deberes en la tierra, nos enajena de nuestro mundo. Tendemos a creer que nuestra vocación no es solamente hacer un paraíso de la tierra y en ésta concentrar nuestras miradas, sino a la vez dedicarle por completo el corazón y los esfuerzos de nuestras manos. Pero sucede en la realidad que, al comportarnos de ese modo, lo que estamos haciendo es justamente destrozar la creación. Ello es así porque, en el fondo, los anhelos del hombre, la saeta de sus ambiciones, apuntan en dirección al infinito. De aquí que, hoy más que nunca, comprobemos que únicamente Dios puede saciar al hombre por completo. Estamos hechos de tal forma, que las cosas finitas nos dejan siempre insatisfechos, porque necesitamos mucho más: necesitamos el amor inagotable, la verdad y la belleza ilimitadas.

Aunque ese anhelo sea insuprimible, podemos, por desgracia desplazarlo de nuestros horizontes, y con ello perseguir las plenitudes buscando únicamente en lo finito. Queriendo tener el cielo ya en la tierra, esperamos y exigimos todo de ella y de la actual sociedad. Pero, en su intento de extraer de lo finito lo infinito, el hombre pisotea la tierra e imposibilita una ordenada convivencia social con los demás, porque a sus ojos cada uno de los otros aspectos aparece como amenaza u obstáculo; y porque arranca del mundo material y del biológico algunos componentes que necesitaría preservar para sí mismo. Tan sólo cuando aprendamos nuevamente a dirigir nuestras miradas hacia el cielo, brillará también la tierra con todo su esplendor. Únicamente cuando vivifiquemos las grandes esperanzas de nuestros ánimos con la idea de un eterno estar con Dios, y nos sintamos nuevamente peregrinos hacia la Eternidad, en vez de aherrojarnos a esta tierra, sólo entonces irradiarán nuestros anhelos hacia este mundo para que tenga también él esperanza y paz.


2.- SAN JOSÉ: UN EMPUJE HACIA LA PASCUA

Por Javier Leoz

1.- El 19 de marzo, a horas escasas del Domingo de Ramos, la iglesia nos propone a nuestra consideración una figura de fe, equilibrada, respetuosa, y emblemático eslabón del Antiguo con el Nuevo Testamento: San José.

Esta fiesta acentúa y nos dispone a lo que nos queda por vivir y celebrar en estos próximos días: San José desplegó el telón, desde el principio, (con delicadeza y humildad, sin ruido y sin apariencia alguna) para que los ojos del pueblo pusieran su atención en Aquel que venía en el nombre del Señor. ¡Hosanna al Hijo de David!

--San José, ante el paso del Señor por nosotros, nos invita a acogerle como él lo hizo en Belén: sin objeción y con contemplación. ¿Seremos conscientes que, nuestra oración en esta jornada, puede ser una buena palanca para que muchos jóvenes acojan la buena noticia de Jesús, y estén dispuestos a ofrecer sus vidas como sacerdotes? El Seminario, sigue teniendo aroma a carpintería, en él se siguen construyendo ilusiones e iglesia, futuro y esperanza. En él se siguen afinando altavoces que luego vibren con la hondura del evangelio.

--Sólo desde la docilidad, fiándonos de Dios, podremos sacar conclusiones bien prácticas para nuestra vida cristiana y siguiendo de cerca los pasos de Jesús.

--José, aunque las sagradas escrituras no lo señalen demasiado, estoy seguro que también pasaría lo suyo en su intento de seguir el ritmo de un niño, y de un joven que rompía esquemas y moldes, y por el que hasta su misma familia, en más de una ocasión, sería diana de incomprensiones y de dardos acusadores.

2.- Tal vez, el Jesús de la Pasión que vamos a revivir en estas próximas jornadas, tomó ejemplo de muchas actitudes y gestos de su padre adoptivo: José calló cuando tuvo que callar, obedeció aún sin comprender y silenciosamente (en la más estricta soledad o anonimato) desapareció de las páginas evangélicas.

¿No nos suena todo esto, a la actitud con la que Jesús emprende su camino hacia Jerusalén? Callará, obedecerá y silenciosamente (en un testamento de escasamente 7 palabras) morirá.

El viejo adagio nos dice aquello de “mucho ruido y pocas nueces”. En la vida de San José, por existir el silencio y la sobriedad junto con la profundidad, podemos concluir sin temor a equivocarnos que le acompañó una fe sólida, convencida, confiada y contrastada con la Palabra de Dios que se proclamaba en la sinagoga.

Vivamos con intensidad esta Semana Santa y, pidamos a Dios por intercesión de San José, que también en las horas decisivas de nuestro personal calvario podamos contar con Aquella que estuvo, lo dicta el corazón, en la cabecera cuando murió el Patriarca y a los pies de la cruz cuando murió Jesús: MARIA. Hasta en eso, Jesús y José, tuvieron algo en común a la hora de pasar del mundo al Padre.

Y como el resto de los días os ofrezco la siguiente oración

ORACION A SAN JOSÉ

Enséñanos, José,

cómo se es "no protagonista",

cómo se avanza sin pisotear,

cómo se colabora sin imponerse,

cómo se ama sin reclamar.

cómo se obedece sin rechistar

cómo ser eslabón entre el presente y el futuro

cómo luchar frente a tanta desesperanza

cómo sentirse eternamente joven

 

Dinos, José,

cómo se vive siendo "número dos",

cómo se hacen cosas fenomenales

desde un segundo puesto.

cómo se sirve sin mirar a quién

cómo se sueña sin más tarde dudar

cómo morir a nosotros mismos

cómo cerrar los ojos, al igual que tú,

en los brazos de la buena Madre.

 

Explícanos

cómo se es grande sin exhibirse,

cómo se lucha sin aplauso,

cómo se avanza sin publicidad,

cómo se persevera y se muere uno

sin esperanza de un póstumo homenaje

cómo se alcanza la gloria desde el silencio

cómo se es fiel sin enfadarse con el cielo.

Dínoslo, en este tu día, buen padre José.


3.- LOS JÓVENES ESPOSOS

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Hay una tradición que supone que José ya era un hombre maduro cuando se casó con María. Y, sin embargo, el conocimiento sociológico del pueblo judío en aquellos tiempos indica que los esponsales se hacían entre parejas muy jóvenes. Esa antigua tradición prefirió hacer a José viejo para justificar su desaparición temprana. De hecho, cuando se inicia la vida publica de Jesús, su padre adoptivo ya no aparece. Suponer su fallecimiento es lógico, pero no así su edad avanzada. En esos tiempos, la mortalidad era muy fuerte y, probablemente, la edad media de los judíos no pasaba de los 30 años. Por tanto, no es arriesgado suponer que José, el carpintero, fuese un joven de unos 20 años cuando se enfrentó al dilema planteado por el misterioso embarazo de María, tal como nos relata hoy el Evangelio de San Mateo. Y por ese camino --con esa idea-- queremos contemplar la ternura joven de ese matrimonio y la generosidad, tal vez ingenua, de José en los primeros momentos, premiada con la revelación de la existencia de su cercanía al Mesías.

2. - Después aparece, asimismo, la enorme responsabilidad de cuidar del Niño Dios, en, sin duda, unas condiciones adversas y peligrosas. Está ahí el viaje a Belén y luego la huida a Egipto. El premio terrenal estuvo en la vida plácida de Nazaret de los primeros años y que se desprende el relato en que se habla del Niño perdido y hallado en el Templo. Ni que decir tiene que meditar en torno a la Sagrada Familia puede ser un buen "trabajo" para este día de San José.

3. - En una de las moniciones se ha expresado –y muy bien—el carácter mesiánico de las lecturas que hemos escuchado hoy. En el fragmento del Capítulo Séptimo del Samuel se habla de la profecía de Natán sobre la herencia de David, será el origen del Mesías y el Señor Dios cumplirá su promesa. Los judíos esperaban esa promesa y en tiempos de Jesús presidía los mejores anhelos del pueblo justo. San Pablo, en su Carta a los Romanos, narra a los paganos ya convertidos otra promesa fundamental: la hecha por Dios a Abrahán y que paso de ser un anciano estéril a padre de todos los pueblos. San José, como Abrahán, es patriarca de muchos. De todos aquellos que se ven –que nos vemos—cercanos a la Familia Santa de Nazaret.

El culto a San José se intensificó extraordinariamente, entre los siglos XIV y XV. Y parece que es una consecuencia del enorme peso que tuvo la devoción a la Sagrada Familia en la Edad Media. En siglo XVII se convirtió en fiesta de precepto. En 1870, Pío IX, recientemente beatificado, proclamó a San José patrono de la Iglesia universal. Y fue el Papa Juan XXIII –también beato-- quien introdujo el nombre de San José en el canon romano. Estamos, pues, como decíamos al principio, celebrando una fiesta alegre y familiar, auténtico paréntesis, dentro de la sobriedad de la Cuaresma. Y no olvidemos de felicitar a todos aquellos familiares, amigos y conocidos que llevan el nombre de José, que son muchas y muchos en España e Iberomerica.