Edición especial de esta sección de Reportaje en la que, ofrecemos dos temas, primero, de don Jesús Martí Ballester y un tercero –excelente—de don Antonio Díaz Tortajada. Los temas de don Jesús son: un ensayo sobre el Viernes de Dolores y un excelente reportaje sobre San José, el esposo de la Virgen María. El Padre Antonio Díaz Tortajada nos ha facilitado para su publicación en exclusiva el texto del “auto sacramental” que sobre Las Siete Palabras recientemente ha representado en tierras de Valencia. Podría ser de extraordinaria utilidad para su representación escénica, en todo o en parte, con motivo de estas fechas. Creemos que en el caso del texto dramático de don Antonio Diaz Tortajada, va a convenir no poner ilustraciones para que la totalidad del documento, una vez impreso, puede servir para los trabajos de representación escénica, porque, evidentemente, hay parroquias en España y América que tiene la costumbre de hacer alguna representación con motivo de estos días Santos.


1.- VIERNES DE DOLORES

Por Jesús Martí Ballester

Siendo verdad lo que afirma San Ireneo, que María: "Fue causa de salud para sí misma y para todos los hombres", con justicia la tradición cristiana ha situado en la ca­pilla del Calvario de Jerusalén el lugar donde estaba situada la San­tísima Virgen cuando Jesús la encomendó al discípulo amado y la declaró Madre de todos los hombres. Ya en 1283, Burchardo de Monte Sión decía que el lugar se marcaba por una piedra emplazada de cara al propio rostro de Cristo crucificado, cuya piedra era venerada por los fieles. Y en 1294, Ricardo de Monte Crucis habla de un altar erigido en el sitio donde lloraba la Virgen. En el siglo XVI el rey de Portugal Manuel I ofreció a la Custodia de Tierra Santa una imagen de Nuestra Señora, profusamente alhajada y hoy se venera bajo una urna de cristal. Debajo del altar y dentro de una vitrina se venera la roca firme del Calvario. El emplazamiento está a la derecha del agujero donde estuvo la cruz, junto al sitio en que estuvo crucificado el mal ladrón, y a unos seis metros de donde debió alzarse el madero de Jesús.

LOS DOLORES DE MARIA EN LA TRADICION DE LA IGLESIA

"Marchesse, en su “Diario de María”, refiere una antigua tradición según la cual esta devoción comenzó en los tiempos apostólicos. Pocos años después, dice, de la muerte de María, cuando San Juan seguía llorándola, plugo a Nuestro Señor manifestársele acompañado de su Madre. Los Dolores de María y sus frecuentes visitas a los Santos Lugares de Pasión, era motivo continuo de las meditaciones del Evangelista, como quien había sido quince años hijo-custodio de la Madre de Jesús, a la cual oyó que, como pago de aquel fiel recuerdo, había solicitado de su Hijo una gracia especial en favor de cuan­tos con igual fidelidad conmemorasen los dolores sufridos por ella. Nuestro Señor accedió a la petición de su Madre, otorgando cuatro gracias especiales a los que practicasen esta devoción, a saber, alcanzar, algún tiempo antes de morir, perfecta contrición de todos sus pecados; una especial asis­tencia a la hora de la muerte; grabar profundamente en su espíritu los misterios de la Pasión, y una eficacia especial de cuanto en su recuerdo se pidiese María. En el séptimo libro de sus Revelaciones, refiere Santa Brígida que en Santa María la Mayor, en Roma, se le manifestó el inmenso aprecio que en el cielo se hacía de los dolores de la Santísima Virgen. A la Beata Benvenuta, religiosa dominica, le fue concedida la gracia de sentir en su alma el dolor que tuvo Nuestra Señora durante los tres días que creyó perdido al Niño Jesús. De la Beata Verónica de Binasco, refieren los Bolandistas que Nuestro Señor le dijo que las lágrimas derramadas por los do­lores de su Madre le eran más agradables que las derramadas por su Pasión.

En su Historia de los Servitas, refiere Gianio que, elegido Inocencio IV Papa, miró con cierta prevención aquel Instituto, recién fundado por entonces junto a Florencia. Deseoso de proceder con toda circunspección en el asunto, encargó examinarlo a San Pedro Mártir, religioso dominico, el cual, durante su tarea, tuvo una visión: En la cima de una montaña elevada, florida y bañada de viva luz, se le apareció la Madre de Dios en un trono y rodeada de ángeles que ofrecían guirnaldas de flores, y siete azucenas de singular blancura que la Santísima Virgen estre­chó un momento en su pecho, tejiéndolas luego como corona y ciñéndosela a su cabeza. Estas siete azucenas, según la interpretación de San Pedro Mártir, figuraban los siete fundadores de la Orden de los Servitas, a quienes la misma Santísima Virgen había inspirado la idea de crear un Instituto nuevo para el culto de los dolores por ella sufridos en la pasión y muerte de Jesús. Un día que Santa Catalina de Bolonia lloraba meditando los dolores de la Santísima Virgen, vio de pronto a su lado dos ángeles que lloraban con ella. Todo un libro voluminoso pudiera llenarse con la historia de visiones y revelaciones relativas a los dolores de María: quien busque documentación copiosa la encontrará en el Diario de María del oratoriano Marchesse, y en el Martirio del Corazón de María, del jesuita Sinischalchi.

EN LA LITURGIA

Hasta la reforma del Misal por Pablo VI, la Iglesia, había legislado solemnemente esta devoción incluyéndola en el Misal y en el Breviario Romano, y le había consagrado dos festividades, una en septiembre, y otra el viernes de la Semana de Pasión, y ha recomendado el Rosario de los Siete Dolores designados entre los que sufrió la Santísima Virgen, incluyéndolos bajo forma de antífonas en el Oficio Divino, y como otros tantos misterios que meditar en el Rosario de los dolores, que son: La Profecía de Simeón: Lc. 2, 25-33; La huída a Egipto: Mt. 2,13-18; El Niño perdido: Lc. 2, 40-50; La calle de la amargura; La Crucifixión: Lc. 23, 33-46: El Descendimiento de la Cruz: Mc. 15, 42-47; La Sepultura: Jn. 19, 38-42 (Conf. Federico G. Fáber).

SIETE DOLORES

Esperas el cadáver de tu hijo

amortajado ya con sangre y agua,

envuelto en el temblor del mundo antiguo,

celado por el velo de la Alianza.

 

Tú aguardas aterida,

mientras cruzan tu mente las espadas

contemplando

su cabeza inclinada,

sus manos extendidas a la muerte

y su carne seráfica

macilenta,

y la orfandad del labio sin parábolas.

 

En tu glaciar exhaustas golondrinas

quieren abrir sus alas

y elevarse.

Mujer-Madre te ha hecho, tus entrañas

parirán con dolor al hombre nuevo

que nacerá mañana,

y tienes que vivir sobre la tierra

hasta que la semilla esté granada.

 

Desenclavan a tu hijo.

Presurosa te lanzas y le abrazas.

Su rigidez helada te conmueve,

te haces llama,

se subleva el volcán de tu dulzura

y el fuego por tus besos se derrama.

 

Apoyada tu frente en sus cabellos

gimes la última nana.

Un suspiro de incienso, un aleluya,

un inconsciente hosanna

se escapa por jirones del relámpago

que te abrasa.

 

José de Arimatea, con permiso

que Pilatos le dio sin pedir nada,

va a enterrar a tu hijo en su sepulcro,

compró una nueva sábana,

y Nicodemo trae una mixtura

de mirra y áloe, para la mortaja.

 

Con el cortejo fúnebre

te llevan a la tumba, una cueva cercana.

Su cuerpo yerto, exánime,

han vendado con fajas impregnadas

en la olorosa mezcla.

 

Respetuosos lo envuelven en la sábana.

Por la abertura baja y estrechísima

pasas de la antecámara

al lugar de su solitario lecho,

donde un banco de piedra frío y gris le esperaba.

Le tienden sobre él, su bello rostro

cubren con una tela fina y blanca,

el sudario.

 

Te vence el desconsuelo y te abalanzas

sintiéndote morir.

Te pesa el alma,

se aferra a la reliquia del amado,

en Él está tu casa. (Valdés)

NOSOTROS HEMOS DE GLORIARNOS EN LA CRUZ (Gálatas 6,14)

La cruz, escándalo para los judíos, que era el instrumento de tortura más cruel y vil, se ha convertido en instrumento de salvación, porque en él ha sido clavado el Redentor que, despojándose de su rango de Dios, quiso morir colgado en ella.

San Pablo, a los presbíteros de la iglesia de Filipos, que ya están ambicionando los primeros cargos, cosa tan humana, pues según el mundo “vale más ser cabeza de ratón que cola de león”, les recuerda el ejemplo de la aniquilación de Cristo, que se despoja de su categoría de Dios, tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos, un cualquiera, y se sometió a todas las condicionantes humanas hasta la muerte de cruz. Ahí tenéis el modelo. ¿Queréis estar arriba? Pues ya sabéis lo que os toca. Sufrir más que nadie, porque estáis en el lugar de Cristo y Cristo sufrió pobreza, hambre, desnudez, humillaciones colmadas y muerte pública de esclavo, vilipendiado y humillado, anonadado. Triturado en la cruz.

Y así, han de ser humildes y no ambiciosos, modestos, y no altivos, servidores y no señores, reflejando el rostro de Jesús de Nazaret, y no poniendo de relieve su propia personilla, aprovechando su cargo para representar algo. Aprendiendo a obedecer para saber mandar. Y como Dios es justo, y lo que han hecho con su Hijo es una injusticia, le exaltará sobre todo y le dará un nombre brillantísimo por encima de todo nombre. “El que se humilla será ensalzado”

Viviendo un poco a la ligera y a locas, parece que si no alcanzamos renombre en la tierra, vamos a ser unos fracasados y frustrados. Parece que no va a haber tiempo de que los humillados sean ensalzados, como quien ignora que el mundo pasa y la vida no termina aquí, sino que continúa y se prolonga por siempre. Pero somos miopes y nos quedamos en este pequeño horizonte porque sólo utilizamos los sentidos corporales y tenemos desactivado el sexto sentido, el de la fe.

“Y A TI UNA ESPADA TE ATRAVESARÁ EL CORAZON” (Lucas 2,35)

Fue en el momento de la cruz. Se cumplieron las palabras proféticas de Simeón, como atestigua el Vaticano II: “María al pie de la cruz sufre cruelmente con su Hijo único, asociada con corazón maternal a su sacrificio, dando a la inmolación de la víctima, nacida de su propia carne, el consentimiento de su amor”. Por eso, la Iglesia, después de haber celebrado ayer la fiesta de la exaltación de la Cruz, recuerda hoy a la Virgen de los Dolores, la Madre Dolorosa, también exaltada, por lo mismo, que humillada con su Hijo. Cuanto más íntimamente se participa en la pasión y muerte de Cristo, más plenamente se tiene parte también en su exaltación y glorificación. Vio a su Hijo sufrir y ¡cuánto! Escuchó una a una sus palabras, le miró compasiva y comprensiva, lloró con El lágrimas ardientes y amargas de dolor supremo, estuvo atenta a los estertores de su agonía, retumbó en sus oídos y se estrelló en su corazón el desgarrado grito de su Hijo a Dios: “¿por qué me has abandonado?, oyó los insultos, comprobó la alegría de sus enemigos rebosando en el rostro iracundo de los sacerdotes y del sumo Anás y de Caifás, mientras balanceaban sus tiaras, y de los sanedritas, que se regodeaban en su aparente victoria, contempló cómo iba perdiendo el color Jesús, su querido hijo...

DOLOR SOBREHUMANO

Humanamente no se podía soportar tanta angustia. El Padre amoroso la tuvo que sostener en pie. Mientras su Hijo extenuado expiraba, su corazón inmaculado y amantísimo sangraba a chorros, sus manos impotentes para acariciarle, para aliviarle, se estremecían de dolor y de pena horrorosa y su alma dulcísima estaba más amarga que la de ninguna madre en el transcurrir de los siglos ha estado y estará. ¡Cuánto dolor, pobre Madre! ¡Qué parto de la iglesia tan doloroso y tan diferente de aquélla noche de Belén! Al fin, inclinó la cabeza y el Hijo expiró. Y nacimos nosotros. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Por eso el Padre te exaltó a la derecha de tu Hijo asumpta en cuerpo y alma. Cuanto mayor fue tu dolor, más grande es tu victoria.


2.- JOSÉ DE NAZARET

Por Jesús Martí Ballester

Los teólogos han tardado muchos siglos en caer en la cuenta de la figura ingente de San José. Absorbidos y preocupados por las controversias, en sus estudios trinitarios, cristológicos y mariológicos, apenas repararon en el papel excepcional del humilde carpintero de Nazaret: "Nunca --escribe Marceliano Llamera en el prólogo a la "Teología de San José" de su hermano Bonifacio--las intuiciones cordiales han llevado tanta delantera a la teología como en el caso de San José. La especulación católica, entretenida con Jesús y María, tardó mucho en reparar en el humilde Patriarca. Era ya el siglo XVI, y en los conventitos teresianos se sabía más de San José que en las aulas de Salamanca y de Alcalá. Santa Teresa sabía más de San José que Báñez. Pero, al fin, ha de ser Báñez quien dé la razón a santa Teresa para que se reconozca que la tiene. Una vez pregunté a una viejecita excepcionalmente devota del santo Patriarca por qué lo era tanto, y me contestó: ¿No ve usted que lleva al Niño Jesús en sus brazos?".

DOCTRINA DE SANTO TOMÁS

Es doctrina del Angélico que cuanto más una cosa se aproxima a la causa que la ha producido más participa de su influencia. Ninguna criatura, excepto Jesús y María, se ha aproximado más a Dios que san José, pues, en la cuestión 29 de la 3ª parte de la suma teológica sostiene que, por su predestinación a esposo de María, entre María y José hubo verdadero matrimonio, siguiendo a san Juan Crisóstomo, San Jerónimo, San Agustín y a san Ambrosio, y como padre virginal de Jesús, por cuyo derecho será él quien le imponga el nombre designado por el ángel, la santidad de san José excede a la de todas las criaturas humanas y angélicas. En efecto, como esposo de María y padre virginal de Jesús, su intimidad con María y con Jesús, le hace vivir envuelto en sacramento permanente de Dios. Conviviendo pues, con el autor de la gracia y con la llena de gracia, ¿hasta dónde alcanzará la gracia, al que, habiendo sido elegido para esposo y padre de las dos criaturas más amadas del Padre celeste, debe también haber recibido los dones que eran requeridos por esa misión delicada y excelsa?

COOPERACIÓN DE SAN JOSÉ AL ORDEN HIPOSTÁTICO

San José cooperó a la constitución del orden hipostático de modo verdadero y singular, aunque extrínseco, moral y mediato; y su cooperación a la conservación de la unión hipostática, fue directa, inmediata y necesaria, y pertenece al orden de la unión hipostática, no físicamente como la Madre de Dios, pero sí moral y jurídicamente, afirma Bover. Graciosa y plásticamente, el fecundo autor de las alegorías, san Francisco de Sales, comenta: Si una paloma deja caer un dátil en el jardín de san José, y nace una palmera, ¿acaso ésta no pertenece a san José, cuyo es el jardín? El Redentor es realmente de su padre virginal por derecho de accesión. Es una lástima que el Catecismo de la IC no dedique ni un solo párrafo a san José, habiendo sido tan ensalzado por Juan Pablo II en la Exhortación, dedicada al santo Patriarca, en el centenario de la Encíclica de León XIII, "Quamquam pluries".

LA "REDEMPTORIS CUSTOS" DE JUAN PABLO II

La doctrina más reciente sobre san José es la de Juan pablo II, en su Exhortación Apostólica "Redemptoris Custos" de 15 de agosto 1989, que hace derivar toda la grandeza de san José del evangelio de Mt 1, 20: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José. Admirables debieron de ser las virtudes escondidas del padre de Jesús, la humildad y la obediencia, testificada en las palabras del evangelio: "José hizo lo que el ángel le había mandado y tomó consigo a su mujer" (ib 24). La tomó con todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el hijo, que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo. Admirable disponibilidad, y entrega absoluta al designio divino, que pide el servicio de su paternidad, para que, como en el principio de la humanidad, exista, ante la humanidad nueva, también una pareja, que constituya el vértice desde el cual se difunda la santidad a toda la tierra.

INTIMIDAD DE SAN JOSÉ CON MARIA Y CON JESÚS

"Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, "de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra" (Ef 3,15) (Rm 8). Indescriptible nos resulta a los humanos la manifestación del amor y la ternura, la atención y la constante solicitud afectuosa de José con aquellas criaturas inefablemente amadas. Misterios de la circuncisión, con José cumpliendo su derecho y su deber de padre, "le pondrás por nombre Jesús"; de la presentación en el templo: "Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de el" (Lc 2,30); de la huida a Egipto: "toma al niño y a su madre y huye a Egipto"; de Jesús en el templo: "Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,48). "Jesús era, según se creía, hijo de José" (Lc 3,23). En realidad así se pensaba en su entorno social. El misterio de la vida oculta de Nazaret, donde José ve crecer al niño en edad, en sabiduría y en gracia. El misterio del cuidado de Jesús, criarle, alimentarle, trabajar para él, vestirle y educarle. Y viendo cómo ese niño, que es su hijo, que es su dios, y cómo su esposa, más santa que él, le obedecen a él y se le confían, y oran juntos, y juntos van a la sinagoga, y juntos pasean y se distraen y juntos trabajan. Y juntos aman, y juntos viven y juntos redimen al mundo. ¡Qué maravilla y cuánto amor! Juan Pablo II, en la "Redemptoris Custos", al señalar el clima de profunda contemplación en que vivía san José, dice: "Esto explica por qué santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental".

JOSÉ PADRE LEGAL DE JESÚS

Jesús es hijo de David, porque José, su padre legal y María, su madre, son descendientes del rey David: “Ve y dile a mi siervo David: estableceré después de ti a un descendiente tuyo, un hijo de tus entrañas y consolidaré tu reino” (2 Sam 7,4). Como María recibió una anunciación por la cual se le notificaba que iba a ser Madre de Dios, José también tuvo su anunciación en la que se le anunciaba que iba a ser el padre legal del hijo de Dios, e hijo de María, su esposa, a quienes tendrá que cuidar, alimentar, proteger, defender, con quienes convivirá y acompañará. En el momento más amargo de su vida, cuando está dispuesto a dejar a María al verla encinta, le dice el Ángel: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre, Jesús, porque él salvará al pueblo de sus pecados" (Mt 1,16). Al ser la imposición del nombre derecho del padre, el Ángel está afirmando la paternidad de José. Sin esperarlo, se ve inmerso en la familia trinitaria. Como Abraham, a quien se le pidió el sacrificio de su hijo, José estaba dispuesto a dejar a su esposa María, que era como morir en vida: “Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos, y llama a la existencia lo que no existe, Abraham creyó” (Rom 4,13).

JOSÉ, UN HOMBRE JOVEN

Aunque la imaginería se empeñó equivocadamente en representarnos a un hombre anciano para dejar a salvo la virginidad de María, la realidad fue más hermosa, porque José era un joven fuerte y lleno de vida, que amaba profundamente a su novia María. Con una gran delicadeza y ternura, y con gran sentido de responsabilidad, acató por la fe los caminos de Dios. El anuncio de su vocación le causó una alegría inmensa. Y comprendió la gran confianza que depositaba el padre al elegirlo padre de su hijo, asociándolo al orden hipostático, y se entregó totalmente a la misión que le confiaba y pondrá todas sus fuerzas al servicio de Jesús y de María. Trabajará y sufrirá, pero también gozará. Recibirá las humillaciones de Belén, cuando no le quieran dar posada, y sufrirá más por María y el niño que viene, que por él. Buscará la gruta para que María pueda dar a luz. La limpiará, buscará la comida, leña para el fuego y luz para iluminar la cueva oscura.

DOLORES Y GOZOS DE SAN JOSÉ

Él será el primero en ver al hijo de Dios, niño recién nacido; en oír sus llantos. Su noble y sensible corazón se sobrecogerá contemplando la pobreza con que viene al mundo el Hijo de Dios y su hijo. Jesús, como todos los niños, tiene que aprender a caminar, a hablar, a leer, a recitar los textos de la Escritura, el “Schema, Israel”, fijándose en los ojos de su padre. Y después, Egipto. Como Abraham: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre”. Huída rápida para salvar al niño. Tiene que exiliarse. País desconocido, lengua extraña, tierra idólatra, sin medios, buscando el modo de ganar la vida. Muere Herodes. Y el ángel le anuncia que ha muerto el que quería matar al niño. Y vuelta a su tierra. Pero al enterarse que en Judea reinaba Arquelao, hijo de Herodes, creyó que estaría más seguro en Galilea, y se encaminó a Nazaret. Siempre peregrinando y sin ninguna comodidad. Ve crecer al niño. Ya se lo lleva al taller. Le enseña a manejar las herramientas. A cortar los troncos, a trabajar la madera. A coger el martillo. Hace puertas, ensambla yugos y arados, pule taburetes y encaja ventanas. También trabaja la huerta, y está al servicio de todos, y a veces tiene que discutir su jornal. Es pobre, pero justo. Se suda en el pequeño taller.

JOSÉ, EDUCADOR DE JESÚS

José educa a Jesús que va creciendo. José le va enseñando la belleza de los campos, las higueras que apuntan sus brotes en la primavera, las vides con sus pámpanos y racimos. Le explica la necesidad de la poda para que den uvas, le muestra las ovejas en el ganado, y las que se escapan, la belleza de los lirios del campo, la cizaña en el trigo, la semilla sembrada en la tierra, el aspecto del cielo, si rojo, o azul, si raso o con nubes. El peligro de la tormenta, la gallina y los polluelos. Lo que después improvisará en sus parábolas y predicación, se lo enseñó su padre. “Les estaba sujeto”. Es decir, no hacía nada sin contar con sus padres. Con deferencia respetuosa, con sencillez y docilidad. Jesús ama a su padre. ¡Y cómo ama José a Jesús! "Por el paterno amor con que abrazasteis al niño Jesús", escribió el papa León XIII, expresando el inmenso cariño y ternura de José por su hijo Jesús. Jesús va a la sinagoga cogido de la mano de su padre. Jesús ora en familia con José y María. Dice de su padre santa Teresa del Niño Jesús, que bastaba verle rezar para saber cómo rezan los santos. ¡Qué sería ver rezar a José, el más santo de los santos! La vida de José es una vida de oración y de trabajo, de hogar y de amor, de austeridad y de pobreza, pero de alegría inmensa como consecuencia de la profundidad de su vida interior y de saberse entregado por completo al primer hogar cristiano, semilla de la Iglesia, de la cual es también Patrono. "Proteged a la Iglesia santa de Dios, la preciosa herencia de Jesucristo". El papa Sixto IV decretó en 1480 la fiesta de san José.

OH! JERUSALÉN

"Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús tuvo doce años, subieron a la fiesta según la costumbre" (lc 2,41). La caravana ha partido de la fuente de Nazaret y su alma de niño ha comenzado a estremecerse al comenzar el viaje. Un muchacho en Oriente, a su edad, es tan maduro como uno de 16 ó 20 en occidente. Los caminos de Jerusalén estaban atestados de gente, que caminaba a pie, o a caballo de asnos y de camellos. El polvo subía al aire y se esparcía por los campos, por los olivos verdes, por las alquerías cúbicas. La gente cantaba salmos. Al borde de los caminos los comerciantes vendían frutas y pan. En las alforjas sonaban los timbales y los platillos. En una de esas caravanas va Jesús de 12 años. A los 13 quedará constituido miembro de pleno derecho del pueblo sacerdotal. Nunca un niño se ha parecido tanto a su madre. Cuanto más iba creciendo, más se le parecía. Cuando sea un adulto, toda su naturaleza humana reflejada en su cuerpo, en actitudes, biológicas y espirituales, será el puro espejo de su Madre. Sólo su cuerpo, sus cromosomas y genes, son los que han formado aquella naturaleza bella y armoniosa que le hacía el propio retrato de su madre. Sus mismos ojos profundos, sus mismas manos. Sus gestos idénticos. Jesús observa con mirada penetrante. Jerusalén es una ciudad en fiestas. Cuando entra en el templo y ve que la sangre de los corderos viene corriendo desde el altar de los holocaustos, experimenta una inmensa emoción. Aquellos miles de corderos degollados, le representan a él... ¡qué momento más intenso! Nunca en la historia un muchacho ha sentido una conmoción como la suya. María, que conocía como nadie la intimidad de su hijo, le observaba, extasiado en Dios, su Padre, su vida, su amor. A las tres de la tarde comenzó el sacrificio vespertino. A Jesús le saltaba el corazón en el pecho adorable. Contemplaba por primera vez el cortejo de los oficiantes dispuestos a sacrificar los corderos. Vio al sacerdote con el cuchillo en la mano, hundirlo en el cuello del cordero. Vio correr la sangre y derramarla los sacerdotes sobre el altar. El amor le subía en oleadas por su ser entero. No se queda en el templo por casualidad, sino que su alma hambrienta lo necesitaba. Ni sus padres habían descubierto el terremoto espiritual producido en la conciencia humana de su hijo.

EL REGRESO. NO SE HA PERDIDO. SE HA QUEDADO

"Y cuando terminaron, se volvieron; pero el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, caminaron una jornada, y se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos; al no encontrarlo se volvieron a Jerusalén en su busca". Miles de peregrinos van saliendo de Jerusalén. Hombres por un lado, mujeres por otro y los niños, con unos o con otros. Los caminos se llenaban de gente; las caravanas se mezclaban. Cuando se reunieron para el descanso, Jesús no apareció. José y María fueron preguntando a parientes y conocidos, alarmándose progresivamente. ¡Nadie había visto al niño durante todo el camino! desolación. Hay que volver a Jerusalén, aquella misma noche. En Jerusalén preguntan en la casa donde habían comido el cordero pascual, entre conocidos y amigos. Cuando María ve a un muchacho, se sobresalta. En su alma se ha desatado un huracán de angustia y dolor: "una espada de dolor te atravesará el corazón".

¿A dónde te escondiste, Amado,

y me dejaste con gemido?...

como el ciervo huiste

habiéndome herido

salí tras ti clamando

y eras ido...

Después de tres días de busca y de agonía, lo encontraron por fin, en el templo. Los rabinos que comentaban las Escrituras los días festivos, ofrecían la oportunidad a los forasteros de que les escucharan en estas ocasiones. Era como un cursillo o unos ejercicios espirituales.

"Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados" (lc 2,41). La palabra padre en labios de María, tiene una significación plena en el orden espiritual, moral y afectivo. María le da la preferencia a José. Le honra, le pone delante. Ni en el orden ontológico ni el de la santidad le corresponde esa preferencia, pero sí en el orden jurídico familiar y social. la frase "nos has tratado así", indica la unión de corazones; José es verdadero esposo de María y está unido a ella en el dolor. Como hay unión de corazones, sufren juntos por la pérdida y separación de Jesús.

LA PERDIDA DE JESÚS

Cuando perdemos a Jesús, sufrimos. Me diréis que hay muchas personas que están apartadas de Dios y no sufren por ello. Sí que sufren, aunque no se dan cuenta. puede uno no darse cuenta de que está tragando veneno, pero se envenena sin darse cuenta. Dicen que el sida puede estar latente en un organismo durante años. Cuando se quebrantan los mandamientos se produce un desequilibrio, un desquiciamiento de la persona. Se da la esquizofrenia, que consiste en la disociación del deber y del hacer. Los mandatos de Dios no son arbitrarios. El sabe lo que nos conviene y lo que nos daña. Por eso manda lo que nos conviene y prohíbe lo que nos daña. La ausencia, la pérdida de Jesús causa dolor, angustia: "te buscábamos angustiados". El amor espiritual es más fuerte que el natural. "Los amores de la tierra le tienen usurpado el nombre" al amor, dice santa Teresa. "El que ama con amor espiritual, dice san Juan de Ávila, necesitaría dos corazones: uno de carne para amar; otro de hierro para recibir los golpes por la pérdida de los hijos espirituales”. El corazón de María estaba ya desbordado de amargura cuando prorrumpe en estas palabras de queja, reprensión cariñosa y respetuosa. ¿Por qué nos has tratado así, a los dos? unidos en la misma duda. Y unidos en la misma acción: "te buscábamos angustiados". José y María, como Abraham, tienen que recibir la herida dolorosísima de la separación del hijo: "¿por qué me buscabais? ¿no sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?". -¿qué dice? ¿qué lenguaje es éste?- este Jesús no es el Jesús que ellos conocían. Jesús ha marcado una línea clara de separación. Se les exige el desprendimiento total. La noche del espíritu, que María vivirá en el Calvario, se le adelanta a José en este momento. La colaboración de José a la redención alcanza ahora mismo un nuevo dolor. Y así fue en toda su vida. En el viaje a Belén, en la noche del nacimiento, en el día de la presentación en el templo, en la huída a Egipto, ante la profecía de Simeón, en Nazaret, en el templo con los doctores.

CUANDO DIOS BUSCA…

Dios creó el mundo hermoso para dárselo al hombre, al que quiere feliz con el y para siempre. Los hombres no acaban de conocer cuánto les ama Dios y buscando ser felices se hacen más esclavos. El hombre pecó y sigue pecando. Y se esclavizó. Se han hecho un dios a la medida de sus deseos, dirá Nietzsche: "si es verdad que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, le salió bien, porque el hombre ha hecho a Dios a su imagen y semejanza". Los hombres hacen Dios lo que desean que sea su Dios, el becerro de oro, o el dinero de plástico, o el sexo, o el poder, o la vanidad, o todo a la vez. Pero Dios sigue buscando a ese hombre que se ha perdido. Jesús deseaba ya derramar su sangre, viendo la sangre profética en el templo para comprar el encuentro de los hombres, y como José y María seguirá buscando... Cuando hemos perdido la cartera, el carné, o el pasaporte, los buscamos con desespero. Me acuerdo de aquellos padres del niño autista perdido en los Pirineos, buscando angustiados a su hijo. Y de tantos otros… Jesús, encarnación del amor del Padre, explicó tres parábolas de búsqueda: una mujer perdió una moneda. Cosa inanimada. Un pastor perdió una oveja, animal desprovisto del instinto de orientación, de entre cien que tenía. Y la de la conversión. El padre no busca al hijo, sino espera que actúe su razón y su amor. Y le ofrece su casa, su abrazo y su amor. Amor que busca, que perdona, que crea. Esa es su alegría. La alegría del encuentro, que es evidente en las tres.

ITINERARIO DE LA HUIDA

Conocemos el proceso del huido: mucho dinero, muchos amigos. Gastos fastuosos, derroche de sus facultades, de su afectividad, de su sueño, se le apodera la pereza, va perdiendo la ilusión para los deberes serios, comienzan a mermar sus caudales, empiezan a desfilar los amigos falsos, que no le encuentran ya tan manirroto. En el fondo cada día menos alegría, se ensombrece su rostro, se acaba su campechanía y su capacidad de desenfado. Pasa hambre, va a cuidar cerdos, y no le dejan hartarse de bellotas como ellos. Y de pronto, piensa en su padre, en su casa, en sus criados que comen pan y él ni siquiera bellotas. ¿Qué hará su padre si él regresa a casa? ¿qué dirá la gente, si él, que se marchó con tanta fanfarronería y altivez, regresa humillado y roto, empobrecido y mugriento? pero, el hambre y la miseria son ya tan grandes, que pasa por todo: "me pondré en camino a donde está mi padre, reconoceré que he pecado" (lc 15,1) y le diré que disponga de mí como de un criado en su casa, a su lado, junto a él. Jesús está revelando el corazón del padre. "Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió, y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo". Profundos sollozos de alegría, vestido nuevo y anillo de bodas en el dedo, sandalias sin estrenar, sacrificio del ternero más gordo, y el banquete. Para llegar a descubrir la revelación de la misericordia de Dios hace falta una larga evolución espiritual, a través de muchos acontecimientos dolorosos y muchas desilusiones amarguras y fracasos.

JOSÉ AYUDA A BUSCAR A LOS PECADORES

Dios tiene el corazón en un puño cuando a alguno de sus hijos le envuelve el pecado. Se ha perdido. es como el pastor que cuenta las ovejas, 97, 98, 99, ¿y la 100? sufre porque sabe que ella sufre. Dios sufre porque sabe que el pecador es ese hijo que pasa hambre, que lo ha perdido todo, menos su dignidad de hombre y de hijo. Y el padre es fiel. Lo busca. envía sus profetas, sus sacerdotes, en busca de la oveja perdida. "Las ovejas que me ha dado mi padre nadie las arrebatará de mi mano". Los 90 millones de niños que son destrozados en el seno de sus madres, los miles de niños víctimas de la prostitución infantil, del asesinato en las calles, “los meninos da rua”, los enfermos del sida, los drogadictos, los esclavos de la inmoralidad y de la droga del sexo, las víctimas de todas las guerras de la historia, los esclavizados por el orgullo y la soberbia, por la envidia que les carcome las entrañas...

El terrorismo, la delincuencia juvenil, la inseguridad ciudadana: el hombre de nuestro tiempo está sometido como en ninguna otra época a enormes tensiones que ponen en peligro su equilibrio psicológico. La higiene acabó con las pestes; las vacunas con las enfermedades contagiosas; la técnica con la servidumbre del trabajo físico. Pero el nuevo estilo de vida propiciado por la revolución industrial, ha hecho del hombre moderno un pelele vulnerable y desmadejado, en manos de esos invisibles agresores que son la ansiedad, la depresión, la esquizofrenia. hoy que el mundo está loco, hace falta como en ningún otro tiempo un momento de reflexión para el cultivo del espíritu. Dios lo busca. Dios los quiere liberar, pacificar, que se reúnan en su familia, que pertenezcan al reino suyo de paz y amor. No quiere que sean niños perdidos. Y los busca. Busca a Adán, ¿dónde estás? busca a Caín, ¿qué has hecho con tu hermano?

JOSÉ, PADRE DE FAMILIA, LLORADO POR SU HIJO JESÚS.

La paternidad de José va más allá de la de todos los padres terrenales, aún sin ser su filiación carnal, ya que en él se refleja la paternidad de Dios mismo constituyéndolo en cabeza de la familia con un corazón a la medida del hijo de Dios y de su madre María. Así pues, Dios dio a María a José por esposo no sólo para su apoyo en la vida sino para hacerlo participar del sagrado vínculo del matrimonio. la familia santa de Nazaret trabaja, cumpliendo el mandato del creador: "comerás del fruto de tu trabajo"; allí la fecundidad es mirada y valorada como bendición del señor: "tu mujer como parra fecunda; tus hijos como brotes de olivo, alrededor de tu mesa. donde Dios derrama su bendición: "que el Señor te bendiga y veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida" (sal 127). Cuando ya no era tan necesario, por ser Jesús adulto y capaz de proteger a su madre, José, se sintió cansado con un cansancio que hasta entonces no conocía, agotada su vida en el taller, sintió frío y Jesús y María, alarmados y llenos de pena, corrieron a su lado y asistido por ellos cuidadosamente y con inmenso cariño, murió en la paz de Dios. Jesús, que lloró con tanta emoción ante el sepulcro de Lázaro, ¿cómo lloraría al morir su padre, a quien tanto amaba? Y las lágrimas de su esposa María, se unieron a las de su Hijo, porque se les iba el esposo y el padre, compañero de la peregrinación. Por eso, por el consuelo que tuvo al morir en brazos de su hijo y de su esposa, es el patrono de los agonizantes. Jesús, José y María, asistidnos en nuestra última agonía. Vio la siembra y supo que se acercaba la cosecha, que no pudo ver.

EFICACIA DE LA INTERCESIÓN DE JOSÉ

Santa Teresa experimentó la eficacia de la intercesión de san José y "se hizo promotora de su devoción en la cristiandad occidental" y, principalmente, quiere que lo tomemos como maestro de oración. José, padre de Jesús, que entregó al Redentor su juventud, su castidad limpia, su santidad, su silencio y su acción, puede hacer suyo el Sal 88: "El me invocará: tú eres mi padre, mi Dios, mi roca salvadora".

DIOS NO NECESITA NUESTRAS OBRAS SINO NUESTRO AMOR

San José nos enseña que lo importante no es realizar grandes cosas, sino hacer bien la tarea que corresponde a cada uno. "Dios no necesita nuestras obras, sino nuestro amor" dice Santa Teresa del Niño Jesús. La grandeza de san José reside en la sencillez de su vida: la vida de un obrero manual de una pequeña aldea de galilea que gana el sustento para sí y los suyos con el esfuerzo de cada día; la vida de un hombre que, con su ejemplaridad y su amor abnegado, presidió una familia en la que el Mesías crecía en edad, en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres (lc 2,52). No consta que san José hiciera nada extraordinario, pero sí sabemos que fue un eslabón fundamental en la historia de la salvación de la humanidad.

La realización del plan divino de salvación discurre por el cauce de la historia humana a través, a veces, de figuras señeras como Abraham, Moisés, David, Isaías, Pablo; o de hombres sencillos como el humilde carpintero de Nazaret. Lo que importa ante Dios es la fe y el amor con que cada cual teje el tapiz de su vida en la urdimbre de sus ocupaciones normales y corrientes. Dios no nos preguntará si hicimos grandes obras, sino si hicimos bien y con amor la tarea que debíamos hacer. El evangelio apenas si nos dice nada de san José. Poquísimo nos dice de su vida, y nada de su muerte, que debió de ocurrir en Nazaret poco antes de la vida pública de Jesús. Sólo Mateo escribe de José una lacónica frase que resume su santidad: “Era un hombre justo”. Acostumbrados a tanto superlativo, esta palabra tan corta nos dice muy poco a nosotros, tan barrocos. Pero a un israelita decía mucho. La palabra "justo” ciñe como una aureola el nombre de José como los nombres de Abel (He 11,4), de Noé (Gn 6,9), de Tobías (Tb 7,6), de Zacarías e Isabel (Lc 1,6), de Juan Bautista (Mc 6,20), y del mismo Jesús (lc 23,47). “Justo”, en lenguaje bíblico, designa al hombre bueno en quien Dios se complace. El Salmo 91,13 dice que “El justo florece como la palmera”. La esbelta y elegante palmera, tan común en oriente, es una bella imagen de la misión de san José. Así como la palmera ofrece al beduino su sombra protectora y sus dátiles, así se alza san José en la santa casa de Nazaret ofreciendo amparo y sustento a sus dos amores: Jesús y María.

EL TRABAJO ORDINARIO

La santidad de José consiste en la heroicidad del monótono quehacer diario. Sin llamar la atención, cumplió el programa de quien es "justo” con Dios mediante el fiel cumplimiento de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad; y con el prójimo por medio de su apertura constante al servicio de los demás. Como se construye la casa ladrillo a ladrillo, el edificio de la santidad se va realizando minuto a minuto, haciendo lo que Dios quiere. “San José es la prueba de que, para ser bueno y auténtico seguidor de Cristo, no es necesario hacer "grandes cosas", sino practicar las virtudes humanas, sencillas, pero verdaderas y auténticas” (Pablo VI).

EL SANTO DEL SILENCIO

José es el santo del silencio. Hay un silencio de apocamiento, de complejo, de timidez. Hay también un silencio despectivo, de orgullo resentido. El silencio de José es el silencio respetuoso y asombrado, que escucha a los demás, que mide prudentemente sus palabras. Es el silencio necesario para encauzar la vida hacia dentro, para meditar y conocer la voluntad de Dios. José es el santo que trabaja y ora. Trabajar bajo la mirada de Dios no estorba la tarea, sino que ayuda a hacerla con mayor perfección. Mientras manejaba la garlopa y la sierra, su corazón estaba unido a Dios, que tan cerca tenía en su mismo taller. Una mujer santa decía a sus compañeras de fábrica: "Las manos en el trabajo, y el corazón en Dios”. El humilde carpintero de Nazaret fue proclamado por Pío IX Patrono de la iglesia universal, y Custodio del Redentor por Juan Pablo II. Es muy coherente que el cabeza de la sagrada familia sea el protector y el custodio de la Iglesia, la gran familia de Dios extendida por toda la tierra.


3.- LAS SIETE PALABRAS

Música: Bernardo ADAM FERRERO

Letra: Antonio DÍAZ TORTAJADA

Estreno en la Parroquia de Santa Maria del Mar, de Valencia, España, el 27 de febrero de 2005

BLOQUE 1.-

1.- Haz de luz sobre un fondo temático universal.

2.- Breve introducción Orquesta.

3.- NARRADOR:

Hay personajes de la historia que por su contenido experiencial, por la carga de su proyecto de vida, incluyen absolutamente a los demás y por ello estos pueden mirar y verse acogidos y reflejados. Al mirarles están viéndose interpelados, acogidos, referidos, e incluidos. Luchadores por la libertad, constructores de puentes, buceadores de las profundidades, escaladores de simas, caminantes arriesgados abriendo veredas por valles intransitables...

¿No sucede algo de esto cuando se contempla recorriendo nuestras calles al malherido sangrante, al Crucificado, al “varón de dolores”?; ¿o es un injustamente condenado? ; ¿no se refleja en Él todo el dolor de las víctimas, de los luchadores por causas nobles?; ¿no se ve reflejado en Él el valor de la generosidad, el coraje de la defensa no violenta?

Narramos, oímos, muchas historias, pero no nos vale cualquier historia.

Nuestra historia que rompe los límites de la temporalidad y cuya narración no simplemente evoca lo sucedido sino que lo realiza porque Él es permanentemente ofrecido por su disponibilidad: El Padre la hizo posible y la eternizó, haciéndola su permanente modo de estar con nosotros.

4. Orquesta.

BLOQUE 2.-

1.- NARRADOR:

En el Gólgota, Cristo acaba de ser crucificado en medio de dos ladrones: Dimas a su derecha y Gestas a su izquierda.

Cuando las tres cruces estuvieron en alto se hizo un gran silencio. Nadie lograba entender lo que estaba ocurriendo. Los fariseos y saduceos movían la cabeza. Los amigos de Jesús de Nazaret aquello era el fin del mundo. ¿Todo iba a concluir así? ¿En esto iban a quedar tantas esperanzas? Salvo en María, la fe vacilaba en todos. le habían oído hablar de un triunfo o una resurrección final. Pero no podía entrarles en la cabeza. Ellos, que habían visto levantarse a Lázaro de la tumba, no lograban imaginarse a Cristo regresándose a si mismo desde la otra ribera de la muerte. Este era el final. Y, si el final era así, es que todo lo anterior no había sido otra cosa que un largo sueño. Durante los largos anteriores habían batallado días y días con sus propias conciencias. Y, a ratos, lograban convencerse a sí mismos de que Jesús era mucho más que un hombre. Pero ahora todo se venía abajo; si moría, no era un Dios; si podía morir, es que era un hombre como ellos; un hombre mejor, pero un hombre más. Por eso no querían creer sus ojos.; Mas el gotear de la sangre desde los pies al suelo se les clavaba en el alma como un clavo. Aquella sangre no era un sueño.

2.- CORO:

¡Crucificadlo!

El hombre que dijo: “Dichosos los pobres”

Es reo de muerte: ¡Crucificadlo!

“Dichosa la gente que perdona”

¡Crucificadlo!

“Amaos los unos a los otros”.

Es reo de muerte: ¡Crucificadlo!

3.- 2 SOLDADOS.-

¡Dios te salve, Hijo de Dios!

¡Salve Rey de los judíos!

¡Baja de la Cruz si eres

como afirmas el Ungido!

¿No te afirmas el Mesías?

¡Sálvate si eres el Cristo!

¿A otros salvaste y no puedes

salvarte ahora a ti mismo?

Mirad aquí al nuevo rey:

ya en su trono está subido.

Negaba el tributo al César.

se hacía pasar por Cristo.

Que su sangre caiga

sobre nosotros y nuestros hijos.

Seguramente el demonio

le ha abandonado el espíritu.

¡Ha muerto ya! ¡Ha muerto!

¡No! ¡Eso es un vahído!

¡Con este brebaje presto

volverá en sí!

¡Salve Cristo!

¡Sálvate si verdaderamente

eres Rey de los judíos!

4. CENTURIÓN.-

¡Retiraos!

Me hago cargo del suplicio.

¡Pagaste todas las deudas

tus infamias y tus delitos!

5. SOLDADO 1.-

¡Tú que destruías el templo

de Dios, sálvate a ti mismo!

¡Baja de las cruz y entonces

creeremos que eres el Cristo!

¡Un farsante es lo que eres!

BLOQUE 3.

1. JESÚS:

“Perdónales, Padre, mío
pues no saben lo que se hacen”.

2. NARRADOR:

Jesús hace un esfuerzo, levanta la cabeza y pronuncia la primera palabra. Esta ceguera es la mal alta de las tragedias humanas: El hombre no sabe lo que hace, ni para bien, ni para mal. El hombre no sabe, no sospecha siquiera la importancia que tiene para Dios su pobre y pequeño amor. Como el hombre no ama, no sabe hasta qué punto es amado; no sospecha hasta qué hondura hiere cuando niega ese amor y hasta donde alegra cuando se entrega.

Jesús se precipita a pedir perdón para el hombre. Nada reprocha a los hombres. Ya no contemplas sus ofensas, mira más allá de ellos, divisa su destino eterno. es por ese destino eterno por lo que está clavado a la cruz.

3. CORO.-

Dios se apaga en la Cruz,

llora el cielo y el mar.

Dios muere por salvarnos.

Dios muere por salvarnos.

BLOQUE 4.-

1. DOS LADRONES.-

Si en verdad tú eres el Cristo,

sálvate y sálvanos.

¿Cómo podéis injuriar al Hijo de Dios¡

El Hijo de Dios y en la cruz está¡...

No sea estúpido.

Si este el Hijo de dios fuera

no estaría en tal martirio.

¿Para qué quiere el poder

si no lo emplea en si mismo?

2. MARÍA.-

¡Hijo!

Quiero ver a mi Hijo amado...

¿Cómo habrán puesto a mi amor...

Ay amor, cómo te han puesto

3. 2 SOLDADOS.-

¡Fuera que es la Madre...!

¡Atrás!...

¡Víboras y basiliscos!...

Ninguna ley prohíbe

el contemplar el suplicio.

¡Ahí la tiene, pues...!

¡Que mire como mueren los impíos!

4 DOS LADRONES.-

¿Cómo podéis injuriarlo,

tras lo que le habéis oído?

Vuestras afrentas y befas

pacientemente ha sufrido.

¡Es un profeta! ¡Y aún más:

Es de Yahvé el Hijo!

¡Cállate la boca inmunda!

¡Tú un miserable asesino!

El Hijo de Dios y en la Cruz está!...

¡No seas estúpido...!

Apedrearlo ¡Apedrearlo!

Si este Hijo de Dios fuera

no estaría en tal martirio.

¿Para qué quiere el poder

si no lo emplea en sí mismo?

¿No tienes temor de Dios

condenado a este suplicio?

Nosotros por nuestros crímenes

recibimos el castigo.

Pero este, ¿qué mal ha hecho?

¿Cuál ha sido su delito?

¿Cuál ha sido su delito?

Estás....

Señor, si me condenáis,

será un recto juicio,

pues son muchas las maldades

que en mi vida he cometido.

Pues si la piedad os mueve

mi corazón ya contrito,

cuando tú estés en tu reino,

de mi acuérdate.

BLOQUE 5.-

1. JESÚS.-

“Te digo,

en verdad, que hoy estarás

conmigo en el paraíso”.

2. NARRADOR:

Y Jesús calla. Había hablado largamente durante la cena del jueves y camino del huerto de los Olivos, para encerrarse después en un largo silencio, sólo roto por breves frases a lo largo del proceso y en el camino hacia el Calvario. Volvía a callar ahora, sobre la cruz.

La fatiga le ahoga y el silencio es la respuesta ante las injurias. Desde la cruz, Jesús contempla la muralla de su ciudad y, más cerca, la danza macabra de sus enemigos. Sus labios están secos de sed. era más de la una del mediodía y el sol de abril caía a pico sobre su cabeza. Sudaba. Y el olor a sudor a sangre atraía una verdadera plaga de mosquitos. habían sido sus primeros visitantes en Belén y volvían a torturarle en la cruz.

El espectáculo cansa a muchos. No era por demás un espectáculo novedoso.

En este momento el cielo empieza a oscurecerse y en él aparecen estrellas ensangrentadas.

3. CORO.-

Dios se apaga en la Cruz

llora el cielo y el mar.

Dios muere por salvarnos.

Dios muere por salvarnos.

4 2 SOLDADOS.-

Pues ved...

el sol se apaga...

y su ensangrentado disco

la luna arroja en el cielo.

¿Qué señal es?

¿Qué prodigio?

Quizá en la muerte de este hombre

muchos os habéis excedido

y Dios su mano descarga.

BLOQUE 6.-

1. JESÚS.-

Mujer, mira ahí a tu Hijo.
Hijo, he ahí a tu Madre.

2. JUAN.-

Señor, la acepto con gran cariño.

Aunque ha de ser para vos

gran dolor trocar el Hijo

de tus entrañas benditas

por un extravío.

3. MARÍA.-

¡Hijo mío!

¿Qué pudiera hacer por ti!

¡Quién te vio.

Hijo mío y cómo te han puesto!

Mas poco alivio te doy...

4. JUAN.-

¡Venid, Señora conmigo!

Yo creía que era imposible quererte más

pero ahora que acabo de nacer

ahora que comencé a multiplicarme por tantos millones

ahora veo que nuestro amor empieza a perderse en el infinito

bajo la forma de Iglesia que ya se pierde

en el infinito bajo la forma de la celeste Jerusalén.

5. CORO. -

¿Satisfechos aún no están

vuestros locos desvaríos?

Este es justo y es del cielo

quien da un testimonio vivo

de su inocencia.

¡Mirad! ¡Vedle!

BLOQUE 7

1. JESÚS.-

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

2. NARRADOR:

Ahora es cuando, en verdad, el "sin-pecado" se hace radicalmente uno de nosotros. Si esa barrera del mal le distinguía de los hombres, ahora la saltará por amor. Y la pagará en soledad, en esta terrible soledad en la que experimenta la lejanía de su padre, del centro mismo de su alma. Por eso grita. Porque este dolor es más agudo que todos los de la carne juntos. Pero su grito no es desesperación. Es una queja lacerante, pero amorosa. Y segura. El grito de Jesús no es desesperación, sino oración. y una oración que enlaza directamente con la del huerto de los olivos.

3. CORO.-

Dios se apaga en la Cruz

llora el cielo y el mar.

Dios muere por salvarnos.

Dios muere por salvarnos.

4. DOS SOLDADOS.-

A Dios le pide su auxilio.

Veremos si a salvarle baja.

– Miradle, esta lívido.

5. CENTURIÓN.-

¡Entrañas de pedernales
tenéis, odiosos judíos!

6.- DOS SOLDADOS.-

Confía, confía en Dios...

BLOQUE 8

1. JESÚS.-

¡Tengo sed!

2. NARRADOR:

La garganta del crucificado está seca como una teja. Cuenta el dolor de experimentar la lengua como una piedra seca y la garganta como un desfiladero polvoriento. Tiene sed. Es uno de los terribles tormentos de los crucificados. Es el grito que –por hambre o por sed-- ha surgido de cientos de miles de bocas antes y después de Jesús. Es su palabra más radicalmente humana. es la prueba más definitiva de que está muriendo de una muerte verdadera, de que en la cruz hoy un hombre, no un fantasma. Y esta vez, un céntimo de piedad brota de uno de los soldados que aún están burlándose, al pie de la cruz. Tenían un jarro con mezcla de vinagre y agua. Y un soldado conmovido al oír la queja humana tomó una esponja, la sumergió en el jarro, la colocó en la punta de la lanza y la tendió al agonizante.

3. CORO.-

Dios se apaga en la Cruz

llora el cielo y el mar.

Dios muere por salvarnos.

Dios muere por salvarnos.

4. ORQUESTA:

5 SOLDADO.-

Cornelio, empapa la esponja

de agua mezclada con vino

y aplicádsela a sus labios.

6. CORNELIO.-

¿Agua con vino?

7. SOLDADO -

¡Eso he dicho!...

Pues poned hiel con vinagre

que para el caso es lo mismo...

8. CORNELIO.-

Toma y con este brebaje
aplaca tu sed, Rabino..

BLOQUE 9

1. JESÚS. -

¡Todo está consumado!

2. SOLDADO.-

La blasfemia en el suplicio.

3. CORO.-

Dios se apaga en la Cruz

llora el cielo y el mar.

Dios muere por salvarnos.

Dios muere por salvarnos.

4. SOLDADO.-

¡Hacia atrás!
¡Atrás cobardes esbirros!

BLOQUE 10.-

1. JESÚS.-

¡Padre mío, en tus manos encomiendo hoy mi espíritu!

2. NARRADOR:

El grito de Jesús es dulce y fuerte que penetra el cielo y la tierra. Sólo le falta morir, despedirse del mundo, encomendarse al Padre, morir. Es muy sencillo.

El hombre teme a la muerte. Morir no es nada trágico, no es saltar en el vacío, ni entrar en la noche. Creemos que morimos que perdemos la vida. En realidad es sólo que ponemos la cabeza en su sitio, en las manos del Padre. Cae la vida, caen las hojas, todos caemos. Pero alguien recoge estas caídas con sus enormes manos. las manos de dios son salvación. Las manos de dios son resurrección.

Jesús inclina la cabeza y entrega su espíritu al Padre. Por eso ahora Jesús muere tranquilo. Su cabeza desciende. Una gota de sangre rueda desde la frente a la mejilla al suelo, suena en el silencio de la tarde. Muere. Ha muerto.

Un fuerte temblor de tierra estremece a los presentes. Sopla un viento huracanado y los rayos cruzan en todas direcciones. Los asistentes, unos se golpean el pecho, otros se rasgan las vestiduras. La gente huye.

3. CORO.-

Dios se apaga en la Cruz

llora el cielo y el mar.

Dios muere por salvarnos.

Dios muere por salvarnos.

4. SOLDADOS.-

¡Ha muerto!

¡El mundo parece

que sale de su quicio!

¡Nos hemos equivocado!

¡No era este un forajido.

Su sangre sobre los que

han sido sus asesinos.

5. CORO.-

La naturaleza toda

de dolor se ha estremecido

al momento de morir

el hacedor que la hizo.

La gente va monte abajo

como un despeñado río...

Verdaderamente que éste

del sumo Dios era Hijo.

BLOQUE 11

1. MARÍA.-

¡Hijo mío!

2. SOLDADO -

¡Muerto está!

3. JUAN.-

¡Bárbaro cruel!

4. MAGDALENA.-

¡Inhumano!

¿Por qué le hiere tu mano

si ves que ya está muerto?

5. CENTURIÓN.-

Como dijo y con razón,
aquí todo ha terminado.

6. JOSÉ DE ARIMATEA.-

Nunca, noble centurión, hablaste tan acertado.

Podéis sin ningún temor

descender su cuerpo inerte

mientras de los tres la muerte

ya certificó al Pretor.

6. MARÍA.-

¡Traédmelo, Juan, por favor!

7. JUAN.-

Este tormento mayor

sé que al corazón pedazos

os ha de hacer el dolor.

8 MARÍA.-

Dejádmelo entre mis brazos...

Dejadme al Hijo de mi amor.

Hijo mío muy amado.

¿Quien te ha puesto estas espinas?

¿Quién te ha abierto este costado?

¿Quien esas manos divinas

y los pies te han taladrado?

Deja que te bese yo

como besarte solía...

¡Oh vosotros que apuráis

de la vida el sinsabor...

que lloráis... sufrís... y amáis.,

ved si un dolor contempláis

semejante a mi dolor.

9. NARRADOR:

Aquella cruz no era para los discípulos de Jesús sólo la muerte de un amigo; no era siquiera la pérdida de un amor; era el hundimiento mismo de todo un mundo. Con su muerte lo perdían todo y empezaban a preguntarse sí al morir Él, no habrían muerto también ellos. El corazón se llenaba de silencio.

De espera. De acallar las voces de fuera... y las de dentro, para que pudiera sonar la nueva melodía que Dios estaba a punto de estrenar.

Junto al cadáver del Crucificado sólo esperan María, algunas mujeres, el discípulo amado. El resto parece haber tirado la toalla. Es comprensible. El panorama es de cierto desahucio. El diagnóstico sobre la situación es “de pronóstico reservado”.

Hasta que Dios levanta su voz y hace justicia con el Crucificado. Su Vida y su Palabra se levantan como la nueva referencia, desde su lugar resucitado al lado de Dios.

Sólo basta con tener en el corazón “La canción más bonita del mundo”: La canción de la Vida.

10. CORO.-

Resucitó, resucitó,

supo cumplir su palabra.

Demostró que su victoria

pasaba por la cruz.

Ha partido su pan con nosotros

compartió nuestro dolor,

hoy su reino es camino que lleva

a la paz por el amor.

Fin