1.- SAN JOSÉ, PRIMAVERA, LUNA LLENA, SEMANA SANTA

Por David Llena

De los anteriores elementos, dichos en el título, siempre coinciden tres (al menos en el hemisferio norte). Primavera, luna llena y Semana Santa siempre irán de la mano y así se entiende el baile, quizá caprichoso de las fechas de Semana Santa a lo largo de Marzo y Abril.

Realmente este año viene a ser un poco extremo, ya que la primavera este año entra el 20 de marzo el mismísimo domingo de Ramos y la luna Llena es el 25 de marzo el mismo viernes Santo. Si la luna llena hubiese coincidido unos días antes, la Semana Santa se habría retrasado casi un mes, la tercera semana de Abril aproximadamente. El año próximo la Semana Santa cae a mediados de Abril, concretamente el Viernes Santo será el 14 de Abril, siempre coincidiendo con la primera luna llena de la primavera.

Sin embargo este año podemos disfrutar de un par de acontecimientos más en esta Semana Santa: el primero, ya señalado en el título es como San José, padre de Jesús abre paso a la Semana de Pasión de su hijo, celebrando la paternidad de José y su consentimiento para acoger a María y por tanto a Jesús, miramos a esa madre sufriendo como había augurado Simeón años atrás. San José nos acompaña esta semana de Pasión y su compañía puede hacernos aceptar esos designios de Dios que a veces no entendemos, como los discípulos no entendieron la muerte de Cristo, y que seguro hubiese procurado un alivio a los corazones de Jesús y María.

La otra coincidencia es bastante chocante. En el mismo día que celebramos la muerte de Cristo en la cruz y tras la importancia de este hecho, queda en un segundo plano la fiesta de la encarnación del verbo en las entrañas de María. Son dos hechos distantes en el tiempo pero unidos teológicamente, la semilla de salvación que llega al mundo con el Sí de María un sí que también pronuncia al pie de la cruz. Aunque no entiende si acepta.

Cristo vino a salvarnos el día de la encarnación del verbo y Cristo nos salva el día de su muerte. Nueve meses estuvo en el vientre de María, tres días estará en las entrañas de la tierra. Lo que resulta después es una criatura nueva un Salvador que nace en Belén, una Iglesia que nace en el cenáculo. Un hombre-Dios que nos enseñó el camino una Madre-Esposa que nos muestra el camino y a través de la cual nos llega aquella salvación que Cristo nos trajo. Realmente esta Semana Santa es bastante especial. No la dejemos pasar.

 

2.- ANOTACIONES DE UN BUHO, QUE SE DEJÓ OLVIDADAS EN GETSEMANÍ

Por Pedrojosé Ynaraja

(Observará el lector habitual, el cambio que doy a estas aportaciones semanales. Los iniciaré con relatos imaginarios referentes a la Semana Santa).

Está solo, bajo un olivo postrado, cerca de mi, sin que me vea.

Llora, suda, mira arriba, se alza nervioso, cae sobre la piedra que había escogido para orar.

(La Luna mira y alumbra un demacrado rostro de tirante piel, de afilada nariz; iba a decir que siento asco y nausea, diré en cambio que me da lástima)

Todo Él desaliñado, da pena, coraje, los demás le han dejado sólo, y abandonado.

Se alza y marcha hacia los suyos que dormitan.

Que vengan hombres futuros a acompañarlo. Que sufran con Él al consolarlo. Que la Luna sea testigo del rostro blanquecino, de la piel sucia, de sudor y polvo, de las piedras temblorosas, de su castañear de dientes, de su pena mortal, de su postración, de su tedio.

(Que la Luna reclame a tiempos futuros atención y amor, para Él)

Torna al mismo lugar, cabe mí, pensativo, decepcionado y triste.

(La Luna debe contar que al poco, se ha erguido, ha avanzado, al encuentro ha ido de quienes pretenden suprimirlo)

Pienso yo (esta noche se me ha concedido a mí, búho real, pensar) que se lo llevan porque estorba, pretenden matarlo porque vive demasiado, y da vida, y razones para vivir. Se ha hecho Dios de ellos que a Dios, supremo juez, creador, dador de vida eterna, no aceptan. Que es el liberador de todos, hasta de los que deberían estar siempre encarcelados. Molestaba, y le rodean y le tienen maniatado.

Han huido, pero Él marcha tembloroso, decidido, al encuentro de quienes le privarán de hablar: que no proclame la Buena Nueva, que es mala para ellos. Le encerrarán para que a nadie cure de los malignos males, para que a nadie salve de su existencia hundida en el error, el pavor, la angustia, el pecado. Lo matarán para que a nadie de vida y resucite.

Yo, pájaro solitario, hubiera querido protegerlo y ampararlo con mis alas, acompañarlo y darle el calor de mi cuerpo. No me es dado penetrar en las estancias de los hombres.

Marcho a Galilea esperando allí encontrarlo más tarde, tal vez vivo, libre, amado, amando.

 

3.- REFLEXIONES EN DÍAS GRANDES

Por Fernando O. Rivera

Escritas hace un tiempo, estas reflexiones de nuestro buen amigo Fernando O Rivera, tienen especial resonancias en estos días de Semana Santa y Pascua. Merece la pena volver a publicarlas

1.- LA ÚLTIMA CENA

Anoche me pareció que estábamos celebrando el momento más importante en la historia de la humanidad. Es el momento en que Jesús establece la base para el futuro de su misión; tan importante es que lo comparte con todos sus apóstoles. En el fondo de todo este evento está su Amor: tanto les ama que quiere permanecer con ellos, con toda la humanidad, para siempre. Desde ese momento les deja la potestad de hacerle llegar hasta ellos, en carne y sangre, con las solas palabras - la fórmula - que les ha revelado: “Este es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre.” En esa ocasión, la más importante, nos deja su cuerpo y sangre - la parte física de su ser; su Espíritu vendrá luego.

Las implicaciones de este hecho fenomenal: para Dios la materia y el espíritu son de igual importancia. ¡Ambos fueron creados por Él! El ser humano es uno, indivisible. Existe la apariencia de la muerte como separación del cuerpo físico y el alma espiritual, pero ¿por qué entonces la resurrección final?

Pero volvamos al momento más importante en la estadía de Jesús entre los hombres, la Última Cena. Ésta había sido prefigurada en la cena pascual en Egipto: el momento del paso del castigo divino sobre la región y la protección ofrecida a los elegidos por la sangre derramada del cordero. En la última cena de Jesús con los suyos más amados no se derrama su sangre. Parece como si Él, previendo el derramamiento posterior en el cruento evento de su pasión, separa parte de esa sangre suya para vivificación de nuestras almas. Y lo mismo con su cuerpo que sería más tarde despedazado vilmente hasta su muerte en la ignominiosa cruz.

La consagración es pues la muestra más fehaciente de su Amor – la consagración es para siempre, él es “sacerdos in eternum”. Jesús tomó de nuestra humanidad a través de su santísima madre y nos la devuelve en las sagradas formas. Participa de nuestra humanidad para hacernos partícipes de su divinidad – por los siglos de los siglos… ¡Amén!

2.- VIERNES SANTO

Esta tarde al comulgar durante los servicios de Viernes Santo, sentí que le crucificaba sobre el duro madero de mi alma endurecida. ¡Cuántas veces se me entrega para ser alimento de mi alma y termina crucificado con mis caídas! Que más bien terminamos crucificados ambos pues mis pecados van también en contra de mí mismo.

Antes de recibir su sacratísimo cuerpo había escuchado sus palabras desde la cruz a través de las voces de los jóvenes de la parroquia que se preparan para recibirle resucitado. Voces que enmarcaron muy certeramente nuestras actitudes hacia la convivencia humana, nuestra vida espiritual y la fe de nuestros padres. Y la frase que más nos aplica – “perdónales que no saben lo que hacen” – se quedó conmigo toda la tarde...

3.- RESURRECCIÓN

Al recibirle anoche en las sagradas formas pude corroborar que la última cena fue el momento más importante para nosotros los hombres que vendríamos más tarde en la historia de esa humanidad tan amada de Jesús. La celebración de su Resurrección hubiese sido otra sin tenerle luego en nuestro corazón de esa manera especial y real de su cuerpo y sangre. La próxima celebración de Pentecostés no sería tampoco igual sin su cuerpo y sangre conformándose a nosotros en nuestro interior para alimento de nuestras almas.

El alimento material nos nutre porque se integra a nuestros cuerpos conservándolos y fortaleciéndolos para mejor emprender nuestras tareas cotidianas. Todas las moléculas que conforman nuestro cuerpo se originaron en esos alimentos. Nuestros cuerpos se renuevan totalmente cada siete años según indican los versados en la materia. Cada siete años somos otros corporalmente. Y se nos pasa inadvertido.

Cada semana nos acercamos al sacramento de la comunión. El alimento espiritual nos nutre pues se integra a nuestras almas conservándolas y fortaleciéndolas para mejor emprender nuestra misión de hombres de Dios. Toda la fortaleza espiritual que mueve nuestras almas tiene su origen en el cuerpo y la sangre de nuestro señor Jesús. Nuestras almas se renuevan cada semana. Cada siete días somos otros espiritualmente. ¿Y se nos pasa inadvertido?...

4.- EL DIOS HUMILDE

Decía Martín Descalzo, hablando de los magos de oriente ante el pesebre, que “conocieron que era el verdadero por ser humilde”. Esta característica del hombre-Dios era la que no permitía a la jerarquía religiosa judía reconocerle como el Mesías. La humildad de Jesús no proviene de su condición humana sino de su divinidad. ¿Dios humilde? La respuesta la tenemos en su misma encarnación. Un dios soberbio no caería tan “bajo” como para convertirse en “esclavo” y dejarse encadenar por las leyes físicas de un mundo que fue imaginado, planificado y creado por él.

Pero no es su humildad la que le hace convertirse en hombre. Es su amor el motor de tal decisión. Está tan enamorado de su criatura que toma nuestra carne y sangre y se sumerge en ellas como quien viste una túnica cortada a la medida. Pero esa carne y esa sangre nuestras las sacraliza y nos las devuelve en la última cena para alimento de nuestras almas. ¡Luego, increíblemente, las aniquila en el calvario! Finalmente es tanto su amor por esa carne y esa sangre que tomó de su amada criatura humana que se las lleva consigo, glorificadas, al regresar a su amado Padre…

5.- A LA MADRE DE JESÚS

Tú aceptaste llevarle en tu purísimo vientre y aportaste de tu carne y de tu sangre para que se fuese formando su sacratísimo cuerpo; el mismo cuerpo que entregaría, años después, en el patíbulo de la ignominiosa cruz para redención de mis pecados.

Hoy le recibo yo en las sagradas formas y nada aporto; recibo de él su carne y su sangre para que se vaya formando su espíritu en mi interior.

No permitas Madre que se deforme su imagen en mí por mis infames caídas.