LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 78. DIOSY SUS MARAVILLAS
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Israel evoca su historia desde dos perspectivas. La primera está marcada por la fidelidad de Dios a sus promesas. Fidelidad que se traduce en las continuas maravillas que Dios ha hecho y continúa haciendo con su pueblo, liberándolo, protegiéndolo y engrandeciéndolo. La segunda es la contumaz infidelidad del pueblo que, a pesar de tantos signos de salvación dados por Dios a lo largo de su historia, es incapaz de quitarse de encima la desconfianza natural que surge ante la prueba y el peligro.

Nos vamos a detener en esta segunda perspectiva escuchando al salmista: “Hablaron contra Dios; dijeron: ¿será Dios capaz de prepararnos una mesa en el desierto? Entonces Yahvé lo oyó y se enfureció, un fuego se encendió contra Jacob...porque no habían tenido fe en Dios ni confiaban en su salvación.” Aún así, a pesar de que Dios se enfurece, es decir, se aleja de ellos retirándoles su protección, el pueblo persiste en su actitud de no dar crédito a Dios, que siempre les ha protegido:”Mas con todo pecaron todavía, no tuvieron fe en sus maravillas”.

Dios, cuando su pueblo se empecina en su testarudez, le deja a merced de sus fuerzas para que aprenda que, sin Él, no puede sobrevivir. A pesar de ello, Israel persiste en su terquedad y no se vuelve a Yahvé que tantas maravillas ha hecho por él. A un cierto momento, parece que el pueblo va aprendiendo la pedagogía que Dios hace con él, y se acoge a su protección. Pero no nos engañemos, es una conversión superficial, algo así como para salir del apuro: “Cuando los mataba, le buscaban, se convertían, se afanaban por él...Mas le halagaban con su boca, y con su lengua le mentían...”.

Esta vuelta engañosa a Dios, marcada por el interés y el temor, a fin de salir airosos de una situación peligrosa, la denuncia Dios mismo por medio del profeta Oseas con palabras que nos atraviesan el alma:”Venid, volvamos a Yahvé, pues Él nos ha desgarrado y Él nos curará, Él nos ha herido, y Él nos vendará. Dentro de dos días nos dará la vida, al tercer día nos hará resurgir y en su presencia viviremos”(Os 6,1-2). Así habla el pueblo, proponiendo una vuelta a Dios fríamente calculada. Es una conversión en la que no interesa tanto Dios cuanto el hecho de que les libre de la calamidad. No es una conversión interior, es una simple fachada para que el pueblo pueda superar sus desgracias. Dios mismo responde así a una conversión tan ficticia como ridícula: “¿Qué he de hacer contigo, Efraín? ¿Qué he de hacer contigo, Judá? ¡Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío matinal que pasa...! (Os 6,4)

Dios responde así a Israel para hacerle ver que, como ya denuncia el salmo, “su corazón no era fiel con él, no tenían fe en su alianza”. Con estas palabras, Dios pone el dedo en la llaga de lo que constituye la razón de la incredulidad del hombre. El corazón de Israel no era fiel y no podía serlo porque no daba crédito a su alianza. ¿Cómo puede creer un hombre que echa en saco roto todo lo que Dios ha hecho por Él? ¿Cómo puede creer un hombre cuando, en su soberbia, piensa que lo que ha llegado a ser se debe a sus esfuerzos y capacidades? ¡Dios no ha hecho con él ninguna maravilla, tal y como ya vimos en el salmo! “En sus maravillas no tuvieron fe”. ¡Pobre del hombre que piensa que todo lo que es, se lo debe a sí mismo!

Habrá que volver nuestros ojos a María de Nazaret, imagen preciosa de la fe, que, en su cántico de acción de gracias, proclama con todas sus fuerzas: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc1, 48-49)

María, espejo de la fe de todo creyente, pregona, exultante, que el Nombre de Dios es Santo porque, en su fidelidad, Dios ha hecho en ella maravillas. Maravillas que Israel no pudo o no quiso reconocer; no las tuvo presentes en el momento de la prueba, de la tentación, del peligro.

María es portadora de una misión única en la historia. No pudo ni quiso dar explicaciones a nadie, ni siquiera a José, su esposo. Sabía que, si habían de dar explicaciones, las daría Aquel que le confió la misión: el mismo Dios. Y así lo hizo. Es por ello que sus labios se articularon gozosamente para anunciar a su prima Isabel y a toda la humanidad que Dios, el Dios de sus padres, es el Dios fiel, el que no olvida, el que no abandona, el que ha hecho en ella las maravillas que fundamentan su fe.

Dios hace sus maravillas con todo hombre; maravillas que son aún más evidentes en todo aquel que busca sinceramente a Dios, tan sinceramente que se pone en sus manos. Al igual que María de Nazaret, el discípulo del Señor Jesús rescata de su alma las maravillas allí acontecidas. Éstas se convierten entonces en baluartes y ciudadelas que resisten toda tentación. Se convierten en bálsamos para nuestras heridas. También son surtidores de esperanza en momento de desánimo. En definitiva, estas maravillas marcan nuestra fidelidad con Dios; así como también crean en nosotros la conciencia de que es verdad que tenemos un Padre.