¡TE ESPERAMOS SEÑOR!

Por Ángel Gómez Escorial

Como habrás visto, Señor, llevo varias semanas escribiéndote. Y es que cada Navidad espero con enorme emoción tu llegada. Si tu vida en la Tierra cambió la historia, yo creo que cada Navidad, año a año, el mundo mejora. Aunque sólo sea un poco. Y los hombres y mujeres, también mejoran muy especialmente. Claro que después de más de dos mil años, acumuladas esa mejoras anuales tendríamos que ser perfectos y nuestro mundo una delicia. Un reino de amor y paz como nos está describiendo el profeta Isaías en estas jornadas. No es así, claro. El camino recorrido parece muy pequeño y nuestro mundo parece, asimismo, que se aleja del ideal que tú nos mostraste y nos muestras.

Sin embargo, yo creo que no es así. Y creo fehacientemente que el influjo de cada Navidad nos ha hecho mejores. No es cuestión de estar siempre dando una versión negativa de lo que ocurre. Entiendo que hay muchos argumentos para el pesimismo y para contemplar por doquier sólo lo malo que nos rodea. El terrorismo, por ejemplo, es una lacra terrible. Los familiares de las victimas de los atentados del 11 de Marzo de 2004, de Madrid, van a completar su primera Navidad con la pena por el recuerdo de los seres queridos que ya no están. Y a ellos –a esos familiares heridos en el alma por la barbarie-- es muy difícil llevarles consuelo con la voz y con la pluma, con palabras escritas o habladas. Pero nuestro sentimiento de amor y solidaridad hacia ellos existe. Y saben que, aquel día aciago, sufrimos con ellos, porque las bombas terroristas nos habían herido a todos y cada uno de nosotros. Y es que la maldad –el Malo—produce estragos pero no nos aparta del camino que nos has mostrado: es el Camino, la Verdad y la Vida.

Y la realidad es, Señor, que te echamos de menos. Y que cuando gritamos eso de “Ven, Señor Jesús”, lo estamos pidiendo desde lo más puro y profundo de nuestro ser. Te necesitamos porque sabemos que quieres venir, otra vez, a enjugar las lágrimas de los que lloran y a comunicar alegría a los tristes. También esperanza a los desesperanzados crónicos: a aquellos que no confían en el efecto curativo de tu llegada. Tú sabes, Señor, que siempre ha habido problemas. También infidelidades. Una parte de los problemas que sufren nuestros prójimos somos nosotros –los que continuamente profesamos tu Nombre—los culpables. Eso ha ocurrido siempre. Pero tu llegada de la madrugada del 25 de Diciembre siempre cambia algo. Esa noche hay más amor en el mundo. Y tras el largo silencio que precede a tu Nacimiento estrellas bellísimas de conversión caen sobre las cabezas de todos, aunque algunos casi te habían olvidado.

El calendario de este año hace que este Domingo Cuarto de Adviento quede, casi, a una semana de distancia de tu llegada. Es verdad que nos gustaría que ya estuvieras llegando, en horas, en minutos. Pero, asimismo, es verdad que esos días que nos quedan para tu llegada han de servirnos para mejor prepararnos a nuestro encuentro contigo, Señor. Para apreciar, sin duda, que llegaremos a la cita contigo más convertidos, más niños, más alegres y enamorados del Amor. De ese Amor que mueve el mundo.

Ven, ya, Señor. Te esperamos. Danos paz y concordia. Permítenos que durante unas horas –tal vez fuera ya toda la vida—nos convirtamos en niños, como tú eres Niño, para que cantemos y riamos. Y la alegría, la esperanza, la fe y el amor sean parte integrante de nuestra existencia. Ven, Señor, no tardes. Te esperamos.