TALLER DE ORACIÓN

SOY PERSONA QUE VIVE LA ESPERANZA

Por Julia Merodio

(Tercer domingo de adviento)

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Estamos ya en el corazón del Adviento. Queda, solamente, la cuarta semana para dar paso a la navidad. Sigamos en este camino de silencio. Seamos fieles a los tiempos de oración. No forcemos situaciones. Tan sólo pongamos nuestras esperas y esperanza en manos del Señor. Tengamos paz. Sintámonos acogidos en este encuentro y contemplemos.

ESPERAS

La espera de que alguien se acuerde de ti.

La espera de ser tenido en cuenta.

La espera de un regalo.

La espera de una llamada telefónica.

La espera de unas vacaciones

 

La espera de un resultado médico.

La espera del hijo que no llega.

La espera del veredicto de un juicio.

La espera junto a la cama de un enfermo.

 

ESPERANZAS

La esperanza de no perder el trabajo.

La esperanza de sanar.

La esperanza de ser madre, padre.

La esperanza de no sufrir demasiado.

La esperanza de que, el Señor, sigue llegando a nuestra vida.

REPASEMOS TAMBIÉN OTRAS COSAS

¿Cómo esperamos la navidad?

¿Cómo esperamos que sea la cena de ese día?

¿Estamos pensando lo que vamos a comer, como nos vamos a vestir…?

¿Nos inquieta, nos dispersa, nos angustia…?

¿Cómo esperamos los regalos?

¿Qué sentimientos despierta todo esto en nosotros?

¿Esperamos con ilusión reunirnos con la familia, o lo hacemos fastidiados, tan sólo porque es tradición?

¿Cómo esperamos este adviento los tiempos de oración?

¿Cómo esperamos el poder asistir a la Eucaristía de cada día?

¿Nos ilusionaría poder asistir a una vigilia de navidad, a un retiro, a una convivencia… para preparar en serio la llegada de Jesús?

JUZGAR

“Desgraciado el que desprecia la sabiduría y la instrucción; vana es su esperanza, insensato su esfuerzo, inútiles sus obras” (Sab. 3, 11 – 12)

“Si aquellos en quienes confiábamos, a los que acudíamos en busca de auxilio para librarnos del rey de Asiría, se ven así, ¿Cómo vamos a escapar nosotros?” (Isaías 20, 6)

“Por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios” (Romanos 5, 2 – 3)

Ahora vemos por medio de un espejo y oscuramente, entonces veremos cara a cara. Ahora conozco imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me conoce. Subsisten estas tras cosas: La fe, la esperanza y la caridad” (I Cor. 13, 12 – 13)

“Su venida ha traído la esperanza de la paz. Paz para vosotros los que estáis lejos y paz, también para los que están cerca” (Efesios 2, 17 – 19)

ACTUAR

También en esta ocasión voy a empezar por una ilustración del tema.

Cuentan que en un pueblecito tranquilo, la gente salía a pasear por las noches para contemplar las estrellas, gozando de la paz y la tranquilidad.

Pero las estrellas al ver a esas personas que las contemplaban entusiasmadas, sintieron curiosidad por conocer su manera de vivir y cierto día se acercaron a Dios para decirle:

--Señor, nos gustaría bajar a la tierra de los hombres.

Dios mirándolas con cara compasiva cedió a su ruego y les consintió vivir esa experiencia. Y ante la sorpresa de aquellos que las contemplaban, esa noche, hubo una maravillosa lluvia de estrellas. Las estrellas se extendieron por toda la tierra y fueron a parar a miles y millones de lugares, dando un brillo especial a cada rincón del universo.

Pero un día, Dios quedó sorprendido al comprobar que las estrellas habían vuelto dejando la tierra oscura y triste.

--¿Qué ha pasado? ¿Por qué habéis vuelto?, preguntó el Señor.

--Es duro vivir en la tierra, contestaron, allí hay demasiada violencia, hay maldad, miseria, desigualdad

--¡Está bien! –dijo el Señor-- Que cada una vuelva a su lugar y desempeñe su función.

Mas, al hacerlo, observaron que quedaba un hueco sin llenar; que una de ellas no había vuelto.

--Habrá decidido quedarse en el camino, dijo la más cercana.

Pero un Ángel que se encontraba cerca aclaró:

--¡No! Ella no volverá. Ha decidido quedarse entre los hombres. Ha descubierto que su lugar está donde existen las cosas que no van bien, donde hay lucha, dolor…

Y ¿qué estrella es esa?, preguntaron con inquietud.

--Es la esperanza. La estrella que adorna su derredor con un lindo color verde.

Cuando miraron a la tierra los corazones desprendían una luz verdosa que embellecía la senda donde pasaban. La gente estaba alegre. Sentían que dentro de ellos había algo muy preciado. Y se dieron cuenta de que: a su existencia había llegado la esperanza.

LA ESPERANZA

La esperanza y la espera son dos necesidades que anidan inseparablemente en el interior de la persona. Pero no son la misma realidad.

Todos hemos tenido la experiencia de esperar algo o a alguien con todas nuestras fuerzas y de que esta espera, se hiciera o no realidad, dependía nuestra alegría o nuestro fracaso, sin darnos cuenta de que el resultado no estaba en nuestras manos, ni dependía de nosotros ni, a la larga iba a afectar tanto al discurrir de nuestra vida.

De nosotros depende la esperanza. Cada uno, podemos ser personas que vivimos la esperanza, seres que no esperamos nada o, lo que es peor, individuos anclados en la desesperanza.

Por eso, necesitamos tener claro que, donde se funde la verdadera esperanza, es en nuestro corazón. Y se realiza de forma primordial cuando ante nosotros se presenta la dualidad de salud, enfermedad, o el misterio de la vida y de la muerte.

Es ahí, donde un año más sale a nuestro paso el Adviento, para poner ante cada uno de nosotros esta virtud que, tanto escasea y que tan preciada es en la vida de cada ser humano.

PORTADORES DE PRESENTE

El ser humano, como portador del presente y caminante de futuro vive desajustes en su vida y los resultados de esos desajustes le producen desencantos, frustraciones, angustias… que le hacen tambalearse sin saber muy bien que rumbo tomar o a quien acudir.

La persona de hoy quiere tener todo atado y bien atado, saber lo que le deparará el porvenir y no estar tambaleada por imprevistos. Pero lo quiera o no esto es imposible, por eso necesita a alguien que le enseñe a esperar, alguien cuyas promesas sean verdaderas, alguien que le dé motivos para seguir esperando.

FE Y ESPERANZA DOS VIRTUDES INSEPARABLES

Si la fe pone al descubierto nuestra vocación, la esperanza nos muestra el camino para llevarla a cabo. Cuando alguien se pone en camino, tiende hacia una meta y ha buscado cual es el sentido y la dirección por donde ha de caminar. Pero la vida de las personas es larga y tiene días en que todo se ve claro, tiene noches en las que aparecerá la oscuridad y cuando menos lo esperamos hallamos, ciertas piedras en el camino, que si no estamos atentos nos harán tambalear y caer. De ahí todas esas luchas por conseguir lo que pretendemos… y en medio de ellas, algo necesario para no desfallecer: la Esperanza.

Me duele ver como estamos perdiendo este gran valor. Me duele oír “yo no espero nada ni a nadie”. No espero nada de mi esposo-a, ni de mis hijos, ni de mis padres… y lógicamente, quien va por este camino, tampoco espera nada de Dios. Vivimos arrastrados por la corriente, nos dejamos llevar por ella y solo esperamos que alguien nos empuje un poco para no desfallecer.

Todos nacemos, vivimos, trabajamos, morimos… pero no todos valoramos este don. Hay muchos lo hacen porque no les queda más remedio, e incluso encontramos algunos a los que les parece una fatalidad, un sinsentido pasar por estar realidades.

Y no sólo esto. A nuestros hijos, a lo que más queremos los estamos timando. Les enseñamos muchas cosas, les damos muchos gustos, les damos todos los estudios que podemos… pero no les enseñamos a vivir, no les enseñamos a desarrollar los verdaderos valores que llevan a la felicidad y lo que es más triste, no les damos motivos para esperar.

Todavía no nos hemos dado cuenta de que cuando en la vida de una persona anida el valor de la esperanza le llega el gozo, al fidelidad, la disponibilidad, la respuesta, la plenitud… empieza a descubrir que todo tiene sentido y, casi sin darse cuenta, va camino de la felicidad.

NOS RESULTA DIFÍCIL ESPERAR

Si en nuestro mundo hay algo que funciona es la obtención de resultados. No importa el trabajo que hayas hecho, importan los beneficios que han producido.

Sabemos bien que en el siglo XXI no se puede “vivir en las nubes” todo es demostrable y las cosas que no son palpables las desechamos inmediatamente. ¡No estamos para perder el tiempo!

Con esta perspectiva ¿Para qué queremos la esperanza? Pero no nos engañemos, sin la esperanza difícil mantener la confianza en un Dios al que no vemos, al que escasamente sentimos y al que no tenemos tiempo de invocar.

Sin embargo Jesús, siendo Dios, sabe esperar. Espera, nada menos, que 33 años de vida monótona para realizar su obra.

Y, no sólo sabe esperar, Jesús es esperanza y quiere entrar en el corazón de tantas personas egoístas que tan sólo hemos sabido instalarlos en nuestra frialdad.

Ahí lo tenemos ya llegando un año más. Habrá mucha gente que rehusará su venida, que permanecerá instalada en el consumo y el despilfarro, que le cerrará la puerta para que no se inmiscuya en su vida y seguirá encerrada en su impotencia de no creer ni esperar en el “Dios que viene a traerle la salvación”

Pero también somos muchos los que esperamos a ese Dios que toma vida en un recién nacido. Y lo sentiremos a nuestro lado, su vida se mezclará con la nuestra y lo difícil se hará fácil y se realizará el milagro de dar paso en nuestra existencia al mismo Dios.

¡MADRE ENSÉÑANOS A ESPERAR!

No puedo cerrar el tema, sin dedicar estas últimas líneas a la Madre, no es casual que, la fiesta de la Inmaculada, la Iglesia la sitúe en el corazón del Adviento.

También tenemos cerca la fiesta de la Virgen de la Esperanza, advocación de nuestra parroquia. Cuando llegamos a este punto la esperanza ya se hace certeza.

Y llegamos a la Madre para que ella nos enseñe a esperar; nos ayude a ser hombres y mujeres de esperanza que, como ella, aguardamos la llegada del Señor. Y vemos, que María esperaba.

Esperaba porque era pobre, porque era humilde, porque era sencilla, porque era fiel... Y, esperaba sin cansarse, cada día, cada hora, cada instante, cada jornada... Ella sabía bien que esperando se vive, se siente, se palpita, se ama. En ese silencio, ella esperaba la salvación para dárnosla.

Ante esta realidad, pedimos al Señor, que nos ayude a imitarla de tal manera que, los que se acerquen a nosotros, encuentren testimonios y motivos para seguir esperando la salvación que se acerca.

Y en este clima de oración sólo nos queda decirle al Señor:

• Quiero esperarte, como sólo María supo hacerlo.

• Quiero esperarte con el oído abierto al llanto del que grita.

• Quiero esperarte, Señor, estremecido ante tanta noche interminable como detecto en el horizonte que me rodea.

• Quiero esperarte velando, para percibir tu llamada que tanto me cuesta escuchar.

• Te esperaré hasta que quieras tocar mi fondo, para salir de esta amarga espera que se prolonga cada día más.

• Te esperaré en esta morada donde habito con la valla levantada, la puerta abierta y la lámpara encendida.

• Esperaré con alegría que tu calor deshaga mi frialdad.

Que tu dinamismo me saque de mi letargo.

Que tu consuelo enjugue mis lágrimas.

Y tu bondad inunde de certeza mi falta de fe.