Tercer Domingo de Adviento
12 de diciembre de 2004

La homilía de Betania


1.- ÉL VIENE A TI: SUS PALABRAS SON SUS OBRAS
Por José María Martín OSA

2.- TAMBIÉN A NOSOTROS NOS DECEPCIONA DIOS
Por José María Maruri, SJ

3.- FRENTE A LA TRISTEZA Y EL ABATIMIENTO, LA ALEGRÍA
Por Antonio Díaz Tortajada

4.- JESÚS VIENE A SU MANERA
Por Javier Leoz

5.- PREGUNTEMOS A JESÚS
Por Ángel Gómez Escorial


1.- ÉL VIENE A TI: SUS PALABRAS SON SUS OBRAS

Por José María Martín OSA

1.- Hacen falta profetas en nuestro mundo, decimos con frecuencia. Hoy nos encontramos con dos, mejor con tres si incluimos a Pablo de Tarso. Los tres anuncian la salvación, los tres animan a tener esperanza, los tres denuncian la injusticia, los tres son perseguidos por decir la verdad y a los tres les mueve el amor de Dios. El profeta Isaías anuncia a los desterrados en Babilonia que llegará un día en que volverán a su tierra y "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará". Juan el Bautista es el segundo profeta que nos presenta la Palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Manda una embajada para hablar con Jesús y éste le confirma como profeta y más que profeta, el mayor de los nacidos de mujer.

La misión de Juan fue preparar el camino del Señor, ser el precursor del Salvador. Pablo habla de la otra venida del señor al final de los tiempos, la parusía que creía ya cercana. Insta a tener paciencia como el labrador que espera el fruto de su cosecha, o los profetas que soportaron con paciencia todos los sufrimientos. Una lección para nosotros que tanto nos quejamos por pequeñas cosas y un motivo de esperanza.

2.- Entre la primera y última venida de Jesucristo hay otra venida que se produce todos los días en nuestra vida. El está ahí y viene a tu puerta para que le abras. Es como aquel sastre, Juan era su nombre, que pedía a Dios que viniese a visitarlo, hasta que un día Dios le dijo que iría a verle. El buen hombre se levantó muy temprano para recibir la visita del Señor. Durante la mañana sólo se acercó a él un pobre niño hambriento y tiritando de frío, al que nuestro hombre regaló uno de sus mejores trajes y le proporcionó un buen caldo caliente. A mediodía apareció un borracho que no tenía donde caerse y Juan le metió en su casa, le recostó en su cama y le puso una manta encima para que no se congelase. Ya al atardecer vio como se pelaban dos mujeres en la calle y él salió de la sastrería y puso paz en medio de ellas. Juan se acostó defraudado, creyendo que Dios no había cumplido su promesa. Cuando ya el sueño le vencía escuchó la voz de Dios y Juan le echó en cara que le hubiera tenido todo el día esperando su venida, pero Dios le respondió que sí había ido a visitarlo, El estaba en aquél niño muerto de hambre, en el borracho y en los dos mujeres que se peleaban. Juan le había ayudado y por eso estaba orgulloso de El, pues supo recibirle como debe ser: con amor generoso y gratuito. Jesús viene a nuestra vida cada día. ¿Sabremos descubrirle?

3.- Los discípulos de Juan descubrieron a Jesús por sus obras: "los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio". San Agustín comenta que es como si Jesús dijese "Ya me veis, reconocedme. Ved los hechos, reconoced al hacedor".

Jesús es el auténtico profeta esperado desde todos los tiempos. El anuncia un mundo nuevo basado en el amor. El es quien hace realidad este anuncio aquí y ahora, El es el que da la vida por nosotros. Todos los que sufren encuentran alivio, consuelo y curación ante la presencia de Jesús. Si te encuentras mal, si tus fuerzas flaquean, si la enfermedad o el cansancio pueden contigo, acude a El. Sus palabras son sus obras, míralo y tu vida cambiará. Por eso hoy estamos alegres, en este domingo "gaudete", alegre, porque la salvación, el tesoro que todos buscamos ha llegado a nosotros: Jesús de Nazaret.


2.- TAMBIÉN A NOSOTROS NOS DECEPCIONA DIOS

Por José María Maruri, SJ

¡Dichoso quién no se siente defraudado por mi! ¿Sentía Juan la angustia por la decepción que se abría paso en su corazón? Motivos tenía Juan para sentirse decepcionado por Jesús. Juan sen sentía contento con disminuir con tal que Jesús creciera, pero las noticias que se filtraban a través de los gruesos muros de su prisión del Aqueronte eran que Jesús no tenía el menor deseo de crecer. Huía de los que le proclamaban Rey. Se decía siervo de los demás. Aconsejaba no ser como los Reyes y Señora de este mundo. Aquello, no era para creer. Era solo para disminuir.

* Juan había puesto en las manos de Jesús la hoz para la siega y Jesús hablaba de sementera. Le preocupaba la pequeña semilla que un día daría su fruto. La siega sería de otros.

* Juan le había profetizado con el bieldo con el bieldo en la mano separando el trigo y la paja. Y Jesús ni siquiera quería separar la cizaña del trigo. No quiere dividir a los hombres en buenos y malos. Come y vive con los etiquetados como pecadores. Se hacen discípulas suyas las públicas pecadoras.

* Juan ha prestado a Jesús un hacha para que corte de raíz los árboles podridos. Y Jesús dice que no quiere acabar de chascar la caña quebrada que ya se inclina casi sin vida al suelo.

* Juan, que se siente seguro del tiempo del Mesías, no sabe que pensar del modo con que el Mesías, Jesús, se presenta. Juan pregunta.

* Y Juan muere decapitado en la cárcel sin haber visto crecer a Jesús, pero confortado con sus palabras “dichoso el que no se decepciona de mi”.

2.- También a nosotros nos decepciona Dios.

-- Nos decepciona porque no castiga ante nuestros ojos a los que llamamos malos. Nos decepciona porque no participa en nuestra ira.

-- Nos decepciona cuando le pedimos un milagrito y no nos lo concede

-- Nos decepciona cuando vemos a los que llamamos buenos oprimidos por los malos. Nos decepciona porque no participa en nuestros resentimientos.

-- Nos decepciona cuando parece hacerse sordo a nuestras oraciones.

-- Cuantas veces sentimos ganas de enmendarle la plana, aunque no nos atrevamos a formularlo en palabras. Cuantas veces sentimos que Dios hubiera cometido menos errores si nos hubiera consultado a nosotros.

--Nos decepciona Dios porque nos hemos fabricado un Dios con nuestros mismos gustos, sentimientos, y aseveraciones. Y de esa manera Dios no sabe ser Dios, porque cuando nos hacemos un Dios demasiado semejante a nosotros, protector de nuestros gustos e intereses y amparador de nuestros colores políticos, hacemos de Dios una caricatura y fomentamos el ateismo de los demás, que se avergüenzan de admitir, no un Dios verdadero, sino ese Dios que nosotros adoramos.

--Dios lleva muchos años opositando ante nuestro tribunal para conseguir una plaza de Dios... y no se la concedemos.

3.- “Mis planes no son vuestros planes, y mis caminos no son vuestros caminos”, nos dice el Dios verdadero.

--Vine a salvar al mundo y nací niño indefenso

--No nací en Roma sino en la desconocida Belén

-- Viví escondido 30 años en Nazaret, de donde nada bueno puede salir. Me gané el odio de los representantes del Dios verdadero y fui ejecutado como un malhechor.

“Mis caminos no son vuestros caminos

* Feliz el que no se decepciona de un dios distinto al que pensamos-

* Feliz el que apuesta por un dios que es amor

* Feliz el que a pesar de todo sigue confiando en un Dios Padre de todos que hace llover sobre justos y pecadores.

* Feliz el que no se decepciona de un Dios que ama a nuestros enemigos.

* Feliz el que con terror se lo juega todo a la carta de un Dios al que no entendemos.

Dejémosle a Dios ser Dios y no nos decepcionemos de lo que sea.


3.- FRENTE A LA TRISTEZA Y EL ABATIMIENTO, LA ALEGRÍA

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- La liturgia de este domingo, –todas las oraciones, las lecturas y antífonas-- está llena de alegría. No se trata de una alegría barata. No se puede comprar por unas horas, por un puñado de dinero. No tiene que ver con la diversión, el entretenimiento o el placer. Se trata de prepararnos para la llegada de Alguien que nos ama, que nos liberará de todo lo que nos oprime: El dolor, la enfermedad, el pecado, la injusticia y la muerte.

Contra todos esos profetas de desgracias que oímos todos los días a través de los medios de comunicación, Isaías declara, en nombre de Dios, que si el Señor viene es a llenarnos de alegría, a hacer florecer todo lo desierto, a fortalecer cuanto es débil, a devolver la vida a todo lo muerto. La razón secreta de toda esta liberación está en que “Dios viene en persona”.

Todo lo que María canta en el “magníficat”, y que será programa en la vida y misión de Jesús, aparece aquí anunciado por Isaías como el desquite que Dios trae con su presencia plena. Lo que Isaías anunciaba como señales de la presencia del Mesías, Jesús dice que sucede en sus oraciones y palabras.

2.- La segunda lectura está tomada de la carta del apóstol Santiago. Nos dice dos cosas bien importantes: Tened paciencia hasta la venida del Señor. El, el Señor, viene a poner remedio a cuanto nos aflige. Y añade: La venida del Señor está cerca. ¿Lo creemos? ¿Vivimos como quien espera para de un momento a otro un cambio tan decisivo? Como quien espera un cambio en el que los criterios de valor acostumbrados –el poder del dinero, la fuerza del poder, etc. – van a ser desechados y sólo tendrán vigencia los criterios de Dios –el amor como valor absoluto y decisivo, la justicia y la paz como fruto del amor-- ¿Cuando hablamos de la segunda "venida", lo hacemos para consolar y animar a nuestro pueblo o para asustarlo? ¿Anunciamos el Reino de Dios o nuestra vida es una confesión de fe en el valor del dinero, del poder, de la comodidad? ¿Deseamos, siquiera, que reine Dios, o sea el amor?, ¿o preferimos que siga reinando el dinero porque eso nos da seguridad?

3.- Entre los que escuchaban a Jesús en ese momento había algunos esenios, que eran los israelitas que se habían retirado a vivir en la región de Qumram y que nosotros sabemos que escribieron los rollos del Mar Muerto. Ellos debían haberse sentido aludidos directamente por Jesús y ofendidos. Jesús incluye entre las señales, como beneficiarios de su “buena noticia”, a todos los que los esenios segregaban de su comunidad y añade, como la más importante el que se les anuncia la “buena noticia” a los pobres. "¡Y dichosos el que no se sienta defraudado por mí”!. Ser pobre era, para la gente de la época de Jesús, una manifestación clara de que sobre ellos, los pobres, pesaba una maldición de Dios. La pobreza era vista como una manifestación exterior del pecado interior y, por ello, de estar lejos de Dios.

Jesús dice exactamente lo contrario; lo contrario de lo que pensaba la mentalidad popular farisaica y lo contrario de lo que decían y pensaban los esenios. El, dice Jesús, es el Mesías porque hace todo eso que se esperaba que hiciera el Mesías, pero no es el Mesías que esperaban los fariseos o los esenios, por eso agrega lo de los pobres-pecadores. La frase de Jesús debe haber tenido un sentido bien especial para el Juan Bautista que parece haber sido seguidor de los esenios por lo menos por algún tiempo, y que es tan duro con los fariseos.

4.- Jesús declara bienaventurado a Juan y dirá inmediatamente después cosas todavía mucho más elogiosas. Según Jesús, y esto es palabra de Dios, entre los nacidos de mujer no hay ninguno más importante que Juan Bautista, pero los que pertenecen al Reino de Dios, por ser carne de la carne de Jesús, son mayores que Juan. Es la importancia de la pertenencia al Reino, cuerpo de Jesús, la que se recalca.

El que forma parte del Reino de Dios es profeta y más que profeta, puesto que es más que Juan Bautista. Desde luego, el Evangelio no escribe ni una sola palabra para hablarnos expresamente de Juan Bautista, sino para hablarnos de la “buena nueva” del Reino, que se ha realizado y proclamado en Jesucristo.

Cristo responde de modo semita con una precisa referencia a los oráculos de Isaías. “Mirad a vuestro Dios”. El desierto es el mundo que Dios no ha visitado todavía; pero ahora Dios viene. El anunciado ya ha llegado, viene a decir; pero añade algo más: hay que reconocerle por sus obras más que por sus palabras. Y las obras que Cristo enumera ante los discípulos de Juan son obras de liberación salvadora: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. El hombre es ciego, sordo, cojo y mudo, cuando todavía no ha sido visitado por Dios. Pero ahora los sentidos se abren y los miembros se sueltan. Los ídolos que adoraban en lugar del Dios vivo eran, tal y como nos los describen los salmos y los libros sapienciales, ciegos, sordos, cojos y mudos, y sus adoradores eran semejantes a ellos. Pero ahora “vuelven los rescatados del Señor”. Son liberados de la muerte espiritual y renacen a la verdadera vida.

Juan, el hombre más grande de los nacidos de mujer, aprendió bien la lección. Algo que también nosotros debemos aprender: Cuáles son los caminos de Dios y las presencias de Dios.

Preguntémonos: ¿Nos sentimos felices de formar parte del Reino o de haber sido llamados a formar parte de él? ¿Hacemos lo posible para que el amor reine entre nosotros y, por lo mismo, Dios reine entre nosotros? ¿Deseamos, siquiera, que llegue la plenitud del Reino de Dios? ¿Vivimos como si de un momento para otro fuera a darse el cambio decisivo que implica que sea el amor el valor supremo y no el dinero o el poder?


4.- JESÚS VIENE A SU MANERA

Por Javier Leoz

1.- Había expectación por el que tenía que llegar y del cual tanto se había hablado. Pero muchos lo esperaban desde una dirección equivocada: lo soñaban en carruajes y venía en pesebre. Lo veían rodeado de oropeles, pompas, sedas y huestes pero vino arropado por la sencillez de una madre y agasajado por la soledad de la noche.

¿Hoy existe interés, nerviosismo y expectación por Aquel que ha dado razón a nuestras navidades cristianas?

Aún hoy, desde las cárceles en las que viven muchas personas, (intereses, egoísmos, dudas, decepciones, depresiones, soledades, incomprensiones, etc.,) se siguen escuchando lamentos y gritos detrás de esos barrotes: “¡Cuándo vendrás Señor!”

Juan se jugó el tipo por Jesús. Se quedó de piedra cuando, como uno más en la fila, pidió el Bautismo entre uno de tantos. Juan era así: estaba convencido de lo que hacía y de lo que decía. El presidio, para él, no fue sino la confirmación de que estaba en la línea adecuada: merecía la pena sufrir todo aquello por señalizar al que tenía que venir.

2.- También nosotros ahora, como entonces el Bautista, podemos tener muchos interrogantes sobre la forma de intervenir Dios en nuestra historia. Su reino no es de violencia como muchos creyeron entonces ni puede ser de imposición como muchos pretenderían ahora. Su reino no es de “estos sí y de aquellos no” con el que muchos se hubieran alegrado entonces y otros más aplaudirían ahora. Su reino, por el contrario, es un reino que aglutina el antes y el después de cada persona que es capaz de hacer un hueco en el corazón a Dios esperándole y alegrándose por su venida.

Jesús, siempre desconcertante, entra por la puerta más imprevisible y la que menos nos puede gustar a los que nos decimos sus seguidores: la humildad y sin meter demasiado ruido.

¿Eres tú el que ha de venir? Preguntó, y lo seguimos haciendo muchos de los que queremos profundamente a Jesús pero que, a veces, sentimos que nos prueba demasiado, que tensa hasta el límite la cuerda de nuestra paciencia, perseverancia, seguimiento o constancia.

3.- Es cuestión de abrir bien los ojos; de ver que, hoy como ayer, Dios sigue haciendo de las suyas y de ¡órdago a la grande!; que hay sanos pero recuperados gracias a su mano providente, que hay personas alegres que regresaron del túnel de la tristeza porque se toparon frente a frente con Jesús, que hay otros miles que han dejado todo (hasta la fama) porque Jesús les decía mucho y les llenaba más que lo puramente material.

Hoy, no puede ser de otra manera, Jesús nos sigue enviando mensajes a través de su Iglesia y de sus sacramentos, de acontecimientos (buenos y malos) y de momentos puntuales que El sigue estando ahí; que sigue viniendo y viviendo; que su Palabra lejos de defraudar se convertirá en un motivo de alegría y de gozo para esta tierra paralizada y enferma, coja y hambrienta de justicia.

Hoy, como ayer, Jesús nos invita a abrir los ojos para que nos asombremos de que realmente El es el único que nos puede ofrecer auténticas razones para vivir y esperarle en la próxima Navidad. ¿Y tú esperas de verdad a que Jesús venga en Navidad o esperas algo distinto?


5.- PREGUNTEMOS A JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento plantea uno de los aspectos más difíciles de todo el relato de la Buena Nueva. Juan, el Bautista, hace preguntar a Jesús por la autenticidad de la misión como Mesías. El tema contrasta con las afirmaciones inequívocas que Juan ha hecho del mismo Cristo. El Bautista ya está en prisión y, probablemente, a pesar de su austeridad y de su escasa búsqueda de satisfacciones, siente la incertidumbre ante la posibilidad de lo hecho hasta entonces –por Jesús y por él mismo-- no sea ese el camino de ambos más adecuado. No es difícil imaginar la inquietud que sufre Juan cuando envía a sus discípulos con tal embajada. Quien había anunciado hasta el heroísmo la llegada del Salvador, duda en los últimos momentos. No es raro porque la psicología humana vive y lucha en un mundo de realidades inseguras y de creencias sometidas, siempre, a la duda. Ahí es donde hace falta el apoyo del Señor para no perder el camino.

En la vida de los creyentes existen esos periodos de duda permanente, de vacilación. Parece como si Dios nos hubiese abandonado, aunque también ocurre que nosotros mismos somos capaces de crear unas expectativas que nada tienen que ver con el camino trazado por Dios. Sea como sea, con momentos terribles.

2.- Y dicha situación nos sirve para presentar aquí el frecuente camino de discrepancia que parece inundar todo el ambiente cristiano en muchas ocasiones. No es bastante con las separaciones, cismas o lejanías entre los seguidores de Cristo. En el mismo seno de la Iglesia Católica acontecen esas continuas acciones de discrepancia que, en la mayoría de los casos, no sirven para mucho. ¿Podría Dios librarnos de ellas y conseguir que el Espíritu Santo velase, siempre, por nuestra unidad de criterio? ¿Es eso lo deseable? No. Parece que no. En el trasfondo de cada discrepancia aflora la libertad de cada uno para pensar y opinar. Y Dios nos ha creado libres, aunque a veces reneguemos de esa libertad por lo costosa que es para nosotros ante, precisamente, esas posibilidades de cambios.

3.- Y ante la duda, ¿qué hacer? Pues lo mismo que hizo el Bautista: preguntar a Jesús. Y ante eso, sin duda, llegará la respuesta. Hay que aceptar la discrepancia, pero no hay que sacarla del ámbito de nuestra fe, ni tampoco intentar que nuestras posiciones sean las que ganen. Hay una necesidad permanente de conversar con el Señor --eso es la oración-- y ante lo que pedimos siempre nos llegará respuesta. Es necesario tener abiertos los ojos del corazón para recibir y discernir esa respuesta. En cualquiera de los casos, una nueva duda traerá otra petición de conocimiento a Dios y así sucesivamente. No hay más camino que el de la oración como posición final de nuestras dudas. Ciertamente, que será necesario estudiar y documentarse y, por supuesto, meditar en los caminos ya trazados por el Magisterio de la Iglesia.

4.- Pablo pide paciencia a los creyentes. Es una virtud difícil. El hombre tiene instinto de superviviente y siempre está intentado cambiar, para su provecho, el curso de las cosas. En muchos casos eso será una acción interesante y, en otras, un autentico suplicio. La serenidad de esperar no parece que sea una virtud muy extendida. Pero, sin embargo, es necesaria. Los momentos de duda e inquietud --los modernos agobios, el estrés, el bombardeo de noticias, etc.-- producen mucha ansiedad. Y la ansiedad es mala consejera. Jesús nos pide serenidad cuando dice "que cada día tiene su afán" Pues, frente a esos cambios, hemos de ejercitar la paciencia, el comportamiento pacifico ante los avatares de la vida. Qué la oración constante y humilde nos guíe. Ella nos ayudará a entender al camino para no estar diariamente preguntándole a Jesús si Él es el Mesías. Aunque, supongo que a Él tampoco le importa que se lo preguntemos a cada rato. Le gusta hablar con nosotros.