1.- A ESE JESÚS QUE LLEGA

Por David Llena

¿Qué le ofreceremos? Vamos pensando en nuestros problemas y los ponemos a sus pies en el portal, siempre le pedimos su ayuda e incluso nos acordamos de agradecerle sus dones, pero cuando llegamos y le vemos bajo un techo de paja, al calor de dos animales sin cuna en una tierra extraña… ¿ese será nuestro Dios?, ¿elegiremos como Dios ese niño pobre? ¿Podremos elegir ese Dios con todo lo que guardamos en el corazón?

Me miro dentro y lo veo lleno de mí. ¿Cómo podrá Dios nacer en un lugar donde solo hay orgullo, egoísmo, engreimiento, todo ello sazonado con una pizca de falsedad? Pues ahí, ha decidido venir Dios. No le interesan los corazones satisfechos, no busca corazones calculadores que aman a los que aman, busca corazones en tinieblas, corazones necesitados, corazones pobres para compartir su pobreza y cuando ya todo se comparte en total paradoja alcanzamos nuestra máxima riqueza.

El día de nuestro bautismo abrimos una cuenta corriente en la que año tras año vamos haciendo nuestras aportaciones, pero al contrario que los bancos de la tierra, las aportaciones las hace Dios, nosotros solo tenemos que dejar que lo haga. Año tras año ese crédito sube y baja. Pero confiando en el niño que nace volvemos a recorrer junto a él su vida enriqueciéndonos de nuevo, no es un ciclo, es una espiral, nos vamos acercando a Dios y dejando que el vaya limpiando nuestro corazón del barro del camino, creciendo en razón pero con la esperanza de un niño.

Ese niño que contemplamos en el pesebre (deberíamos perder el tiempo en contemplarlo) debemos contemplarlo con más asiduidad y dejarnos mirar por El, perder el tiempo junto a Dios ofreciendo a ese niño que nace lo poco que somos es lo que debemos aprender y para eso viene año tras año Cristo a la tierra en forma de niño y día tras día en forma de pan. Pensemos pues un momento, a ese Jesús que llega, ¿qué le ofreceremos?

 

2.- PROFETAS

Por Pedrojosé Ynaraja

Acabo mis comentarios a la pequeña historia actual. La Navidad se acerca, no hay que olvidarlo. Recordaba las múltiples comunidades repletas de idealismo, a veces excesivamente ingenuo, que surgieron. Continuaron o simultáneamente aparecieron, ONG para todos los gustos. No hay que olvidarse de las llamadas Nuevas Comunidades y Nuevos Movimientos, más las otras iniciativas que no quieren llamarse ni comunidades, ni movimientos, pero que el cristiano de a pie, los asimila a ellos. En el jardín de la Iglesia crecen flores exquisitas, excelentes casi todas. Lástima que alguna de estas recién nacidas realidades quieran ser invasoras y adolezcan de coquetería. La Santa Madre Iglesia, esposa amada de Nuestro Señor Jesucristo, trata de que, recordando la petición de Jesús, todos seamos uno. Más que uno, ellos desean ser únicos. Y así vivimos y los sufrimos, por muy reconocidos por la autoridad que estén.

Trataré de dar mi opinión. En espiritualidad, como en el arte, aparecen a veces etapas de renacimiento (con minúscula). Pongo un ejemplo. En épocas relativamente recientes, en el terreno arquitectónico han aparecido estilos nostálgicos. Me estoy refiriendo al neoclásico y al neogótico. Pienso en La Madelaine y el Sacre Coeur, ambos de París, como edificios emblemáticos y para que nadie se enfade, que la capital de Francia queda lejos y no creo que allí nadie me lea. Pues bien, ambos estilos no enriquecen demasiado la historia del arte. Pero afortunadamente surgió un Gaudí por estas tierras, un Le Courbousier, por Centro Europa y me atrevo a añadir un Fisac, el de la Arcas reales, aquí. Hay muchos más, cito de memoria. Sin ellos la arquitectura de este periodo no resultaría vacía, pero sí pobre. De modo semejante en la historia actual de la Iglesia proliferan muchos grupos, algunos de ellos “de gran formato” y extensa composición. No es desdeñable su existencia. Pero normalmente encuentro a faltar en ellos progreso y audacia, son puramente renovadores. Unos pertenecen a la categoría de los “neo”, otros creen que el ser “progres” consiste en contradecirlo todo, en suprimir riqueza de la multisecular vida de la Iglesia, creyéndose los genuinos descubridores del más perfecto cristianismo, que hasta su llegada según dicen se había falseado. Unos cultivan un pietismo trasnochado, otros se atreven a inventar misas carentes de misterio sacro o Padrenuestros desleídos. Y es sólo un ejemplo.

Herederos de los mártires de las dos guerras, de los generosos forjadores de hermandad, de los esforzados soñadores de nuevos mundos, solidarios con las víctimas del hambre, no podemos contentarnos con ser continuadores. Hoy se necesitan profetas. Pero estos son incómodos. Los mártires se mueren pronto y se les instruye procesos de canonización. Pero los profetas duran y molestan. Seamos sinceros: hay pocos obispos profetas y por otra parte a los obispos “normales” no les cae bien que en su territorio germinen, vivan y proliferen profetas. Y los mártires de las guerras y los del Tercer Mundo, los audaces y sacrificados misioneros, los soñadores que aspiran a que la imaginación ilumine el progreso, mientras se inicia el Tercer Milenio, exigen un testimonio, radicalmente profético. Que no se susciten, o que se ahoguen los que surjan, es una deslealtad a Dios y a nuestros mayores.