TALLER DE ORACIÓN

SOY TRABAJADOR DEL REINO DE DIOS

Por Julia Merodio

(Vamos a seguir orando, una semana más sobre el mundo de las misiones, pero ahora lo haremos, viéndolo como trabajo, para el Reino de Dios)

VER.

Nos Ponemos delante del Señor. Vamos a silenciarnos, un rato, para dedicárselo a Él.

Dejemos la mente y el corazón desconectados a tantas señales como nos demandan y centrémonos solamente en su cercanía, en su amor desinteresado, en su acogida de Padre misericordioso…

Así, con esta actitud de disponibilidad, cerramos los ojos y contemplamos:

--- Traemos a nuestra mente lo que oramos la semana pasada. Y vemos, de nuevo, la realidad del mundo de las misiones.

Contemplamos sus carencias:

•Carencias de tipo material: ropa para vestirse, utensilios de limpieza, vivienda digna, consultorios, escuelas, medicamentos...

•Vemos a mujeres y niños, de poca edad, trabajando el campo, acarreando agua desde un pozo a mucha distancia de su vivienda y que no siempre lo encuentran, cortando leña para: calentarse, para hacerse una especie de barca y poder cruzar un río, para hacer un puente y poder cruzar sobre un barrizal...

•Las vemos trabajando en la fabela, en la choza... haciendo un arroz, un pan de maíz... y sintiéndonos en felices porque no siempre es posible.

•Miramos al misionero. Sin recursos, sin los materiales más imprescindibles: curando, ayudando, instruyendo...

•Nos detenemos en esas veces en que es rechazado, porque les da miedo aceptarlo, porque no quieren que se meta en sus vidas, porque les asusta lo desconocido...

ORACIÓN

Señor:
Me has seducido y me he dejado seducir. Tú conoces mi nada, mejor
que nadie porque ves mi fragilidad y mi pobreza. Por eso te pregunto:
¿Por qué te has fijado en mí?
¿Por qué me has llamado?

Aquí estoy ante un mundo que me desborda y me apasiona. Ante él siento, como nunca mi pobreza y mi pequeñez. Pero al ver estas personas expectantes, en busaca de ese Jesús al que ni siquiera conocen, siento una insaciable necesidad de mostrarles ese amor que Tú guardas para ellos, por eso, ante tan singular reto, me acojo al amparo de tu inmensa misericordia.

No dejes de caminar conmigo Señor. ¿Qué podría hacer yo si Tú no vas conmigo?

Aquí estoy, Señor, solo pobre necesitado ¿Qué otra cosa puedo hacer sino dejarme amar por Ti?

Aquí estoy, porque reconozco con más nitidez que nunca, que Tú eres la Vida, eres... mi VIDA.

JUZGAR

“Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande, que sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Pues el Hijo del hombre vino servir y a dar su vida por todos” (Marcos 10, 42 – 46)

“Conocemos bien, hermanos amados de Dios, como se realizó vuestra elección. Porque el evangelio que os anunciamos, no se redujo a meras palabras, sino que estuvo acompañado por la fuerza y plenitud del Espíritu Santo” (1 Tes. 1, 4 – 6)

“Dios escucha al que sirve de buen grado y su plegaria llega hasta las nubes. La súplica del humilde sube hasta el cielo y no para hasta que alcanza su destino, porque grande es la misericordia del Señor en la tribulación” (Eclesiástico 35, 16– 24)

“No te dejará caer, tu guardián no duerme, no duerme ni reposa el guardian de Israel. El Señor te guarda a su sombra, te libra de todo mal y guarda tu vida. Él vigila tus entradas y salidas ahora y por siempre” (Salmo 120, 3– 8)

ACTUAR.

“Pon en marcha el motor no dejes que te arrastre la corriente”

Cuando, cada uno, nos encontramos ante esa misión concreta que se nos ha encomendado y nos sentimos decididos a realizarla todo lo mejor que podemos, hemos superado el primer obstáculo: el obstáculo de la huída por eso no nos queda menos que preguntarnos ¿Qué hago aquí?

Acabamos de entrar en el taller del alfarero para que nos moldee. Hemos decidido ser apóstoles. Nuestra vida no se va a desarrollar en un convento cerrados, está anclada en la actividad, en el servicio, en la entrega diaria... nos desborda el trabajo; pero en lo profundo de nuestra alma ha germinado esa fuerza, que nos empuja a realizarlo con todo nuestro empeño, y que viene del Señor. Por eso tenemos que tener presente, sin olvidarlo, que por estar nuestra vida metida en semejante actividad, necesitamos más que nadie, esas pausas, esos silencios, ese refugio en el remanso de paz, de la oración, para encontrarnos de nuevo con Cristo y volver a sentir su llamada.

Cuentan de Madre Teresa que, cuando le preguntaban cuál era el secreto de su trabajo, respondía que el secreto estaba en una vida fuerte de encuentro con el Señor y esto es para todos, no sólo para los que están en una misión.

Porque hay muchos que no estamos en una misión, no todos estamos en tierras lejanas. Muchos somos misioneros, aquí y ahora, en nuestra actividad concreta y cercana. Por eso los que hemos de evangelizar el mundo del trabajo hemos de tener en cuenta que al mundo del trabajo hemos de ir, a algo más que a trabajar. Hemos de ir a ilusionar, a dar impulso, a ofrecer lo que para nosotros es el motor de nuestra vida: Cristo.

Y os digo esto porque yo creo que en nuestro mundo está fallando la vida interior y el dinamismo hacia fuera.

Por eso sería importante empezar a vivir con más fuerza, con más entusiasmo, con más unidad, con más compromiso… las tareas cotidianas de cada día, teniendo la seguridad de que este es el camino que nos ayudará a ser más felices.

NO TENGAIS MIEDO

No nos dé miedo. Salgamos al mundo a regalar tantos dones como tenemos. Salgamos a regalar nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro servicio… ¿Cómo podemos quejarnos de los demás, si nosotros que tenemos que ser signo estamos mortecinos, apagados, sin luz, sin brillo… desilusionados y tristes; tacañeando para trabajar lo menos posible? ¿Cómo van a creer en Dios y en Jesucristo si no ven, en los que nos decimos cristianos, ese amor que predicamos, esa gratuidad, esa servicialidad, esa unión y esa fraternidad que dejan transparentar la presencia de Cristo en nosotros?

Yo os invitaría a todos los que me leéis que reservásemos un rato para guardar silencio y pedirle al Señor que nos dé valentía para ser un revulsivo que apasione a cuantos viven apáticos, buscando en el tener, en el poder y en la fama lo que necesita su corazón.

Vamos a portarnos así, también, en la Parroquia a la que pertenecemos. Vamos a dejar a un lado el miedoa colaborar, al qué dirán,aloquepueda parecerel quenosvean ayudando… yvamosa dinamizarlavidadelos grupos, la catequesis, la liturgia… vamos, entre todos, a convertir la comunidad parroquial en una familia que deje la rutina, la apatía y la comodidad para pasar a ser fuerte, lúcida y entusiasta. No para creernos mejores ni peores que los de la parroquiadeallado, nipara quenos aprecienmás, nipara superar a los otros… sinoparamostraralmundocómovivimos, comocaminamos, hacia dónde nos dirigimos, de quién nos hemos fiado y por qué lo hacemos.

LA SEMILLA DE DIOS

Hace dos semanas, tratábamos el tema del trabajo cotidiano, un tema que nos afecta a todos, porque todos tenemos que trabajar, cada uno en la tarea que tiene encomendada. Pero hoy quiero traer hasta vosotros, esa otra clase de trabajo, que nutre por dentro, que dignifica a la persona, que hace crecer. Es el trabajo que cuida y cultiva las semillas que Dios ha depositado en el corazón de cada ser humano.

La semilla de la fe, de la confianza, de la bondad, del servicio, del amor. Por eso no podemos escatimar esfuerzos. Tendremos que juntarnos todos para:

•Hacer un mundo de personas libres. Ofreciéndoles la jerarquía de valores que han perdido y devolviéndoles su dignidad.

•Tendremos que ayudarles a resolver las situaciones de injusticia, de pobreza, de sometimiento, a las que se ven ligados, sin que ellos tengan culpa alguna de encontrarse en esa situación.

•Tendremos que solidarizarnos con todos los que sufren por falta de empleo, por salarios bajos, por carencia de medios económicos, por falta de cultura, por falta de formación, por carencia de principios religiosos.

•Y, tampoco, estaría mal que volviésemos a leernos la encíclica “Laborem Exercens” que nos brinda elementos para desarrollar una espiritualidad tanto del trabajo como del trabajador.

Después de todo esto me parece, que es momento de pedirle al Señor que seamos capaces de ver en el trabajo una oportunidad para compartir nuestros dones con los demás. Tomemos la actitud, de llegar a ellos desde nuestra situación personal. Traigamos a nuestra mente, el mundo laboral, como respuesta a esa realidad concreta donde se hace presente Cristo.

Y tengamos la valentía de recorrer, con la mayor sinceridad, nuestras actitudes, nuestras entregas, nuestras renuncias, nuestras carencias…

Repasemos el primer capítulo del Génesis, recopilación del amor de Dios puesto en marcha. Traigamos a nuestra mente al Dios creador.

Observemos como se presenta. Como crea cada una de las cosas trabajando y cómo nos pide a cada uno de nosotros que trabajemos con Él.

¡Qué importante debe de ser trabajar junto al Señor!

Hagamos el propósito de dejar que nos acompañe en nuestro trabajo de cada día. ¡Pidámosle que no se aparte de nosotros!

Dile tú, como le diré yo, que lo necesitas a tu lado y luego… calla, no tengas prisa, espera a que Él te responda.

Os aseguro que así, el trabajo, será un medio de santificación que nos llevará a realizar nuestra misión en un ambiente de armonía y amor a los demás.

Porque el trabajo ha de ser evangelizador. Dios nos envía hoy a evangelizar los países de misión, pero nos envía también, a evangelizar el mundo de la empresa, el mundo obrero, el mundo de servicios, el mundo de nuestro entorno… la totalidad del mundo que Él creo.

Unámonos al Señor. ¡Cómo cambiaría el mundo si comprendiésemos, losomos capaces de hacer cuando nos unimos a Cristo!

Por eso os invito a que busquéis un sitio tranquilo y en clima de oración le digáis al Señor, desde lo profundo de vuestro corazón:

“Tú y yo somos uno, Señor:
Tú el océanos y yo la ola;
Tú la llama y yo el rescoldo;
Tú el Padre y yo el hijo;
Tú el maestro y yo el discípulo;
Tú la semilla y yo la tierra;
Tú la espiga y yo el grano;
Tú la vid y yo el sarmiento;
Tú el pastor y yo la oveja;
Tú el camino y yo el peregrino;
Tú la luz y yo la sombra.
Somos uno, Señor,
Tú y yo somos uno”