1.- EL DOMUND

Con 78 años de existencia el DOMUND –Domingo Mundial por la evangelización de los pueblos—es una de las jornadas pontificias más conocidas y populares. Viene a celebrarse el penúltimo domingo de octubre y por eso este año, al tener cinco domingos octubre, “toca” el cuarto y no el tercer domingo como suele ser habitual. Abiertos, además, los frentes de la Nueva Evangelización, de la necesaria evangelización en nuestro entorno, en nuestra propia casa, el DOMUND se presenta ante todos como la gran obra misionera propiamente dicha, que es lo que ha sido siempre.

Como es lógico no todo se circunscribe a un domingo y a una colecta. Es obra de todo el año. Y especialmente dentro de un mes, octubre, considerado como el mes de las misiones. Este año el slogan resulta muy expresivo y concreto: “Es la hora de tu compromiso misionero”. Y quiere decir que todos tenemos que actuar a favor de ese trabajo duro que es llevar el nombre de Cristo a todos aquellos que no lo conocen. La realidad, además, del mundo de la Misión no se circunscribe a la enseñanza, a la catequesis. La mayoría de los grupos sociales con los que trabajan los misioneros en tierras lejanas son los más pobres y desfavorecidos. Y por eso el principal trabajo misionero es mejorar las condiciones materiales de esos grupos. A su vez, la ayuda a los más pobres ha producido la ira de los poderosos. El martirio es un final desgraciadamente no desacostumbrado para nuestros hermanos que trabajan en Misión.

También es muy importante la aportación económica. Y por eso todos hemos de ser generosos en las colectas de este domingo. España siempre lo ha sido, siendo uno de los países que más recauda para esta obra. Por ejemplo, lo recaudado en el año 2002 –que se aplicó durante 2003—ascendió a casi once millones de dólares americanos –10.943.353,85--, lo que significa aproximadamente 10 millones de euros, cantidad sin duda notable. Seamos pues generosos –tanto en España como en América—una vez más para esta obra predilecta del Pontificado que se acerca a los ochenta años de existencia.

 

2. - ¿SOMOS TODOS FARISEOS?

La gente habitual --y experimentada-- en los caminos de fe suele sentirse orgullosa de su propio camino y tiende a despreciar –en mayor o menor medida—a todos aquellos que parecen débiles, alejados, poco cumplidores o, incluso, inmersos en un algún “pecado público” En este sentido se podía decir que todos somos un poco fariseos. Eso es malo. Y es muy grave. El evangelio de este domingo nos plantea, mediante la parábola del fariseo y el publicano, el problema del fariseísmo. Podríamos definirlo de muchas maneras, pero, iríamos aproximando su naturaleza, diciendo que es la autosatisfacción ante la forma, con olvido del fondo; y, también, considerar el medio como lo más importante, con dejación del fin.

Hay una tendencia en cada uno a supervalorarse y dejar la humildad de un lado. Son frecuentes las malas acciones de los llamados "bien pensantes" que tienden a despreciar a los pecadores, cuando la realidad es que pecadores somos todos, porque es prácticamente imposible no serlo, dada nuestra debilidad congénita. Y a partir de una idea falsa de perfección, se llega a construir una religión alejada de Dios --Padre misericordioso--, la cual pretende el cumplimiento de la norma por la norma sin entrar en lo fundamental que es amar a Dios sobre todas las cosas y el prójimo como a uno mismo.

ESTAR VIGILANTES

Según vamos avanzando en una cierta perfección en nuestra vida cristiana, tenemos cada vez más posibilidades de caer en el fariseísmo. Y ahí es donde debemos estar vigilantes, porque podemos llegar a ignorar nuestras propias faltas, viendo solo las que comenten los demás. La autocomplacencia en el terreno espiritual es muy peligrosa. Contaba un buen amigo de Betania --y lector desde los primeros días-- como un pecado inesperado, una falta cometida en un arrebato, le había ayudado a poner las cosas en sitio. La soberbia le hizo querer culpar a Dios sé su falta, "porque Él lo había permitido", después se sintió humillado en su "alta categoría y valoración personal", por la fealdad y zafiedad de su falta. Pero, finalmente, al recordar la Carta de Santiago (St 1, 13-15) reconoció humildemente su culpa y como él mismo la había estado "gestionando" en el silencio opaco de su fariseísmo. Después, se reconoció pecador y desde una gran humildad pidió ayuda a Dios. Como el mismo dice, "no deseo pecar e, incluso, esa posibilidad me da temor. Pero reconozco que el sentirme pecador me devolvió a mi sitio. Y lo que es más importante: Dios me perdonó y me ayudó. Desde entonces tengo mucho cuidado con mi soberbia..."

SOBERBIA INSTITUCIONALIZADA

En tiempos de Cristo la soberbia institucionalizada creó un sistema religioso que proyectó --y consiguió-- matar al Hijo de Dios. La dureza dialéctica del Hijo del Hombre contra los fariseos es digna de análisis. Y conociendo la tendencia de Jesús a disculpar las faltas humanas, hay que pesar que los fariseos suponían la personificación de la mayor maldad posible. Y, sin embargo, por fuera eran tenidos como personas importantes, como guías del pueblo. Es cierto que los seguidores de Cristo debemos mantener una vigilancia eficaz respecto a nuestros pecados y faltas. Pero, tal vez, hay que dedicar un esfuerzo muy especial a lo que bien podríamos llamar falsas virtudes, porque un seguimiento de la actividad religiosa sin pensar a todas horas en la grandeza de Dios, en nuestra insignificancia respecto a Él y en la dedicación al bien de nuestros hermanos nos puede convertir en fariseos.