LO RELATIVO Y EL PECADO

Por Ángel Gómez Escorial

En mi hay una sólida pertenencia a lo mejor del liberalismo. Es base de respeto y de convivencia a los demás. Es, además, el origen de la democracia y del respeto generalizado por los derechos humanos. No siempre en el seno de la Iglesia se ha aceptado esa posición. Ahora sí. Y fue el Concilio Vaticano II, el que abrió el principio de una aceptación radical de todas las libertades legítimas y muy especialmente de las libertades públicas y de convivencia. Pero, como en todo puede haber excesos. Y así una mala aceptación del principio liberal de la opción de cada uno para elegir su camino, puede llevarnos a confundir la verdad con lo posiblemente demostrable. Lo verdadero con lo verosímil. ¿Qué quiere decir esto? Pues que el mantenimiento de una duda permanente sobre todo, dentro de la idea preconcebida de no afianzar creencia alguna es un camino absurdo. Buscar la verdad mediante el raciocinio y el discernimiento es muy positivo. Incluso, totalmente necesario. Pero vivir en duda permanente es demencial o forma parte de una cierta debilidad de carácter.

En lo que se refiere a nuestra fe no se trata de mantener permanentemente abierta la vía demostrativa respecto a --por ejemplo-- si Dios existe, porque cuando iniciamos nuestro camino religioso sabemos que estamos siguiendo al Señor y su existencia no necesita ser demostrada de manera permanente. Otras cosas son las dudas razonables que la condición humana pueda imprimir en nuestro camino religioso. Pero será, precisamente, esa cercanía de Dios la que nos reforzará en nuestra debilidad.

La continua pregunta, la suave duda metódica, el hiperliberalismo intelectual, todo ello no son otra cosa que fórmulas para no llegar jamás a sitio alguno. Y eso es malo. La verdad solo es una y tiene sus fronteras precisas. El pecado, que existe, también tiene sus límites objetivos. Desdibujar todas esas fronteras para convertir la luz en penumbra y el blanco en gris es, cuanto menos, sospechoso. En estos días se cumplen ya seis años de la promulgación por el Papa Juan Pablo II de la Encíclica "Fe y Razón" que aborda el problema del relativismo y que, sin duda, la lucha contra el mismo ha sido una constante doctrinal en su pontificado. Conviene que cada uno de nosotros inspeccione su conducta y su forma de pensar para que no apliquemos lo relativo donde solo puede estar lo verdadero.

Hay un debate añadido a este respecto y que hace referencia a la definición actual que muchos hacen del pecado. Se tiende a desdibujar la naturaleza de la trasgresión para taparla y obviarla. Parece, además, se tratara de un concepto obsoleto que en nada debe afectar a la "plácida" vida del cristiano. Hay, asimismo, una tendencia a la confusión respecto a la “nueva moral” pública al desconocimiento de las normas eclesiásticas al respecto. Se obvia, por ejemplo, que hay una rica doctrina de la falta y el perdón planteada explícitamente en la Sagrada Escritura y que, además, existe como guía precisa el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica.

No se trata, en cualquiera de los casos, de una nueva tendencia victimista. El pecado tiene, también, sus límites precisos y en la sabia concepción de la Iglesia hay pecados graves y leves --mortales y veniales, como se decía hace tiempo--, los primeros producen una separación de Dios y necesitan del sacramento de Reconciliación, de la confesión. Los segundos son perdonados mediante la cercanía a Dios que dan las prácticas piadosas y forman parte del camino de perfección de cada cristiano. Por el contrario, se puede entrar en un efecto parecido al relativismo –productor, sobre todo, de enorme desconcierto-- si tiende a no dejar límite entre el pecado grave y el leve considerándolos ambos como objeto de confesión obligatoria. Esa perfección humilde que todo cristiano anhela tiene como ingrediente principal el examen objetivo de conducta y conciencia. Y tan grave es desdibujar la culpa como agudizarla. En fin, la cuestión es que la verdad nos hará libres. Y la verdad, que no es relativa, tiene su definición precisa y sus límites perfectamente prefijados. ¡Que nadie nos engañe!