1.- LOS JUEVES, LECCIÓN DE EVANGELIO (I)

Por David Llena

Todos los que rezan el rosario, tienen los jueves un encuentro con la vida de Dios en la tierra. Son cinco los hitos que nos propone esta oración para reflexionar y orar. Desde el principio (El bautismo) hasta el final (La eucaristía). Marca los momentos más intensos de esa vida intensa. Es como el zumo de las mejores naranjas, es como la creme de la creme.

Esta mañana, mientras iba al trabajo, rezaba estos misterios. Primero, el bautismo. Que importante es el bautismo para las personas, esa agua derramada nos limpia de impurezas de antaño, el pecado original y abre la puerta de nuestra alma a la acción del Espíritu Santo. ¡Qué tesoro más inmenso! Predisponer nuestro ser a la acción del Espíritu, dejar limpia el alma para que El trace sus líneas y dirija nuestra vida, ¡cuanto antes mejor! Más tarde ese alma puede estar viciada. Y rememoro mi bautismo y lo actualizo y pido por mi familia. Y mientras se desgranan los avemarías alabando a Nuestra Señora e implorando su protección, van pasando ante mí una gran cantidad de personas, si me cruzo un autobús o un taxi presento en mi oración a todas las personas que se dedican acercar a los demás a su trabajo o los llevan a otra ciudad u otro destino, me paro también en los viajeros que leen o duermen aún temprano.

Y el martilleo de avemarías va llenando el silencio y va aumentando el número de personas que aparecen en mi oración. Al pasar por un hospital recuerdo y pido salud para los enfermos y paciencia y cariño para los que allí trabajan.

Y llega otro misterio, “Las bodas de Canaan” enseguida aparecen todas aquellas parejas jóvenes amigas que se casan o están a punto de hacerlo, pido a la Virgen por su éxito y me contesta que en Jesús está el éxito, que el tiene palabras de vida eterna, que hagamos lo que El nos dice. Y otro avemaría por aquellos matrimonios con dificultades para que ella les señale el camino, el verdadero Camino que ella conoce y recorrió. Y por aquellos otros matrimonios que ya consolidados con muchos años y muchas dificultades vencidas reencuentran en cada amanecer un motivo para quererse...

Y paso por un campo y presento a la virgen a todos los agricultores y los que dedican sus esfuerzos a mejorar las cosechas y combatir las plagas que el Señor los ilumine, precisamente los jueves son los misterios de la luz. Y me cruzo con los camiones que transportan estos frutos de la tierra y en mi interior les deseo buen viaje y que regresen trayendo alegría a sus familias.

“Ruega por nosotros pecadores” y pido por la conversión de todos, cada día un poco, que al final todos encuentren a Cristo que convierta nuestra pobre agua en un vino dulce digno de la mejor boda.

La conversión que necesita este mundo está en mirar a Dios, volver a traer a Dios a nuestras calles a ver en cada uno de los que nos cruzamos el rostro de Dios. Esa es la conversión que pido para mí y para todos. ¡Qué el Señor convierta mi mirada! Que vea lo que realmente es. Mira a ese que barre la calle, o aquel otro que espera el autobús o el que abre su negocio, párate preséntalo a Dios, pide por él, ese don que Dios concede al otro es bueno para el mundo, para que el mundo se mueva, sólo Dios puede convertirles, nosotros sólo tenemos que invitar a aquellos que andan distraídos. Mitad de camino que pocas resultan 30 avemarías para todas las necesidades del mundo. Tenemos que rezar más, tenemos que involucrarnos más, tenemos que pedir más, tenemos que dar más...

(Continuará)

 

2.- EN LA IGLESIA ME SIENTO BIEN

Por Pedro José Ynaraja

Un axioma que repito frecuentemente: el hombre es el animal capaz de comprometerse. Del compromiso se deriva la fidelidad. Quiero conservar la libertad. No me gusta venderme, renunciando a mis principios, para sacar provecho transitorio. Y no puedo olvidar que, pese a mi edad, conservo el gusto por la aventura, que en otros tiempos podía iniciarse en la naturaleza y que ahora es, principalmente, interior (tiene la ventaja esta aventura de no requerir material técnico: ni mapas, ni cuerdas, ni piolets).

Me encuentro con personas que manifiestan su disconformidad, su enojo, su irritación, con lo que llaman iglesia, pero que en realidad se trata de formas de vivir, habla u obrar de algunos eclesiásticos. También me encuentro con eclesiásticos que manifiestan su disconformidad con mis principios y mis maneras de obrar, creen ellos que los suyos son esenciales y adecuados, pero son puras opiniones o criterios de actuación. Variables según tiempos y lugares. Pueden ser los suyos los oportunos o ser los míos, apostar es un riesgo, una aventura a la que no renuncio. El concepto de evangelizar tenía un sentido cuando se encorsetaba en el ámbito rural que había señalado un nombramiento, muy diferente al que ahora tiene para los que estamos sumergidos en publicaciones y, principalmente, en el espacio cibernético.

En una ocasión, hablando con uno de los obispos que han regido mi diócesis, se quejaba él de las dificultades en que se encontraba, por las interpretaciones erróneas que daba la gente a lo que él decía. Me atreví a manifestarle que mayores eran las de un presbítero, pues se encontraba frecuentemente ante la incomprensión de los fieles y la de su obispo. Aceptar la aventura, aceptar el riesgo, jugar alegremente el gran juego de la existencia, es la experiencia más apasionante que uno pueda imaginar. Será uno tildado de anticuado por algunos, o de avanzado por otros, y en su interior le roerá la duda y dolerá el desprecio. La experiencia de la mediocridad, la mezquindad, la falta de horizontes espirituales en que hoy viven algunos y que ahora se extiende a las antípodas, vivida en las propias carnes, duele. Mis errores, defectos y pecados también deben ser dolorosos para los demás. Hay que ser realista y aceptar la propia y la ajena limitación.

Dios me ha dado la oportunidad de viajar y compenetrarme en el paisaje con aquellas personas que habían vivido su fe a la manera que a mi me fascina, estoy pensando en Juana de Arco (he recorrido el itinerario de su vida) El oeste francés, que junto con París me evocaban a Larigaudie, Peguy o Blois. La meseta castellana con sus santos y Manresa donde todavía queda algo de Ignacio. Roma con sus mártires y no digamos Tierra Santa, repleta de vivencias apostólicas.

Muchas veces, al constatar mis dificultades, me doy cuenta de que son inferiores a las que experimentan tantos amigos laicos, en su relación con sus consortes. Solo en la eternidad podrá uno ser feliz, ahora es suficiente con sentirse bien. Mi mayor suerte, al estar en el seno de la Iglesia, es encontrar con ella íntimamente a Cristo, experiencia ajena a budistas e islamistas, por poner un ejemplo.