LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 67. LUZ PARA TODOS
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano.

Este salmo es una exultación gozosa a Dios, protector del pueblo. Al mismo tiempo, se le pide que su Luz y Salvación, de la que Israel es testigo, alcance a todas las naciones: “Dios nos tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros. Para que se conozcan en la tierra tus caminos, tu salvación, entre todas las naciones.”

Israel es consciente de haber sido elegido por Dios para ser, no sólo depositario de su Luz, sino también instrumento para que la luz de Dios llegue, por su medio, a todos los confines de la tierra. Así lo vemos en el libro de la Sabiduría, cuando el autor, inspirado por Dios, nos narra que Egipto quedó sumido en las más profundas tinieblas –novena plaga-, mientras que las casas de los israelitas se mantenían con luz: “Bien merecían verse privados de luz y prisioneros de tinieblas, los que en prisión tuvieron encerrados a aquellos hijos tuyos que habían de dar al mundo la luz incorruptible de la Ley”. (Sb, 18,4).

Acabamos de escuchar que Israel estaba llamado a dar al mundo la luz incorruptible de la Ley. Y, efectivamente, el Mesías nace en el seno de Israel, descendiente del tronco de David. Los profetas ya lo habían anunciado como luz de todas las gentes: “Yo, Yahvé, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes” (Is, 42,6).

El Hijo de Dios viene como Luz del mundo, y así se define a sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn, 8,12). Ya a los pocos días de nacer, cuando José y María siguen el ritual de presentarlo en el Templo, el anciano Simeón profetiza que el niño que tiene en sus brazos es aquél que los profetas habían anunciado como gloria del pueblo de Israel, y luz que habría de iluminar a todos los pueblos: “Tomó en brazos al niño y bendijo a Dios diciendo... Mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc, 2, 28-32).

A estas alturas del comentario catequético del salmo, vemos necesario hacer una apreciación. Hemos visto en el libro de la Sabiduría que Israel había sido elegido para “dar al mundo la luz incorruptible de la Ley”. Y sabemos también que Jesucristo convirtió la Ley –palabra muerta- en Palabra –portadora de Vida-.

El apóstol Pablo, que se sabe enviado por Jesucristo para anunciar el Evangelio, es consciente de que está proclamando la nueva y definitiva Alianza de Dios con el hombre por la fuerza del Evangelio. Evangelio comprado por Jesús con su sangre para el hombre. Es la nueva y definitiva Alianza otorgada gratis para nosotros. Gratis porque el precio lo pagó el Hijo de Dios con su vida. Por eso, el apóstol distingue muy bien entre ley –letra-, y Palabra –espíritu-. Y así se lo oímos decir en la segunda carta a los corintios: “Jesús nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del espíritu. Pues la letra mata, mas el espíritu da vida” (2Co 3,6).

Jesús, luz que ilumina las tinieblas de todos los hombres, escoge a sus discípulos para que también ellos sean luz en las tinieblas. Jesucristo vive en los cristianos para privilegio, no solamente de ellos, sino de todos los hombres. Como hemos visto en otras ocasiones a lo largo de la Escritura, Dios escoge a unos en función de todos. La misericordia de Dios alcanza a toda la humanidad, aunque la misión de ser luz no sea para todos.

Es en este contexto que percibimos a los discípulos como servidores de sus hermanos, haciéndoles visibles la Luz para que todo hombre pueda glorificar a Dios y encontrar así la salvación: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte... Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro padre, que está en los cielos.” (Mt 5, 14-16).

Acabamos de oír al Hijo de Dios que su luz brillará en la cima del monte. Es la luz que irradia el misterio de la cruz hacia la que los discípulos son conducidos por Jesucristo, el Buen Pastor.

El apóstol Pablo, en su catequesis –carta- a los cristianos deFilipos, les anuncia que Dios les ha llamado para brillar como antorchas en el mundo. Y más aún, puntualiza que los hombres recibirán la luz cuando les sea presentada la Palabra de Vida, es decir, el Evangelio: “... para que seáis irreprochables e inocentes, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación tortuosa y perversa, en medio de la cual brilláis como antorchas en el mundo, presentándole la Palabra de Vida...” (Flp. 2, 14-16).

El mismo apóstol dirá a los efesios que la luz del Evangelio que ha llegado sobre ellos les ha rescatado de las tinieblas para llevarlos a la luz. Y lo dice con unas palabras fortísimas en el sentido de que no solo vivían en tinieblas, sino que eran tinieblas; así como ahora no sólo viven en la luz, sino que son luz: “porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la Luz” (Ef 5, 8).