Domingo XXVII del Tiempo Ordinario
3 de octubre de 2004

La homilía de Betania


1.- ¡EL DON DE DIOS!
Por Javier Leoz

2. - LA FE NOS DA UN COMPAÑERO
Por José María Maruri, SJ

3.- EL JUSTO VIVE DE FE
Por Antonio Díaz Tortajada

4.- “LA FE MUEVE MONTAÑAS"
Por José María Martín, OSA

5. - FE Y HUMILDAD
Por Ángel Gómez Escorial


1.- ¡EL DON DE DIOS!

Por Javier Leoz

1.- Tiempos difíciles para la fe. ¿Qué fe es buena y sólida si, previamente o en alguna situación, no ha sido probada? En algunos continentes nos hemos acostumbrado a vivir una fe “entre celofanes”. Sin más complicaciones ni más compromisos que el saber que Dios estaba ahí y con una iglesia que, en más de una ocasión, ha sido entendida como una especie de “estación de servicios”; me sirvo cuando quiero, donde quiero y como quiero.

Ahora es el momento de la verdad. Sobran bancos vacíos enmuchas iglesias y, en cambio, hacen falta (más que nunca y urgentemente) cristianos y católicos comprometidos en la causa y por la causa de Jesús: en la política y en la economía, en la familia y en el círculo de amistades, en la enseñanza y en la medicina, etc.

2.- ** ¡Si tuvierais fe! Si la tuviésemos lucharíamos a tiempo y destiempo contra aquellos que pretenden reducir la vivencia de la fe a un ámbito personal y privado.

** ¡Si tuvierais fe! Si la tuviésemos nos resistiríamos con todo el vigor que ella nos aporta ante aquellas otras tendencias que pretenden visionarla desde un concepto meramente popular o cultural

** ¡Si tuvierais fe! Si la tuviésemos daríamos ese paso del catolicismo vergonzante y atrincherado a un cristianismo militante y activo, sorprendente y cautivador, entusiasta y prometedor, rompedor e inquietante

** ¡SI tuvierais fe! Dejaríamos a un lado, aún cuando a veces sea necesario, el aspecto íntimo de la fe para hacerlo público. ¿Acaso el sol se ha creado para que esté permanentemente oculto detrás de las nubes? ¿Acaso desde el laicismo, interesado y trasnochado, se nos puede amordazar a los que sabemos que Dios es una instancia superior a todos los que proyectan leyes y normas?

** ¡Si tuvierais fe! El testimonio de nuestra vida ha de ser, además de palabra, avalado con hechos y propuestas (no imposiciones pero tampoco cesiones) para que el mensaje de Jesús no sea recluido en la cómoda sacristía o “soltado” puntualmente entre los cuatro muros blanqueados de una iglesia.

3.- Es apasionante el momento que estamos viviendo en nuestra iglesia. Es el diálogo fe y cultura, Cristo y maligno, espiritualidad y laicismo, iglesia y mundo. Lejos de infundirnos miedo o simple temor, todo ello, nos debe de llevar a purificar esta iglesia nuestra en la que muchos están pero no saben ni porqué están ni en lo que creen ni porque creen. Es la hora de plantearnos si nuestra fe es una fe sólida en Jesucristo o si, tal vez, quedó dibujada y encorsetada en una religiosidad que no es transformadora de la realidad personal ni social.

Apasionante, este momento crucial, y por supuesto penetrado de un sano realismo y de optimismo. Seremos menos pero más comprometidos y dispuestos a mojarnos hasta donde haga falta por Cristo,con su Iglesia y arropados por la fuerza del Espíritu Santo.

¿Tenemos fe? Como dice San Pablo es el momento de tomar parte --y partido también-- en esta dura tarea, y un reto también, de guardar y predicar el Evangelio.


2. - LA FE NOS DA UN COMPAÑERO

Por José María Maruri, SJ

1. - No sabe uno qué admirar más en esta conservación del Señor con sus discípulos. Si la elegancia con que disimulan su defecto al decir los apóstoles “auméntanos la Fe...”. O la franqueza con que Jesús les responde: “lo que es Fe ni como un granito de mostaza tenéis”. Es más elegante decir “auméntanos la Fe” que reconocer crudamente “no tenemos Fe”, que es lo que Jesús les dice, “ni como un granito de mostaza”. Duras palabras para los apóstoles y duras para el Señor que llevando ya tanto tiempo con ellos sabe que no acaban de fiarse de Él.

2. - Porque Fe no es adhesión a una lista de creencias, admitir el credo y esto es lo que muchas veces entendemos por Fe y no lo es. Fe es una adhesión a una persona en cuya palabra creemos. Es confianza plena. Y hacia una persona no podemos tener una confianza a medias, capaz de ser aumentada, porque si nos fiamos de alguien solo a medias en realidad estamos desconfiando de esa persona y eso es lo que el Señor les dice a los Apóstoles: “ni como un granito de mostaza”

3. - Fe es confiarnos al Señor que se ha llamado a sí mismo “Camino” y que nos dice a todos sígueme. Es decir que esa confianza en él tiene que ser dinámica, cambiante, nunca estática, porque si nos paramos, ni recorremos el “camino”, ni “seguimos” al Señor.

El creyente no puede ser un sedentario. Tiene que ser un nómada como lo fue Abrahán, al que al Señor llevo y trajo por el desierto siempre en busca de Dios. **La Fe no nos exime del cansancio de caminar cada día.

**La Fe no es escapismo del quehacer humano.

4. - Tabi wa michizure, dice el dicho japonés: el camino es según el compañero, significa. El camino supuestamente más cómodo por las mejores autopistas y con el mejor de los coches, puede ser incómodo, desagradable y aburrido si lo es el compañero que va con nosotros. Y el camino de montaña, sembrado de piedras y raíces, empinado entre riscos, puede convertirse en el recuerdo más maravilloso de nuestra vida según la mano del compañero en el que nos apoyamos y confiamos

Esto es lo que nos da la fe. No nos da un camino privilegiado y cómodo. No. No. Nos enseña desde el comienzo cuál y cómo va a ser el camino. La Fe nos da un compañero.

Un compañero que se define a Sí mismo como Pastor –no ingeniero de Caminos--, Pastor que camina delante por senderos de montaña, Pastor cuya mano fuerte está siempre al alcance de la nuestra por si resbalamos en el camino, que conoce bien sus caminos, aunque a nosotros no nos lo parezca.

**La Fe da sentido al camino porque el Señor va delante y sabe a dónde va.

**La Fe nos da la alegría de caminar hombro con hombro con el Señor...

**La Fe así se convierte en aventura, en descubrimiento de nuevas montañas, donde no valen mapas ni itinerarios preconcebidos, porque ese Señor que nos ha dicho “sígueme” al caminar va haciendo el camino delante de nosotros.

Cuando la Fe se hace cómoda, facilitona, de sillón, zapatillas y vaso de whisky esa fe es como la de los apóstoles, “ni como un grano de mostaza”

Si es viva, energética, plenamente confiada en el compañero se viaje que camina delante. Esa es fe de verdad. Es Fe que nos hará decir: “Señor, caminando tras de Ti no hago más que lo que tengo que hacer. Sor siervo inútil y sin provecho, pero feliz de ir contigo donde me lleves.


3.- EL JUSTO VIVE DE FE

Por Antonio Díaz Tortajada

1. El profeta Habacuc vivió posiblemente en los tiempos de la invasión de los caldeos y de los asirios a la tierra santa. Él, como los profetas mirando el futuro, como que confunde dos planos: El plano de la injusticia interna de su pueblo y el plano del castigo justiciero de Dios, por medio de un ejército invasor que va a castigar, como azote, los pecados de Israel. Y él comprende que Dios castigue al pueblo por el pecado, pero lo que no comprende es cómo un pueblo más pecador que el de Israel sea escogido por Dios para venir a cometer injusticias mucho mayores que las que va a castigar. Y entonces es cuando, problematizado este pobre hombre, se enfrenta a Dios con un problema parecido al del reino del libro de Job, el problema del mal, que ahora podríamos traducir también nosotros en nuestros problemas y podíamos como Habacuc preguntar: “¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? ¿Te gritaré violencia sin que me salves? ¿Por qué me haces ver desgracias, me muestras trabajos, violencias y catástrofes, surgen luchas, se alzan contiendas?” El libro es precioso. Sólo tiene tres capítulos. Fijémonos sobre todo en el capítulo segundo, donde el profeta explaya esta preocupación y en forma de quejas contra Dios, escribe cinco imprecaciones.

La primera contra la explotación económica: “Ay de quien amontona lo que no es suyo y se carga de prendas empeñadas”. Está denunciando aquí el atropello del pobre, de la pobre mujer que no tiene con qué dar de comer a sus hijos y va a empeñar o a prestar dinero y se lo dan a usura: “Amontonan prendas empeñadas”.

Segundo, se queja contra el pillaje avasallador: “Ay de quien gana ganancia inmoral para su casa, para poner su nido en alto y escapar a la garra del mal”. Aquí, dice el profeta que los mismos palacios erigidos con esta usura claman: Sus piedras, sus adornos son testigos de esa sanguijuela humana que es el usurero. ¿De qué sirve tener un bonito palacio si es fruto del pillaje o del robo?

Se queja en tercer lugar contra el genocidio: viene este ejército invasor y mata a nuestra propia gente. “Ay de quien edifica” –son palabras del profeta que parecen escritas para nuestros días– “Ay de quien edifica una ciudad con sangre y funda un pueblo en la injusticia”. Sobre fundamentos de injusticia y de sangre, de atropello y torturas, no puede ser firme una ciudad, una civilización.

En cuarto lugar, el profeta se queja contra la corrupción de los pueblos oprimidos: “Ay del que da de beber a sus vecinos y les añade su veneno hasta embriagarlos para mirar sus desnudeces”. Y describe aquí con pinceladas, diríamos, pornográficas, los vicios de la lujuria de la carne en que se solazan nuestros pueblos.

Y finalmente, el profeta sanciona la idolatría: “Ay de quien dice al madero: despierta; y a la piedra muda: Levántate”. Sí, están cubiertas de oro, pero ni un soplo en su interior. Naturalmente que ya nosotros no tenemos aquellas idolatrías de los caldeos y de los asirios, pero el oro sigue siendo un becerro que muchos adoran. Y por adorar ese becerro de oro, sus riquezas, son capaces de atropellar todos los derechos, mandar a matar, destruir y calumniar, decir todos los epítetos contra una Iglesia que no hace otra cosa que reclamar lo del profeta: Ay de vosotros los idólatras, que hacéis de vuestro oro un dios, pero que no tiene vida por dentro. Es metal que metaliza también del corazón, cuando se postran ante él.

2.- Ante estos problemas que son la realidad de la historia, el pecado en el mundo, la respuesta de Dios se oye en la primera lectura ya: “El Señor me respondió: Escribe la visión. La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará; si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe”.

El justo vive por su fe. La fe es la única que puede darnos una respuesta adecuada a tantas injusticias. Donde parece que reina la injusticia, el atropello, la fuerza bruta, el justo como que se siente inerme. Qué poco podemos, desde la Iglesia, débil, rebatir los atropellos de la dignidad del hombre. Sin embargo, tenemos la fuerza vigorosa de Dios, la fe. El justo vive de fe. Esta es la vida que yo quisiera para todos los corazones.

Cuando Cristo, nuestro Señor, en su evangelio también nos invita a la fe: “Ah dice: Si tuvierais fe como un granito de mostaza, haríais prodigios parecidos a esto” –que no es más que una figura retórica en el evangelio, pero que quiere expresar una realidad– “le diríais a una morera, arráncate de raíz y trasládate al mar, y os obedecería“.

¿Qué es la fe? Copiamos el pensamiento del concilio Vaticano II, cuando en el documento sobre la divina revelación después de decirnos cómo Dios se revela no sólo en la naturaleza, de tal manera que aún el que no es cristiano, simplemente es un hombre racional, puede descubrir en las flores, en los frutos, en las estrellas, en la naturaleza, la existencia de un Dios; pero eso se llama revelación natural. Pero además de esa revelación natural, nos dice el Concilio, Dios ha querido revelarse Él mismo y sus designios de misericordia y de amor por medio de su palabra, que es el Hijo de Dios, que se hizo hombre y que dejó, también, esa revelación encomendada a una Iglesia. Entonces, el Concilio pregunta: ¿Qué debe hacer el hombre cuando conoce que Dios ha hablado? He aquí la respuesta: Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la fe –aquí viene una bonita descripción de la fe– por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asistiendo libremente a lo que Dios revela”.

Mirad qué belleza. Tal vez habíamos tenido nosotros, de nuestra infancia, un concepto muy intelectual de la fe. Y es que antes del Vaticano II vivíamos la doctrina del Concilio Tridentino, que tuvo que enfrentarse contra los abusos de la fe que predicaron los renovadores de Lutero, el cual, dicen que enseñaba que con tal de tener confianza en Dios nos salvaríamos, aunque pecáramos fuertemente. Se le atribuye a Lutero esa frase que, históricamente, no sé si será cierto, pero que decía: “Peca fuertemente; con tal que creas fuertemente, te salvarás”. Contra este error nefasto, que puede llevar a muchos pecadores a una confianza ilusoria, el concilio de Trento condenó esa confianza temeraria y enseñó que la fe era aceptar las verdades de Dios, las cosas que Dios enseña. Y así tuvimos nosotros un concepto de fe intelectual. Y un rey decía, cuando le preguntaron: “¿Cómo anda tu cristianismo?”– “Pues, en materia de fe, muy bien, porque no es más que creer; pero en materia de moral ando muy mal”. Se separaba la fe y la moral.

3.- Cuando ya se superó ese error protestante, el concilio Vaticano II enseña otra vez la fe bíblica, la fe que Lutero quiso interpretar, pero que interpretó falsamente, con abuso. La interpreta la Iglesia en esta frase que hemos leído: “Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios. Le ofrece el homenaje total de su entendimiento y de su voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios revela”. No es sólo aceptación de verdades, es aceptación de la voluntad de Dios. No es sólo entrega de mi mente a las verdades de Dios; es entrega de mi mente y de mi corazón a lo que Dios quiere.

¿Queremos un acto de fe preciosísimo a los ojos de Dios? Oigamos a María, cuando Dios le pide el consentimiento de la colaboración en la redención. “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Este es un acto de fe, una aceptación del misterio de Dios sin comprenderlo; pero una aceptación del que es omnipotente y todo lo sabe. Yo no lo entiendo, pero lo acepto. En sus manos no soy más que un pequeño instrumento. Por eso, no comprendo el misterio de la historia; por eso, no comprendo que la injusticia se improvise y que otras injusticias mayores sean escogidas por Dios para castigar menores injusticias. No lo entiendo, pero sí entiendo que me entrego a Dios y que El es el dueño de la historia y que los mismos azotes de Dios serán también echados al fuego cuando ya sean inútiles para sus designios amorosos.

4.- Después, el concilio Vaticano II dice que la fe no es una cosa que brote de nosotros solos. Fijémonos mucho en esto porque la fe no depende de uno mismo. Para dar esta respuesta de la fe, dice el Concilio, “es necesaria la gracia de Dios que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón. Lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos el aceptar y creer la verdad”

De ahí que la fe es un don sobrenatural, es un regalo de Dios. Dichoso el que tiene fe. Así se explica la súplica de los apóstoles: “Señor, auméntanos la fe”. El que no tenga fe, y yo se que muchos de los que me escuchan no tiene fe, o por lo menos se glorían fanfarronamente de no tener fe. No es ninguna gracia quien no tiene fe. Es un mendigo, es un ciego. Mientras los que tienen fe contemplan los bellos paisajes de la voluntad de Dios, el que no tiene fe es un miope, un ciego, no ve, no tiene fe. Pidamos a Dios que nos devuelva la vista, pidamos al Señor que nos saque de esa oscuridad y tinieblas en las que vivimos sumergidos.

La fe es un don de Dios, y ese don de Dios no lo niega al que se lo pide. Más aún, dice el Concilio, es una ayuda que se adelanta. Antes de que se la pidamos ya está dentro de nuestro corazón, deseando que pidamos ese don.

El Concilio dice cómo esa fe no termina nunca. Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones. Hay un trabajo exquisito del Espíritu Santo en el corazón de cada hombre, de cada comunidad.

Pablo escribe con estos términos: “Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos“. Los sacramentos no son otra cosa que el contacto, la presencia, el encuentro de un hombre con Cristo mismo, a través de su ministro.

Y luego la Iglesia, nos está diciendo esta palabra; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor, de buen juicio. “No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor y por mi” –la Iglesia– “Por mí, su prisionero“. Pablo estaba prisionero entre cadenas y se sentía que era la Iglesia perseguida, prisionera; pero desde las cadenas puede decir a todos sus hijos: “Yo, Iglesia perseguida, soy el rostro de Cristo. No te avergüences de ser mi hijo”. Ay de los que se avergüenzas de la Iglesia y de los que continúan la campaña difamatoria contra la Iglesia. Se ríen de su propia madre.

“Toma parte en los duros trabajos del evangelio según la fuerza que Dios te dé. Ten delante la visión” Leamos otra vez la palabra que Dios le dice a Habacuc: “La visión escríbela, y a tu tiempo verás que cumplo. Dichoso el justo que vive de fe”.

Así Pablo, Iglesia, nos dice: “Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas y vive con fe y amor cristiano”. Amor, el amor verdadero que se inspira en la fe, el amor sereno que no teme a las violencias, ni echa mano de las violencias, porque no le hacen falta. Le basta creer, entregarse a Dios, no comprender sus horas, los martirios que él nos prueba en la vida, saber que llegará su hora. Tardará pero llegará. Esta es la esperanza que la Iglesia quiere conservar, y por eso San Pablo, hablando por la Iglesia, dice: “Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros”.


4.- “LA FE MUEVE MONTAÑAS"

Por José María Martín, OSA

1.-La profecía de Habacuc plantea el eterno problema del sentido del mal en el mundo. Es el grito desesperado: "¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? El profeta contempla y sufre desgracias, trabajos, violencias, catástrofes, luchas y contiendas. ¿Dónde está Dios?, ¿Hay noticias suyas?, ¿Qué hemos de responder ante estos interrogantes?Dios es quien da la única respuesta posible: "El justo vivirá por la fe". Es la fe el don de Dios que Timoteo debe reavivar según Pablo. Creer es confiar es fiarse de Alguien, Jesús de Nazaret, que no puede defraudarte porque es garante de salvación. Recuerdo la famosa parábola brasileña de la huella en la arena. En los momentos felices hay dos pares de pisadas, pero cuando peor lo estaba pasando el protagonista sólo había un par: era la huella de Dios que te llevaba sobre sus brazos cuando tus fuerzas habían decaído.

2.- Es la fe un precioso depósito. Una fe que no es comprometida no es autentica. Es la hora urgente de ser consecuentes con las exigencias de nuestra fe. Quizá las situaciones difíciles y duras que se nos avecinan sean un acicate para despertar nuestra fe adormecida. Cuando todo va bien políticamente decae el compromiso y la autenticidad. No vale lamentarse, tampoco sirve emprender una cruzada para recristianizar. Lo que hay que hacer es ser coherentes con nuestra fe. Entonces seremos fermentos en medio de la masa. Más claro no lo puede decir San Pablo a Timoteo: "no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor", "toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios", "vive con fe y amor en Cristo Jesús". "guarda este precioso depósito". Lo que nunca nos va a faltar es la ayuda del Espíritu Santo, "que habita en nosotros". Y todo ello realizado con humildad, pues podremos decir "que hemos hecho lo que teníamos que hacer".

3.- La fe mueve montañas, solemos decir. Es lo que nos enseña el Evangelio de hoy y lo que nos dice la Madre Teresa de Calcuta en una preciosa oración: "¿La fuerza más potente del mundo?: La fe". El que tiene fe consigue el objetivo que se propone. Un pesimista no vale para trabajar en el Reino de Dios. Con la fe todo es posible, hasta arrancar moreras y plantarla en el mar. Que los tiempos son difíciles, lo sabemos. Pero tenemos que estar convencidos de que merece la pena seguir luchando por la implantación de la civilización del amor. Aunque pasemos penalidades nos daremos cuenta de que es posible un mundo nuevo si yo experimento la fuerza de saberme amado por Dios y transmito esta misma certeza a los que me rodean.


5. - FE Y HUMILDAD

Por Ángel Gómez Escorial

1. - "El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe", dice la profecía de Habacuc. Es obvio que la lejanía de Dios y la ausencia de la fe en Él hincharán nuestra alma con otras cosas. El creyente vivirá de su fe, porque la cercanía con Dios inundará su vida. Sin embargo, un generalizado “profesionalismo” –sacerdotes, ministros, catequistas, asiduos-- de nuestra condición de cristianos podría desvirtuar el verdadero camino.

Existe también el peligro del fariseísmo, por el cual se impone uno la necesidad imperiosa de cumplir unas normas por encima de cualquier otra posición. Ello también seca la verdadera condición del cristiano. El fariseísmo es un peligro permanente para los colectivos --y las personas-- religiosos. Y que fue un gran peligro está bien acreditado con la experiencia de la secta de los fariseos en tiempos de Cristo. Les interesaba más el cumplimiento de la norma que la misma existencia de Dios. En el fariseísmo la fe se agota y se sustituye por la norma. Y dicha norma sublimada se lanza como arma arrojadiza contra quienes están fuera de la obediencia de esos grupos.

2. - Muchas veces hemos pensando que las continuas llamadas de Jesús a la vigilancia no se deben tanto por el deterioro de unas conductas como por el peligro de la falta de continuidad en la fe. El pecado, la trasgresión, la lejanía de Dios se produce por el debilitamiento de la fe. Y fe no es tan solo "creer lo que no se ve". Es una corriente de sintonía con Dios. Y como todo sistema de relación puede sufrir --por supuesto, por parte nuestra, jamás del lado de Dios-- oscilaciones y cambios. El Tentador actúa frecuentemente por el camino de la interpretación de las verdades de la fe, bajo la base de separar de ese camino a la criatura de su Creador. Por ello, la oración permanente de los Apóstoles pidiendo que el Señor acreciente su fe debe ser obra de todos, entonces, ahora y siempre. Y como la oración perfecta dirigida a Dios solo puede hacerse desde la humildad; será, sin duda, el mejor medio para evitarnos problemasEsa es la humildad que nos tiene que llevar a reconocer que: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer."

Nota de interés.- El editor sigue, en esta semana, inspirando su Carta en las lecturas del presente Domingo 27 del Tiempo Ordinario. Por ello puede resultar interesante leer la citada Carta como complemento para la confección de los comentarios homiléticos. Se accede a ella, pulsando en el menú de la izquierda el link “Carta del Editor