¿CÓMO VIVIMOS NUESTRA FE?

Por Ángel Gómez Escorial

¿Puede un gran endurecimiento del corazón olvidar la fe? Tal vez, no sea perderla del todo; aunque si archivarla. También puede ocurrir que se deje de creer, pero no se quiera entrar en el conflicto de reconocerlo, ni públicamente, ni –y esto es lo más grave-- en nuestro interior. ¿Podemos, por otro lado, mantener una fe temeraria, mítica, supersticiosa y alejada de la presencia de Dios? Sí, puede ocurrir. ¿Se llega a aceptar una actitud tibia, descreída, en la que no se niega el contenido de la fe --sobre todo de cara a los demás-- pero que no tiene correspondencia con la realidad íntima de cada uno? Pues también hay casos. Probablemente el mayor conflicto con la fe no está en el descreído o en el alejado de la religión. Lo peor reside en la capacidad de simular o en la incapacidad de plantearse la vivencia de la fe de manera honesta. Pero, lo más grave es que todas esas personas que no viven ya su fe, no pidan ya --cada día y cada hora-- que el Señor les aumente la fe.

LA FE DE LOS QUE TIENEN FE

Mientras meditaba los puntos esenciales de mi reflexión para la redacción de esta Carta --al calor de las lecturas del presente domingo-- surgía un la confirmación de un planteamiento habitual, básico y prioritario de Betania: la voluntad de ayudar a la conversión de quien no lo está. Del alejado, de quien nunca ha oído hablar de Jesús. O de quien, incluso, le considera su enemigo. Y, por tanto, el tema de la fe monográficamente tratado por el Espíritu en las lecturas de la Misa Dominical de hoy me venía muy bien. Es cierto –y no podemos renunciar a ello—que hemos de trabajar por la nueva evangelización, por el acercamiento de los que están lejanos. Pero, tal vez, esta Carta podría hacer hoy una salvedad y dirigirme a aquellos lectores que si tienen fe y no están lejos de la Iglesia, ni de nosotros. Es más que sabido que, en Betania, tenemos más visitantes creyentes que descreídos. Y, entonces, he pensado que iba ser mejor dedicar este texto a nuestros amigos habituales e incidir sobre la reflexión de la "calidad" de nuestra fe. Hemos de preguntarnos a toda hora que clase de fe tenemos. Y además pedir al Señor que nos la limpie, la aclare, la fortalezca y que, incluso, refuerce todos aquellos caminos que llevan a hacer crecer la fe: por ejemplo, la humildad, nuestra humildad.

EL PODER DE LA FE

La fe genera un gran poder. El transplantar la montaña al mar es un hecho poco notable, si lo comparamos --por ejemplo-- con la obra universal de la Madre Teresa. Cuando ella empezaba recibió --sin duda-- del Señor Jesús el granito de mostaza de fe necesario para iniciar --y perseverar-- en una de las obras humanas más generosas o singulares. Hay muchas más montañas arraigadas en las aguas del mar. Son todas esas obras enormes dedicadas a Dios para servir a la humanidad. La misma Iglesia --su permanencia, su perpetua lozanía-- vive, contra pronóstico, de la fe de sus hijos. Y, en fin, en la actividad fundacional ahí aparecen auténticas montañas llamadas San Agustín, San Francisco, San Ignacio de Loyola y otras muchas más. Solo con la confianza puesta totalmente en Dios pueden prevalecer misiones de tal envergadura.

Aunque el camino que Dios ha querido para cada uno de sus hijos es siempre único, especial, diferente a los demás caminos y las otras misiones. Nos conoce por nuestro nombre y nos ha creado especialmente. No somos una obra aleatoria a que se ha llegado por la casualidad de un proceso de selección biológica. Por ello, es más que probable que lo que el Señor quiera de nosotros no sea tan “importante”, tan “maravilloso”, como las grandes obras de los santos. Y si entrecomillo esas palabras no es porque dude de la importancia de esas obras. Es porque Dios –me parece—no usa adjetivos calificativos, solo amor. Y por ello cualquier obra de un hijo suyo, hecha con amor, tiene idéntico valor.

LA MISIÓN DE CADA UNO

No es fácil saber que quiere Dios de nosotros. Es cierto que nos ha dicho desea que todos nos salvemos. Y nuestra misión ha de estar en relación con esa clara apuesta del Señor que Jesús ha repetido varias veces. Y es más que obvio que, junto a nuestro trabajo personal por nuestra salvación, ha de estar la colaboración que demos a la tarea general de que “todos se salven”. Un día, en cualquier parte, una acción o una palabra nuestras, pueden convertirse en la chispa de luz que lleve a un hermano a cambiar de rumbo e iniciar su camino hacia Dios. Ciertamente que también puede ser lo contrario. Y de ahí las terribles advertencias de Jesús de Nazaret sobre el pecado de escándalo. Hemos de tener, pues, una disponibilidad total, profunda, muy asumida, a ser instrumentos de Dios en el camino de la felicidad y salvación de todos, y en el nuestro propio. Esa es la montaña que tenemos mover con nuestra fe. Pero para estar más cerca del conocimiento de tal montaña --de la misión que se nos encomienda- hemos de tener fe, una gran fe en Dios. Así reconoceremos, aunque con dificultad, el camino que Él desea para todas sus criaturas y aquello que debemos hacer –el momento, la ocasión—para ayudar a que otros, y nosotros mismos, lleguemos a escuchar aquello de: “Venid, Benditos de mi Padre”.