LA ORACION DE Y CON JESUCRISTO

SALMO 66. VENID A VER LA SALVACIÓN DE DIOS
Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

El salmista, movido por el Espíritu Santo, hace una invitación, no sólo al pueblo de Israel, sino a todas las naciones de la tierra, a entonar un himno de gratitud y alabanza a Dios: “Aclamad a Dios toda la tierra, salmodiad a la gloria de su nombre, rendidle el honor de su alabanza... Toda la tierra se postra ante ti y salmodia para ti, alaba tu nombre”.

El himno hace hincapié en las acciones salvíficas de Dios sobre el pueblo. Concretamente, los pasos del Mar Rojo en Egipto y del Río Jordán, ya en la tierra prometida. Sabemos que, en ambos casos, las aguas se separaron para que el pueblo pudiese avanzar a pie. Lo que llama la atención de este himno es que todos los pueblos de la tierra son invitados a ser testigos de la bondad que Dios ha tenido con Israel: “Venid y ved las obras de Dios, temible en sus gestas por los hijos de Adán: Él convirtió el mar en tierra firme, el río fue cruzado a pie... Pueblos, bendecid a nuestro Dios, haced que se oiga la voz de su alabanza”.

Aparece en este salmo, con toda su fuerza, la universalidad de la bondad de Dios para con todos los pueblos, razas y culturas. Todos los hombres del universo son invitados a volver sus ojos al Dios que, al hacer presente su acción salvífica con un pueblo concreto, está manifestando, implícitamente, que su salvación no está sujeta a límites ni fronteras.

Salvación universal que es anunciada ya explícitamente por Jesucristo, el Enviado del Padre. Él da su vida para que multitud de ovejas que no son del redil –Israel-, puedan escuchar la Palabra que salva al hombre, de forma que todos constituyan un solo rebaño y un solo pastor: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir, y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn. 10, 16).

Podemos interpretar, también desde este punto de vista, la muerte de Jesucristo, acontecida fuera de Jerusalén, fuera de las murallas de la ciudad. La oferta de salvación de Dios, hecha realidad en la muerte de su Hijo, traspasa toda muralla, todo “redil privilegiado”. Allí, en el Calvario, es plantada la cruz, como queriendo representar el logotipo de los cuatro puntos cardinales. Desde allí se va a expandir el Evangelio, que nació del costado abierto del Cordero de Dios. Evangelio fecundo, nacido de la cruz, palabra eficaz a causa de la eficacia salvadora de la sangre del Hijo de Dios.

El autor de la carta a los hebreos llama eficaz a la Palabra por el hecho de que abre un camino dentro del que la escucha, y lleva la luz de Dios hasta los sentimientos y pensamientos del corazón, donde acontece la conversión real del hombre a Dios: “Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas. Y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón”.

Volvemos a nuestro salmo y puntualizamos el hecho de que se anima al pueblo a bendecir a Dios, porque es poderoso para devolver la vida al alma y fortalecer los pies del hombre en su búsqueda de Dios. Él devuelve nuestra alma a la vida y no deja que vacilen nuestros pies.

“Devuelve nuestra alma a la vida”. Jesucristo, que es la Palabra del Padre, anuncia que con Él ya ha llegado la hora en que estas almas exhaustas hasta la muerte anunciadas por el salmista cobrarán una nueva vida por el hecho de tener el oído atento a su Palabra. Así lo vemos expresado por San Juan en su evangelio: “En verdad, en verdad os digo: Llega la hora (ya estamos en ella) en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán”. (Jn. 5, 25).

Dios, que hizo emerger la creación de la nada por el poder de su Palabra, ha otorgado al Hijo el poder de devolver la vida a todos los muertos en su espíritu a causa de su lejanía de Él. En Jesucristo ha llegado la salvación para todo hombre, lejano o cercano. Ya no se trata de pertenecer a un pueblo elegido. La salvación acontece porque la Palabra es anunciada, escuchada y acogida. Jesucristo es la Palabra del Padre que devuelve la vida al alma.

El apóstol Pablo anuncia con toda claridad que Jesucristo ha derribado el muro que separaba al pueblo elegido de los demás pueblos. Proclama que el Hijo de Dios ha venido a reconciliar desde sí mismo a todos los hombres con Dios: “Porque Él es nuestra paz; el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba... Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por Él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo espíritu” (Ef. 2, 14-18). Vemos, pues, cumplida la profecía del salmo: en Jesucristo, todos estamos reconciliados con Dios... En Jesucristo se despiertan las entrañas de todos los hombres para alabar y bendecir a Dios llenos de gratitud.