Domingo XXVI del Tiempo Ordinario
26 de septiembre de 2004

MONICIÓN DE ENTRADA

Bienvenidos a esta asamblea de hermanos que es la Eucaristía. Venimos a dialogar con el Señor y a recibir sus enseñanzas. Si el domingo pasado nos advertía que no podemos adorar a Dios y al dinero, hoy, con la parábola del pobre Lázaro, nos muestra la actitud fatalmente equivocada de muchos ricos. No es la búsqueda de riquezas un camino adecuado para el pueblo cristiano. Debemos de tenerlo en cuenta.


MONICIONES SOBRE LAS LECTURAS

1.- La profecía de Amos, en la primera lectura, complementa la idea que Jesús nos dirá después respecto a las riquezas. Pero es importante reseñar que ya el Antiguo Testamento condena con dureza el egoísmo de los poderosos y la ambición desmesurada de los ricos.

S.- De este salmo 145 vamos a cantar, el versículo responsarial, es el primer verso, pero el resto es de los últimos, los cuales describen al Señor en su opción por los humildes, los marginados los desposeídos que no es otra cosa que la especial predilección de Cristo por los más débiles.

2.- La segunda lectura es de la Carta a Timoteo, de San Pablo. Es una de las epístolas paulinas que mejores argumentos tiene en torno a la enseñanza pastoral y en ella nos recomienda dar testimonio permanente del Señor Jesús.

3.- Sólo el Evangelio de Lucas cuenta la parábola del rico y del pobre Lázaro. Jesús vuelve a mostrarnos que la posesión de riquezas embrutece el alma y el corazón de quienes ponen su espíritu en ello. Y además esa actitud tendrá graves consecuencias para la salvación. La realidad es que ahora vivimos en un mundo donde el poder injusto y la acumulación de riquezas parecen las dos grandes metas de nuestros contemporáneos. Y eso contradice totalmente la doctrina de Jesús de Nazaret.