AYUDA INMEDIATA A LOS POBRES

Por Ángel Gómez Escorial

Es San Lucas el único entre los autores sinópticos de los Evangelios que narra la parábola del Rico Epulón y el Pobre Lázaro. Su contenido no puede ser más claro. En la vida futura se premiará la adversidad de los pobres y se castigarán los excesos de los ricos. Todo ello nos puede parecer muy fuerte o, incluso, un tanto demagógico. Sin embargo, el amor de Jesús a los pobres es una clara consecuencia del amor del Padre por los más débiles. A su vez, se presenta siempre la riqueza como algo repartible. Y en la que es necesaria la acción de compartir. El pobre Lázaro no tiene más consuelo que el de la caricia de los perros que vienen a lamerle las heridas. Un poco --muy poco-- de lo que sobraba en la rica mesa de Epulón -no conocemos el nombre del rico vestido de lino y púrpura ya que Epulón significa rico en griego- hubiera servido para cambiar la vida de Lázaro. No fue así.

NOSOTROS Y LOS POBRES

Nuestro comportamiento hacia los pobres solo puede estar impregnado en deseos de ayudar inmediatamente, sin más argumentos. Es frecuente ver en las calles de las ciudades españolas, en las encrucijadas, donde se detienen los automóviles ante las luces de los semáforos, muchas personas --diferentes y variopintas-- que nos piden algo. Hay desde los jóvenes arruinados por la heroína hasta emigrantes de los países pobres del Este europeo que piden ayuda incluso con falsos argumentos políticos. Puede pensarse que el dinero que damos al adicto de la heroína irá a parar a los traficantes, pero tal vez sirva para comprar un bocadillo. Es igual que cuando rechazamos dar limosna al "clásico" pobre borrachín. No necesariamente las monedas que damos se han de convertir en vino.

En cuanto a la enorme legión de extranjeros que acuden ahora a España en busca de mejores oportunidades, siempre hemos de reconocer que nuestro país fue una nación emigrante y que eso está perfectamente claro en la vida cotidiana de los países de Hispanoamérica. Por tanto, no podemos dar la espalda a los emigrantes. En fin, que la posibilidad de convertir la virtud en vicio. Es decir, que con nuestras limosnas contribuyamos a la "perdición" del pobre es demasiado, cuanto menos una exageración. Además, las monedas que vamos a poner en sus manos son pocas y para poco van a servir. Ahí debe funcionar el corazón antes que la cabeza.

Hay otras consideraciones respecto a la pobreza. La acumulación rápida y grande de riquezas siempre suele responder a prácticas de abuso. Puede tratarse de la explotación del hombre por el hombre y eso es intrínsecamente malo. Se puede, entonces, ser más pobre porque, mediante el uso de la fuerza, otros han conseguido más riquezas. Y así el castigo del rico de la parábola no se debe solo al despilfarro y a la falta de ayuda para Lázaro, porque aún siendo muy importante la base más negativa está en que se ha impedido que Lázaro tuviese acceso a más bienes.

POBREZA Y RIQUEZA

Entre las gentes que viven en la sintonía de la Iglesia católica permanecen dos tendencias contrapuestas, que incluyen algunos excesos. Estaría, de un lado, una especie de adoración vindicativa de la pobreza que considera que solo se puede ser cristiano "completo" siendo pobre. Desde la otra orilla aparecerían los enemigos del "pauperismo" los cuales considerarían a los pobres como unos imbéciles o unos desalmados incapaces de ganarse la vida y alejados de la lucha por la "sana" competencia. No es eso. Ni por una parte, ni por otra. Hemos oído la misa dominical de la semana pasada el consejo --claro y directo-- de Jesús sobre que no podemos amar al mismo tiempo a Dios y al dinero. La adoración por el dinero existe y mediatiza todo lo demás. Por ello, la única posibilidad es compartir y hacerlo activamente.

Siguiendo con actitudes de los cristianos respecto a la pobreza o a la ayuda a los demás hay otras actitudes que también pueden ser imperfectas si se exageran. Es útil que se ponga a disposición de la Iglesia --a través de nuestra parroquia o diócesis-- de dinero o recursos suficientes para que ésta cumpla su misión. En este sentido, es posible que la mejor ayuda destinada a los pobres vaya conducida a través de Cáritas dentro de sus amplios sectores de actuación. Pero es cierto que, incluso, en eso hay equivocaciones, tal como son las inversiones de algunas diócesis españolas en Gescartera. El deseo de mejorar el rendimiento de unos dineros ha situado, innecesariamente, a la Iglesia en el ámbito de un gran escándalo financiero.

AYUDAR A TODOS

Pero volviendo a lo anterior, tampoco nosotros podemos obviar la ayuda inmediata, perentoria o aquella que te impulsa a acometer el corazón... o el Espíritu. Y es que no sabremos nunca bien, si alguno de esos pobres que se nos acercan, aunque algunos tengan un aspecto feo y despreciable, no sea el mismo Cristo. El remedio "calculador" es dar a todos un poco -un poquito- de lo que ese día llevamos en el bolsillo.

Como se verá la coincidencia argumental de los textos evangélicos de las últimas semanas nos llevan a ese camino social y solidario entre hermanos. La idea que se percibe es que un cristiano convencido debe ir soltando amarra respecto a posiciones egoístas o duras. El hermano no es el enemigo. Vivimos tiempos difíciles en los que se ha consagrado la idea de una lucha por auparse por encima de los demás. Y esto no es así. Un buen profesional intentará triunfar. Ser el mejor. Llegar al reconocimiento de su capacidad por todos. Pero eso no quiere decir que no vaya a compartir el resultado de su éxito. Y cuando decimos el resultado nos referimos a todo en general. No solo debe repartir parte de sus ganancias, también sus conocimientos. Hay una frase muy buena que resume la falta de solidaridad en el triunfo. Es: "morir de éxito". Significa el fracaso por no haber digerido bien el éxito. En general, esa "digestión pesada" se debe a no compartir, a elevarse sobre los demás sin razón alguna.

En mi habitual comentario homilético, de la sección “La homilía de Betania”, trato otros aspectos de la necesaria cercanía a nuestros hermanos. Ahora solo me queda decir que debemos amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y ambas cosas están en contraposición dolosa con el acaparamiento de bienes y riquezas.