LA ORACIÓN, ESA OLVIDADA

Por David Llena

En un mundo de inmediatez, de prisas, de auto placer, de autoengaño, de hágalo usted mismo, de la satisfacción inmediata, dejar las cosas en manos del Dios de la Eternidad no resulta atractivo. Pero, sin embargo, sí que somos capaces de salir a caminar todos los días o asistir con la frecuencia requerida al gimnasio con tal de lucir un buen tipo, o, para aquellos más pudorosos, mantenerse de forma saludable, además de acogernos a las dietas más severas con tal de sentirnos a gusto con nosotros mismos.

Otro detalle que nos aleja de la oración, puede ser la posibilidad de valernos por nosotros mismos. ¿Tiene sentido pedir el pan de cada día cuando lo podemos encontrar a cada paso que damos? Vivimos más allá del bienestar y derrochamos sin freno, o al menos a eso invita la publicidad; viajes, bebidas, comidas, lujos, excesos… ¿Para qué pedírselo a Dios si se lo podemos pedir a la tarjeta de crédito, o pagarlo en cómodos plazos?

Sin embargo, muchos somos los que, dentro de esa espiral, notamos como todo este exceso no da la felicidad. Ya no sentimos la felicidad de saciar el hambre, pues no pasamos hambre ni sed, ya no disfrutamos de una brisa fresca tras una tarde calurosa, pues vivimos bajo el aire acondicionado.

Y un paso más allá está la oración. Hay muchas cosas en esta vida nuestra que se apartan del camino de Dios y ahí es donde debemos incidir. La oración nos hace descubrir la falacia que se esconde tras este modo de vivir, que nos hace cada vez más dependientes de todo. Fijémonos, simplemente en el desconcierto que puede provocar vivir una semana sin electricidad en la casa.

Acercarse a Dios, es agradecer todo aquello que disfrutamos y que no somos conscientes de ello. Agradecer la salud, el gozar de trabajo estable, de una familia que nos acoge y sostiene, cada cual sabe aquello que debe agradecer a Dios, y también pedirle por la salud aquel que no goce de ella, o trabajo o por aquel familiar que no pasa por buenos momentos. Rezar nos vuelve más humanos, más generosos, es gratis pedirle al Padre por los demás, pero aun así ¡nos cuesta tanto arrodillarnos y mirar al cielo!

 

DESACREDITAR

Por Pedrojosé Ynaraja

Si es un engaño creer que la simpatía personal es signo de valor, de inteligencia y de eficacia, como ya comenté hace un tiempo. También demuestra la experiencia otro error de percepción, creer que el desacreditar es arma de progreso.

En el terreno político ya estamos empezando a acostumbrarnos. Más que ofrecer un programa y comprometerse en él, comprobamos que se acude al descrédito del que está afiliado a un partido que no se parece al propio.

Jesús dijo: ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? (Lc 6,41). Pero, lo tenemos muy comprobado, los criterios del Señor tienen poca aplicación en el terreno político. O mejor será decir que los políticos no los quieren manejar.

Es fácil desacreditar, aunque no se llegue al calumniar. (Calumnia que algo queda, dijo aquel)

“En la casa de mi Padre hay muchas mansiones” …dice el Señor (Jn 14,2). Pero muchos quisieran que sólo hubiera una y fuera la suya, o cómo la suya.

Lo peor es que desacreditar difícilmente es útil y no sirve para enriquecer el bien común, sino únicamente el bien propio, este obrar es puro egoísmo. Hay gente que solo sabe sacar faltas y la gente al principio los tiene por sabios, pero a la larga descubre que son inútiles para la sociedad y si se trata de políticos, si han conseguido llegar al poder mediante el descredito del adversario, probablemente defraudarán en el ejercicio de su cometido. Hay que desconfiar de los puramente simpáticos, que no hacen nada y de los son doctos en el difamar, que pueden salir victoriosos por un momento, pero fracasan luego y de ello se deriva mucho mal, difícil de corregir o simplemente modificar.

Somos una cultura faltada de esperanza, de optimismo, de confianza. En consecuencia, en el terreno religioso, también carente de Esperanza. La misión de un cristiano, por honradez y sinceridad, es comportarse con rectitud y perseverar en ello. Que la gente confíe en nosotros, que sepa que no engañamos nunca, ni aun en provecho propio.

¡Dios mío! Tal vez sea el calor que aprieta y sofoca estos días, lo que me impide ser agudo y ameno. Sinceramente, no soy capaz de redactar otra cosa que lo que he escrito. Que el lector, si ha llegado hasta aquí y se ha aburrido, me perdone.