XV Domingo del Tiempo Ordinario
14 de julio de 2019

 

La homilía de Betania


 

1.- UN ALTO EN EL CAMINO

Por Francisco Javier Colomina Campos

2.- EL MANDAMIENTO SAMARITANO ES MUY PROPIO DE JESÚS DE NAZARET

Por Gabriel González del Estal

3.- VETE, HAZ TU LO MISMO

Por José María Martín OSA

5.- EN LA CALLE… ESTÁN LAS HERIDAS

Por Javier Leoz

6.- SERVIR A LOS HERMANOS, SIEMPRE

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PRACTICANTE NO CREYENTE

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- UN ALTO EN EL CAMINO

Por Francisco Javier Colomina Campos

En el Evangelio de este domingo, como en los domingos anteriores, seguimos escuchando el camino de Jesús hacia Jerusalén. En el Evangelio de hoy escuchamos cómo Jesús hace un alto en el camino para hablar con un maestro de la ley que le hace una pregunta fundamental: ¿Qué he de hacer para ganar la vida eterna? También nosotros, en el camino de nuestra vida, y quizá si estamos estos días de vacaciones, también hemos de hacer un alto en el camino para dedicar un tiempo a preguntarnos acerca de esto.

1. La palabra de Dios está cerca de nosotros. La pregunta que le hace aquel maestro de la ley a Jesús, y que hemos escuchado en el Evangelio de hoy, no es una pregunta cualquiera. Hemos de tener en cuenta que los judíos tenían una gran cantidad de leyes y de preceptos, que procuraban cumplir escrupulosamente. Leyes que regulaban la vida social, el trabajo, la familia, el culto religioso… Por eso, la pregunta del maestro de la ley era una pregunta fundamental: de todas estas leyes y preceptos, ¿cuál es el más importante? Jesús, al responderle, remite directamente a la Sagrada Escritura, a la palabra de Dios. Y es que la palabra de Dios es la luz que ha de iluminarnos, la guía que hemos de seguir. Esa palabra de Dios está muy cerca de nosotros, como escuchamos en la primera lectura. No podemos decir que Dios está lejos, o que es difícil de escuchar su palabra, ya que la tenemos en la Biblia. La palabra de Dios está en nuestros labios y en nuestro corazón, no está allá arriba en los cielos, ni al otro lado de los mares. Y es una palabra que no nos resulta imposible de cumplir, pues como dice Moisés en la primera lectura, lo que Dios nos pide no es superior a nuestras fuerzas. Nosotros, que venimos al menos todos los domingos a Misa, tenemos la suerte de escuchar semanalmente esta palabra. Y además, podemos también en casa leer diariamente el Evangelio y el resto de la Biblia. Por tanto, hemos de prestar oído a lo que escuchamos y a lo que leemos en la Sagrada Escritura, pues es Dios mismo que viene a nosotros en su palabra para darnos luz y guía para nuestro caminar de cada día.

2. Haz esto y vivirás. Pero no basta simplemente con leer la palabra de Dios, hemos de cumplirla. La Sagrada escritura no es un simple libro de lectura, es el deseo de Dios para cada uno de nosotros. La respuesta que le da Jesús al maestro de la ley en el Evangelio no es sólo saber lo que dice la ley, sino que además ha de cumplirla. Y si la cumplimos, tendremos vida, pues Jesús le dice al maestro de la ley: “Haz esto y vivirás”. La palabra de Dios, como nos dice san Pablo, es viva y eficaz, y nos da vida si la cumplimos, si dejamos de verdad que esa palabra llegue hasta nuestro corazón, hasta lo más profundo de nuestro ser. Y lo que Dios nos pide es bien sencillo: amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo. Ambos preceptos son uno sólo. No se puede amar a Dios si no amamos de verdad al prójimo, y no podemos amar de verdad al prójimo, tal como Dios quiere, si no es desde el mismo amor de Dios. Por lo tanto, lo que Dios nos pide es tan sencillo y hermoso como esto: amar. Amar con el mismo amor de Dios, que nos ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros.

3. Y ¿quiénes mi prójimo? Ante la respuesta de Jesús, el maestro de la ley respondió con esta pregunta: y, ¿quién es mi prójimo? No sabemos si respondió asó porque en verdad no sabía quién era el prójimo, o si lo hizo porque quería saber qué pensaba Jesús sobre esto, o si bien era para excusarse quizá por su falta de amor a los demás. Pero Jesús respondió con toda claridad por medio de una parábola. Aquel samaritano, que estando enemistado con los judíos sin embargo ayudó a aquel moribundo, nos muestra quién es de verdad el prójimo. No se trata de cercanía familiar, ni de compartir las mismas opiniones, ni tan siquiera es prójimo el que vive nuestra misma cultura o religión. Prójimo nuestro es todo aquél que pase por nuestro lado, todo aquél con el que nos encontremos a lo largo del camino de nuestra vida, especialmente el más necesitado de nuestra ayuda. Cuántos prójimos encontramos cada día, y tantas veces ni nos damos cuenta de ellos. cuántas personas pasan por nuestro lado pidiendo a gritos nuestra ayuda, y nosotros pasamos de largo, como lo hicieron el sacerdote y el levita de la parábola. Hoy hay muchos prójimos en nuestra vida, y Dios quiere de nosotros que seamos como el buen samaritano, capaces de bajar de nuestra cabalgadura para socorrer a quien lo necesite, dando de los nuestro, preocupándonos de los demás, en definitiva, amando. Hacer esto es cumplir la ley, y esto es lo que nos da la vida.

Hemos escuchado este domingo la palabra de Dios, como hacemos cada domingo en la Misa. Que esta palabra no quede sólo en nuestros oídos, sino que llegue hasta lo más profundo de nuestro ser y que llegue a cambiarnos la vida. Dios sólo nos pide una cosa, tan sencilla y tan difícil a la vez: amar. Que amemos de verdad a los demás, especialmente a los necesitados. Así, estaremos cumpliendo la palabra de Dios, estaremos haciendo lo que Él nos pide. No podemos salir hoy de la Eucaristía y no sentirnos un poco más cerca de nuestro prójimo, si no, estaremos echando en saco roto la gracia que Dios nos da.


2.- EL MANDAMIENTO SAMARITANO ES MUY PROPIO DE JESÚS DE NAZARET

Por Gabriel González del Estal

1.- ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él le dijo: El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Con esta parábola Jesús da, realmente, la vuelta a la palabra “prójimo”, tal como se entendía en el tiempo de Jesús en el mundo judío. El prójimo no es para Jesús el que está cerca de ti y vive en tu mundo, el prójimo no es el judío. Es prójimo nuestro cualquier persona a la que encontramos junto a nosotros y está necesitadas, necesita nuestra ayuda. Da igual que esta persona sea de nuestra familia o no, que sea de nuestra religión o no, que sea de nuestra nación o no, que sea de nuestro partido político o no, que sea de nuestra empresa económica o no. Es suficiente con que yo le vea necesitado para que yo me sienta obligado a ayudarle. No se trata de una obligación de estricta justicia social, o de una obligación que me impone mi religión, o la pertenencia a mi misma empresa o partido político, basta, como digo, con que yo le vea necesitado. A mí esta parábola del samaritano me recuerda, por motivos distintos, a la parábola de la oveja perdida, o, incluso, a la parábola del hijo pródigo, o a la parábola de mujer sorprendida en adulterio en plena calla, o yendo aún más lejos, al mismo san José, cuando ve que María, su prometida, está embarazada sin haber vivido aun con él. Nosotros, los cristianos de este siglo XXI, debemos practicar el mandamiento samaritano en nuestras circunstancias ordinarias en las que vivimos habitualmente, con nuestra familia ayudando preferentemente a los que más nos necesita, con nuestros amigos y conocidos, con nuestra parroquia, en Cáritas parroquial y con las personas con las que más coincidimos en nuestras eucaristías, colaborando también en alguno de los grupos parroquiales que se dedican especialmente a ayudar a las personas necesitadas, en fin, cada uno sabrá cómo puede ser especialmente misericordioso y caritativo con el que más le necesita.

2.- El mandamiento está muy cerca de ti; en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas. Estas palabras de Moisés al pueblo hebreo valían para el pueblo al que se dirigían y siguen valiendo hoy para nosotros. El mandamiento del Señor debe estar en nuestro corazón; antes que ser ley escrita en el libro debe ser ley escrita en nuestros corazones. Así lo entendió el samaritano, sin fijarse en las interpretaciones que de la ley de Moisés estaban haciendo en su momento los escribas y los fariseos. Eso es precisamente lo que criticaría después el apóstol Pablo cuando nos dice a los cristianos que lo que realmente salva no es la ley de Moisés tal como la estaban entendiendo los judíos en tiempo de Jesús, sino que lo que nos salvará ya para siempre es el mismo Jesús y su evangelio.

3.- Cristo es también cabeza del cuerpo: de la Iglesia… Por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz. Este himno que san Pablo nos cita en su carta a los fieles de Colosas nos presenta a Cristo como cabeza de la Iglesia y el primero en todo. Su misión principal es reconciliar todo y esto ya es suficiente para que nosotros hoy consideremos este himno cristológico como importante para nosotros. La misión de nosotros, los cristianos, es reconciliar todo en Cristo. La Iglesia, en general, el Papa, los obispos, los sacerdotes, cada uno de nosotros, debemos saber que tenemos una misión importantísima: ser reconciliadores en este mundo nuestro, frecuentemente tan dividido, excluyente y egoísta. Como buenos samaritanos, en este nuestro mundo en el que algunas veces las distintas religiones se empeñan en crear odios y divisiones, seamos nosotros los católicos de la Iglesia de Cristo hombres de paz y de reconciliación.


3.- VETE, HAZ TU LO MISMO

Por José María Martín OSA

1.- Como a nosotros mismos. El Deuteronomio recuerda el precepto principal, que es amar a Dios sobre todas las cosas. ¿Y respecto al prójimo? El prójimo es también el extranjero que habita de manera estable en el país: “lo amarás como a ti mismo, porque vosotros fuisteis inmigrantes en la tierra de Egipto”. En la parábola del Buen Samaritano “prójimo” es el que no da rodeos ni pasa de largo, sino que se aproxima para ayudar a quien necesita ayuda. “Prójimo” es quien sabe actuar solidariamente y entiende su vida como “ser para los otros”. Mi prójimo es un hombre cualquiera que me encuentra tirado en el camino, excluido, herido, abandonado… Ese hombre concreto está apelando a la conciencia de quien lo encuentra, para que reconozca en el rostro desfigurado y en el cuerpo contrahecho y dolorido la imagen del hermano, del otro yo que pide una ayuda efectiva, una mano cercana.

2.- Intentemos ahora aplicar el evangelio a nuestros días. ¿Quién es mi prójimo?

--Esa persona concreta excluida es hoy uno de los miles de niños —la criatura más débil e inocente— que son eliminados en el seno materno. La cuna natural de la vida se convierte para él en el corredor de la muerte. Una sociedad que legitima un crimen tan abominable como el aborto está perdiendo el sentido mismo de la dignidad humana, base de los derechos fundamentales y de la verdadera democracia.

--Esa persona concreta excluida en nuestra sociedad puede ser una de las madres que, ante las dificultades para sacar adelante al hijo de sus entrañas, es dejada sola. En ese período en el que necesita más ayuda muchas veces no encuentra el apoyo efectivo al que tendría derecho.

--Esa persona concreta excluida puede ser también hoy, en nuestra sociedad, uno de los emigrantes pobres que acuden a nuestras tierras —quizá tras sobrevivir a una penosa travesía—, buscando una oportunidad en la vida. En ocasiones encuentra que el bienestar no es repartido entre todos.

--Esa persona concreta excluida puede ser hoy, en nuestra sociedad, uno de esos muchos ancianos abandonados. La sociedad los considera cada día más como una carga insoportable. Se llega a la aberración de la aceptación cultural y legal de la llamada eutanasia, forma gravísima de insolidaridad. La enumeración de formas de despojo podría seguir.

3.- “¡Primero, los últimos”! El Papa Francisco nos decía el pasado 27 de mayo, con motivo de la Jornada Mundial del Migrante que “no hay que excluir a nadie, pues la mayor caridad es la que se ejerce con quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias”. El verdadero lema del cristiano es “¡primero los últimos!”, pues en la lógica del Evangelio, “los últimos son los primeros, y nosotros tenemos que ponernos a su servicio”. En su mensaje para la Jornada Mundial que se celebrará el 29 de septiembre, el Pontífice recuerda cual es “respuesta al desafío planteado por las migraciones contemporáneas” en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar como ya lo hizo en el 6º congreso del Foro internacional “Migración y Paz”, celebrado en Roma en 2017.

4.- ¿Quién fue prójimo del hombre excluido? Esta respuesta debe darla cada ser humano con sus obras. Esa respuesta decide, juzga, el auténtico valor de su vida. En su contestación el interlocutor no se atreve a mencionar el nombre samaritano, pero acierta igualmente. Fue verdaderamente prójimo del hombre despojado el que practicó misericordia con él. Hasta un niño habría sabido contestar a una pregunta tan fácil. El Evangelio de la misericordia predicado por Jesús llega sencillamente al corazón del hombre, de todo hombre. ¡El Buen Samaritano escuchó a su conciencia! Fueron tres los que pasaron ante este hombre herido... y solamente uno de los tres ofreció su ayuda... La conclusión del diálogo y de la parábola no requiere más comentarios. Requiere, simplemente, que cada uno la convirtamos en norma de vida: Vete y haz tú lo mismo.


4.- ¿EN QUÉ PUEDO SER ÚTIL AL PRÓJIMO?

Por Antonio García-Moreno

1.- ESCUCHA. - Escucha la voz de Dios. Una llamada a tu corazón, una interpelación directa pronunciada por una persona viva, una persona que te conoce y que te ama, que te habla con la ilusión de ser atendida, con el cariño de quien ama hasta la locura. Escucha, atiende, presta atención. Te interesa enormemente lo que Dios te dice. Es una cuestión vital para ti, algo de lo que dependen los más grandes bienes que jamás hayas imaginado. Por eso has de estar expectante frente a las palabras que salen de la boca de Dios. Esas de las que fundamentalmente vive el hombre.

ESCUCHA. No te limites a oír. No adoptes una postura meramente pasiva, dejando que las palabras resbalen por tu vida como el agua resbala por una superficie grasa. Ante Dios has de tener la misma actitud que la que tiene el que sinceramente ama. El que quiere de veras no oye tan sólo, escucha en tensión hacia quien ama, bebe sus palabras.

A veces tenemos la impresión de que los preceptos de la ley de Dios están por encima de las posibilidades del hombre medio, pensamos que los mandamientos superan las fuerzas humanas. Y consideramos que sólo unos hombres superdotados pueden ser fieles a las exigencias de Dios.

Si esto fuera realmente así, Dios sería un ser monstruoso, una persona de una crueldad extrema. Exigiría al hombre, bajo la pena de muerte eterna, lo que jamás el hombre podría llevar a cabo. No, lo que nos manda Dios no está lejos de nosotros, no es algo inalcanzable. No está más arriba de los cielos, ni más allá de los mares. Sus mandamientos están metidos en nuestro corazón, grabados en nuestras conciencias. Son preceptos congénitos a nuestro modo de ser, obligaciones y deberes que nacen de nuestra misma naturaleza de animales racionales. Los mandatos del Señor no son otra cosa que la aclaración, en fórmulas precisas, de todas esas vagas tendencias del hombre, que le inclinan hacia el bien y que le apartan del mal.

2.- LO ÚNICO IMPORTANTE. - Hay cuestiones en la vida que, sin duda, tienen una importancia decisiva para el hombre. Pero de entre todas esas cuestiones hay una que sobresale por su importancia sobre todas las demás: la salvación eterna de uno mismo. De nada nos sirven todas las otras cuestiones, si perdemos para siempre nuestra alma. Por eso cambió de forma radical la vida de san Francisco Javier. El santo de Loyola le repetía una pregunta que, poco a poco, se fue clavando en el corazón joven y ardiente de Javier, hasta dejarlo todo y seguir a Cristo, hasta el fin del mundo. Aquella pregunta resuena, también hoy, en nuestros oídos: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?

Este personaje, este letrado de la Ley, que se acerca a Jesús para tenderle una emboscada, formula sin embargo una cuestión que todos nos debemos plantear, al menos una vez en la vida: ¿qué tengo que hacer yo para heredar la vida eterna? Y, como este letrado, hemos de dirigirnos al Maestro por antonomasia, al único que de verdad lo es, a Cristo Jesús. Es verdad que no podemos esperar una respuesta dirigida de modo personal, a cada uno de nosotros. Pero también es cierto que nuestro Señor Jesucristo nos hace llegar su respuesta a cada hombre en particular, o través de la propia conciencia, o por medio de cualquier otra forma de comunicación.

El problema, por tanto, no está en que Jesús responda o no responda, sino en que el hombre pregunte con interés o no lo haga. La cuestión está, sobre todo, en que al oír la respuesta, la lleve a cabo con decisión y generosidad. Porque hay que tener en cuenta que, lo mismo que la promesa es única y formidable, también las exigencias que puede implicar suponen esfuerzo y abnegación. Dios, en efecto, nos promete la vida eterna, pero también exige que, por amor a Él, nos juguemos día a día nuestra vida terrena.

Jugarse la vida es amar a Dios sobre todas las cosas, con todas nuestras fuerzas, con todo el corazón y con toda la mente. Amar con un amor cuajado en obras, con un amor que no se busca a sí mismo, con un amor desinteresado y generoso, con un amor que sabe ver al mismo Jesucristo en el menesteroso, que no pasa de largo nunca ante la necesidad de los demás, sino que por el contrario, se para y averigua en qué puede ser útil al prójimo, al que está cerca de él, al alcance de sus servicios.

Es lo que hizo el samaritano de la parábola. Los otros, un sacerdote y un levita de la Antigua Alianza se hicieron los desentendidos, dieron un rodeo para no acercarse tan siquiera a quien yacía en tierra herido y ultrajado. Es una parábola que de alguna forma se repite de vez en cuando. Ojalá nunca pasemos de largo ante el dolor ajeno.


5.- EN LA CALLE… ESTÁN LAS HERIDAS

Por Javier Leoz

1.- Para encontrar al Dios vivo es necesario besar con ternura las llagas de Jesús en nuestros hermanos hambrientos, pobres, enfermos y encarcelados: es cuanto ha dicho el el Papa Francisco alguna vez y que no hay que ir muy lejos, si abrimos los ojos, para encontrarnos con el rostro dolorido de Cristo. Es en las llagas de la humanidad que nos rodea donde podemos encontrar a Jesús. Quedarnos sólo en la meditación, además de peligroso, es incoherente en la vida cristiana: orar y trabajar, meditar y ayudar, escuchar y hablar han de ser los parámetros de nuestra identidad y adhesión a Jesús. Es en el cuerpo a cuerpo donde podemos ver, si es verdad, que somos cristianos auténticos o de palabra, de nombre o de práctica, por convencimiento o por tradición.

Para tocar al Dios vivo (también lo dijo el Papa Francisco) “no hace falta hacer un cursillo de actualización” sino socorrer al Dios vivo. Y, para ello, es necesario salir a la calle y tener el valor de ofrecer nuestra forma de pensar en cristiano, nuestra óptica sobre la vida, el amor, la familia y, por supuesto, la caridad. La caridad que es más que solidaridad.

2.- Prójimo es aquel que me exige salir de mí mismo para medir si, en verdad, la fe es operativa y práctica o se quedó en simple teoría

Prójimo es, tal vez, el que menos entra dentro de mis esquemas. Aquel que queda lejos de mis dominios y distante de los caminos por los que yo avanzo

Prójimo es quien constantemente me pregunta, con aquellas interpelaciones de San Ignacio, “qué he hecho por Cristo, qué hago por Cristo y qué debo hacer por Cristo”

Prójimo es quien me ayuda a pasar de una fe de conocimiento a una fe practicada y volcada en los demás

Prójimo es quien me invita a no instalarme en una piedad fría y bajar al sufrimiento del hombre

Prójimo es aquel que, sin darse cuenta, es acorralado por la sociedad opulenta robándole la riqueza interior

Prójimo es aquel que es vapuleado por la materialidad de las cosas y, una vez utilizado, es arrinconado en el olvido

Prójimo es aquel que inconscientemente se deja atacar en su dignidad antes que llevar o posicionarse en contra de las ideologías dominantes

Prójimo es aquel que ha sido arrastrado por las corrientes de lo inmediato, de lo pragmático y luego ha quedado sin respuestas tirado en el suelo

Prójimo es aquel que espera un detalle por nuestra parte y no sólo teorías o lecciones magistrales

Prójimo es aquel que nos corta el camino que habíamos emprendido para hacernos entender que a Dios se le gana con la misericordia y no con la razón

Prójimo es aquel que necesita de nuestro compromiso y de nuestra palabra, de nuestro consejo y de nuestra presencia. Lo contrario y lo más fácil, a veces, es dar un rodeo a las personas y a los acontecimientos, a los problemas y a las cruces que salen a nuestro encuentro: “ojos que no ven… corazón que no siente”

Prójimo es aquel que creyendo vivir en la verdad ha sido asaltado por los delincuentes de la mentira y de la farsa.

Prójimo es aquel que no puede o no sabe sostenerse por sí mismo; el zarandeado por el ladrón poderoso don dinero o el humillado por los usurpadores de conciencias y de las grandes verdades

Prójimo es aquel que, de la noche a la mañana, ha sido arrojado en el abismo de la incredulidad o de la desesperanza, de la tristeza o del desencanto por la vida

Prójimo es aquel que ha sido despojado de lo que era resorte y apoyo en su existencia por aquellos que cabalgan en el caballo del poder y del “todo vale” para que la sociedad se quede sin moral ni ética alguna

Prójimos son, en definitiva, las personas que salen a nuestro paso en mil circunstancias y con mil nombres y apellidos.

3.- Si Jesús, el Buen Samaritano de primera división por excelencia, salió al borde del camino para recogernos a los que estábamos perdidos. Si cargó con nosotros y pagó con la moneda de su propia sangre por nosotros… ¿no debiéramos de interpelarnos si en nuestro cristianismo no nos atrincheramos en la doctrina olvidando su trasfondo?

4.- En este Año de la Misericordia, además de profesar las grandes verdades de nuestro catecismo nos viene a nuestro encuentro un interrogante: ¿hacemos algo por nuestro prójimo o, tal vez, nos hemos cansado de ayudar al ver tantas llagas abiertas en medio de nuestro mundo?

5.- JESÚS BUEN SAMARITANO

Jesús es el Buen Samaritano

El hombre es el asaltado

al borde del camino de su felicidad

Los ladrones son la tentación de cada día,

el maligno y su afán destructor de

nuestra humanidad y bondad

La posada es la Iglesia donde

Dios (posadero) cura a todo el que se acerca

La cabalgadura es la cruz de Jesús

donde lleva, sobre sus hombros,

a toda la humanidad herida

El precio es su propia sangre


6.- SERVIR A LOS HERMANOS, SIEMPRE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Evangelio de San Lucas que escuchamos este domingo es todo un camino de conducta para los seguidores de Cristo. El culto a Dios, ya bien trazado en la Ley, se confirma. También el amor al prójimo. Y junto a eso, la descripción de quien ayuda al necesitado y de quien no. Los que no se acercan al viajero malherido son, precisamente, los más altos representantes de la religión oficial judía. Y el pecado de omisión tiene varias lecturas, porque tanto el levita como el sacerdote no se acercaron al hombre que yacía porque, tal vez, podría estar muerto y la cercanía a un cadáver volvía impuros –según la Ley— a los sacerdotes judíos y no podían actuar. Pero, obviamente, ese era el pretexto. La cuestión básica fue no prestar ayuda. No sentir compasión por el semejante herido y abandonado.

2.- Muchos de nosotros, satisfechos con nuestro creciente cumplimiento religioso y bien al tanto de todas las devociones, podemos llegar a ignorar a nuestros hermanos o incluirlos es el lejano apartado de una limosna sugerida. La ayuda directa no la contemplamos ni de lejos e, incluso, nos asusta grandemente. Pero ocurre que muchos de nuestros semejantes van a necesitar en un momento dado una ayuda inmediata, de cercanía física y, probablemente, nosotros se la negaremos. Tal vez sean mejores que nosotros los escribas y los sacerdotes fariseos porque tenían un pretexto legal. Nosotros, ni eso.

3.- Comparar a un sacerdote, a un levita, a un letrado, con un samaritano era fuertemente peyorativo. Estaban considerados como herejes y alejados del culto ortodoxo a Dios que se centraba en Jerusalén. Sin duda, el interlocutor que inició el dialogo con Jesús tuvo que sentirse menospreciado por la comparación. Pero al mismo tiempo, el letrado en cuestión quería distinguirse con malos modos cuando preguntó por la naturaleza de su prójimo. La respuesta del Señor fue muy adecuada.

4.- Otro lado –muy actual— de la moneda es olvidar a Dios para dedicarse solo y presuntamente al prójimo. Es posible, claro está, que en la adoración a Dios necesitemos poco tiempo y que nuestro "gran tiempo" debe estar dedicado al prójimo que nos necesite. Pero no se puede cambiar el orden de prioridades porque Dios debe estar por encima de todo. No es pues una cuestión de tiempo, si no de reconocimiento de la prioritaria entrega a Dios. El amor a Dios inunda de paz el amor a nuestros hermanos. El cansancio que llevemos al templo tras haber servido a los hermanos nos abrirá el Corazón de Dios y sitúa al nuestro en la intimidad con el Señor.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


PRACTICANTE NO CREYENTE

Por Pedrojosé Ynaraja

Lee, o escucha uno con frecuencia, que alguien a quien se le pregunta por su religión responda: soy cristiano, no practicante. La primera y la tercera lectura de la misa de este domingo, se sitúa en este terreno espiritual.

1.- Moisés se dirige al pueblo escogido, advirtiéndole sobre las reglas que deberán regir sus vidas. No son normas extrañas, ni extraordinarias, les dice y nos diría a nosotros de manera idéntica. No se trata de preceptos que uno deba aprender en otro continente, o escuchando a algún gurú o chaman iluminado. Son preceptos establecidos a la medida del hombre, es más, están muy cerca, en el corazón de la persona. ¿por qué, pues, deben definirse? Pues, porque a la interioridad de la persona a veces le invaden las tinieblas que confunden las verdades, desorientándola.

2.- La Ley del Sinaí no fue una originalidad muy diferente a las leyes que regían a otros pueblos que por aquel entonces existían. Probablemente oiréis, mis queridos jóvenes lectores, que alguien dice: los diez mandamientos son una copia del Código de Hammurabi y no es cierto. La verdad es su semejanza y hasta, en detalles, su paralelismo. Ahora bien, la Ley de Moisés tiene el marchamo divino, es revelada. Si visitáis el Museo de Louvre y os movéis por las antigüedades mesopotámicas, podréis ver un soberbio ejemplar del código de Hammurabi, de piedra basáltica, donde está escrita esta enseñanza, os advierto que este pedrusco finamente pulido, está admirablemente conservado. Según creo se conservan otros más. Del código del Sinaí, las diez palabras, como se conoce en lenguaje hebreo, no encontraréis ninguno, pese a que se grabó en piedra, en este caso fueron dos lápidas. Más que roca maciza, importa que se conserve en el corazón del hombre y en el meollo de una cultura. En la judía, a Dios gracias, permanece.

3.- Habían pasado muchos siglos y el intelectual que le preguntó al Señor qué era preciso para heredar la vida eterna, no escuchó otra cosa que el recuerdo de lo promulgado en el Sinaí y ya sabréis que a cualquier judío consciente de serlo, si solicitáis que os recite la Shema, lo hará de buena gana y el texto que escuchéis, será semejante al que oyó el Señor.

Estaban el Maestro y el letrado de acuerdo, pero ¿era suficiente? ¿podía mejorarse? Claro que sí y por eso el Señor le atiende, poniendo el acento en el amor al prójimo. El docto interlocutor sabía algo de esto. El pueblo hebreo había ido madurando en este aspecto. Los profetas habían ido instruyendo y recordando la exigencia del amor al otro, pero muchos se quedaban en atender las necesidades de aquel que perteneciera a su mundo y en cambio la perspectiva de Jesús ampliaba el horizonte hasta todos sus inmensos límites.

Más que promulgar un nuevo código, le pone un ejemplo. Acude al lenguaje de las parábolas que le era tan preciado y que listos, listillos y gente vulgar del pueblo, entendían.

4.- El camino de Jerusalén a Jericó era de todos conocido. Yo mismo, mis queridos jóvenes lectores, en mis primeros viajes a Tierra Santa, seguía idéntico trazado, aunque evidentemente, en coche. Hoy en día es cómoda autovía, que ha suprimido curvas y mejorado el firme. Pero si uno se espabila y se lo propone, todavía es posible salirse y caminar un rato por entre algunos wadis, ver por ambos lados las mismas crestas que vería un caminante cualquiera. También el Señor y el buen intelectual. Era, es, común vía de unión hacia tierras del norte. Que por él pasara un samaritano no era lo corriente. Para ir a su tierra no era el camino más corto y su presencia podía suscitar la antipatía de los viandantes judíos. Pero no era imposible.

5.- Universitarios, banqueros, potentados propietarios de terrenos, promotores de grandes empresas inmobiliarias, cualquiera de estos pueden substituir a la figura del sacerdote del Templo, o la del levita. O ¿por qué no? cualquiera de nosotros mismos, que sabemos leer, tenemos libros, PC o tableta. Móvil, celular, vehículo, MP3 o cualquiera de estos cacharritos que creemos nos son imprescindibles. El samaritano puede estar representado por un emigrante, tal vez en situación clandestina. Pensadlo bien y examinaos.

6.- Por mi parte os digo que en algún momento que me he parado y pedido ayuda o información, he necesitado servicio o cooperación, generalmente, he sido mejor atendido por un desplazado, o por un sencillo anónimo hijo de vecino, que por un ciudadano que se cree hombre de bien y viaja en lujoso deportivo. Se necesita ayuda y todo el mundo te dice que no tiene tiempo. ¿sois uno de estos, mis queridos jóvenes lectores? Prefiero un practicante, no creyente, a un creyente que no practique la caridad, la justicia, la solidaridad.