Escribe: Julia Merodio


Nuestra colaborara, Julio Merodio, ha sufrido una importante herida en la mano derecha que le impide escribir. Durante el tiempo que dure dicho percance vamos a ir publicando trabajos anteriores de Julita en Betania coincidentes con estos tiempos litúrgicos


QUIERO HOSPEDARME EN TU CASA, SEÑOR

La hospitalidad, la apertura, la acogida… son las identidades que caracterizan la casa donde Dios habita. Por tanto, si de verdad queremos morar junto a Dios, deberíamos preguntarnos:

-¿Son esos nuestros signos de identidad?

-¿Son las señales que caracterizan nuestra Iglesia?

Ciertamente, no siempre, son las peculiaridades que mostramos, ni las características por las que optamos, pero el Señor sabe llegar por caminos diversos y atuendos extraños, a nosotros solamente nos corresponde cruzar el umbral de la puerta y tomar posesión del lugar.

HOSPEDAR Y HOSPEDARSE

Nunca dejará de sorprendernos la claridad con que se trasmite la Palabra de Dios. Hoy donde todo se intenta hacer con segundas intenciones, con verdades a medias, con opacidad para que nadie se entere demasiado de la realidad, con un beneplácito que golpea por detrás… la Palabra de Dios es clara y contundente.

Encontramos una pregunta ¿quién puede hospedarse en tu casa Señor? Y la respuesta no da lugar a titubeos: El que cumpla estas señales de identidad:

• Proceder honradamente.

• Practicar la justicia.

• Tener intenciones leales.

• Y no calumniar con su lengua.

• El que no hace mal a su prójimo.

• Ni difama al vecino.

• El que no prestar dinero a intereses abusivos…

Seguro que habéis reconocido estas palabras, no las digo yo se leen en el salmo 14, perteneciente a la liturgia del domingo.

Es verdad que, al tomar conciencia de lo que este mensaje implica, no tardaremos en decir: -se nota que estas palabras se escribieron hace demasiado tiempo-; y es cierto ya que, en el momento actual, el que procede honradamente es “una pobre persona” que le van dando golpes por todas partes. “Nunca llegará a nada” -dicen con facilidad los que la conocen- y, lo que es peor la gente se apartará de ella para no “contaminarse” de su actitud.

Pero llega la segunda parte ¿Quién nos ha dicho que sea de otra manera?

Jesús, durante el transcurso de su predicación, no cesa de advertir a los suyos que vivir como Él no será fácil, ¿acaso fue fácil para Él?

Sin embargo ahora que se conocen los resultados podemos decir que mereció la pena. Después de haberlo pasado, Él mismo nos dijo:

• No temáis.

• No tengáis miedo.

• No os dejo solos.

• Estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.

• Y sabed, que Yo he vencido al mundo.

Ciertamente, se necesita tener duro el corazón, para que estas palabras no lo hagan arder.

LA LIBERTAD

Una de las características de la hospitalidad es la libertad. Cuantas veces nosotros con el afán de acercar a Dios, a cuantos se cruzan en nuestro camino, intentamos intimidarlos, arreglamos su enseñanza y nos lanzamos a imponerles cargas que el mismo Jesús rechaza. No somos capaces de comprender que, el mayor regalo que Dios nos ofrece es el la libertad. Cada uno podemos ser o no hospitalarios, del mismo modo que, cada uno podemos hospedarnos o no, en la casa de Dios.

Yo creo que sería bueno que nuestra oración de esta semana se centrase en revisar la grandeza de la hospitalidad, ya que por parecernos algo trivial, raramente nos detenemos a examinarnos de ello.

Solamente el que se siente fuera es libre de entrar o no. El peregrino que nos muestra el salmo parece que es alguien que quiere entrar en el templo de Dios pero no sabe como hacerlo. Ha encontrado otros templos de dioses paganos que tenían escrito, con mucha claridad, el reglamento de usos y costumbres; sin embargo en el templo de Dios no se sabe que hacer. De ahí que decida preguntar a un sacerdote que encuentra por allí; él un profesional del templo, deberá saberlo con exactitud.

Pero el pobre hombre sigue un poco aturdido, le preocupa demasiado la actitud y, sobre todo, le dan escalofríos al pensar en los interminables preceptos del Levítico.

Sin embargo el peregrino ha tenido suerte, el sacerdote que encuentra no lo sitúa en formulismos ni retóricas etiquetadas, va al grano y le presenta una lista de “condiciones” más bien corta, encabezada por una regla general de la que dependerán todos lo demás mandatos.

“Podrá entrar, en la casa del Señor, el que procede honradamente y práctica la justicia”

El peregrino se ha quedado perplejo. El sacerdote no solamente le habla de algo que tiene que ver con la religión, sino que lo introduce en lo indispensable para el desarrollo del culto. ¿Acaso alguien puede introducirse en la liturgia sin practicar la justicia? Creo que necesitamos callar. Necesitamos examinar nuestra sinceridad; nuestras relaciones sociales.

Puede entrar en la casa de Dios el que tiene intenciones leales, nos ha dicho el salmo. El que es coherente, el que dice lo que piensa, en el conjuga lo que dice y lo que vive, el que no tiene doblez en su corazón y, sobre todo, el que no calumnia con su lengua. Porque en la hospitalidad, el prójimo, tiene un papel fundamental y no se le puede difamar ni hacerle daño.

El peregrino sigue desconcertado. Él que le ha preguntado lo que debe de hacer en el templo, se siente interrogado sobre lo que ha sido capaz de hacer fuera de él. Él que quería hacer todo bien para conseguir un sitio privilegiado, escucha que eso es lo de menos, que lo importante es lo que haces fuera para tener derecho a entrar.

Porque estar en el templo es importante, pero no basta. No puede haber liturgia auténtica, si no hay buenas relaciones entre los miembros de la comunidad. No puede haber familia real si no se vive en casa la hospitalidad. Y eso no se puede improvisar, la liturgia la celebraremos cuando hayamos sido capaces de llevarla a la vida. Cuando tomemos conciencia cierta de que Dios nos acoge como huéspedes, como comensales suyos.

¡Qué necesidad tenemos nosotros de que haya sacerdotes como el del salmo! Sacerdotes que se preocupen de catequizar sobre lo que supone la limpieza interior.

¿Quién puede hospedarse en tu tienda, Señor? Para hospedarse en la tienda del Señor, necesitamos dos prendas indispensables:

• El traje de fiesta.

• Y el uniforme de trabajo.

El traje de fiesta para entrar al banquete y el uniforme para salir a la vida. De ahí la necesidad de situarnos en la Palabra de Dios para descubrirlos. Si es Jesús el que nos habla del traje de fiesta, S. Pablo el que se encarga de hacerlo sobre el uniforme.

Os adjunto la lectura de San Pablo para el momento de oración:

Como pueblo, elegido de Dios: santo y amado, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Soportándoos mutuamente y perdonándoos cuando alguno tenga motivo de queja contra el otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y, por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones; a ella os ha llamado Dios, para formar un solo cuerpo. Y sed agradecidos. Que la palabra de Cristo habite en vosotros, con toda su riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría y cantad a Dios, con un corazón agradecido: salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo, cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús, el Señor, dando gracias a Dios Padre por medio de Él. (Colosenses 3, 12 – 17)