VII Domingo del Tiempo Ordinario
24 de febrero de 2019

La homilía de Betania


 

1.- EL AMOR CRISTIANO A LOS ENEMIGOS

Por Gabriel González del Estal

2.- AMOR GRATUITO

Por José María Martín OSA

3.- OTRA VEZ DIOS SE ACERCÓ AL HOMBRE…

Por Antonio García-Moreno

4.- Y, SOBRE TODO, ¡EL OTRO!

Por Javier Leoz

5.- ABRIR EL OÍDO A LA PALABRA DE DIOS

Por Francisco Javier Colomina Campos

6.- ¡Y AHORA ESTO!

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÀS JOVEN


DAVID, UN HOMBRE DE PRINCIPIOS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EL AMOR CRISTIANO A LOS ENEMIGOS

Por Gabriel González del Estal

1. A vosotros los que me escucháis os digo: haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian… Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso… Amad a vuestros enemigos.

Debemos tener en cuenta que el amor cristiano llega mucho más lejos que el amor puramente afectivo y sentimental. Afectiva y sentimentalmente no podemos amar a todas las personas que conocemos y con las que nos relacionamos, porque el amor puramente afectivo y sentimental depende de unas causas psicológicas que nuestra voluntad no siempre puede controlar y dirigir. Pero el amor cristiano, el que Cristo nos pide, es otra cosa: es querer el bien para todos, incluidos los enemigos, y no desear nunca el mal a nadie. En este sentido, sí podemos afirmar con rotundidad que un cristiano sí pude y debe bendecir a los que le maldicen y orar por los que le calumnian. Tampoco debemos confundir nunca el amor cristiano con el olvido de los males que algunas personas nos hayan hecho. Podemos perdonar siempre, aunque no siempre podamos olvidar. El ejemplo supremo para un cristiano debe ser siempre Cristo y Cristo perdonó a sus enemigos y rezó a su Padre para que les perdonara: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” dijo en la cruz, refiriéndose a los que le estaban matando violenta y cruelmente. Y es que el corazón de Cristo era el corazón de Dios que, como nos dice hoy el salmo 102, el salmo responsorial, es un corazón compasivo y misericordioso, que perdona todas nuestras culpas y nos colma de gracia y de ternura. Los que queremos ser buenos cristianos amemos, pues, a todas las personas, incluidos nuestros enemigos, bendigamos a los que nos maldicen y oremos por los que nos calumnian. Quizá lo que más fácilmente podemos hacer siempre es rezar por los que nos quieren mal y nos hacen el mal. Oremos, por tanto, como buenos cristianos, por todos, amigos y enemigos, por los que hablan bien de nosotros y por los que hablan mal, por los que nos quieren bien y por los que nos quieren mal. Esto es lo que nos exige nuestro amor cristiano, el amor de Cristo.

2. Abisay dijo a David: Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir. David respondió: No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha quedado impune?

La escena que nos relata hoy el libro de Samuel entre el rey Saúl y el que sería el rey más famoso de Israel, David, la conocemos bien todos los que hemos leído la Biblia. El rey Saúl consideraba a David su enemigo y quería matarlo porque este era más querido que él por el pueblo. Al futuro rey David se le presenta ahora la oportunidad de matar a su rey legítimo y ser nombrado él mismo rey de Israel. David renuncia a matar a su rey porque lo considera “el ungido de Yahvé”. Aún hoy día la actitud de David, renunciando a matar a su enemigo, el rey, nos parece de una grandeza de ánimo inmensa y nos enseña a valorar en su justa medida a todos los que legal y socialmente están por encima de nosotros. Aprendamos a distinguir entre la bondad y el justo comportamiento de los cargos políticos y sociales por un lado y el respeto que debemos tener siempre a su autoridad legítima, por otro, aunque no aprobemos su comportamiento.

3. Hermanos: El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual.

Así es nuestra condición humana, como nos dice muy bien san Pablo en esta su primera carta a los Corintios. Como seres humanos, somos descendientes de Adán y de Cristo, pero como cristianos debemos saber comportarnos siempre en nuestra vida diaria como auténticos discípulos de Cristo. Esto no es nada fácil, porque los frutos de la carne se oponen a los frutos del espíritu y el hombre viejo se resiste a dejarse dirigir por el hombre nuevo. Que se lo pregunten al mismo san Pablo, cuando él mismo nos dice que más de una vez hace lo que no quiere y no hace lo que, como hombre nuevo, querría hacer. Esta lucha la vamos a tener dentro de nosotros hasta que nos muramos; no renunciemos nunca a la misma, aunque a veces nos cueste mucho. Como buenos cristianos tratemos de ser siempre buenos discípulos de Cristo.


2.- AMOR GRATUITO

Por José María Martín OSA

1.- Amor y perdón. Son dos palabras claves que se repiten en las lecturas de este domingo. Fáciles de pronunciar, pero difíciles de practicar. Amar a los que nos aman puede ser interesado. El mérito está en amar a aquél que no nos lo puede devolver, e incluso a aquél que nos odia. Eso hizo David cuando perdonó la vida a su perseguidor, el rey Saúl. Es lo que hizo Jesús en la Cruz cuando perdonó a los que le maltrataban: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

2.- Perdonar a nuestros enemigos. Porque Dios es el primero que nos perdona a nosotros, porque como proclamamos en el salmo “el Señor es compasivo y misericordioso”. Él no nos trata como merecen nuestros pecados y derrama raudales de misericordia con nosotros. A mi mente viene aquella anécdota en la que un niño, intrigado por las palabras de su catequista que le decía que Dios con su providencia infinita está siempre despierto velando por nosotros, le preguntó a Dios si no se aburría teniendo que estar todo el tiempo despierto. Dios le contestó al niño con estas palabras: “no me aburro, me paso el día perdonando”. Contrasta la “ternura” de Dios con esa imagen de Dios “eternamente enojado”, que me parece muy poco acorde con el Evangelio.

3.- La cadena de la violencia sólo se rompe amando. Es la mirada de amor la que puede transformar el corazón de piedra del agresor. No cabe duda de que la violencia engendra violencia y esta rueda sólo se puede parar con la fuerza del amor. Hay un lado “provocador” en las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: poned la otra mejilla, bendecid a los que nos maldicen, amad al enemigo, no juzguéis y no seréis juzgados. El amor puede hacer que el enemigo deje de ser enemigo y se convierta en un hermano, que reconozca su mal y trate de repararlo, que cambie de forma de pensar y de actuar. Seamos sinceros al decir en el padrenuestro “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Seamos comprensivos y compasivos como lo es Dios con nosotros. Si nos es difícil vivirlo pidamos, al menos, que nos ayude.... a perdonar como Él nos perdona.

4.- Amar de forma gratuita. La existencia de muchas personas cambiaría y adquiriría otro color y otra vida si aprendieran a amar gratis a alguien. El ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: “Haced el bien... sin esperar nada”. Puede ser el secreto de la vida, lo que puede devolvernos la alegría de vivir. Ágape, amor gratuito, es el nombre del amor cristiano. Así nos ama siempre Dios, aunque nosotros no seamos capaces de corresponderle.


3.- OTRA VEZ DIOS SE ACERCÓ AL HOMBRE…

Por Antonio García-Moreno

1.- "Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial " (1 Co 15, 49) La misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del viejo Adán.

2.- Otra vez Dios se acercó al hombre, de nuevo le acarició, con sus divinas manos, le habló con tonos de paterno amor. Nunca estuvo el Señor tan cerca, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas, las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo. Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha conseguido al precio de su sangre.

3.- "Amad a vuestros enemigos..." (Lc 6, 27) El premio que Dios promete a quienes sean fieles a sus preceptos rebasa con mucho a cuanto el hombre puede desear. Una vida eterna sin sombra de dolor o de tristeza, una felicidad inefable y siempre duradera. Por eso también sus exigencias rebasan en ocasiones las inclinaciones naturales y congénitas del hombre. Lo cual no quiere decir que pida cosas imposibles. Si así fuera, ningún hombre podría cumplir con la ley divina, por muy grandes y ciertas que fueran las promesas. El Evangelio es arduo de cumplir, pero no imposible. Jesús no ha disimulado jamás las dificultades que lleva consigo el seguirle; al contrario, casi podríamos decir que las ha exagerado en cierto modo. Por otra parte, Él nos ha prometido su ayuda a la hora de la dificultad. De hecho muchos han conseguido la victoria definitiva, a pesar de su debilidad y de sus miserias, tan patentes y graves como las de cualquier hombre.

De todos modos, hay que reconocer que las exigencias del Evangelio suponen esfuerzo y lucha, esa violencia contra uno mismo de la que habla el Señor cuando afirma que sólo los "violentos" entrarán en ese Reino, el de Dios, que padece violencia. En efecto, lo que nos enseña el pasaje evangélico de hoy, supone violentarse a sí mismo. El hombre tiende a querer a los que le quieren y a odiar a los que le odian. Sin embargo, Jesús nos dice que hemos de amar a nuestros enemigos, hacer bien a los que incluso nos odian, hablar bien de los que nos maldicen y orar por los que nos desprecian o injurian. Es más, si es preciso, hay que poner la mejilla izquierda cuando te han pegado en la derecha, y dar la túnica a quien se ha llevado el manto.

Sin duda que son palabras hiperbólicas que encierran un espíritu, más que una casuística detallada. De hecho cuando Jesús en la Pasión recibe una bofetada, no sólo no pone la otra mejilla sino que protesta, serenamente, eso sí, de aquel atropello injusto. Sin embargo, en esa ocasión el Señor no se resiste, se entrega a sus enemigos y les deja hacer con él lo que les parece: una parodia infame y cruel, tejida de espinas y golpes, de insultos y vejaciones. Antes de ese momento, Jesús había huido de sus enemigos, o los había vencido sólo con la majestad de su porte. Cuando llega la hora de entregarse, según la voluntad del Padre, él suplica y llora, suda sangre ante el peligro que se avecina, pero finalmente se entrega con decisión y generosidad. Así nos redime y, al mismo tiempo, nos explica con su ejemplo cuál es el sentido profundo de sus palabras.


4.- Y, SOBRE TODO, ¡EL OTRO!

Por Javier Leoz

1.- En este domingo 7º del Tiempo Ordinario, San Lucas, nos sorprende con una serie de actitudes que, los seguidores de Jesús, hemos de cultivar y no obviar. Esos modos los podemos resumir con una frase: por encima de todo, ¡el bien del otro!

Es el mundo al revés. Es lo contrario a lo que estamos habituados a escuchar en muchos de los círculos donde nos encontramos.

En definitiva, “sobre todo el otro” es la locura y el centro de la predicación de Jesús. ¿Lo es también en nosotros?

Pensar en “el enemigo” no es buscar esa categoría en las luchas fratricidas o en las películas entre buenos y de malos. El enemigo, sin darnos cuenta, se localiza muy cerca de nosotros:

-Las personas a las que, por pensar de diferente forma a la nuestra, las alejamos de la órbita de nuestras amistades

-Las personas que, por pequeñas o grandes decepciones, las hemos dejado marginadas

-Las personas que, por mil excusas o por ninguna, las hemos olvidado o, incluso, humillado.

--Todo cristiano tiene dos caminos: uno el que conduce hasta que Jesús y, otro, el que conduce exclusivamente a uno mismo.

 -El cristiano que elige el camino hacia Jesús, cae en la cuenta de que –ese camino- tiene una derivación obligatoria: los hermanos que nos rodean.

 -El cristiano que, por sistema o con mil excusas, opta por el camino de “uno mismo” corre el riesgo de poner en el centro sus propios intereses. Corremos el peligro de buscarnos a nosotros mismos. De gritar a los cuatro vientos aquello de ¡sálvese quien pueda!

2.- El evangelio de este día, es casi un anuncio de lo que conllevar el vivir codo a codo o el trabajar mano a mano con el Señor: el bien del otro. Por encima de todo y sobre todo, el bien del otro. Nuestra vida cristiana no puede ser un carnaval. Es decir; un traje bajo el cual nos ocultamos para aparentar lo que no somos o un disfraz que utilizamos de vez en cuando para ser irreconocibles. Entre otras cosas, nuestra vida cristiana, no puede ser un carnaval porque, Dios, siempre sabe quién se esconde detrás.

3.- Ojala que, ese semblante, lo sepamos alegrar y divinizar con tantas cosas buenas que San Lucas nos ha sugerido en el evangelio de este día. Porque, el perfil de las personas (incluidos los nuestros) no necesitan caretas o máscaras para transmitir una alegría que tal vez no existe. Las fisonomías de las personas que creen en Jesús irradian auténtica alegría y desbordan de entusiasmo cuando…saben que el ¡todo por el otro! es lo máximo a lo que un hombre o mujer de fe puede aspirar.

¡Abajo las máscaras y arriba el rostro de nuestra fe!

4.- ¡QUITA, MI MÁSCARA, SEÑOR!

La de la sordera,

para que pueda escuchar con nitidez tu voz

La del odio,

para que pueda amar sin distinción

La de la maldición,

para que pueda desear siempre el bien

La de la debilidad,

para que presente mi mejilla donde sea necesario

La del egoísmo,

para que nunca mire lo qué doy ni a quién doy

La de la conformidad,

para que no exija lo que no me pertenece

 

¡QUITA, MI MÁSCARA, SEÑOR!

La de los malos modales,

y sea así delicado con mis hermanos

La de la maldad,

para que disfrute sembrando semillas del bien

La del usurero,

para que no busque más beneficio que el ser feliz dando

La de la dureza,

para que brote en mí la comprensión

La de la severidad,

para que sepa entender y comprender los defectos de los demás

La de la discordia,

para que vea amigos y no adversarios

¡QUITA, MI MÁSCARA, SEÑOR!


5.- ABRIR EL OÍDO A LA PALABRA DE DIOS

Por Francisco Javier Colomina Campos

Después de escuchar el pasado domingo las bienaventuranzas del Evangelio de san Lucas, hoy seguimos con el llamado discurso de la llanura. Es curioso que Jesús se comienza diciendo: “En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo”. Las advertencias que Jesús dice a continuación van dirigidas a quienes escuchan sus palabras. Quien no abre su oído para escuchar la palabra de Dios y deja que ésta entre de verdad en su corazón, no podrá nunca entender lo que Jesús nos dirá hoy acerca del amor a los enemigos.

1. Ser cristiano no es vivir como todo el mundo. La propuesta que Jesús nos hace en el Evangelio de hoy, dirigida a quienes escuchan sus palabras, es muy distinta a como vive una persona sin fe. Es cierto que quien no tiene fe también puede ser buena persona. Conocemos todos nosotros a personas que no son creyentes y que viven haciendo el bien, que aman a las personas que tienen a su alrededor, incluso que aman a sus enemigos hasta el punto de perdonarles y de pedirles perdón. Por otro lado, también podemos decir que conocemos a cristianos que dicen tener fe y que ni tan siquiera intentan vivir el amor como Jesús nos lo enseña hoy en el Evangelio. Pero sin duda, para todo aquel que quiere tomarse la vida cristiana en serio y seguir de verdad a Cristo, no cabe la opción de no intentar vivir como nos enseña hoy el Señor. Ser cristiano consiste en vivir en el mismo amor de Dios. Puesto que Dios me ama, y lo puedo experimentar cada día en los sacramentos, en la oración, en la lectura de la palabra de Dios, en la vida de fe… yo también he de vivir este amor hacia los demás, incluso hacia mis enemigos, como lo hizo Cristo, si quiero ser su discípulo. A los cristianos, por lo tanto, se nos pide algo más que al resto de personas. No podemos contentarnos con la ira, el rencor, las envidias y tantas otras formas de desamor que existe entre nosotros muchas veces. Los cristianos, si de verdad queremos serlo, hemos de vivir el amor a los enemigos, haciendo el bien a todos, sin esperar nada a cambio, gratuitamente.

2. Llevamos en nosotros la imagen del hombre celestial. En la segunda lectura, san Pablo nos ayuda a seguir profundizando en lo que hemos dicho en el punto anterior. El cristiano, al participar por el bautismo de la muerte y resurrección de Cristo, es ya un hombre nuevo. El hombre viejo, refiriéndose a Adán, al hombre que se deja llevar por el pecado, por la desobediencia, es un hombre que proviene de la tierra. Sin embargo, san Pablo asegura que ha venido el nuevo hombre, el nuevo Adán, que es Cristo. Este nuevo hombre ya no viene de la tierra de lo material, sino que viene del espíritu. Los cristianos, nacidos en primer lugar del hombre viejo por nuestra condición humana, hemos vuelto a nacer después del hombre nuevo, del hombre espiritual. Ya no vivimos sólo desde la materia, sino que nuestra vida comienza ahora en el Espíritu. Así, san Pablo nos invita a no vivir ya más como el hombre viejo, sino a vivir desde el hombre nuevo, desde Cristo, dejándonos llevar del Espíritu que nos lleva siempre a hacer el bien, a vivir el amor, como hizo Cristo, el hombre nuevo.

3. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Queda, por tanto, que cada día nos acerquemos más a Cristo, el hombre nuevo, que aprendamos de ÉL, que vivamos de Él, para ir creciendo así en el amor a todos, en la vida nueva que Dios quiere. Todo cuanto el mismo Jesús nos pide hoy en el Evangelio lo ha vivido ÉL primero. El amor incluso a los enemigos lo vivió a lo largo de su vida pública, pero especialmente en la cruz, cuando murió perdonando a quienes le crucificaban. El dar sin esperar nada a cambio lo vivió al entregar su vida por nosotros, aun sabiendo que nosotros tantas veces nos olvidamos de Él. Y finalmente la regla de oro: “Como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con ella”, nos lo enseña el mismo Jesús por ejemplo en la Última Cena, cuando se arrodilla ante sus discípulos para lavarles los pies. Este es el amor más grande, el amor sin medida, sin condiciones, sin recompensas, el amor incluso a los enemigos. Cuanto más nos acerquemos a Dios, más descubriremos este amor de Él para con nosotros, y más nos ayudará a vivirlo también hacia los demás. No hay nada que Cristo nos pida y que no haya hecho Él primero por nosotros. Vivamos así cada día, creciendo en el amor y en la misericordia.

Cada Eucaristía está llena del amor, de la misericordia y del perdón de Dios. Vivamos esta celebración como un momento especial de encuentro con el amor de Dios, para que así podamos nosotros llevar ese amor a nuestra propia vida amando sin límites a los demás, incluso a nuestros enemigos, viviendo así el mismo amor de Dios.


6.- ¡Y AHORA ESTO!

Por Ángel Gómez Escorial

1. - El domingo pasado San Lucas nos presentaba la versión más “radical” de las Bienaventuranzas. Dichosos los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y a ellos Jesús les ofrecía el Reino de los Cielos. Hoy nos dice que amemos a los enemigos, que les pongamos la otra mejilla, y que les demos capa y túnica. ¡Es demasiado! Verdaderamente, ¿alguno de nosotros sería capaz de esa conducta pacífica? Pues, es difícil. Pero las palabras de Jesús no son teoría, ni representan un mensaje simbólico.

2. - La clave para intentar insertarse en todo ese camino tan difícil, la explica, respecto a las Bienaventuranzas, José Luis Martín Descalzo en su monumental biografía de Cristo. Dice Martín Descalzo, al plantear las diferencias entre Mateo y Lucas --pobres a secas o pobres de espíritu-- en la primera bienaventuranza, que quien de verdad sea pobre de espíritu terminará siendo pobre en términos reales, porque la condición de pobre de espíritu impide luchar por las riquezas y no desearlas. Y a fuer de no buscarlas, no aparecerán. Asimismo, si se es pacífico en el espíritu se comenzará a serlo en el comportamiento cotidiano, evitando la agresividad, la ira, la venganza, el odio o la "defensa justificada". La solución a estas dificultades debe estar en impregnarse en el Espíritu de Jesús y dejar que reine en nosotros. Si no es así va a ser muy difícil entender --y vivir-- su Palabra.


LA HOMILÍA MAS JIOVEN


DAVID, UN HOMBRE DE PRINCIPIOS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os advierto desde el principio, mis queridos jóvenes lectores, que del Rey David, figura central en la historia de Israel, solo nos es conocido documentalmente por la Biblia. No se ha encontrado ni siquiera su tumba, pese a saber que fue enterrado en el Ofel y por más que escarban por allí los arqueólogos, nada han encontrado. Excavar por esos sitios es siempre problemático. El túnel que han practicado los israelís, ofende a los palestinos que ejercen soberanía sobre la superficie superior, la explanada de las mezquitas, e irrita a los judíos ortodoxos, que dicen que no se debe molestar el descanso de los difuntos. Junto al Cenáculo hay una tumba que recibe el nombre de “tumba de David” pero que no lo es, pese a que así se la llame, prueba de ello es la poca vigilancia que la protege. Hay indicios, casi seguridades, pero que explícitamente aparezca el nombre de David en documentos, no hay rastro, ni en monedas, ni en lápidas, ni en otros soportes. Ahora bien, nadie duda de su existencia y de su complejo proceder, bueno casi siempre, malo en alguna circunstancia.

2.- Para comprender la escena que se explica en la lectura de hoy, es preciso recordar que David había sido huésped del legítimo rey Saúl, que por muy genuino y ungido soberano que fuese, se había apartado de los deseos de Dios y se sabía rehusado por Él. Ocultamente había sido ungido David y poco a poco los favores del Dios soberano se habían inclinado a su favor. Evidentemente, a Saúl le recomía la envidia, que llegó a ser autentico odio a muerte y, para más inri, David se había hecho íntimo amigo de Jonatán, hijo de Saúl. David no tuvo otro remedio que huir de palacio, refugiándose en el desierto y darse a la guerrilla. Vivía a salto de mata, por las laderas del desierto, próximas a las orillas del Mar Muerto. Es un paraje agreste, que da gran facilidad para ocultarse y escapar.

3.- Me he entretenido un poco en esta descripción, porque siempre que me desplazo por allí, me gusta indicarlo y compartirlo con mis compañeros, recordando los avatares que le tocó pasar a nuestro líder. Por cualquier wadi que cruzamos pudo estar la cueva donde se había refugiado y por cualquier pequeño llano, que muy pocos hay, pudo el Rey Saúl descansar y dormir, sin sospechar el peligro que le acechaba. La escala de valores hebrea valora las virtudes en diferente manera que la nuestra. Pero las virtudes siempre y en todo lugar, son virtudes. El fragmento del libro de Samuel que ocupa el lugar de la primera lectura de la misa de hoy se nos ofrece para que comprendamos y apreciemos una de estas. El comportamiento de David supone el ejercicio de la lealtad, virtud humana, y el respeto a la voluntad de Dios, que a Saúl había escogido y expresado, mediante la unción que había recibido del profeta Samuel.

4.- Deteneos, mis queridos jóvenes lectores, y meditad, mucho mejor si podéis reflexionar y discutir en grupo, el proceder de nuestro héroe. Os recuerdo que no era un superhombre, que en otro lugar la misma Escritura nos contará su debilidad respecto a Betsabé, mujer casada con Urías, a quien no tuvo inconveniente en suprimir, para poder hacer suya la esposa viuda. Que David, no lo olvidéis, era un hombre pecador como otro cualquiera, escogido predilecto, como lo somos nosotros por la Gracia recibida. Os lo advierto para que nunca os desaniméis, por muy malos que os sintáis. Que en vosotros, como en cualquier otro, siempre hay algo o mucho de bueno y sobre él podrá siempre edificarse la santidad a la que todos somos llamados.

5.- La segunda lectura es breve y corto será también mi comentario. Con lo del cambio climático y el respeto a la naturaleza, verdades auténticas sin discusión, lleva a algunos a identificarse de tal manera con los animales, que se creen idénticos a ellos. Admirar y respetar está muy bien, pero no hay que olvidar nuestra superioridad que, consecuentemente, proclama nuestra mayor dignidad que es motivo, no lo olvidemos, que exige superiores conductas. Por muy leal que se juzgue el proceder de un perro, nuestras normas de obrar deben ser superiores. Por mucho que se diga que el perro es el mejor amigo del hombre, cualquiera de nosotros debemos ofrecer a cualquier persona una amistad superior a la del animal y de orden preferente.

6.- La lectura evangélica es culminación, mejoramiento y expresión, de la diferencia que debe haber entre los hombres que se consideran simplemente hombres y el discípulo de Jesús que debe siempre recordar y saberse hijo de Dios.

7.- Quien quiere simplemente defenderse de intrusos, pone en su puerta un perro, nunca se le ocurrirá aposentar en el cancel de su casa a un hombre santo, mal le iría a su economía. Observad que si bien en el Vaticano existe la Guardia Suiza, el Papa personalmente tiene un hombre de su confianza, que recibe el nombre de limosnero, ocupado y responsabilizado, en cumplir lo que el Señor pide a sus escogidos.

8.- Acabo proponiéndoos que estudiéis y comentéis quien es el buen hombre al que me he referido, cuál es su proceder, qué bienes, qué servicios, qué ayudas, qué locales higiénicos y hospitalarios, ofrece por voluntad e iniciativa del Papa. Los medios de comunicación no nos ofrecen su fotografía. Su labor no tiene el uniforme y característico colorido del ejército helvético que vemos siempre rodea al Obispo de Roma, pero su oficio, que lo cumple, no lo dudéis, es de mucha más categoría a los ojos de Dios.

Si al final os he comentado la exigencia de las virtudes cristianas o sobrenaturales, no olvidéis que las humanas, de las que dio testimonio el Rey David, primera lectura, no son superfluas. Querer ser buen cristiano sin ser buen hombre, es edificar una casa sobre arena.