LA ALEGRÍA DISTINTIVO DEL CRISTIANO

Por David Llena

La alegría brota de un encuentro. La alegría que sintió Isabel con la visita de su prima María, la llevó a decir esas palabras que se han convertido en oración: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” y también sabemos de la alegría de María Magdalena, al reconocer en el hortelano a Jesús resucitado, o aquellos dos de Emaús que volvieron rápidamente a contar que habían visto al Señor.

La misma alegría que sintió el pueblo de Israel al salir aquella noche de la esclavitud de Egipto, o al volver del destierro en Babilonia “Al volver, vuelven cantando trayendo su gavilla” nos dice el Salmo.

Y es que ese encuentro con Cristo de un alma que busca con sincero corazón hace reconocer en Él, todo lo que anhela. El consuelo, la palabra de ánimo, la palabra cierta, la palabra que restaura y el perdón que necesita el hombre para salir de su esclavitud.

Pero ese encuentro, no es mágico que todo lo cambia, ese encuentro es verdadero porque nos habilita para afrontar nuestro caminar, no nos lo recorre, nos da la fuerza para hacerlo. Y muchas veces, nos pide, que nos despojemos de cargas pesadas a las que nos hemos aferrado, que arranquemos la razón que nos impide acoger la libertad que nos ofrece para salir de Egipto.

Y a veces, nos volvemos tristes porque no queremos seguir los consejos de Cristo, como aquel joven que era rico y no quiso desprenderse de su riqueza para seguir a Jesús. Muchos hoy en día vivimos sujetos a esa “riqueza” viviendo en la pobreza de no estar íntimamente al lado del Señor.

 

CATÓLICA, APOSTÓLICA …Y PROFÉTICA (III)

Por Pedrojosé Ynaraja

Está de moda publicitar defectos y delitos de la Iglesia, nuestra Santa Madre. No seré yo quien los ignore o justifique. Vivo la realidad de la Esposa de Cristo con la sensibilidad que otorga la ausencia casi total de obligaciones. Desde esta realidad proclamo la carencia y necesidad urgente, de la existencia de profetas. Ahora bien, es preciso que pensemos la cuestión con serenidad.

La Iglesia hoy es Santa mientras en ella germinen, crezcan y florezcan mártires, misioneros y contemplativos y ya que es así, su existencia está asegurada.

Que la pederastia, delito cruel, tal vez por su morbosidad sea noticiable, es evidente. Que en ciertos lugares, y por parte de algunos profesionales oportunistas que aprovechan la situación, sea rentable, también, no hay que ignorarlo.

Que la pederastia haya sido enfermedad grave, nadie lo niega, pero aun así, no pone en peligro la supervivencia de la Iglesia. Mientras existan Carmelitas, Clarisas, Dominicas, Adoratrices y tantos otros monasterios femeninos semejantes. Cartujas, Trapas, Cister, Lauras y demás prioratos y abadías o similares masculinos, no corre peligro.

Un ignoto y solitario ermitaño, masculino o femenino, que vive con sinceridad y austeridad, es como una planta sometida a cultivo hidropónico, que sin vistosidad asegura su madurez e inmediato fruto.

Sinceramente y sin ninguna duda, la situación de la Iglesia, siquiera su rostro externo, sufre espinosas crisis. Pero error será acudir a reforzar el funcionariado, aunque se le llame pastoral o al revisionismo, aunque se llame junta de control, o a la tecnocracia espiritual. En tales terrenos, crecen ufanos los que el Papa llama jolgoriosamente trepas, pero imposible los profetas.

Es tiempo de poda, invierno social, urgen profetas que desmochen, que denuncien e incomoden, tal vez desde incógnita soledad. Que nadie tema, que prepare el terreno, airee el suelo y lo abone con su oración, llegará con seguridad la primavera. Solo quien ensueña es realista.