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ADOREMOS A DIOS

Por Ángel Gómez Escorial

Adoremos a Dios. Pero, ¿lo hacemos? ¿Iniciamos –por ejemplo— nuestra jornada glorificando y alabando a Nuestro Señor? ¿Y es está alabanza sin contrapartida, sin petición alguna? Pues, probablemente, no. Y además es muy posible que queramos –y busquemos— llevar el agua de Dios a nuestro molino. Y así querer que nos ayude en nuestras cosas. San Francisco de Asís tenia el concepto de “Dios es”, solo eso, que significaba que la “simple” idea de saber y apercibirse de que Dios existía ya era una causa de alegría. Esa es una fórmula grande de adoración. San Ignacio de Loyola en su Ejercicios Espirituales, “el hombre es criado para alabar y servir a Dios nuestro Señor y mediante eso salvar su ánima”. Es otra fórmula de adoración muy radical, muy plena. Lo único importante de esta vida es adorar y glorificar a Dios. Lo demás es accidental.

VIDA COMPLEJA

Esta vida nuestra de hoy es compleja. Tendemos a valorar mucho los éxitos y los logros. Y parece como si hubiéramos construido un ídolo con nuestros propios resultados. A la hora de hacerlo todo mejor, pedimos a Dios que nos ayude para nuestros fines. No para, ni siquiera, los fines de Dios. Es una cuestión de prestigio personal. Y así mientras que luchamos por tener y obtener olvidamos la adoración a nuestro Creador. Y el mantenimiento de la idea de ese ídolo personal y propio, de sus éxitos y posibilidades, nos deprime, nos llena de estrés. Mientras que si, por el contrario, olvidásemos todo y, asimismo, ese todo, lo pusiéramos en manos de Dios, seríamos completamente felices.

Quiere decir que, antes de todo, aquellos trabajos que pueden ser agradables a Dios y que están cerca de Él, como pueden ser las acciones de la Iglesia, o los labores pastorales, o la atención a los pobres, antes de todo eso, repito, está Dios. Hoy, por ejemplo también, existe una santa y saludable preocupación por ayudar a los hermanos. Eso es muy importante. Pero a veces las gentes que esfuerzan por servir y ayudar a los hermanos olvida a Dios, cuando en realidad es muy fácil ver a Dios en tales hermanos. Pero aislar la cuestión y tratar solo al prójimo, olvidando el trato de Dios es un error.

"AMAR A DIOS..."

Cristo dijo que toda la ley se resume en “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. No hay mejor expresión. Y está muy clara. Dice, en efecto, amar a Dios sobre todas las cosas. Y, en fin, si nos acostumbramos a adorar a Dios todos los días y todas las horas todo nos será más fácil. Es verdad que está formulación de adorar puede hacérsenos difícil, por falta de costumbre. Pero será fácil llegar a ella. Solo hay que decir, “Señor, te adoro” y repetir esta fórmula hasta que vaya tomando forma en nuestro interior y vayamos apercibiéndonos que ya comenzaros a adorar a Dios. Solo eso. Repitamos, pues, “Señor te adoro”.

Y, de verdad, yo me siento mejor después de escribir esto. Sobre todo de cara a la próxima Cuaresma que es tiempo de amor y reconciliación. De amar a Dios al reconocer su enorme generosidad por redimirnos y de amar a los hermanos vehículo importante para ser mejores. Cuando la Pascua jubilosa nos inunde de alegría sabremos que el amor a Dios y a los hermanos es un seguro fehaciente de felicidad ya aquí en la tierra.