Escribe: Julia Merodio


AMAR HASTA ENTREGARSE

“Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también es necesario que el Hijo del Hombre se levante en lo alto, para que todos los que crean en Él tengan vida eterna” (Juan 3, 14 – 16)

A JESÚS LO HAN LEVANTADO EN ALTO

 Si esta nueva temporada la comenzábamos dejándonos mirar por el Señor, hoy damos un enorme giro para ser nosotros, los que lo miremos a Él.

Miro a Jesús en la Cruz y me entrego a la presencia de Dios que habita en mí.

 Jesús ha terminado clavado en la cruz. No podía ser de otra manera, es el riesgo que corren los que tienen un corazón capaz de darlo todo sin esperar nada a cambio.

 Los cercanos a él han quedado desolados; con esta situación las curaciones se han terminado, la abundancia de pan ha cesado y… aquel que parecía prometer tanto, ha terminado peor de lo que se podía suponer, está clavado, en una cruz, como los malhechores y desgraciadamente, la cruz no es un sitio demasiado cómodo, como para que pueda ser recordado.

 Sin embargo es significativo pensar que Jesús, habría leído más de una vez, la cita del libro de los Números en la Sinagoga de Jerusalén, una cita que se funde con su destino: “Dijo Dios a Moisés: Hazte una serpiente de bronce y ponla sobre un hasta; y cuantos mordidos la miren sanarán”

 Me imagino que, nada le haría pensar a Jesús que, aquella cita declamada por él en la Sinagoga se estaba refiriendo a su persona, pero ahora ya no era una suposición, era una certeza. Y para afianzar la fuerza sanadora que vendría de Dios, el símbolo de los peores males: la serpiente venenosa.

 Todo se había cumplido. Allí, en lo alto, para que todos pudiesen verlo: el Gran Sanador que no podía abandonar a los que buscaban en Él la medicina para su cuerpo y para su alma. Pero esto no es pasado, esto es presente y ahí sigue, esperando a todos cuantos tengamos necesidad de Él, para que -como dice el profeta- podamos quedar sanados tan sólo con mirarlo.

 Sin embargo no nos queda más remedio que vivir en el contrasentido de nuestro tiempo. Creer hoy que el Señor sigue curando, es pedir demasiado a nuestros contemporáneos, no se dan cuenta de toda la gente que se pierde la oportunidad de ser sanada, es tan sólo porque, en lugar de aceptar las maravillas de Dios, se dedica a perder el tiempo investigando la explicación científica a sus hechos prodigiosos. ¡Cómo cambiarían sus vidas si, de verdad, se ocupasen de mirar a lo alto para contemplar al Hijo de Dios levantado, sobre todo lo creado!

Momento de Oración

 Necesitamos hacer silencio exterior e interior, esa es la única fórmula válida para poder acoger algo de tanta magnitud.

 Es necesario que busquemos ese sitio donde, habitualmente, entramos en contacto con el Señor de la Vida. Cerremos los ojos. Respiremos profundamente, y entregados al Señor abramos nuestro corazón al fluir del bien que Él nos regala. ¡Acojámoslo con humildad! ¡Valores tan grandioso Don!

 Miremos a Cristo en lo alto de la Cruz. Contemplemos lo que ha significado para nuestra vida que, por nosotros se rebajase hasta llegar a la muerte… y en ese profundo silencio donde todo se oye con nitidez, sigamos esperando que nuestra oración sea contestada.

“Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre, sobre todo nombre”

LEVANTADO SOBRE TODO

 Al reposar la mente, sin casi percibirlo, se entra en ese caudal continuo de pensamientos positivos que son capaces de dejar que se eclipse cualquier negatividad.

 Reconozco que toda vida tiene sus altibajos. A veces, somos personas enérgicas y otras notamos que no nos sentimos bien, pero nuestro gran Don reside en creer con fuerza en el don sanador de Dios, en cada uno de nosotros. Quizá estemos pasando por un momento delicado de nuestra vida. Es posible que nuestra inquietud nos arrastre, que nuestra salud esté resentida, pero lo importante es tener la certeza de que nuestra enfermedad podrá mejorar o empeorar, que los medicamentos que nos ha prescrito el médico podrán tener más o menos efecto, pero que la luz sanadora y amorosa de Dios nadie podrá quitárnosla.

Momento de Oración

 De nuevo nos entregamos al silencio. En ese silencio vamos poniendo en manos del Señor, cada célula de nuestro cuerpo para que Él la renueve.

 Ponemos nuestro corazón, tal vez herido por las incomprensiones, tal vez lleno de enfermedades que nos taladran, aunque no sean de origen físico… esperamos mientras nos vamos pacificando y así, en esa paz esperamos la energía que, el Espíritu Santo, va trasmitiendo a todo nuestro ser. En este momento de oración, mantengo mis pensamientos centrados, en el poder sanador de Dios hasta que poco a poco los vaya viendo renovados.

 También podemos tomar conciencia, de que cuando alguno de nuestros sentidos enferma todo nuestro cuerpo enferma. Cuando alguno de nuestros miembros sufre, todo nuestro cuerpo sufre y con sosiego volvemos nuestros ojos a Cristo levantado en la Cruz; creyendo con firmeza que todos los que levantan a Él su mirada quedan curados.

CRISTO HOY, AYER Y SIEMPRE

 Soy consciente de que, en un mundo tan laicista como el nuestro, la gente no quiera saber nada de estos temas, pero hay una certeza: Cristo puede o no “estar de moda” paro jamás podrán sacarlo de cada corazón.

 Dios habita en cada ser humano con toda su fuerza. Si las personas de hoy no lo reconocen es porque son incapaces de encender la luz de su interior para ver lo que reside en él. Sin embargo, vemos a diario, que cualquier persona que ha tenido la valentía de encender, aunque sea un débil fósforo, y se ha encontrado con la fortuna de hallar a Dios en su interior ya no puede dejar de hacerle tomar parte de su vida.

 Por eso nosotros queremos estar receptivos a todo el bien que nos llega de Dios. Desde que hemos tomado conciencia de que Él habita en nosotros, ya no podemos permitir que nuestra vida sea dirigida por nuestra voluntad, ahora nos abrimos al potencial de la sabiduría de Dios.

 Dejamos aun lado los gustos, los caprichos, la necesidad de controlar todo, de medirlo por resultados… y nos abrimos a nuevas metas, a tiempos distintos, a un bien mayor…

 Ya no necesitamos definir como ha de manifestarse el bien en nosotros, el Señor tiene un abanico de posibilidades, que nunca podríamos imaginar, para que disfrutemos de una vida plena y feliz. Nuestra fe en Dios permitirá que nuestra existencia pueda desenvolverse de manera sorprendente.

 A nosotros solamente nos queda mirar a Cristo levantado en lo alto, acogerlo en nuestro interior, dejarle actuar en nuestra vida y esperar a que sucedan esas cosas grandiosas, que somos incapaces de acoger con entusiasmo porque, en el fondo siempre nos queda algo de susceptibilidad.

 Momento de Oración

 Para hacer este último momento de oración, podemos hacerlo recitando estrofas de Salmos conocidos, ya que estar leyendo, a veces, interfiere la oración. Podemos coger algunos párrafos como:

• El Señor me oyó y me libró de todos mis temores…

• Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, pues Tú vas conmigo.

• El Señor es mi luz y mi salvación, el Señor es la defensa de mi vida ¿a quién temeré? ¿Quién me hará temblar?

• Oh Dios, Tú eres mi Dios, mi alma tiene sed de Ti.

Después del rato de oración, notaremos como nos hemos ido llenando de paz y solamente nos quedará pasar unos momentos agradeciendo todo ello al Señor.