Escribe: Julia Merodio


MARÍA EN LA FIESTA DEL PUEBLO

Estas semanas que quedan hasta que Betania publique su numero especial de verano quiero invitaros a orar con los Salmos. Porque el verano no es para dejar al Señor de lado, sino para hacerle un sitio más preciso en nuestro corazón.

Por eso elijo la oración con los Salmos. Porque los salmos nos invitan a sentir, junto a nosotros al Señor, unas veces para suplicar, otras para alabar, otras para dar gracias, otras para pedir perdón, o situarnos en nuestra pobreza reclamando auxilio; pero para esta oración, he elegido un salmo que nos invita a la admiración y la alegría, a la esperanza y la grandiosidad. Porque el entorno del salmo lo mismo que el nuestro, en el periodo estival, es un entorno de vida, de recuperación de privilegio.

Nuestro Dios, no es un Dios triste; nuestro Dios es el Dios de la fiesta. El Dios que alegra a todos los seres humanos, tanto a los que nos han precedido como a los que vivimos en el momento presente; es el Dios tuyo y mío, es el Señor, nuestro salvador.

Por eso fue Él el primero en dar fuerza a nuestra certeza de que somos hijos de Dios con una vida nueva no perecedera, sino definitiva y eterna, que nos viene de su Espíritu de amor, y como dice S. Pablo: “nos consuela interiormente y nos da fuerza para toda clase de obras buenas”

Por eso, desde este planteamiento, nos resulta fácil decirle cada día al Señor: “Al despertar me saciaré de tu semblante Señor”.

MARÍA LA MADRE DEL PUEBLO

Esta semana quiero que, en nuestra oración, tenga un sitio muy privilegiado María; ya que, desde donde resido en verano, veo como todos los pueblos que nos circundan, se alegran y entran en fiesta con su patrona, cuyas fiestas se celebran normalmente, durante estos meses estivales.

Y he elegido hacerlo con los Salmos, porque Ella –la Madre- oró una y otra vez con los salmos, interiorizó de forma especial su mensaje y elevó su oración a Dios salida del fondo de su alma donde todos estos versículos, unidos a otros muchos, tomaron forma.

Señor escucha mi apelación,

atiende a mis clamores,

presta oído a mi súplica,

que en mis labios no hay engaño.

Si hay una oración brotada de la disponibilidad de un pobre es la de María. Nos lo deja plasmado en el Magnificat, en el que la Madre se sitúa ante su Señor desde la libertad de un ser creyente y entregado a realizar en todo los designios de Dios.

Pero la oración de María supera la del salmista. La oración de María rezuma certeza, fe, confianza... y cuando estos ingredientes toman fuerza en una súplica, se convierten en gratuidad: "Engrandece mi alma al Señor”

María sabe que ha sido escuchada, elegida, sellada. En sus labios no hay engaño y su súplica ha subido hasta Dios. El Omnipotente ha puesto la vista en la humildad mayor de todo lo previsible y por ello todas las generaciones celebrarán esas obras grandes, que a través de su persona ha hecho la misericordia del Señor.

Por eso los días en los que conmemoramos una festividad de la Virgen nos gritan, que son un tiempo para alentarnos a mirar a María, a hablar con ella, a escuchar lo que nos dice, a interiorizar su invitación a mejorar nuestra vida.

Ella es la Madre que nos entiende, nos ama, quiere lo mejor para nosotros, y sobre todo, es la que sabe de verdad lo que le gusta a su Hijo. Ella nos enseñará a corresponder al Don de Dios y a confiar en Él. Ella nos ayudará a tener limpio el corazón para escuchar a su Señor.

Y por este derroche de gracias llegamos a su presencia para decirle:

Madre: a Ti acudimos porque queremos llegar a Jesús de tu mano, pídele que nos dé la gracia de parecernos a Ti: recibiéndolo como tú lo recibiste, siguiéndolo como tú lo seguiste y amándolo como, sólo tú, supiste amarlo.

“Mis pies estuvieron firmes en tus caminos,

 y no vacilaron mis pasos.

Yo te invoco porque tú me respondes,

Dios mío, inclina el oído y escucha mis palabras”

Jesús nos llama a ponernos en camino, y nosotros hemos respondido afirmativamente a su llamada. “Él también ha venido para hacer su camino y nadie lo detendrá, llegará hasta el final y en ese final nos revelará al Dios que salva a todos dando su vida”.

Este Jesús nos dice hoy: El que quiera venir conmigo, que me siga.

Más en todo camino aparecen tres momentos: la partida, el encuentro y la vivencia.

Partir es ponerse en marcha, y nosotros ya nos hemos puesto. Caminamos con un caminar decidido, enérgico, lleno de valor. Sabemos que es nada menos que Jesús el que nos ha invitado a seguirle.

Queremos llegar hasta Él, acompañarle, escucharle, sentirlo y tendremos, que responder a ciertas preguntas que sin duda va a hacernos.

Pero antes de nada la partida supone salida. Salir de tu ambiente, de tus comodidades, de tus apegos, tus costumbres, tus rutinas, tus seguridades... salir para lanzarte a lo nuevo, a lo imperecedero, a lo imprevisible... al riesgo de la fe. Supone también responder a una llamada. Y no siempre se oyen llamadas a dejarlo todo; tiene que ser una llamada muy especial la que te anime a tomar esta opción. Es la misma llamada que han escuchado esa multitud de personas que, entes que nosotros, tomaron la opción de seguir a Dios, es la misma llamada que escuchó Moisés, Abrahán, David...

“El Señor llama a Abrán y le dice: Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, para que vayas a la tierra que yo te indicaré” (Génesis 12, 1)

El camino no podemos hacerlo en solitario, en él nos encontraremos a mucha gente, que como nosotros, ha tomado la decisión de ir al encuentro de Jesús. Los hay de muchos países, de distintas lenguas, de variedad de razas, y todos estamos juntos en el camino, sin conocernos, sin vernos, pero sintiéndonos cercanos, apoyándonos los unos en los otros, sabiendo que todos tenemos un mismo deseo “responder a una llamada.

Sin embargo ninguno puede llegar a Él por el camino del de al lado; cada uno tendremos que llegar por nuestra vereda, por nuestra ruta, a nuestro paso, sin obstaculizar el ritmo de los demás, respetando el proceso de los otros.

Entre tanta gente nos ha sorprendido ver a tantos pobres, tantos solos, tantos tristes, ahí están son: los marginados, los despreciados, los pequeños, los que tanto agradan a Jesús. ¡Qué importante debe ser hacerse poca cosa para llegar a Él!

También hemos encontrado personas perdidas, sin rumbo, les daba igual llegar a un sitio que a otro, ellas no se sentían esperadas por nadie. Eran los que no tenían fe. Al vernos se han unido a nosotros para hacer el camino a nuestro lado. Todavía no conocen a Jesús, pero bastará con ponerse delante de Él, para que su mirada ilumine sus corazones.

No importa que sus pasos vacilen, tan solo bastará una invocación al Señor para que se solidifiquen y permanezcan firmes. Dios tiene siempre el oído abierto para escuchar las plegarias de los que acuden a Él. Con qué claridad lo veía Jesús en su interior para exclamar:

“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes, y se las has dado a conocer a los pequeños y sencillos” (Mateo 11, 25 –26)

Tenemos que saber que el estar con Jesús nos va a comportar dedicación de tiempo y afecto, cosa difícil en medio de tanta fiesta y tanta actividad; por eso deberíamos preguntarnos:

• ¿Estoy dispuesto a dárselo?

• ¿Se notará en mi comportamiento?

• ¿Seré capaz de tomar mis decisiones junto con Él?

El estar con Jesús nos implicará también a ser palabra suya, presencia suya; a vivir en el amor y la verdad y a proclamar la buena noticia que el mundo espera recibir cada día.

Estar firmes en sus caminos supondrá:

• Que nuestros pasos vayan en su búsqueda.

• Que nuestro corazón esté ansioso por el encuentro.

• Y nuestra fatiga disminuya, al ser testigos de su presencia.

Porque queremos abrir nuestras manos al que camina a nuestro lado.

**Para avanzar apoyados en el hombro del hermano.

**Para que la Palabra del Señor guíe nuestros pasos.

**Y nos convirtamos en semillas portadoras de evangelio.