Escribe: Julia Merodio


 ORANDO EN ADVIENTO

Ponte en pie, amigo mío. Quítate de encima esa aflicción que te envuelve. Despierta tu esperanza. Deja que llegue el gozo a tu corazón. Levanta la cabeza y contempla el esplendor que Dios muestra a los que vivimos bajo el cielo.

 Me atrevo a recomendaos que leáis despacio la lectura del profeta Baruc en el capítulo 5, 1-9. Es una explosión de seguridad, grandeza, paz y alegría al saborear que Dios está presente en toda vida humana.

 Sube a la altura, como te invita, para contemplar la gloria de Dios. No te conformes con las migajas que intentas recoger aquí abajo, de placer, de fama, de comodidad, de seguridades.

 Plantéate en serio tu vida, observa cuántas veces está presidida por el desamor. Párate un momento y examina esas zonas que no terminan de resplandecer. Deja a un lado tus costumbres. Piensa que vivir de costumbres adquiridas, es lo contrario de vivir en esperanza.

 Este adviento haz el propósito de tomarte un tiempo para escuchar a ese Dios que viene de nuevo a salvarnos. Ese Dios, Padre, que te da una nueva oportunidad en tu vida. Así te darás cuenta de que quien se conforma con su manera preestablecida de vivir, nunca sentirá necesidad de lo nuevo, de lo auténtico, de lo pleno... de Dios. Ya que quien defiende sus horizontes de confort, de status, de nivel social... estará tan pendiente de sus exigencias que no será capaz de abrir los ojos a una perspectiva más amplia de liberación.

 Ya que quien se cree que lo sabe todo no es capaz de dejar en su vida la sorpresa, la espontaneidad. Quien no es capaz de subir alto no verá más allá de su terreno raquítico y entumecido, con las cuatro cosas que lo conforman; pero dejará de ver la luz que ya está naciendo y viene a despertarlo de su cómodo letargo.

 Mas si después de todo esto sigues anclado en tu forma de vivir, piensa que el Señor, Dios grande, no te va a abandonar, te brinda otra nueva posibilidad. Y, sigue diciendo la lectura del profeta Baruc; si no eres capaz de esforzarte, el Señor “mandará abajarse a los montes y colinas elevadas, hará allanar el suelo, para que camines con seguridad guiado por la gloria de Dios”.

 Esto no es para leerlo, es para sentirlo, para saborearlo, para vivir en fiesta, para que la alegría llegue a nuestro corazón y explosione en una acción de gracias que sobrepase todo límite.

 Gracias por escuchar mi oración Señor.

Gracias por estar presto a mi grito de auxilio.

Gracias por la ayuda siempre fiel a mis necesidades.

 

Enséñame y ayúdame a cumplir tu voluntad.

Enséñame a llamar a tu puerta en la necesidad.

Enséñame a tener un corazón pobre que confíe sólo en ti.

Enséñame a dejar que tu Espíritu guíe mis pasos

hasta la verdad plena.

“Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque; aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse con el Señor y los pobres gozarán con el Santo de Israel.”  (Is 29, 17-19)

 Y todos los pueblos verán la salvación de Dios.

 Hay que estar en un lugar muy alto para ser visto por todos los pueblos. Tiene que haber un soporte elevado para sostener la antorcha que desprende su luz para alumbrar a todos.

 Y así fue. Alguien estaba dispuesta a cobijar la antorcha para que apareciera la Luz. Alguien, llena de grandeza interior. Alguien, capaz de soportar lo indecible para que llegara a todos el gran regalo del amor de Dios. Alguien, que supo decir desde la gratuidad más infinita: “Que sea como Tú quieres mi Señor” para que pudiera realizarse el milagro.

 Este Alguien fue: María. Por eso brilla en la liturgia con luz propia. Por eso aparece cada año presidiendo y culminando el adviento pues sin ella sin su Hágase no habría sido lo mismo la salvación.

 Ella es la portadora de la Buena Noticia para el hombre.

Ella es la experiencia más bella del evangelio.

Ella es el SÍ de la humanidad a Dios.

Ella es la conclusión de un sólido proyecto de vida.

 

Es la madre en quien depositar mi amor.

La madre en quien buscar alegría, libertad, paz.

La madre capaz de ayudarme a subir hasta la cumbre.

A tu lado, Madre, quiero aprender a ser pobre. Quiero aprender a esperar, a mirar más allá de las cosas, a levantar mis ojos a Dios, a tener tendidas mis manos y abierto el corazón.

Quiero aprender a vivir una vida donde Dios habite y fluya de tal forma que, sin pretenderlo, todos confíen, todos esperen, todos sepan... que es posible la salvación.

Estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito, estad alegres. Que vuestra bondad sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca. No os preocupéis por nada; sino que, en toda ocasión, presentad vuestras peticiones a Dios, mediante la oración y la súplica, acompañadas con la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. (Flp 4, 4-7)

 Vive tu adviento. El tuyo propio. Se arcilla en las manos de Dios y déjale que te moldee. Espera junto a María el momento de su llegada y déjate contagiar por la esperanza de los que aguardan la salvación.

 Se consciente de que tú, también has hallado gracia delante de Dios. Esa gracia es el Don que Jesús viene a regalar a cada hombre. Acógela, saboréala, y, cuando la sientas, cuando la hayas orado, cae de rodillas y dile al Señor:

 Enséñame tus caminos, Señor.

 Allana mis sendas.

 Crea en mí una actitud limpia y transparente.

 Necesito que vengas a llenar mi vida.

 Necesito que prepares mi alma para tu llegada.

Necesito tu presencia salvadora en mi interior.

Necesito sorprenderme ante tu misterio.

Necesito que un amor fuerte llene mi corazón.