Escribe: Julia Merodio


LLAMADOS A CUIDAR EL DON

La liturgia de este tercer domingo de cuaresma del ciclo “C”, quiere ponernos ante nuestra propia existencia, ante la verdad de nuestra situación personal para que tomemos conciencia de qué cosas deberíamos cambiar en nuestra vida y qué cosas nuevas deberíamos acoger en ella. Pues una vez que hemos revisado nuestra interioridad y nuestra experiencia de Dios, lo que ahora se nos pide es que revisemos qué papel juega Él en nuestra forma de vivir y en nuestra manera de comportarnos con los demás.

De ahí que, la parábola que se nos presenta para alertarnos de ello nos esté mostrando la precariedad del ser humano y del mundo, para que nos detengamos en la maldad que nos rodea y en la culpa que vamos rechazando cada uno en particular, pues aunque nuestras faltas personales nos parezcan insignificantes, lo importante es descubrir en ellas nuestra condición de pecadores y nuestra necesidad de conversión.

Por eso, es preciso que no olvidemos, que la higuera –que nos representa a cada uno de nosotros- está dentro de una viña: La Iglesia. Esa iglesia a la que todos pertenecemos y a la que todos amamos con mayor o menor intensidad. Una iglesia, a la que a mí me parece que se le ha colado el conformismo y que no le está haciendo ser la iglesia que Jesús había soñado al crearla.

Por eso sería bueno que hoy nos pusiésemos ante esas dos propuestas que Jesús plantea al pronunciar esta parábola. La primera: ¡cortarla de raíz! Pues ¿pues para qué la queremos si no da fruto? ¿Qué hace ahí ocupando sitio? La segunda, la opción del viñador –Jesús- dejarla un poco más, Él en persona se encargará de ella: la cavarla, la podarla, la abonarla…

No puede estar más claro. Dios nos ha llenado de dones a cada uno de nosotros -que formamos la iglesia- para que juntos, llenásemos de carismas a su iglesia, pero con dolor vemos que la iglesia se va quedando improductiva, porque nosotros no hemos sido capaces de trabajarlos. Por eso ¡qué importante sería que hoy nos planteásemos esta realidad y procurásemos buscar la manera de salir de ella!

Pues la verdad es que, aunque la iglesia se haya quedado improductiva, al mirarla la vemos frondosa, llena de hojas, con apariencia boyante… pero se nos ha olvidado de que, lo que en realidad se nos pide no es la frondosidad, sino el que realmente dé fruto; por lo que, si vemos que no da fruto tendremos que preguntarnos qué hemos hecho con los dones que Dios pensó para ella al crearla.

Al ponernos ante esta situación, lo primero que vemos es que se nos está apoderando el cansancio, el desaliento, la rutina...

Toda la vida en el mismo cargo, con la misma gente, en el mismo grupo… Entra muy poca gente nueva, siempre somos los mismos. Nos vamos muriendo por inanición. Somos conscientes de que nos vamos anquilosando, de que vamos perdiendo la libertad… pero nos resulta mucho más cómodo seguir pintando los barrotes de nuestra cárcel que dar un brinco y salir de ella.

También nos vamos Adaptando. Es verdad que hay gente que llega con ganas, que quiere vivir desde Dios… pero los que le rodean no se lo ponen fácil de ahí que elija el camino cómodo y se adapte a lo que se el pide.

Hay otros con un entusiasmo infantil. Siempre gozosos rodeados de los que les alagan, de los que les dan la razón… Discurriendo cómo aumentar las reuniones, cómo propiciar el dar a la gente eso que les gusta… y contando los éxitos por el número de seguidores, pero sin preocuparse de la calidad de lo que se ofrece.

Caemos, como decía antes en el conformismo. A mí me gusta así y no me pienso esforzar, mientras haya gente que le guste lo que hago ¿para qué quiero complicarme la vida?

Y podría seguir poniendo más y más actitudes, lo mismo que las podéis seguir apuntando vosotros. Pero es curioso que en ninguno de los casos nos hayamos parado a preguntarnos: ¿Y, al dueño de la higuera, le gustará lo que sigue viendo en ella?

¿Quedará todavía alguien valiente como Jesús, capaz de abonarla, cavarla, quitarle las malas hierbas...?

Bien sé que, aunque se nos llame a ponernos ante esta realidad que tanto dolor nos produce, a nosotros no nos corresponde juzgar sobre la esterilidad o fecundidad de los demás y, aun menos, excluir a los que a nosotros nos parece que no producen.

Necesitamos aprender del viñador que, ante la falta de frutos nos está haciendo una invitación a trabajar más en ella hasta conseguir las condiciones necesarias para que sea fecunda. Nos alerta de que, lejos de caer en la tentación de endurecer el corazón al ver su infecundidad, decidamos cuidarla con mayor amor, con mayor dedicación… apostando siempre, como Él, por todo lo bueno que esconde el ser humano en su interior. Es la Palabra de Dios la que nos lo dice con claridad: ¿pensáis que vosotros sois mejores que los que les sucedieron esas cosas? ¡Pues os digo que no! Por tanto, qué importante será que no desoigamos esta llamada que se nos hace hoy a la conversión.

Por tanto, será importante que curemos nuestras impaciencias, mirando la paciencia de Dios. Esa paciencia y ternura que Dios ofrece a su higuera, esa confianza que sabe respetar el tiempo que necesita para madurar.

Yo creo que todo lo que nos acabamos de plantear, nos lleva a hacer un inciso para pedir por los sacerdotes.

Como todos sabemos el día 19 es el día de S. José, en el que se celebra el día del padre y la iglesia celebra el día del seminario. Este año, con el precioso lema: “Sé de quién me he fiado”

No podemos olvidarnos de pedir por las vocaciones, no podemos relajarnos ante una realidad que tanto nos afecta. Pidamos al Señor que siga enviando obreros a su mies.

Pues aunque lo repitamos muchas veces ¿Nos hemos parado a pensar por un momento, quién acompañaría nuestro camino hacia Dios si no hubiese sacerdotes? ¿Nos hemos parado a pensar, quién podría perdonar nuestro pecado si no hubiese sacerdotes? ¿Qué sería de nosotros si no hubiese un sacerdote para celebrar la Eucaristía? ¿Qué sería de nosotros si no pudiésemos recibir al Señor en nuestro corazón?... Sin embargo se nos olvida de orar por las vocaciones; se nos olvida ayudar para que puedan vivir dignamente; se nos olvida que, como personas que son, necesitan nuestra compañía, nuestro cariño, nuestra comprensión, nuestra apoyo…

Por eso os quiero pedir, que no olvidemos nunca la dignidad del sacerdote, su valentía, se dedicación… no dejemos de ver, como ama Dios a cada ser humano, por medio de ellos.

Valoremos lo que junto a ellos hemos vivido y aprendido y estimemos lo que significa para nosotros, el que un día al decirles Jesús ¡Ven y verás! lo dejasen todo y le siguieran.

Y, daremos gracias por ellos, desde el corazón.

Gracias por perdonar nuestros fallos en nombre de Dios.

Gracias por alimentarnos, cada día, con el Cuerpo y Sangre de Cristo.

Gracias por preparar con entusiasmo la liturgia, tratar con esmero la homilía y poner un gran cariño en las catequesis, preocupándoos, de manera muy especial, en la preparación bautismal, de juventud y del matrimonio…

Y, sobre todo, gracias por vuestra valentía de ser: Sacerdotes de Cristo.