XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
15 de septiembre de 2019

La homilía de Betania


 

1.- LA TERNURA DE DIOS

Por José María Martín OSA

2.- NUESTRO DIOS AMA CON PREDILECCIÓN A LOS MÁS DÉBILES

Por Gabriel González del Estal

3.- DIOS ES AMOR Y MISERICORDIA

Por Francisco Javier Colomina Campos

4.- DIOS NOS ESPERA CON LOS BRAZOS ABIERTOS

Por Antonio García-Moreno

5.- QUÉ MATEMÁTICAS TAN RARAS… LAS DE DIOS

Por Javier Leoz

6.- ¿NO TENEMOS LA HUMILDAD DE DEJARNOS AMAR TIERNAMENTE POR DIOS?

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA FE INCORPORADA A LA PERSONA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA TERNURA DE DIOS

Por José María Martín OSA

1.- Dios es misericordioso. El Salmo Penitencial (nº 50) y el Evangelio de la Misericordia (las tres Parábolas del capítulo 15 de Lucas) transmiten una feliz noticia: que Dios es misericordioso y bueno con nosotros. En el fragmento del salmo se expresan dos sentimientos: el reconocimiento de nuestro pecado ante Dios y la seguridad de ser renovados por su Espíritu en lo más íntimo de nuestro ser. El pecado es una infidelidad al amor que Dios nos tiene, y no una mera infracción de un código externo. El pecado nos separa de Dios, principio de vida. El perdón que Dios nos regala es una nueva creación, una renovación interior expresada mediante la imagen de "un corazón nuevo". La purificación profunda que el salmista pide a Dios produce la restauración de las relaciones con Dios. El pecador arrepentido se siente perdonado por Dios y quiere que todos los conozcan: "Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza". Quiere que todo el mundo experimente la misericordia de Dios y se hace pregonero de su amor. Dios acepta como única ofrenda "un corazón quebrantado y humillado".

2.- Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado. En evangelio de Lucas se describen tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En los tres relatos se repiten los binomios, perdido-encontrado y tristeza-alegría. La lejanía de Dios es lo que produce la pérdida y su cercanía la posibilidad del encuentro. La tristeza por la soledad experimentada lejos de Dios se transforma en alegría tras el encuentro. Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado, simbolizado en la oveja perdida, la moneda o el hijo pródigo. Es Dios el auténtico protagonista de las tres parábolas.

3. – Acogida paternal de Dios. La intención de Lucas en la llamada "Parábola del Hijo Pródigo" es manifestar la ternura de un Dios que nos invita a estar a su lado. Dios Padre refleja en su rostro los rasgos de la vida. El da vida a aquellos que, libremente, deciden seguirle. Dios Padre nos da vida porque es Amor. Habitar en la casa del Padre es gozar de la misericordia y el cariño de Dios. El hijo menor representa al discípulo autosuficiente que se ha alejado del camino. Lejos de la casa del padre no hay vida verdadera, sino desgracia y muerte. Pero el discípulo decide volver al buen camino y allí goza de la profundidad de la vida. El Padre lo acoge de nuevo y, de alguna manera, vuelve a engendrarlo. La acogida paternal y amistosa del Padre devuelve a aquel hombre la certeza de sentirse querido y lo rehabilita como persona.

4.- El verdadero protagonista de la parábola es el padre. El hermano mayor es el paradigma del cristiano que siempre se ha creído en el camino adecuado, pero le ha faltado lo más importante: el amor que supone el encuentro personal con el Dios que nos da vida. Había vivido en la misma casa del Padre, ha pertenecido desde su bautismo a la Iglesia, quizá ha trabajado duramente en defensa de su fe, pero no ha experimentado el gran gozo del amor del Padre. Por eso pone dificultades a la misericordia, no entiende a una Dios que perdona siempre sin límites. El Padre es el auténtico protagonista de la Parábola, que debería llamarse mejor "Parábola del Padre Pródigo en amor", o "Parábola del Padre que sale al encuentro y perdona". El Dios de Jesucristo es el Dios de la vida. Cuando nos alejamos de El nuestra vida se debilita. Cuanto más estemos lejos del fuego de su amor, más frío tendremos. Nos sentimos solos y abandonados, como la oveja perdida. Cuando nos cerramos a su amor, como el hijo mayor, nos invade la rutina, la desesperación y el desamor. Lo más significativo que nos enseña la parábola no es ni nuestra huida ni nuestra cerrazón, lo más importante es la misericordia y la ternura de Dios, que quiere que vivamos de verdad. Hemos de darnos cuenta de que Dios nos lleva en la palma de la mano, solo quiere nuestra autorrealización personal. Esta es la invitación que el Padre nos hace, ¿la aceptamos?


2.- NUESTRO DIOS AMA CON PREDILECCIÓN A LOS MÁS DÉBILES

Por Gabriel González del Estal

1.- El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo, pero era necesario celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Todos los lectores de Betania saben de memoria la parábola de la mal llamada “Parábola del hijo pródigo”. Yo no voy a repetir aquí una vez más lo que todos hemos oído miles de veces. Sólo quiero advertir ahora que esta parábola debería llamarse con más propiedad la “Parábola del Padre misericordioso”, porque Jesús puso esta parábola de a los fariseos y escribas que le acusaban de acoger a los pecadores y comer con ellos para que vieran que él hacía esto porque su Padre, Dios, así lo hacía y él, Jesús, quería comportarse siempre como su Padre. Con la misma intención les puso las parábolas de la oveja perdida y de la moneda encontrada, Por supuesto que Dios lo que quiere es que seamos justos y buenos y se alegra siempre de la bondad de los justos, pero Dios expresa una alegría especial cuando un pecador se convierte, lo mismo que un pastor ama a todas las ovejas que tiene, y una mujer se alegra siempre de todas las monedas que tiene, pero tanto el pastor como la mujer muestran una alegría especial cuando encuentran la oveja que se les había perdido, o encuentran la moneda perdida. Bien, a nosotros, en concreto, ¿qué pueden querer decirnos hoy estas parábolas? Pues que Dios va a alegrar de una manera especial cada vez que uno de nosotros se arrepiente de algo que está haciendo mal y comenzamos a hacerlo bien. Es evidente que todos somos pecadores y que Dios quiere que dejemos de serlo. Por poner sólo un ejemplo fácil de comprobar: todos somos tremendamente egoístas; el niño nace siendo muy egoísta y los mayores seguimos siendo muy egoístas hasta que nos morimos. Pues bien, sepamos que cada vez que renunciamos a un mal egoísmo y nos comportamos con generosidad, Dios, nuestro Padre va a sentir una alegría especial. Jesús, que quería ser como su Padre, Dios, acogía a los pecador y comía con ellos precisamente para que se convirtieran y cada vez que un pecador se convertía sentía una alegría muy especial. Reconozcamos nuestras debilidades y nuestros pecados y convirtámonos; seguro que así vamos a dar a nuestro Padre, Dios misericordioso una gran alegría.

2.- En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: anda, baja de la montaña que se ha pervertido tu pueblo. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado… Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo. Esta lectura del libro del Éxodo nos habla de la capacidad que tuvo Moisés para interceder por su pueblo, porque conocía en corazón de Dios y sabía que su Dios era un Dios misericordioso, que se compadecía siempre de la debilidad humana. Sepamos ser también nosotros intercesores ante nuestro Dios para que perdone nuestros pecados y los pecados del mundo entero. Seguro que Dios se va a alegrar cada vez que una persona se convierte debido a nuestra intercesión.

3.- Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Pues que cada uno de nosotros, discípulos de Cristo, nos sintamos agradecidos, sabiendo que Cristo va a salvarnos siempre que nosotros nos sintamos necesitados de su salvación y así se lo pidamos. Y, como sal Pablo dice en esta carta a Timoteo: “es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero”.


3.- DIOS ES AMOR Y MISERICORDIA

Por Francisco Javier Colomina Campos

Cuántas veces experimentamos en nuestra vida que nos cuesta amar, que nos cuesta perdonar. Muchas veces, seguro, hemos intentado amar más a alguien que no nos cae bien. Sabemos que Dios nos pide amor al prójimo, pero muchas veces nos rendimos porque no nos vemos capaces de amar a alguna persona. Hoy, la palabra de Dios nos recuerda cuánto nos ama Dios. Dios es amor y misericordia. Descubrir el amor y la misericordia que Dios tiene para con nosotros es muy hermoso, y es capaz de cambar nuestra vida. Sólo así seremos capaces de amar también nosotros como Dios nos ama.

1. El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado. En la primera lectura, del libro del Éxodo, escuchamos el desenlace del conocido pasaje del toro de oro. Mientras que Moisés se encuentra en la cima del monte Sinaí, donde Dios le dio las tablas de la ley, el pueblo permanecía a los pies del monte esperando. Como Moisés tardaba en bajar, el pueblo decidió dar la espalda a Dios y construirse un toro de oro al que adorar. Los israelitas dejaron de adorar a Dios y comenzaron a adorar a este ídolo construido por manos humanas. Decían los israelitas que era el toro el que les había sacado de la esclavitud de Egipto. Por este motivo Dios se enfadó, y decidió exterminar a su pueblo. Así se lo dijo a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. E incluso le ofreció a Moisés ser el único hombre del que haría un gran pueblo. Pero Moisés suplicó a Dios por su pueblo, intercedió por los israelitas y pidió a Dios que no castigara de ese modo a su pueblo. La ira no es propia de Dios, más bien al contrario. Así se lo recuerda Moisés, que le pide que tenga compasión de su pueblo. De este modo, Moisés consigue que Dios recapacite y vuelva a ser Dios, vuelva a tener unas entrañas de misericordia, capaz de perdonar a su pueblo a pesar de que los israelitas le hubiesen vuelto la espalda. Dios se arrepiente, se compadece y tiene misericordia de su pueblo. Esto sí es propio de Dios.

2. Cristo vino para salvar a los pecadores. Y esta misericordia de Dios Padre se nos muestra a través de su Hijo Jesucristo. Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. De este modo, Cristo, Dios hecho hombre que ha venido al mundo para manifestar el amor de Dios, hace visible al mundo la misericordia del Padre. Así lo explica el apóstol san Pablo a Timoteo, como hemos escuchado en la segunda lectura. Pablo ha experimentado la misericordia de Dios en su encuentro con Cristo, pues Cristo le llamó y le eligió como apóstol, le hizo capaz, se fio de él. Y eso que Pablo, como él mismo reconoce, era un pecador, un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero la misericordia de Dios va más allá del pecado. EL amor de Dios puede a todo tipo de mal. Y cuando alguien se encuentra con este maravilloso don del amor de Dios, toda su vida cambia, como cambió la de san Pablo. Y así, el que era un pecador, un perseguidor de Cristo, se convierte ahora en un apóstol de Cristo. Dios, por medio de su Hijo, ha manifestado a Pablo su amor, un amor que perdona, que siente compasión y que elige no al que es válido o al que lo merece, sino que elige al pecador. Porque son precisamente los pecadores los destinatarios de la Buna Noticia de Cristo.

3. Me pondré en camino adonde está mi padre. Pero el perdón y la misericordia de Dios requieren de nosotros que demos un paso adelante. En el Evangelio hemos escuchado las tres parábolas de la misericordia. Tres ejemplos que nos pone Jesús para enseñarnos cómo es el amor de Dios. La oveja perdida y la moneda perdida nos muestran a un Dios que sale en busca de aquel que se ha perdido. Cuando desviamos nuestro camino y nos apartamos de Dios, nos perdemos. Pero Dios no se resigna a perdernos. Él sale en nuestra búsqueda. Y cuando nos encuentra, hace fiesta. Porque para Dios vale más la conversión de un pecador que noventa y nueve que no necesitan conversión. Pero la tercera parábola, la conocida como parábola del Hijo pródigo, nos muestra que no sólo basta con que Dios salga en nuestra búsqueda. Nosotros no somos seres inertes como una moneda, ni seres irracionales como una oveja. Dios nos ha dado entendimiento y voluntad, y espera de nosotros que respondamos a su llamada, que salgamos en su búsqueda. Como el Hijo pródigo, también nosotros hemos de dar un paso adelante y salir al encuentro de Cristo. Cuando lo hagamos en serio descubriremos que ya antes de que nosotros saliéramos a buscar al Señor, Él estaba esperándonos, con los brazos abiertos, como el padre de la parábola, para llenarnos de besos, darnos una túnica nueva, devolvernos la dignidad perdida y hacer una fiesta. Porque la alegría de Dios está en nuestra conversión.

El mayor signo del amor y la misericordia de Dios es la cruz de Cristo. Es el acto supremo del amor de Dios. Cristo, al entregar su vida por nosotros, nos manifiesta definitivamente el amor del Padre. Cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos este amor, que se queda con nosotros para siempre en el pan de la Eucaristía, sacramento del amor de Dios. Que al participar de la Eucaristía podemos gustar un poco más cuán grande y hermoso es el amor de Dios, que nos sintamos amados y perdonados por Él, como san Pablo, y así nos convirtamos en mensajeros de su amor a todos los hombres.


4.- DIOS NOS ESPERA CON LOS BRAZOS ABIERTOS

Por Antonio García-Moreno

1.- IDOLATRÍA DE HOY. - Otra vez el pueblo escogido se ha olvidado de Dios, le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto. Pobre corazón del hombre fabricándose dioses a su corta medida. Un amuleto, unos cuernos, una herradura, un gesto, una palabra, un número...

Otras veces el ser adorado es un hombre, una voz, un rostro, unas piernas que dan patadas o, en el peor de los casos, unos billetes verdes o azules, aunque estén viejos y manchados... Y ante todo eso se postran, por todo eso se afanan, se sacrifican sin escatimar nada. La historia, de un modo o de otro, se repite. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado... Ojalá que reconozcamos nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos libra y nos salva.

No te enfades, Señor, con nuestra absurda actitud, no te llenes de ira al ver-nos tan lejos de ti, tan cerca de esos ídolos de nuestro cine y nuestro deporte, tan creídos en el poder mágico de cosas sin sentido. Al fin y al cabo somos hijos tuyos, obra de tus manos. Estamos bautizados, hemos sumergido en el agua a nuestro hombre viejo, lo hemos matado para hacer posible la resurrección de este hombre nuevo. Somos conquista de Cristo, Él nos ha ganado en el brutal combate del Calvario.

Y nos dice el texto sagrado que el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo... Repite tu gesto, tu perdón. Sí, no tomes en cuenta nuestras chiquilladas. No descargues el duro golpe de tu puño. Perdónanos una vez más. Y que tu perdón, tantas veces repetido, nos haga rectificar seriamente nuestra torcida ruta y encaminemos, decididamente, nuestros pasos hacia ti.

2.- RETORNAR SIEMPRE. - Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Ellos, los nobles y los sacerdotes no podían admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella chusma. Por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. El Señor, como siempre, sabe lo que está ocurriendo y pronuncia entonces las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida y la del hijo pródigo.

¿Cómo no ha de ir el pastor en busca de la oveja perdida, cómo se va a quedar tranquilo mientras no la encuentre? Dejará, eso sí, en lugar seguro el resto del rebaño, pero luego recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y eso es lo que hace Cristo con cada uno de nosotros, pobrecitos pecadores, hasta que logra encontrarnos, malheridos quizás y hambrientos, tristes y solos.

Sí, Jesús es el Buen Pastor que busca a sus ovejas a riesgo de su propia vida, el que se alegra cuando la encuentra, el que la acaricia y la consuela, el que carga con ella sobre sus hombros y vuelve dichoso al redil, porque apareció la que ya se daba por perdida. Para que entendamos lo que nos quiere decir, añade la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo. Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su herencia con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado mortal.

Aquel libertino pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó. Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces. En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.

Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.


5.- QUÉ MATEMÁTICAS TAN RARAS… LAS DE DIOS

Por Javier Leoz

1.- Reiniciamos en muchas parroquias el curso pastoral. Y, en este tiempo de vuelta a la normalidad y a la responsabilidad en el campo de la fe, una vez más nos encontramos con el rostro de un Dios misericordioso y bueno: bondadoso, y además, con todos:

--Con aquel que ha llevado, por diversas circunstancias, una vida tortuosa y alejada de Dios, es recibido con lo que más a Dios gusta emplear: su misericordia

--Con aquel otro, que gastó inútilmente sus talentos, se pone de rodillas en el cenit de su vida esperando lo que sólo Dios es capaz de dar con creces: olvido de sus pecados

--Con aquel otro que intentó cumplir con unos mínimos o aquel otro vanidoso por haber cumplido al cien por cien con su cometido de hijo… es puesto a los pies de la cruz para que Dios perdone también su orgullo, soberbia o su egocentrismo

2.- La figura del PADRE, tal vez, no resuena con excesiva fuerza en muchos momentos de nuestra vida:

-Cuando nos sentimos dueños y señores de lo que acontece.

-Al pensar que es más fácil vivir sin referencia a Él y nos perdemos en una huida sin ton ni son con mucho ruido, errantes, pesarosos y sin horizonte.

-Si creemos que el destino depende exclusivamente de los hilos humanos y nos alteramos cuando, ese mismo destino, nos devuelve mil y una bofetadas cruentas en el rostro de la felicidad que profesábamos.

Pero la figura del PADRE tiene vigencia especial:

-Al rebobinar la película de nuestras correrías y ver las secuencias que nos han producido cicatrices y soledades, lágrimas y sufrimientos, desgarro y hasta divorcio con nuestra propia dignidad humana

-Cuando echamos una mirada atrás y vemos humear la casa del Padre donde El sigue esperando, cociendo y tostando en el horno de su misericordia el pan del perdón y de la generosidad, del encuentro deseado o de unas faltas que (para el Padre) nunca existieron en el hijo.

-Cuando en el roce con el mundo somos testigos de ingratitudes y de menosprecios y añoramos las caricias de la casa paterna, la palabra oportuna, el consejo certero o el abrazo de consuelo.

-Cuando nos sentimos incomprendidos por aquellos de los cuales esperábamos tanto y nos dejaron enterrados, crucificados con el recuento y el recuerdo de nuestros defectos.

2.- Siempre pensamos que la felicidad la podemos alcanzar fuera y lejos de nuestra propia casa. No somos, unos, impuros y, otros, puros ni, otros, plantas venenosas y los de más allá plantas perfumadas. Eso sí…Dios a todos trata por igual. ¡Qué matemática tan rara la de Dios!

Dios respeta nuestra libertad. Sufre, estoy convencido, al sentir y contemplar a este mundo nuestro tan de espaldas a Él. No me cuesta esfuerzo imaginar a un Dios, con lágrimas en sus ojos, al comprobar cómo la vieja Europa va alejándose montada en el Euro o muriendo en trenes de muerte, amenazada por la inseguridad o la ansiedad de los que tienen sed de sangre.

Sufre Dios por el despiste del hombre, pero deja que actuemos en libertad, e incluso a pesar de que muchos hagan dentellada o lancen pedradas contra la casa del Padre. Hoy el hombre, que escapa lejos de Dios, que vive embelesado en su propio rigor y sistema, siente de momento pocas ganas de volver hacia atrás.

--¿Qué ocurrirá cuando el capital vacíe de falsas alegrías el corazón del hombre?

--¿Qué ocurrirá cuando el hombre sienta que está arruinado porque gastó lo que aparentemente ganó?

--¿Se acostumbrará el ser humano a cambiar el traje de señor por el de esclavo?

3.- En nuestros colegios y comunidades, parroquias y grupos se va a iniciar un nuevo curso apostólico. Todas iniciativas que se retoman son un buen “buscador” para encontrar esas sendas de vuelta atrás y dar con los caminos que van derechos a la casa donde se vive más y mejor: la casa del Padre

Acaba el verano y nos adentramos en el otoño; ojala nos despojemos de tanta hojarasca y vuelva a resurgir, con la ayuda del Señor, nuestro aprecio por las cosas de Dios.

4.- VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME

De mis miedos y temores, hacia la seguridad en tus brazos

De mis angustias y ansiedades, al descanso de tu Palabra

De mis tristezas, a la alegría de saber que estás conmigo

 

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME

Porque tengo miedo de intentarlo, y quedarme a mitad del camino

Porque tengo miedo de verte, y nunca encontrarte

Porque tengo miedo de volver, y mirar hacia atrás

Porque tengo miedo de pensar, y arrepentirme

 

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME

Para dar con tu casa donde siempre hay una fiesta

Para entrar en tu jardín donde siempre es primavera

Para acostarme en tu pecho en el que siempre uno se siente reconocido

Para adentrarme en tu hogar y saber que siempre hay sitio

 

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME

Para que no vacile y supere mis propios errores

Para que no malgaste los muchos talentos que me regalaste

Para que no exija más de lo que pueda ofrecer

Para que regrese y sea feliz de poder de nuevo verte

 

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME

Y si por lo que sea dudo, dame fortaleza para triunfar

Y si por lo que sea caigo, levántame con tu Espíritu

Y si por lo que sea digo “imposible”, toca con tu mano mi mente pesimista

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO… EMPÚJAME PARA LLEGAR HASTA TU HOGAR


6.- ¿NO TENEMOS LA HUMILDAD DE DEJARNOS AMAR TIERNAMENTE POR DIOS?

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El texto de Lucas nos ofrece tres parábolas de Jesús que son praxis, declaración programática del Reino que esperamos, y, sobre todo, espejo del amor de Dios por sus criaturas. Nos llega más la del Hijo Pródigo por su cercanía, por su plasticidad, sin duda. Y, tal vez, también por esa magnífica pintura del maestro Rembrandt que acoge, en un ambiente de una cierta penumbra al huido y tapa su humanidad arrodillada por la fuerza de sus brazos de padre amoroso. Pero no hemos de olvidar --¡para nada! — ninguna de las otras dos. ¿Verdaderamente alguno de nosotros abandonaría las cien ovejas para ir a buscar a la perdida? ¿No nos buscaríamos algún modo alternativo como por ejemplo mandar a un amigo es busca de la extraviada?, mientras que nosotros guardamos la totalidad de nuestro capital –las 99 ovejas— no vaya a ser qué…se pierda todo? Y parece menos “fuerte” la de las diez monedas. Sin duda, una mujer comprometida con su hacienda hará limpieza general para recuperar la pieza perdida, pues, sin duda, le ayudará a cumplir su presupuesto doméstico, aunque –creo yo— es poco probable que anuncie a los cuatro vientos la pérdida y recuperación de la moneda. Pero tanto da. La cuestión es ilustrar la frase principal de Jesús: la alegría sin límite por la conversión de un solo pecador. Dios, nuestro Jesús, los cuenta uno a uno a los que vuelven al redil, aunque, ya lo sabemos, todos pasamos lista uno a uno ante su mirada. No somos un número o un anónimo. Somos un viejo amigo, conocido desde hace años, sobre el que no puede tolerar la ausencia, el abandono.

2.- Jesús de Nazaret vino al mundo a convertir a un pueblo que se había alejado del mensaje original de Dios, que se había enfrascado en una religión política, fuertemente estructurada, que había terminado por desfigurar la verdadera esencia de Dios que no es otra que la del Dios del Amor. Los judíos de tiempos de Jesús, forzados por los estamentos de las religión oficial, ya sólo adoraban a la norma y con ella habían metido a Dios en una jaula de oro. El hundimiento de esa sociedad y el alejamiento de Dios era total, de una profundidad que, prácticamente, les convertía en paganos en adoradores de las piedad del Templo y de los libros de culto, olvidando a la gente, olvidando el amor que Dios tiene por sus criaturas.

3.- La necesidad de cambio era urgente. Ese pueblo alejado de la realidad divina comenzaba a vivir en la tiniebla de insolidaridad y de la dureza de corazón. La difícil situación política y económica suscitada por la invasión romana acrecentaba ese materialismo cotidiano. Era necesario volver a predicar el Reino de Dios y su pronta llegada. Era necesario recuperar una a una las ovejas perdidas, las monedas extraviadas o los hijos huidos. Por eso Jesús no duda en ofrecer a sus interlocutores las tres parábolas juntas. Pero, sin duda, es la del Hijo Pródigo donde se narra con enorme precisión la naturaleza de ese Padre que ama y espera. Si verdaderamente nos creyéramos en serio lo que Jesús dice de Dios Padre en la parábola del Hijo Pródigo viviríamos en una estado de felicidad total al saber que el Dios de todo es un padre lleno de amor que nos espera las veinticuatro horas del día. Pero a nosotros, tal vez e influidos por viejas doctrinas grecolatinas o como eco de algunos pasajes del Antiguo Testamento, preferimos esa otra idea de Dios como alguien poderoso, omnipotente, justo y severo. No tenemos la humildad de dejarnos amar tiernamente por Dios. Y eso es sencillamente malo porque Jesús, nuestro maestro lo explica perfectamente en toda su doctrina y muy especialmente con esta parábola del Hijo Pródigo. Pero aquí interesa, además, otra cosa. ¿Somos pecadores continuados?

4.- ¿Estamos apartados de Dios por la dureza de nuestro corazón? ¿Preferimos al breve placer que da la transgresión a la solidez del sentimiento fuerte y amoroso dirigido hacia nosotros por el irrefrenable amor de Dios por sus criaturas? Volvamos al Padre y Él nos obsequiará con un gran fiesta. Y no tengamos miedo ante el rigor del hermano “bueno” que se quedó junto a nuestro Padre y, que sin duda, le ayudó atinadamente en la administración de la hacienda. Sabremos convencerle y atraerlo hacia nosotros si nuestro talente es sincero y nuestro arrepentimiento profundo. Tal vez, él, nuestro hermano, también vivió en la soledad de no tener con quien compartir trabajos y anhelos…

Abramos nuestro corazón de par en par y dejemos entrar el amor, todo el amor, que nuestro Padre nos ofrece. ¿No tenemos la humildad de dejarnos amar tiernamente por Dios?


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LA FE INCORPORADA A LA PERSONA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Unida, no pegada, como decía hace un tiempo la propaganda de un adhesivo de uso doméstico. Uno puede tener el pelo rubio o moreno, los ojos azules o marrones, estatura alta o baja, tales características le serán muy propias, pero no íntimas y esenciales a su ser personal. En el terreno espiritual será espontaneo o rencoroso, comunicativo o reservado, espabilado o torpe. En el anímico fervoroso y piadoso, o perverso y ateo. Aquí toca situarse.

2.- Del mismo modo que se pueden sacar de la corteza terrestre muchos minerales, pero de su interior central nada podría eliminarse, así también debe ser la Fe. Nadie ha llegado al núcleo de la tierra, pero todos nos sentimos atraídos íntimamente por él (la llamada gravedad). Sepámoslo o no. Algo así es la Fe. Así debe ser la Fe. Incorporada y tiñendo, modificando, históricamente nuestra existencia. Tal es el motivo por el que estamos divinizados, conscientes o no, como el mismo Pablo confiesa de sí mismo.

3.- El episodio del Sinaí es un ejemplo de la relación personal que puede ser la que hay entre el ser humano y Dios. En matemáticas, ya que a veces se debería jugar con cantidades de enorme tamaño, se acude a unas cuantías más simples, relacionadas y dependientes, y se opera con los llamados logaritmos. En cualquier momento uno puede ser consciente de que aquella cantidad no es la auténtica, que puede vislumbrarla y conocerla si es preciso. En mis tiempos, los alumnos de bachillerato, debíamos poseer, además del libro de texto, las “Tablas de logaritmos de Sánchez Ramos”, complicadísimas de usar y que hoy, vosotros, mis queridos jóvenes lectores, ignoráis, porque con una calculadora podéis operar con facilidad. Tiempos eran tiempos y la religiosidad humana era tal como le era posible vivirla al fiel de su contemporaneidad.

4.- De acuerdo con esta su realidad histórica, Dios se comunica con el hombre. Dios, en el relato de la primera lectura, conversa con Moisés de manera sencilla. Acudiendo a mis antiguos recuerdos de estudiante de bachillerato, me atrevería a deciros que consideréis que la oración del caudillo hebreo y la manifestación a escala diminuta del Señor, son logaritmos religiosos de una experiencia mística. Ninguna de las dos Teresas, la de Ávila y la de Lisieux, rechazarían el texto del Éxodo, pero dirían que sus encuentros con Dios eran muy diferentes y hablarían, en todo caso, de sublimidad, maravilla y misterio.

5.- Moisés, protagonista de la primera lectura de la misa de este domingo, Pablo de la segunda. Que cada uno se pregunte cómo es su relación con Dios. Que la adoración o su ausencia, es más importante que la pureza o degradación del medio ambiente, cosa que tanto preocupa y que yo no me atreverá a negar su importancia.

6.- Cambio de tercio. El relato evangélico, la parábola del hijo pródigo, os lo he dicho y repetido cada vez que debo enviaros el mensaje-homilía de este domingo, es, seguramente, la narración más preciosa de la literatura antigua del Medio Oriente. La llamamos del hijo pródigo y no es un disparate, pero no es lo propio.

El Señor, a cuenta del comportamiento del hijo que se fue de casa con el dinero, historieta muy común aun hoy en día y que seguramente no será la vuestra, puso el acento en los sentimientos y comportamiento del hijo mayor. Hombre recto, riguroso, exigente, orgulloso, en una palabra, envidioso.

Y aquí sí que nos toca a los que nos sentimos cristianos de toda la vida. Católicos practicantes. Seguros de nosotros mismos, pero alejados con frecuencia del comportamiento del Maestro, sin querer reconocerlo.

Es preciso, fijándonos en nosotros mismos, a la luz del Evangelio, hacer estricto examen de conciencia. Descubrimos siempre que conservamos en nuestro interior enraizada, germinando, a punto de crecer y florecer, contaminando, la envidia.

Acudid a un buen jardinero que con adecuado instrumento, os mejore (por si no me he expresado adecuadamente, os lo digo de otra manera: consultad a un maestro espiritual, recibid la absolución sacramental, no olvidéis nunca esto último).

Pienso que no es necesario que os desglose el contenido de la parábola, os creo dotados suficientemente para hacerlo, sin ningún comentario mío.

7.- Y ahora, anecdóticamente, os confío a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, que en esta parábola aparece el algarrobo, en ningún otro lugar de la Biblia se menciona a este árbol, que conozco desde pequeño, la Ceratonia siliqua, llaman los botánicos. En mi niñez era chuchería que me compraban y que aun ahora, nostálgico y sin tener que pagarla, la saboreo siempre que puedo. Hasta hace pocos días, siempre afirmaba que era propio y exclusivo de la cuenca mediterránea y no es mentira del todo. Pero hoy debo reconocer, y copio textualmente a google, que “Otras especies de árboles neotropicales también reciben el nombre de algarrobo posiblemente por tener vainas coriáceas: Hymenaea courbaril L. en Colombia, Prosopis sp. en Argentina, Prosopis pallida en Perú, y Prosopis chilensis en Chile; las últimas pertenecen a la subfamilia de las mimosoídeas”