XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario
17 de noviembre de 2019

La homilía de Betania


 

1.- EN ESTE MUNDO TODO ES CADUCO; SÓLO DIOS ES ETERNO

Por Gabriel González del Estal

2.- MENSAJE DE ESPERANZA

Por José María Martín, OSA

3.- EL FINAL DE LOS TIEMPOS

Por Francisco Javier Colomina Campos

4.- DIOS NO NOS OLVIDA

Por Antonio García-Moreno

5.- ¡HASTA EL FINAL CON EL SEÑOR!

Por Javier Leoz

6.- JESÚS, PRINCIPIO Y FIN

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


HOLGAZANERÍA NO, ESPERANZA SÍ

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- EN ESTE MUNDO TODO ES CADUCO; SÓLO DIOS ES ETERNO

Por Gabriel González del Estal

1.- En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Se acerca el final del año litúrgico, dentro de dos semanas comenzará el Adviento. Por eso, la liturgia, con lenguaje apocalíptico, pone en boca de Jesús palabras sobre la destrucción del templo y sobre el final catastrófico del tiempo en que los apóstoles y discípulos de Jesús vivían. A nosotros, en este siglo XXI, tanto litúrgica como realmente, no nos afectan demasiado estas palabras. Pueden servirnos, eso sí, para que meditemos sobre la brevedad de la vida presente, sobre la caducidad de todas las cosas de este mundo, incluido el ser humano, y sobre la eternidad y grandeza de nuestro Dios. Debemos vivir sabiendo que nuestras vidas son como los ríos que van al mar, que es el morir. Como muy dijo santa Teresa, en este mundo todo se muda, pero con paciencia, en nuestra relación con Dios, todo se alcanza, ya que para nosotros sólo Dios basta. La palabra “paciencia” podemos cambiarla, dentro del lenguaje evangélico de este domingo por “perseverancia”. Si perseveramos durante toda nuestra vida en nuestra fe y en nuestra confianza en Dios, Dios nos salvará. La verdad es que en nuestra vida diaria es fácil perderse en las ocupaciones y ajetreos de cada día, olvidando que sólo Dios debe llenar nuestro espíritu, ser el dulce huésped de nuestra alma, la luz y el gozo en el que debemos continuamente vivir. En nuestra relación con Dios somos realmente muy poca cosa, pero sabemos que Dios nos ama dentro de nuestra pequeñez y que si vivimos en Dios y para Dios somos realmente algo de Dios. Y no olvidemos nunca que para un buen discípulo de Cristo, vivir en Dios y para Dios es vivir con el prójimo y para el prójimo. En fin, que en este final del tiempo litúrgico vivamos conscientes de nuestra caducidad y de nuestra absoluta dependencia de Dios, de un Dios que nos ama.

2.- He aquí que llega el día, ardiente como un horno, en el que todos los orgullosos y malhechores serán como paja… Pero a vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de justicia y hallaréis salud a su sombra. Malaquías, el último de los profetas menores, nos dice muy bien que los hombres que se resisten con orgullo o maldad ante Dios terminarán aniquilados, como seres caducos y pasajeros que son; que sólo Dios es eterno. Pero las personas que confían en Dios encontrarán paz y salud interior junto a él y por él. Ser orgulloso ante Dios, además de ser una necedad, es algo que sólo puede conducirnos al fracaso y a la destrucción. Seamos, pues, siempre humildes, anta Dios y ante el prójimo, porque el Señor destruye a los soberbios y enaltece a los humildes.

3.- Hermanos, cuando estábamos entre vosotros, os decíamos que si alguno no quiere trabajar, que no coma. Nosotros cuando vivimos entre vosotros no vivimos sin trabajar, no comimos de balde el pan de nadie. Estas palabras de san Pablo iban dirigidas a aquellos primeros cristianos de la comunidad de Tesalónica que, por creer que el reino de Dios vendría de un momento a otro, pensaban que no merecía ya la pena trabajar. Nosotros, los cristianos de este siglo, debemos interpretar estas palabras en un sentido más general. Todos tenemos la obligación de trabajar mientras podamos, ser económicamente autosuficientes, es decir, tratar de vivir siempre ganándonos el pan con el sudor de nuestra frente, no con el sudor del de en frente. Y, si podemos ayudar algo, al que, sin culpa suya, no tiene lo necesario para vivir, pues hagámoslo, que siempre es mejor poder dar que tener que recibir.


2.- MENSAJE DE ESPERANZA

Por José María Martín, OSA

1.-- Personas esperanzadas y esperanzadoras. La palabra de Dios nos habla del final de los tiempos con una literatura apocalíptica, que no hay que entender al pie de la letra. Tanto el evangelio como la primera lectura del profeta Malaquías nos hablan de catástrofe, enfrentamientos, divisiones, guerra y destrucción. Sin embargo, lo importante es el mensaje final en ambas lecturas: "iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas", "ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas". Es un mensaje de esperanza, el juicio será para la salvación, no para la condenación. Ya está demasiado lleno el mundo de agoreros, el cristiano tiene que ser portador de esperanza y perseverar confiando, siempre en el Señor. Y mientras tanto, no quedarse con los brazos cruzados, esperando el fin del mundo como les ocurría a los fieles de la iglesia de Tesalónica. Pablo les insta a trabajar para ganarse el pan de cada día. Es así como Dios nos quiere, como personas esperanzadas y esperanzadoras, consciente de su misión de transformar este mundo hasta convertirlo en el auténtico Reino de Dios.

2.-- "En espíritu y en verdad". Para los judíos del tiempo de Jesús el Templo de Jerusalén representaba la seguridad. Con tal de cumplir las leyes y acudir al Templo se "justificaban" ante Dios. Era para ellos el fundamento de su práctica religiosa. Jesús se atreve a decir que no quedará de él piedra sobre piedra. Cuando Lucas escribe su evangelio ya se ha producido la destrucción del Templo de Jerusalén. Fue el emperador Tito quien ordenó que fuera arrasado en el año 70. Por tanto, lo que se narra como algo apocalíptico, como algo que va a suceder, en realidad ya se ha producido. Pero lo importante es la enseñanza que quiere dar el evangelista. El Templo no es lo importante, tampoco el mero cumplimiento de la ley, pues Jesús predicó que no es Jerusalén ni en Garizín donde debemos dar culto a Dios, sino "en espíritu y en verdad". En nuestra religión cristiana también nos hemos montado "otros templos", otras normas que nos "aseguran la salvación". Es más fácil pedir que te digan qué es lo que tienes que cumplir y asegurar así la salvación, que identificarse con Cristo, dejar que Él te transforme y estar dispuesto a seguirle con todas las consecuencias. Lo primero no cuestiona tu vida, lo segundo transforma tu vida y te convierte en hombre nuevo. La fe es una aventura arriesgada y emocionante, no es un cumplimiento cómodo y seguro de normas sin implicación de tu persona.

3- ¿Cuál es la clave de tu vida cristiana? En clave "religiosa" se llega a la religión por tradición o herencia; en clave de "fe", se llega por decisión personal y libre. La religión puede convertirse en una forma de pensar que acomodo a mi vida, o bien es una forma de vivir que me compromete. En clave religiosa la referencia soy yo y mis necesidades; en clave de fe la referencia es Jesús y estoy dispuesto a hacer su voluntad. Las verdades pueden convertirse en simples doctrinas que hay que saber, sin embargo para el seguidor de Jesús la única verdad es Jesús y la escucha de su Palabra. Puedo ser un cristiano que considera el culto como un conjunto de ritos a los que hay que asistir, o por el contrario para mí el culto es la celebración gozosa de la experiencia de Jesús en mi vida. Puedo considerar la Ley como un conjunto de normas que hay que cumplir, o darme cuenta de que la auténtica Ley del cristiano es vivir en el amor. La Iglesia puede ser para mí una institución jurídica, o más bien una comunidad de hermanos. ¿Es para ti la fe un seguro de vida, o es un regalo, un don gratuito de Dios que celebras con entusiasmo? Pregúntate: ¿en qué clave se sitúa tu vida cristiana, en la "religiosa", o en la de la "fe"?


3.- EL FINAL DE LOS TIEMPOS

Por Francisco Javier Colomina Campos

Nos acercamos al final del año litúrgico, pues tras la celebración el próximo domingo de Jesucristo Rey del Universo, el domingo siguiente comenzará el tiempo de Adviento y con él un nuevo año litúrgico. Y como cada año, al final del año litúrgico, las lecturas de la palabra de Dios nos hablan del final de los tiempos y nos orientan hacia el juicio final.

1. Dios viene como Rey y Juez de la historia. Éste es el anuncio que hace hoy la palabra de Dios. Nuestra fe nos dice que esperamos la vuelta de Jesucristo, nuestro salvador, que vendrá a juzgar a vivos y muertos, como confesamos en el Credo. Ese día ya está anunciado desde el Antiguo Testamento. En la primera lectura de hoy, del libro del profeta Miqueas, se anuncia: “mirad que llega el día, ardiente como un horno”. Con este lenguaje apocalíptico típico de algunos profetas se nos anuncia que el Señor ha de venir. Será un fuego devorador para todos aquellos que hayan cometido injusticia, los malvados y perversos, mientras que será sol de justicia que iluminará y dará salud para los justos que honran el nombre de Dios. Quizá nos han explicado siempre que Dios viene a castigar a unos y a juzgar a otros. Pero no es literalmente así. En realidad, aquellos que durante su vida aquí en la tierra han procurado el bien y la justicia, han practicado la misericordia, han hecho el bien a los demás y han honrado a Dios, en definitiva los que han cumplido los mandamientos de amar a Dios y al prójimo, vivirán junto a Dios en la eternidad, serán iluminados por la luz eterna de Dios que ha buscado con su vida aquí en la tierra. Mientras que aquellos que han despreciado a Dios despreciando también a los hombres, han sido injustos y han olvidado el amor rechazando a Dios y al prójimo, vivirán también por toda la eternidad alejados de ese Dios al que ellos mismos han decidido rechazar en su vida.

2. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Pero ¿cuándo va a ser ese final de los tiempos que nos anuncia la palabra de Dios? Ésta es la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús. Querían saber cuándo y cuál iba a ser la señal, para prepararse antes de que llegase. Los tesalonicenses, a los que les escribe san Pablo la carta que hemos escuchado en la segunda lectura, creían que la segunda venida del Señor iba a ser inmediata, por eso algunos de ellos se habían echado a la buena vida, sin trabajar, creyendo que ya estaba todo hecho. Pero san Pablo les recomienda que se pongan a trabajar, pues la venida de Jesucristo no será inmediata. El mismo Jesús, ante las preguntas de sus discípulos, les responde afirmando que antes de que suceda esto acontecerán otras cosas terribles: guerras, terremotos, epidemias, hambre, e incluso perseguirán y encarcelarán a los que sigan el nombre de Cristo. Con ello, Jesús nos advierte que el final de los tiempos no será inmediato. Por tanto, no cabe vivir con angustia, pensando en lo que sucederá al final de los tiempos. Hasta entonces tendremos tiempo para dar testimonio de nuestra fe y que así otros muchos puedan escuchar el mensaje de salvación que nos trae Jesús. Con nuestra perseverancia ante las dificultades, manteniéndonos firmes en la fe, salvaremos nuestras almas. Esta perseverancia en la fe es la vida cristiana, vivir la intimidad con el Señor, a pesar de las dificultades, vivir el mandamiento del amor, vivir el espíritu de las bienaventuranzas en nuestro día a día.

3. Jornada mundial de los pobres. Por todo ello, encuentra aquí un lugar más que apropiado la jornada mundial de los pobres, que el papa Francisco instauró recientemente en la Iglesia. El amor a todos, que es parte del mandamiento principal junto con el amor a Dios, se concreta también en el amor a los más necesitados. Esta jornada lleva por lema este año “La esperanza de los pobres nunca se frustrará”. En su mensaje, el papa Francisco nos llama a ser nosotros portadores de esta esperanza y de consuelo para aquellos que no tienen nada y que por ello dependen de los demás. EL final de los tiempos, cuando venga de nuevo Cristo como Juez, seremos juzgados por el amor que hemos vivido aquí en la tierra, hacia Dios y hacia el prójimo. Para nosotros, el prójimo es especialmente el más necesitado de nuestra ayuda. No podemos vivir verdaderamente como cristianos sin preocuparnos y sin ocuparnos de los pobres. Ellos nos necesitan.

La Eucaristía es un anticipo de la gloria eterna a la que estamos llamados. Vivir cada domingo la Eucaristía es encontrarnos con el Señor que nos espera en el cielo. Pero participar de la Eucaristía es también una llamada a salir de nosotros mismos y entregarnos a quienes más nos necesites, como hizo el mismo Cristo con nosotros. Vivamos con esperanza esta Eucaristía, ansiando la gloria que está por llegar, y haciendo partícipes de esta misma esperanza a todos los que la necesiten, especialmente los más pobres.


4.- DIOS NO NOS OLVIDA

Por Antonio García-Moreno

1.- AVISO IMPORTANTE. - Dios avisa de cuando en cuando a sus hijos los hombres, nos recuerda que todo esto ha de terminar, nos hace caer en la cuenta de que todo pasa, de que vendrá un día en el que caerá el telón de la comedia de esta vida. Día terrible, día de la ira, día de lágrimas, día de fuego vivo.

A veces el corazón se nos encoge, nos asustamos ante el recuerdo de que este mundo puede derrumbarse estrepitosamente, al saber el potencial de armas atómicas y químicas que hay almacenado, al conocer que pueden volver los días tristes de una guerra y que nuevamente podemos vivir huyendo, temiendo que un día nos maten como a ratas.

No, Dios no quiere asustarnos. Y mucho menos trata de tenernos a raya con terribles cuentos de miedo, o con narraciones terroríficas de ciencia-ficción. Dios nos habla con lealtad y, como alguien que nos ama entrañablemente, nos avisa del riesgo que corremos si continuamos metidos en el pecado. Sí, los perversos, los empecinados en vivir de espaldas a Dios, los malvados serán la paja seca que devorará el gran incendio del día final.

No, no se trata de vivir amedrentados, de estar siempre asustados, como alguien que espera de un momento a otro el estallido pavoroso de un artefacto atómico. No, Dios nos quiere serenos, felices, optimistas, llenos de esperanza. Pero esa serenidad, esa paz tiene un precio. El precio de nuestra respuesta generosa y permanente al grande y divino amor.

Así los que aman a Dios esperarán el día final con tranquilidad, con calma, con alegría. Con los mismos sentimientos que embargan al hijo que espera la vuelta del padre, con el mismo deseo que la amada espera al amado. Para los que han luchado por amar limpiamente, el fuego final no abrasará, no aniquilará. Ese fuego será calor suave y vivificante, resplandor que ilumine hasta borrar todas las sombras, hasta vencer el miedo de la noche con el alegre fulgor de un día eterno.

2.- LAS PIEDRAS DEL TEMPLO. - Algunos ponderaban, y con razón, la belleza y suntuosidad de las construcciones del templo. Herodes quiso congraciarse con los judíos que le odiaban abierta e intensamente. Por eso no escatimó en gastos ni en tiempo. Quería demostrar lo indemostrable: que él era también un piadoso creyente en Yahveh, aun cuando no era hebreo sino idumeo. Los judíos nunca se lo creyeron aunque si reconocían la magnificencia de este hombre, el afán de asentarse en el trono sin olvidar que para ello era preciso hacer de la religión un recurso político más.

Grandes piedras de corte herodiano, propio de la época de Augusto emperador, preparadas para su colocación. Los apóstoles se quedan asombrados y así lo expresan con toda sencillez delante del Maestro. Pero sus palabras no encontraron eco en el Señor. Él sabe en qué quedará todo aquello dentro de no mucho tiempo. Sólo un montón de ruinas y un tramo de muro descarnado, donde los judíos se lamentarán por siglos. Todavía hoy se escuchan sus letanías dolientes en esos grupos de hebreos que llegan de todos los rincones del mundo, a llorar y verter allí tanto y tanto dolor como ha afligido a su pueblo a lo largo de la Historia.

El Señor entrevé la caída de Jerusalén, y también recuerda por unos momentos el fin del mundo. Esos momentos finales en los que surgirán falsos profetas y mesías, proclamando ser los portadores de la salvación eterna. Jesús nos pone en guardia a todos. No vayáis tras de ellos, nos dice. No les creáis cuando afirmen que el fin está ya cerca. Habrá guerras y revoluciones, pero todavía no ha llegado el momento. Por eso hay que permanecer serenos, no dejarse llevar por el pánico, tener la confianza puesta en Dios que no nos abandonará en esos terribles momentos.

De todos modos serán circunstancias terribles, situación que si se prolongase demasiado acabaría con todos. Pero por amor de los elegidos, dijo el Señor, aquellos días se acortarán. Por eso hay que guardar la calma y saber esperar. Es cierto que a veces la persecución puede desanimarnos. Sobre todo esa de que habla hoy el Señor, la persecución de nuestros propios seres queridos, la persecución de los nuestros, de esos que creen también en Jesús y predican como nosotros el amor y la comprensión para todos, incluso para los enemigos. Por una causa inconcebible, se volverán contra nosotros, nos mirarán con desprecio disimulado o abierto, nos excluirán, nos silenciarán, nos arrinconarán.

Hay que reaccionar con serenidad, pensar que Jesucristo ya lo había predicho antes de que ocurriera. Precisamente para que cuando ocurriese permaneciéramos tranquilos, sin responder con la misma moneda de odio y desprecio. El Señor nos defenderá, él nos protegerá y nos librará. Dios no nos olvida. Tan presente nos tiene, que ni un solo cabello de la cabeza caerá sin su beneplácito. Permanezcamos siempre fieles, convencidos que mediante la paciencia ganaremos nuestras almas.


5.- ¡HASTA EL FINAL CON EL SEÑOR!

Por Javier Leoz

Llegamos, con el próximo domingo en que contemplaremos a Jesús como Rey, es Cristo Rey, con todo lo que ello significa, está el fondo y el sustrato de nuestra fe. Luego, profesarla, vivirla y testimoniarla será consecuencia de nuestro encuentro personal con Él.

1.- Con San Pablo podemos concluir que, mientras no sucede la llegada de Cristo, nos toca dar testimonio y trabajar para que el Señor, y su mensaje, sean conocidos. Hagamos todo lo posible, como compromiso con el Año de la FE, para que el evangelio sea más extendido en todos los rincones de nuestro mundo

2.- Como desde hace siglos, se sigue hablando si estamos en una etapa final de la historia, del hombre y del mundo mismo. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? ¿Hacia dónde caminar? Las pistas nos las ofrece el evangelio de este día: “No hagáis caso”.

Estamos en la hora del testimonio. Nos toca, hoy más que nunca, separar la paja del trigo, la auténtica fe de la religión a la carta. ¿Qué conlleva todo ello? Incomprensión, persecuciones o incluso el intento sistemático de reducir lo religioso al ámbito privado. ¿Vale la pena creer y esforzarse por el Reino de Dios? ¿Vendrá el Señor a nuestro encuentro? ¿Seremos capaces de aguantar o de soportar las arremetidas que, constantemente, brotan desde la visceralidad de algunas ideologías dominantes? ¡Claro que sí! Recordemos aquello de aquella gota de agua, que por su persistencia, fue capaz de romper con el paso de los años la firmeza de una roca.

3.- Que el Señor nos acompañe en nuestro deseo de transformar el mundo y, de prepararlo también, para que cuando El vuelva encuentre gente amándole, siguiéndole y dando la cara por su Evangelio. ¿Lo intentamos?

Frente a una realidad, el hombre y el mundo acabarán, se nos recuerda algo que nos llena de esperanza: Dios ofrece su salvación.

Que el Señor, a punto de culminar este Año de la Fe, nos ayude a dar más consistencia a nuestras convicciones religiosas y, desde ahí, ser antorcha viva en un mundo que dice tener todas luces encendidas cuando, en verdad, son pólvora de un día.

4.- ¡HASTA QUE VUELVAS, SEÑOR!

¿Dónde está mi futuro personal?

Con mi FE, Señor, que esté en Ti

¿En dónde alcanzar la felicidad eterna?

Por mi FE, Señor, que la alcance en Ti

¿Dónde buscar rincones y estancias indestructibles?

¡Sólo Tú, Señor, tienes Palabras de vida eterna!

¡Sólo Tú, Señor, eres inmortal!

Danos la gracia, Señor, de perseverar

para hacer de nuestro mundo un racimo de amistad

Danos la audacia, Señor, de ser valientes

y que la tierra conozca tu poder y tu salvación

Para que, en este Año de la Fe,

lejos de ceder ante el camino fácil

emprendamos rutas, evangélicas y divinas,

para ofrecerte como manjar que nunca perece.

Danos la esperanza, Señor, que no defrauda

y podamos sembrar semillas de tu reino

allá donde, la violencia de un mundo inmisericorde

labra desasosiego, desconsuelo y falta de horizontes

Danos el entusiasmo, Señor, sin decaer en el camino

para llevar con alegría tu verdad y tú presencia

tu rostro y tu Palabra, tu amor y tus promesas

 

¡HASTA QUE VUELVAS, SEÑOR!

Haz que seamos decididos y vigilantes

Aventureros y heraldos de tus valores

Auténticos y comprometidos con tu causa.

Hasta que vuelvas, Señor

Hasta el final de todo, Señor

En este Año de la FE, Señor,

contigo, Señor

por Ti, Señor

para Ti, Señor


6.- JESÚS, PRINCIPIO Y FIN

Por Ángel Gómez Escorial

1.- San Lucas es, sin duda, un excelente narrador. Pone sobre la escena la magnífica vista que del Templo de Salomón tenían los transeúntes que por ahí caminaban. Muchas veces, nosotros mismos podemos extasiarnos ante un gran paisaje urbano o campestre, donde la belleza de la obra del hombre, o la magnificencia natural, nos pueden resultar muy placentero y, por su estética, comunicar, además, sentimientos elevados. Pero todo lo que vemos, algún día desaparecerá. Nuestro mundo tiene principio y fin. Tampoco el planeta Tierra tiene asegurada su supervivencia infinita o eterna. El sistema planetario en el que vivimos alrededor del Sol tiene muestras de final y, tal vez, de principios. Desde luego, los planetas más cercanos al Astro Rey parece que ya han pasado a la historia. Se buscan rastros de vida en Marte y no se sabe a ciencia cierta cuál es la situación "histórica" de Venus. Pero, tal vez, en los más lejanos --y de una forma un tanto difícil de comprender por nosotros—la vida se está preparando. Es lo mismo. Poco importa --aquí y ahora—la precisión científica de la vida de nuestro sistema planetario. Lo que sí está claro es que todo lo que se inicia, luego muere.

2.- Jesús va a referirse a los "últimos tiempos". Pero no especialmente a la catástrofe que terminará con la vida en la Tierra. Podía haberlo hecho igualmente, pero hace referencia al final de Jerusalén y su Templo. Cuando esto ocurrió --unos pocos años después de la Ascensión de Cristo a los cielos-- el Sol quedaba entero y pujante sobre el horizonte: La semilla de Jesús había plantado en el alma de sus discípulos iba a convertirse en una prodigiosa epopeya, sin terminar, y que ahora cumple dos mil trece años. ¿Qué quiere decir esto? Pues que cada final tiene una importancia respecto a nuestro devenir concreto. Y más de una vez en la peripecia histórica precisa de cada grupo de cristianos, ellos se habrán encontrado la concreción profética de las palabras de Cristo en este fragmento del Evangelio de Lucas. Y lo importante no es tanto que las piedras caigan o que la guerra y la destrucción les asole. Lo notable es que el Espíritu ayudará a los seguidores de Jesús en esos tiempos de zozobra.

3.- "Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro". El mensaje del Señor es inequívoco. No nos abandonará y en los "últimos tiempos" y además tendremos que hacer lo mismo que en los "primeros tiempos": propagar su nombre. Y, además, hay otra promesa firme: "Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas." Se perfila la gravedad de la persecución, pero el resultado trae una victoria final. Eso es lo que quiere comunicar el Señor Jesús para todos aquellos que vayan a vivir sus particulares tiempos finales. Y la cercanía de Jesús es la que promete un consuelo permanente para esos momentos.

4.- En el relato de muchos mártires –antes de su muerte— está muy presente dicha cercanía. Poco importa, por tanto, la peripecia vital de un cristiano. Jesús va a estar cerca para ayudarnos. Incluso, lo más contrario a una gran catástrofe, como puede ser una vida regalada y placentera, necesitará también del apoyo de Cristo. Ya que no podemos engañarnos, en medio de dicha situación placentera, No es difícil sucumbir al egoísmo, al placer insolidario o al pecado que mata. Entonces, ocurre que más que fijarnos en lo excepcional de los "últimos tiempos" es mucho mejor pensar que es esta una enseñanza más del Señor Jesús para un tiempo presente. Todos los momentos de nuestra vida están marcados por las enseñanzas del Salvador.

5.- Entre los que fabulan y se aprovechan ante el fin del mundo hay mucho vago. Ya lo decía san Pablo: “El que no trabaje que no coma”. Es el efecto nocivo de quienes quieren vivir sin trabajar a la espera de la gran catástrofe. También hoy sufrimos los efectos de las falsas profecías con el incremento de los asiduos a ciertos modos mal llamados esotéricos, que pretenden angustiar a la gente y sacarles el dinero. Es verdad que el mundo —y nosotros todos— acabará algún día. Tanto da. Porque tenemos la esperanza que Jesús, con su cercanía, nos ofrece.

5.- El devenir del hombre sobre la tierra ha estado siempre acompañado de los efectos de la ira de la naturaleza o del poder devastador de la enfermedad en forma de epidemias. Es evidente que existen, asimismo, guerras de manera continuada. Y, entonces, no parece excesivo contemplar las "condiciones" que Cristo marca con preludio para llegada de los "últimos días". Pero, a su vez, esas situaciones se están repitiendo desde hace siglos y milenios. Aunque ahora, en nuestros tiempos, hay una diferencia: la mayor solidaridad humana y la mejoría tecnológica tiende a paliar, de manera considerable, los efectos de tales desgracias. Pensar constantemente en el fin del mundo quita las ganas de trabajar y, sobre todo, es efecto de un "encantamiento" inmovilizador, porque si toda va a acabar, ¿por qué hay que esforzarse?

6.- San Pablo vivió ya los efectos prácticos de tales tonterías y tuvo que recomendar el trabajo cono antídoto de esas situaciones. Su mensaje de no admitir vagos es importante e, incluye, además, la idea del trabajo como factor de crecimiento personal y de acción solidaria hacia los hermanos. Nadie debe ser carga para otros, si está en condiciones de trabajar. Y ese trabajo, importante, amplio, constructivo, servirá además para echar a una mano a los que, verdaderamente, están impedidos para realizar cualquier labor. En estos tiempos en que el paro es uno de los grandes azotes de las sociedades desarrolladas --y de las que no lo están--, habrá que hacer especial mención del necesario esfuerzo solidario de aquellos que tienen trabajo hacia quienes no lo poseen. Pero, a su vez, la ausencia de empleo suele producir un desánimo que lleva a no buscar trabajo o a sólo querer encontrar una dedicación ideal. Como puede verse -dentro o fuera de cualquier desgracia- las palabras de Pablo tienen una gran actualidad.

7.- La esperanza es otro de los grandes ingredientes del sentir cristiano. Nos puede rodear la desgracia e, incluso, parecer que todo se va a acabar. Y, de hecho, asistir al final de muchas gentes queridas. Será ahí cuando la esperanza debe ayudarnos. Existe un camino muy negativo que es ver a Dios como elemento vengativo o agente continuado de grandes males. El poder de Dios es omnipotente, su justicia también y, además, no podemos dudar que las leyes de la naturaleza emanan de Él. Nuestro mundo no vive a golpe cotidiano de variación extraordinaria, positiva o negativa. El mejor talante es aceptar nuestra situación exacta y caminar hacia adelante. El hombre –el mejor "producto" de la creación— ha sido capaz de grandes cosas, saliendo de grandes hecatombes y enormes tragedias. Su capacidad de trabajo y su sentido de la superación es lo que le hacen colaborar con Dios en el camino hacia un mundo terreno mejor, a pesar del terrorismo, de las guerras, de la corrupción y de toda clase de hecatombes. Porque no se olvide que un día seremos como ángeles, lo ha dicho el Señor.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


HOLGAZANERÍA NO, ESPERANZA SÍ

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Probablemente el original de Pablo no estará redactado en el tono irónico que rezuma una frase de la segunda lectura de la misa de hoy. Dice el Apóstol: “algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada”. Os he advertido respecto al estilo, porque he consultado otras traducciones, sin tener tiempo de acudir a un texto interlineal. Tiene gracia su humor, estar ocupado en no hacer nada, ¡anda ya! Aunque físicamente sea imposible esta vivencia, o lo uno, ocupado, o lo otro, no hacer nada. Os lo he vuelto a repetir, mis queridos jóvenes lectores, porque he notado a veces que esta era la realidad de algunos con los que me tocaba tratar.

2.- Trabajar de una manera u otra es una manera de ganarse decentemente la vida, complementando tal ocupación, con la labor por el Reino de los Cielos, comer, dormir, rezar y divertirse. Así debe ser la ocupación de la jornada. Ahora bien, la situación en la que vivimos muchos, permite acogerse al subsidio de paro, esperar, sin demasiada insistencia, obtener una beca, que permitirá pasar una temporada a costa de ella, sin demasiado empeño, preocupado únicamente de que le den un diploma, que le permitirá sentirse digno concursante de otra más, y así se va viviendo, que quien día pasa, año empuja, dice un refrán catalán.

3.- El sentido del deber, del honor y la fidelidad al encargo de Dios, al poner al hombre en el mundo, implica “arañar la tierra” para que de tal esfuerzo, la semilla, germine y crezca. Y que cada uno entienda como le toca cavar. A los que nos toca tratar con personas, muchas de ellas jóvenes, nos es difícil, cuando alguien acude solicitando ayuda y quejándose de su situación, dándose enseguida uno cuenta de que si viene es porque no se le cobrará la visita y decirlo a los demás, creerá ser buena excusa para continuar en lo mismo, pero con ello demostrar que se toma la vida en serio. Ahora bien, su existencia es a salto de mata, de una a otra manera, sabiendo encontrar razones muy razonables, para no aceptar ocupaciones que le permitirían vivir decentemente. Cuesta mucho ser sincero consigo mismo, y no pretender engañar a los demás, creédmelo.

4.- Cuando viváis una época de crisis, someteos seriamente a un severo examen de conciencia diario. Creo recordar, que San Ignacio de Loyola decía a los suyos que si se encontraban en el trance de tener que escoger entre la oración y el examen, debían preferir el segundo. No lo olvidéis. Pienso que es más provechoso examinarse con radicalidad sincera, aceptando que tal labor pueda conducir a una depresión, que viviendo a costa de los demás, engañándose a sí mismo, yéndose a dormir sin haber obrado nada de provecho. Uno lo ve, los demás también, pero creedme, no he sido nunca capaz de decir a alguien, no vuelvas a mi casa, mientras seas un vago.

5.- San Pablo, que nombra en sus escritos a ciertas personas con nombres y apellidos y alude a su mal comportamiento a veces, de ninguno se atreve a decir que era un perezoso indolente inútil.  A él también le debía ocurrir algo semejante. Y no os dejéis tampoco engañar, mis queridos jóvenes lectores, por los que con aire revolucionario, cargados de teorías de tal género, que proclaman a diestro y siniestro, no son capaces de incorporarse a ninguna arriesgada acción. Es otra de las maneras de ir viviendo sin hacer nada, si le es posible permanecer en tierra extranjera, explicando siempre las injusticias que sufría y le han obligado a marcharse de la suya.

6.- El texto evangélico que nos ofrece la liturgia de hoy puede parecernos espeluznante, podemos pensar si no leemos con detenimiento y separando y espaciando las diferentes partes del discurso del Señor, que quiere Él meternos miedo en lo más interno de nuestro corazón, sin otro provecho que suframos. Observad bien. Las guerras, las desgracias colectivas, los episodios de hambruna y más detalles, no los dicta Jesús para que muertos de miedo no hagamos nada. Se sucederán con cierta periodicidad las erupciones de algunos volcanes, chocarán por intereses egoístas pueblos contra pueblos, existirán enfermedades incurables en los momentos que nos parecerán más inoportunos, que se repiten periódicamente una y otra vez, semejantes siempre, pero advierte el Maestro, mis queridos jóvenes lectores, que no debemos desanimarnos, que Él siempre está arrimado a nuestro lado, protegiéndonos, que nunca nos abandona.

7.- El templo de Jerusalén tenía una extensión muy grande. Aunque sus edificios los derribó el furor del ejército romano, el llano en que se asentaba el Santuario y los atrios se conserva todavía. La riqueza y esplendor se perdieron. Las del Templo y las de muchos edificios, sin que por ello llegara el final de los tiempos.

Nos pueden haber traicionado las personas, hasta los amigos y los de la parentela, próxima o lejana. El Señor no nos ha abandonado. Lo importante es que cada día, llegado el final de la jornada, nos examinemos y si reconocemos que algo bueno a favor o provecho de los demás hemos sido capaces de hacer, nos entreguemos a un satisfactorio sueño. Si de otro modo ha ocurrido, diseñemos algo bueno para practicar al día siguiente, algo pequeño, pero concreto, que un paso al frente, es el inicio de un gran cambio.