III Domingo de Adviento
15 de diciembre de 2019

La homilía de Betania


 

1.- DOMINGO GAUDETE, DOMINGO DE LA ALEGRÍA

Por Francisco Javier Colomina Campos

2.- LA MEJOR PRUEBA DE NUESTRA FE CRISTIANA SON NUESTRAS OBRAS CRISTIANAS

Por Gabriel González del Estal

3.- LLEGA LA SALVACIÓN: ESTAD ALEGRES

Por José María Martín OSA

4.- JUAN, TESTIGO FIEL

Por Antonio García-Moreno

6.- ¡ALEGRÍA, ALEGRÍA!

Por Javier Leoz

6.- PREGUNTEMOS A JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


JUAN BAUTISTA, EL AGUAFIESTAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- DOMINGO GAUDETE, DOMINGO DE LA ALEGRÍA

Por Francisco Javier Colomina Campos

En este tercer domingo de Adviento, Domingo Gaudete, Domingo de la Alegría, aparece con fuerza la figura de Juan el Bautista, el precursor. Jesús nos habla hoy del Bautista: “no ha nacido de mujer uno más grande que Juan”. Es el mensajero enviado por Dios para preparar su camino. En Juan Bautista se cumplen las promesas hechas desde antiguo por los profetas.

1. La esperanza de Israel: Dios viene en persona a salvarnos. Después del pecado original, como escuchábamos el pasado domingo, solemnidad de la Inmaculada, el mundo quedó sometido bajo la esclavitud del pecado. De este modo, el ser humano, por el pecado original, rompió la armonía consigo mismo, con el otro y con Dios. La tierra entera, toda la creación, quedó malograda. Pero Dios no deja que este sea el final de la historia. Ya desde antiguo, Dios había prometido a Israel un Mesías. Los profetas recordaron continuamente esta promesa de Dios. Así lo hemos escuchado, por ejemplo, en la primera lectura, del libreo del profeta Isaías: “Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará”. Este anuncio de la venida de Dios en persona está acompañado de signos: se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo de abrirán, saltará el cojo como un ciervo y la lengua del mudo cantará. En definitiva, desaparecerá toda tristeza y vendrá la alegría y la felicidad. ¿No es eso precisamente lo que tanto echamos en falta en nuestro mundo? Cuando miramos a nuestro alrededor, tantas veces nos cansamos de ver penurias, tristezas, sufrimientos y violencia. Por ello, la esperanza de Israel en la llegada de un Mesías ha de ser también la nuestra. Necesitamos la alegría y el regocijo, necesitamos que los débiles se fortalezcan, necesitamos que desaparezcan las injusticias y los sufrimientos. Por ello, el anuncio del profeta Isaías es tan actual hoy para nosotros: Dios viene en persona a salvarnos.

2. En Cristo se cumplen las promesas hechas a Israel: Id a decir a Juan lo que estáis viendo y oyendo. No son vanas las esperanzas de un Salvador que ha de venir. Pues nosotros, los cristianos, creemos que ese Mesías ha venido ya en Jesucristo. En Él, el Dios hecho hombre cuyo nacimiento celebraremos bien pronto, Dios ha cumplido su promesa y ha colmado nuestra esperanza. En el Evangelio escuchamos cómo Juan Bautista, el precursor, manda desde la cárcel a dos de sus discípulos para preguntarle a Jesús si es él el Mesías que ha de venir. En Juan Bautista vemos representadas las esperanzas de Israel y también nuestras esperanzas. La respuesta de Jesús a aquellos dos discípulos enviados por Juan es clara: contad a Juan lo que estás viendo y oyendo. Y es que la salvación que Jesús nos trae va acompañada de aquellos signos que Isaías había anunciado. Jesús devuelve la vista a los ciegos, cura a los inválidos, limpia a los leprosos, resucita a los muertos y anuncia el Evangelio a los pobres. Los milagros de Jesús que nos narra el Evangelio son los signos que acompañan la acción salvadora de Cristo. Podemos creer en Él porque hace lo que hasta entonces no había hecho nadie: curar enfermos y resucitar muertos. El certificado de autenticidad de la obra salvadora de Jesucristo son sus signos.

3. La esperanza del cristiano: Tened paciencia, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. Por eso, los cristianos tenemos la esperanza puesta en Cristo, el Salvador, el que ya vino hace dos mil años en Belén, Dios que vino en persona, pero que también ha de volver de nuevo para juzgar a los vivos y a los muertos. Así lo estamos recordando en este tiempo de Adviento. No sólo recordamos la primera venida de Cristo, también esperamos su segunda venida. Mientras tanto, no debemos desfallecer en la esperanza. El apóstol Santiago, en la segunda lectura, nos llama a mantenernos firmes en la esperanza, a tener paciencia. Es muy ilustrativo el ejemplo que nos pone el apóstol del labrador, que espera paciente el fruto de la tierra, muestras recibe la lluvia. En este tiempo de Adviento, pidámosle al Señor que acreciente nuestra esperanza. Ante este mundo en que vivimos, lleno de tristezas y de sufrimientos, esperamos con paciencia y con confianza al Señor que viene a traernos la alegría y el gozo de la salvación.

Este tercer domingo de Adviento es un domingo que nos llena de alegría, es el domingo Gaudete. Es la espera gozosa del Adviento. El Señor viene en persona, y con su llegada vendrá la alegría y el regocijo. Vivamos con paciencia, como nos ha dicho hoy Santiago, la espera del Mesías en este tiempo, pues Él, con su llegada, renovará nuestras fuerzas. Con María, madre de la esperanza y causa de nuestra alegría, seguimos avanzando por el camino del Adviento.


2.- LA MEJOR PRUEBA DE NUESTRA FE CRISTIANA SON NUESTRAS OBRAS CRISTIANAS

Por Gabriel González del Estal

1.- Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. Jesús, a los discípulos que Juan había mandado a preguntarle quién era, no les responde con un discurso de teología, sino diciéndoles que le digan a Juan cuáles son las obras que ven que está haciendo. En este siglo XXI en el que nosotros estamos viviendo también son nuestras obras la mejor y casi única prueba que podemos dar de nuestra fe cristiana. La gente no ve nuestro interior. Nuestro interior sólo lo ve Dios. La gente nos juzga por nuestras palabras y, sobre todo, por nuestras obras. Además, hoy vivimos en una sociedad mayoritariamente agnóstica y los discursos religiosos convencen hoy a muy poca gente. Desgraciadamente, en nuestro mundo, a pesar de ser una sociedad agnóstica, hay más religiones, y creencias religiosas, que nunca. Cada uno tiene su propia religión, es el Papa y Obispo de sí mismo. Por eso, nosotros, los católicos en concreto, tenemos que demostrar, con nuestras palabras y, sobre todo con nuestras obras, que somos fieles a nuestra jerarquía eclesiástica en la interpretación y puesta en práctica de nuestra fe religiosa. Que la gente nos pueda considerar católicos de verdad por lo que hacemos, por la puesta en práctica de nuestro credo religioso católico, amando a Dios y al prójimo, ayudando siempre a las personas que nos necesitan. Como hizo el samaritano, demostremos que somos católicos de verdad, siendo misericordiosos con los necesitados.

2.- En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Con esta frase, Cristo quiere dejar clara la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre los profetas anteriores a él, incluido Juan el Bautista y él mismo, Cristo Jesús, y sus discípulos. Después de Juan el Bautista, será Cristo nuestro único profeta y salvador. Por eso, debe ser el evangelio de Jesús, interpretado por los verdaderos representantes de Cristo, nuestra primera y máxima norma de conducta.

3.- Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará. Retornan los rescatados del Señor. El profeta Isaías -unos seiscientos años antes de Cristo- fue el gran profeta de la esperanza para el pueblo judío que volvía del destierro. Les anunció la pronta venida del Mesías de Israel que vendría a salvar a su pueblo del dominio extranjero y a instituir un reino de Dios definitivo y universal. Nosotros, los cristianos, siempre hemos usado palabras del profeta Isaías para referirnos a la pronta venida de nuestro Mesías, Jesús de Nazaret, que vino a nosotros para salvarnos y poner en marcha el reino de Dios. Ahora, en este tercer domingo de Adviento, domingo de la alegría, domingo <gaudete>, debemos usar estas mismas palabras del profeta Isaías con una enorme alegría y agradecimiento a nuestro Dios, por haberse encarnado en Jesús, naciendo pobre y humilde, en el portal de Belén. ¡Que el niño de Belén nos encuentre a cada uno de nosotros pobres y humildes como él, intentando que el reino de Dios se haga realidad en nuestros corazones y en esta sociedad en la que nosotros vivimos! Pidámoslo así desde el pequeño Belén de nuestro corazón.

4.- Hermanos, esperad con paciencia hasta la venida del Señor. Fortaleced vuestros corazones porque la venida del Señor está cerca. El apóstol Santiago, el apóstol de la fe con obras, nos pide ahora que seamos pacientes, esperando la venida de nuestro Mesías, con la paciencia con la que el labrador aguarda el fruto precioso de la tierra. Alegres, pues, con esperanza y paciencia, esperemos también ahora nosotros la pronta venida de Jesús y preparemos nuestro corazón, ya desde ahora, con fe y con obras, para recibir como se merece al Niño del Portal.


3.- LLEGA LA SALVACIÓN: ESTAD ALEGRES

Por José María Martín OSA

1.- “Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír”. Hacen falta profetas en nuestro mundo. Desde las lejanas tierras en que se encontraban dispersos, el profeta Isaías anuncia la vuelta a su inolvidable Jerusalén. Al llegar este anuncio de libertad el desierto de la existencia humana es recorrido por una corriente de vida y de alegría casi contagiosa. Las expresiones de felicidad se atropellan en los labios del profeta: "gozad, alegraos, floreced, sed fuertes, no temáis, venid a Sión con cantos, con gozo indestructible sobre el rostro, gloria y alegría se reúnen". El profeta anuncia la vuelta del exilio y el comienzo de los tiempos mesiánicos. Lo primero se produjo a partir del siglo VI a. C. con el rey Ciro de Persia, considerado el “Ungido” por muchos, que permitió el regreso de los repatriados y la reconstrucción de la religión judaica. Lo segundo sólo llegará con Jesús: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Es lo mismo que leyó Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Pero El añadió: “Hoy se cumple la Escritura que acabáis de oír”. Hoy a nosotros nos vienen bien estas palabras para que recuperemos la esperanza y, con ella, la alegría. Hoy, precisamente, es el domingo “gaudete”, de la alegría

2.- Jesús es nuestra salvación. Los discípulos de Juan descubrieron a Jesús por sus obras: "los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio". San Agustín comenta que es como si Jesús dijese "Ya me veis, reconocedme. Ved los hechos, reconoced al hacedor". Jesús es el auténtico profeta esperado desde todos los tiempos. El anuncia un mundo nuevo basado en el amor. Él es quien hace realidad este anuncio aquí y ahora, Él es el que da la vida por nosotros. Todos los que sufren encuentran alivio, consuelo y curación ante la presencia de Jesús. Si te encuentras mal, si tus fuerzas flaquean, si la enfermedad o el cansancio pueden contigo, acude a Él. Sus palabras son sus obras, míralo y tu vida cambiará. Por eso hoy estamos alegres, en este domingo porque la salvación, el tesoro que todos buscamos ha llegado a nosotros: es Jesús de Nazaret.

3.- Tenemos que ser pacientes. Necesitamos fe para dar sentido a nuestra vida, pero sólo la esperanza puede darnos ánimo para seguir el camino. Sin ella nos falta la fuerza para mantener viva la ilusión. ¿Por qué estará tan relacionada la sencillez con la alegría? El misterio de este Mesías que viene al mundo en un nacimiento tan pobre, junto a figuras que ocupaban el último peldaño de la escala social, es necesario acogerlo con la intuición típica del "profeta". En efecto, la pareja verbal "oír y ver" que Jesús recuerda a los discípulos del Bautista, evoca la capacidad de lectura profunda de la realidad característica del profeta que, bajo la superficie de las cosas, sabían intuir el dinamismo profundo y misterioso del actual salvador de Dios. También Santiago en su carta "pastoral" reclama esta misma claridad de visión que da la paciencia. Es la "paciencia" de los profetas, que han comprendido y sentido que "la venida del Señor está cercana". A pesar de estar viviendo en el panorama sofocante de las injusticias de las opresiones y de la violencia, han visto en los pobres el signo de que "el juez está a la puerta". Como el simple campesino que "espera pacientemente el precioso fruto de la tierra", que espera las "lluvias de otoño y de primavera", el creyente sabe esperar con paciencia la llegada del Salvador. Es un misterio que sólo pueden comprender los sencillos.


4.- JUAN, TESTIGO FIEL

Por Antonio García-Moreno

1.- NUESTRA TIERRA SE ALEGRARÁ. Canta el profeta Isaías las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz… Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.

Tierra nuestra, vida nuestra, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Esta sensación de inutilidad, esta impresión de estar sin nada que presentar ante Dios y ante los hombres, este miedo a no haber hecho casi nada por él, nada que tenga realmente valor a la hora de la verdad. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, también contigo, el prodigio de una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos. Y ya no quedarás baldío, y no sentirás el temor de pasar toda la vida sin pena ni gloria.

El profeta insiste en animarnos. Sin embargo tenemos las manos desfallecidas, las rodillas vacilantes, el corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentado.

Y paralelamente aumentan las neurosis, los infartos de miocárdico, los complejos, los miedos, las dudas, esa angustia vital que arrastra mecánicamente a los hombres, siempre con prisas... ¡Valor! No temáis, he ahí a nuestro Dios. Viene la venganza, viene la retribución, viene Dios mismo y nos salvará. No té intranquilices, no te apures, no te angusties. Ten confianza en el amor y en el poder de Dios. Que son tan grandes, tan grandes que se alargan hasta el infinito. Y siempre puedes estar seguro del Señor, sin que nada rompa el equilibrio de tu vida, sin que nada te preocupe seriamente, sin que nada te robe el sueño.

2. LA VIOLENCIA DE LOS SIGNOS. Siempre ha sido arriesgado decir la verdad. Por esta razón los profetas solían ser perseguidos y encarcelados, incomprendidos y objeto de burla... La liturgia de Adviento nos vuelve a presentar la figura del Bautista. Hoy lo vemos metido en prisión por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y sobre todo sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Heroidas no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez... Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.

Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.

No podemos avergonzaron de ser cristianos, no podemos camuflar nuestras ideas, no podemos traicionar nuestra fe, ni nuestra esperanza, ni nuestra caridad. El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio, o con una anuencia conformista. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser cerriles ni fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno, o como indiferente, lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto, o incluso chirriante y que crispa a quienes opinan lo contrario.

Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice Jesús, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí en una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.


6.- ¡ALEGRÍA, ALEGRÍA!

Por Javier Leoz

1.- “Alegría, alegría, alegría… alegría, alegría, y placer; esta noche nace el Niño en el portal de Belén”. Así comienza un villancico hispano y, en ese tono, estamos celebrando la liturgia de este domingo tercero de adviento. La alegría, porque un Niño nos va a nacer, será nuestro secreto, nuestra sonrisa, nuestra fortaleza en Navidad. Desde ahora, en este domingo, vislumbramos lo que acontece en Navidad. ¡Ojo! Que nadie sustituya ni nos robe la alegría cristiana derivándola hacia un puro sentimentalismo de luces, recuerdos y colores. ¿Ok?

Viene, Dios, a salvarnos. ¿Quién no se alegra cuando, en el incierto o negro horizonte, aparece una voz amiga o un rostro dispuesto a echar una mano?

Viene, Dios, y nuestras tristezas y llantos, tendrán un final. ¿Cómo no vamos a alegrarnos cuando, ante nosotros, se levanta todo un muro de incertidumbres, problemas, impaciencia o dificultades?

--Viene el Señor, y como canta un Himno litúrgico “Mas entonces me miras…y se llena de estrellas, Señor, la oscura noche”.

--Domingo del regocijo. En el mundo, desgraciadamente, no abundan las buenas noticias. Para una que viene envuelta en alegría, surgen otras tantas que nos sobresaltan y nos hacen morder el polvo de nuestra realidad: queremos pero no podemos ser totalmente felices. Lo intentamos, pero con todo lo que tenemos ¡y mira que tenemos! nos cuesta labrar y conquistar un campo donde pueda convivir el hombre; vivir el pobre o superarse a mejor el ser humano.

Por ello mismo, la cercanía de Jesús nos infunde optimismo e ilusión. Todo queda empapado, si no permitimos que otros aspectos se impongan al sentido navideño, por el gusto del aniversario que se avecina: la aparición de Jesús en la tierra.

2. ¿Deseamos de verdad esa visita del Señor? ¿En qué estamos pensando? ¿En quién estamos soñando? Porque, para celebrar con verdad las próximas navidades, hay que tener –no hambre de turrón ni sed de licor- cuanto apetito de Dios. Ganas de que, su llegada, inunde la relación y la reunión de nuestra familia; motive e inspire los villancicos; que, su inmenso amor, mueva espontáneamente y en abundancia nuestra caridad o que, el silencio en el que se acerca hasta nosotros haga más profunda y sincera nuestra oración.

Este Domingo de la alegría nos hace recuperar el brillo de la fe. Las ganas de tenerle entre nosotros. El deseo de que venga el Señor. La firme convicción de que, Jesús, puede colmar con su nacimiento la felicidad y las aspiraciones de todo hombre.

Amigos: ¡sigamos preparando los caminos al Señor! Y, si podemos, lo hagamos con alegría. Sin desencanto ni desesperación. El Señor, no quiere sonrisas postizas pero tampoco caras largas. El Señor, porque va a nacer, necesita de adoradores con espíritu y joviales. ¿Seremos capaces de ofrecerle a un Dios humillado y humanado, el regalo de nuestra alegría por tenerle entre nosotros? ¿No canta un viejo adagio aquello de “a un amigo agasájale sobre todo con la alegría de tu corazón”? ¿No es Jesús un amigo dispuesto a compartirlo todo con nosotros?

Que nosotros, ya desde ahora, celebremos, gocemos, saboreemos y nos alegremos del gran banquete del amor que, en tosca madera y por el Padre Dios, va a ser servido en un humilde portal.

Desde ahora, amigos, disfrutemos y gocemos con nuestra salvación. Y, como Juan, ojala que a esa gran alegría, por ser los amigos de Jesús, respondamos –más que con palabras- con nuestras obras. Es decir, con nuestra vida.

¡ALEGRÍA! ¡OJO CON LOS “CARAS-VINAGRES” DE LOS CUALES NOS PREVENÍA EL PAPA FRANCISCO!


3.- ¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Decimos que eres el esperado

pero ¡esperamos a tantos y tantas cosas!

Decimos que haces ver a los ciegos,

pero nos cuesta tanto mirar por tus ojos

Decimos que haces andar a los paralíticos,

pero se nos hace tan difícil caminar por tus senderos!

 

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Vienes a limpiar nuestras conciencias,

y nos preferimos caminar en el fango

Sales a nuestro encuentro para darnos vida,

y abrazamos las cuerdas que nos llevan a la muerte

Te adelantas para enseñarnos el camino de la paz,

y somos pregoneros de malos augurios.

 

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Porque tenemos miedo a cansarnos

Porque, a nuestro paso, sale el desánimo

Porque, en la soledad, otros dioses vencen y se imponen

Porque, las falsas promesas, se hacen grandes cuando Tú no estás

 

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Como Juan, queremos saberlo, Señor

Como Juan, quisiéramos preparar tu llegada, Señor

Como Juan, aún en la cárcel

en la que a veces se convierte el mundo

levantamos nuestra cabeza porque queremos que Tú nos liberes

 

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Si eres la alegría, infunde a nuestros corazones júbilo

Si eres salud, inyéctanos tu fuerza y tu salvación

Si eres fe, aumenta nuestro deseo de seguirte

Si eres amor, derrámalo en nuestras manos

para, luego, poder ofrecerlo a nuestros hermanos.

 

¿QUIÉN ERES TÚ, SEÑOR?

Quien quiera que seas…sólo sé que el mundo te necesita

Que el mundo requiere de un Niño que le devuelva la alegría

Que la tierra, con tu Nacimiento, recobrará la paz y la esperanza

Por eso, Señor, porque sabemos quién eres Tú…

Ven y no tardes en llegar…Señor¡¡


6.- PREGUNTEMOS A JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El Evangelio de este Tercer Domingo de Adviento plantea uno de los aspectos más difíciles de todo el relato de la Buena Nueva. Juan, el Bautista, hace preguntar a Jesús por la autenticidad de la misión como Mesías. El tema contrasta con las afirmaciones inequívocas que Juan ha hecho del mismo Cristo. El Bautista ya está en prisión y, probablemente, a pesar de su austeridad y de su escasa búsqueda de satisfacciones, siente la incertidumbre ante que no sea ese el camino de ambos: de Jesús y el suyo, el más adecuado. No es difícil imaginar la inquietud que sufre Juan cuando envía a sus discípulos con tal embajada. Quien había anunciado hasta el heroísmo la llegada del Salvador, duda en los últimos momentos. No es raro porque la psicología humana vive y lucha en un mundo de realidades inseguras y de creencias sometidas, siempre, a la duda. Ahí es donde hace falta el apoyo del Señor para no perder el camino.

2.- En la vida de los creyentes existen esos periodos de duda permanente, de vacilación. Parece como si Dios nos hubiese abandonado, aunque también ocurre que nosotros mismos somos capaces de crear unas expectativas que nada tienen que ver con el camino trazado por Dios. Sea como sea, con momentos terribles. Y dicha situación nos sirve para presentar aquí el frecuente camino de discrepancia que parece inundar todo el ambiente cristiano en muchas ocasiones. No es bastante con las separaciones, cismas o lejanías entre los seguidores de Cristo. En el mismo seno de la Iglesia Católica acontecen esas continuas acciones de discrepancia que, en la mayoría de los casos, no sirven para mucho. ¿Podría Dios librarnos de ellas y conseguir que el Espíritu Santo velase, siempre, por nuestra unidad de criterio? ¿Es eso lo deseable? No. Parece que no. En el trasfondo de cada discrepancia aflora la libertad de cada uno para pensar y opinar. Y Dios nos ha creado libres, aunque a veces reneguemos de esa libertad por lo costosa que es para nosotros ante, precisamente, esas posibilidades de cambios.

3.- Y ante la duda, ¿qué hacer? Pues lo mismo que hizo el Bautista: preguntar a Jesús. Y ante eso, sin duda, llegará la respuesta. Hay que aceptar la discrepancia, pero no hay que sacarla del ámbito de nuestra fe, ni tampoco intentar que nuestras posiciones sean las que ganen. Hay una necesidad permanente de conversar con el Señor --eso es la oración-- y ante lo que pedimos siempre nos llegará respuesta. Es necesario tener abiertos los ojos del corazón para recibir y discernir esa respuesta. En cualquiera de los casos, una nueva duda traerá otra petición de conocimiento a Dios y así sucesivamente. No hay más camino que el de la oración como posición final de nuestras dudas. Ciertamente, que será necesario estudiar y documentarse y, por supuesto, meditar en los caminos ya trazados por el Magisterio de la Iglesia.

4.- La experiencia demuestra que las convicciones humanas, sociales, históricas o ambientales influyen a veces más que las estrictamente religiosas. Hay una tendencia muy actual a valorar las posiciones en la Iglesia como progresistas o conservadoras. Y, en realidad, ambas definiciones suelen ser utilizadas como arma arrojadiza. Hay un ejemplo muy extendido en algunos medios de comunicación al referirse al actual Pontífice y tildarle de muy progresista. No es aceptable la idea de que Francisco sea un Papa revolucionario, pues es, a su vez, muy de los tiempos contemporáneos, muy de lo que la gente espera ahora de la Iglesia. Y unos temas pueden ser muy conservadores y otros. muy progresistas.

5.- El Evangelio habla de vida, paz, pacíficos, amor a los enemigos, humildad, mansedumbre y todo eso es lo contrario a la justicia inapelable, al castigo ejemplar, a soluciones últimas. Se supone que si nosotros somos buenos, nuestros enemigos serán los malos, los asesinos, los desalmados, los que merecen la pena de muerte. Y si les amamos, tenemos que perdonarles. Además solo Dios es propietario de la vida y eso afecta a todos los casos de destrucción de la misma, no hay diferencias particulares. La guerra --que tampoco es justificable-- solo puede estar permitida por la defensa propia. La pena de muerte planteada en el interior de un conflicto bélico llega –si es correctamente administrada— tras un juicio y es ese un acto de reflexión –en el tiempo y en la valoración del delito— en el que los hombres buscan una decisión justa. La única decisión justa respecto a la destrucción de la vida solo está en las manos de Dios. El seguimiento del Evangelio tiende a producir un posicionamiento de la conciencia que repudia toda violencia, incluso que la pudiera justificarse por hechos lícitos. Y esa paz y mansedumbre ha de marcar también los comportamientos sociales y políticos.

6.- Es sabido que la Iglesia condenó a Galileo por sus teorías ciertas sobre la obvia –hoy— redondez de la Tierra. Y Santa Teresa dijo que se sentía satisfecha por morir en el seno de la Iglesia. La frase contiene la idea de que, a pesar de su santidad, era fácil que la apartasen de la misma. Pero ahí está el límite. Antes de salir de la Comunión, de la opción a recibir “legalmente” los sacramentos, es mejor callarse. Aplicar un principio de humildad basado en que la verdad prevalecerá finalmente en el seno de la Iglesia por la presencia continuada del Espíritu. La dificultad aparece, no obstante, en la capacidad actual para difundir mensajes en medios masivos --como Internet--, los cuales pueden producir dudas o escandalizar. Eso es muy digno de tenerse en cuenta y, además, obrar en consecuencia.

7.- La Comunión de los Santos, la condición de la Iglesia como cuerpo del que Cristo es la cabeza nos va a ayudar. No estamos solos. Y una misteriosa relación superior entre todos los miembros del Cuerpo de Cristo nos apoya. En estos tiempos, necesitamos, asimismo, presentar a nuestra Iglesia como un camino actual, fuerte y sincero que pone en lo más alto el amor a Dios sobre todas las cosas y desde ese mismo amor irradia la ternura --en forma de servicio-- dirigida a nuestros hermanos. Sabemos, además, que Jesús quiere que todos los hombres se conviertan, pero para conseguirlo hay que llegar a ellos. Juan, el Bautista, tuvo dudas. Nosotros, hombres de hoy, también. Pero la respuesta de Jesús llegará enseguida. Y, sobre todo, en estos días del Adviento.

8.- Pablo pide paciencia a los creyentes. Es una virtud difícil. El hombre tiene instinto de superviviente y siempre está intentado cambiar, para su provecho, el curso de las cosas. En muchos casos eso será una acción interesante y, en otras, un auténtico suplicio. La serenidad de esperar no parece que sea una virtud muy extendida. Pero, sin embargo, es necesaria. Los momentos de duda e inquietud --los modernos agobios, el estrés, el bombardeo de noticias, etc.-- producen mucha ansiedad. Y la ansiedad es mala consejera. Jesús nos pide serenidad cuando dice "que cada día tiene su afán" e Ignacio de Loyola habla de que "en tiempo de desolación no hacer mudanza. Seria, precisamente, el santo fundador de la Compañía de Jesús, quien mejor iba a definir –en sus "Ejercicios Espirituales"— esas variaciones internas dentro de la vida espiritual. La "consolación" y la "desolación" definen momentos muy habituales del devenir religioso y condensan tantos cambios internos de carácter que, incluso, producen estupor. Pues, frente a esos cambios, hemos de ejercitar la paciencia, el comportamiento pacifico ante los avatares de la vida.

Qué la oración constante y humilde nos guíe. Ella nos ayudará a entender al camino para no estar diariamente preguntándole a Jesús si Él es el Mesías.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


JUAN BAUTISTA, EL AGUAFIESTAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Os puede extrañar, mis queridos jóvenes lectores, que haya escrito este título a este mensaje homilía, pero no me negareis que estos días que de una manera u otra los cristianos estamos pensando en la ingenuidad ilusionada de Belén, sacar a relucir a Juan Bautista parece sea meter la pata.

Navidad es una fiesta que el calendario occidental sitúa en el día 25 de diciembre. Los orientales podríamos decir que también, pero como se rigen por otro calendario, cae una jornada diferente.

Aun que debamos tener en cuenta tal disparidad, quien gana en protagonismo es la tradición latina, con su árbol, el turrón, el panetone, los vinos selectos y los manjares caros. Tanto embalaje no deja ver la realidad que centra o debería centrar la atención del fiel cristiano.

2.- La liturgia hace lo que puede para que su mensaje cale muy adentro nuestro y la Navidad sea lo más sincera y provechosa posible. Y el gozo sea mayor. Decimos que celebramos. Tal concepto implica que interviene en el suceso la totalidad de nuestra personalidad.

 La corporeidad, sí, proponeos a disfrutar de manjares agradables. Escogedlos como si a vuestro lado tuvierais un vecino habitante del Tercer Mundo, que también debe disfrutar con lo que puede encontrar en su país.

3.- No olvidéis el nivel espiritual. Tal vez asistir a un concierto o, más modestamente, escuchar mediante TV, CD o DVD, alguna composición selecta, que hay muchas. O comprar y leer un libro ad hoc. O visionar algún film que se refiera con fidelidad y elegancia a los hechos religiosos que recordamos.

Como siempre, pero si cabe más en este día, no olvidéis que estamos dotados de un nivel anímico o trascendental, del que carecen totalmente vegetales y animales. A una planta le convine un buen riego y gozar de temperatura adecuada, no lo olvidéis, Esta culminación de nuestro ser debe interesarnos mucho más que cualquier otra cosa.

4.- Vosotros sabéis que cuando se envía cualquier trasto a los espacios exteriores, se fabrica con gran esmero la punta que deberá abrirse camino, será la parte que experimentará más el roce y sufrirá más altas temperaturas. Se puede perder algún panel o aflojarse algún tornillo, pero el deterioro del morro no puede sufrir ningún percance. Así como se dota su superficie de esmerado pulido y la materia con que está hecho se prepara para que las altas temperaturas no la destruyan, así nuestro nivel trascendental debe estos días ocuparnos detalladamente.

5.- El Adviento es tiempo sí de esperanza, pero no menos de conversión. Llevamos al taller nuestro vehículo para que lo revise el mecánico antes de emprender un importante viaje. Observamos como revisa los niveles, comprueba la presión de los neumáticos y si alguna bombilla está fundida, la cambia. Nos fiamos de él, pese a que nos haga perder tiempo y pagar factura. Juan el Bautista fue un buen mecánico de sí mismo. Recibió el elogio del Señor. Observémosle e imitémosle.

6.- Juan el Bautismo, el mayor entre los nacidos, no se distinguió por su simpatía, ni por facilidad de adaptarse a las circunstancias que le rodeaban. No fue un junco, fue un roble. Los juncos por mucho que proliferen en las orillas de riachuelos y lavajos, poca utilidad tienen.