III Domingo de Cuaresma
24 de marzo de 2019

La homilía de Betania


 

1.- CONVERSIÓN HACIA LA PASCUA

Por Francisco Javier Corominas Campos

2.- EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

Por José María Martín, OSA

3.- PECADO MORAL Y CASTIGO FÍSICO

Por Gabriel González del Estal

4.- ESFUERZO PARA CONSEGUIR FRUTOS DE PENITENCIA

Por Antonio García-Moreno

5.- POR OPORTUNIDADES, QUE NO QUEDE

Por Javier Leoz

6.- HOY ES UN BUEN DÍA PARA REFLEXIONAR

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SER FIELES AL MISTERIO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- CONVERSIÓN HACIA LA PASCUA

Por Francisco Javier Corominas Campos

La liturgia de la palabra de Dios de este tercer domingo de Cuaresma nos sitúa en clave de conversión. Es lo propio en este camino hacia la Pascua. Dios nos urge hoy a convertirnos a Él, pues Él es nuestro salvador, nuestro liberador. Dios revela hoy su nombre: “Soy el que soy”, un Dios salvador, compasivo y lleno de misericordia.

1. Dios elige a Moisés y le revela su nombre. En la primera lectura de hoy escuchamos cómo Dios ha visto la opresión de su pueblo en Egipto, y decide llamar a Moisés para liberarlo. Por medio de una zarza que arde sin consumirse, Dios llama la atención de Moisés. Éste se sorprende ante este espectáculo admirable, y la curiosidad le lleva a acercarse a la zarza ardiente. Es ahí donde Dios le llama “Moisés, Moisés”. La respuesta de Moisés es de disponibilidad: “Aquí estoy”. Dios le hace ver que está ante su presencia, que la tierra que pisa es sagrada, pues ahí mismo Moisés se encuentra con la presencia de Dios. Dios se presenta a Moisés como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el dios de sus antepasados, y le expone cuál es la misión para la que le ha llamado: ser el liberador de su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero Moisés ofrece resistencia ante esta llamada: ¿Qué les digo a los israelitas cuando me preguntes cómo se llama este Dios que me envía? Y Dios revela su nombre: “Soy el que soy”. Dios es el que existe, el que es, el que está presente. Dios es el Dios cercano a su pueblo, el Dios que se preocupa por el sufrimiento de los suyos. En el salmo de hoy encontramos otra definición de Dios: el que es compasivo y misericordioso. Dios no se queda tranquilo ante el sufrimiento de su pueblo, por eso decide intervenir y liberarlos por medio de Moisés, que es enviado como liberador. Él sacará al pueblo de la esclavitud y lo guiará por medio del desierto hasta llegar a la tierra prometida. Este es un texto fundamental en la fe de Israel.

2. Moisés es figura de Cristo. Nosotros, los cristianos, vemos en Moisés la figura de Cristo, nuestro salvador. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, recuerda a los corintios de Corinto que lo que sucedió durante el éxodo fue una figura de Cristo, que mientras que Moisés guiaba al pueblo por el desierto, era Cristo quien les daba de beber. La fuente espiritual de la que bebieron los israelitas en su peregrinar por el desierto era el mismo Cristo. Él es en quien somos bautizados, como recordaremos al final de la Cuaresma en la noche de la Vigilia Pascual. Esa fuente viva es Cristo, y nosotros participamos de Él por medio del Bautismo. Pero Pablo recuerda en su carta que los que salieron de Egipto con Moisés no creyeron, no agradaron a Dios por su arrogancia, por su desconfianza de Dios, por eso perecieron durante el camino por el desierto. Así, san Pablo nos anima a no codiciar el mal, a no dar la espalda a Dios, a no ser arrogantes ante Él. San Pablo nos llama hoy a la conversión, a volver a Dios. Él es nuestro libertador, él es quien nos guía por el desierto de nuestra vida. En Él hemos de poner nuestra confianza y nuestra seguridad.

3. La paciencia de Dios. Jesús, en el Evangelio, nos apremia a la conversión. No podemos alargar más en el tiempo nuestra conversión y nuestra vuelta a Dios. Jesús nos lo explica con la parábola de la higuera. Dios es aquel señor que desea cortar la higuera que no da fruto. Pero el viñador, figura de Cristo, interviene ante aquel hombre para pedirle que tenga paciencia, que no corte todavía la viña, que espere un año para ver si da fruto. El viñador se compromete a cuidar la viña y a abonarla, en espera que finalmente dé furto. Nos recuerda Jesús con esta parábola que Dios tiene paciencia con nosotros, que es paciente y espera que demos fruto. Pero también nos apremia para que no retrasemos durante más tiempo nuestra conversión. El fruto de nuestras buenas obras, que comienza por la conversión y por dejar atrás lo que es malo y lo que no agrada a Dios, es lo que Él espera de nosotros. No retrasemos más nuestra conversión. Dios aguarda paciente a que volvamos a Él.

En este tercer domingo recordamos que la cuaresma es tiempo de conversión, y que la conversión no podemos retrasarla más en el tiempo. Dios nos salva a través de Cristo, nos saca de la esclavitud de nuestras malas acciones, pero nosotros hemos de corresponder a esa salvación. Dejemos atrás lo que desagrada a Dios, comencemos ya desde hoy a vivir las buenas obras que Dios espera, y con su gracia avancemos por el camino de la conversión en esta Cuaresma.


2.- EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

Por José María Martín, OSA

1.- "Dios sólo puede permitir el mal para conseguir un bien mejor". El comienzo de este domingo nos resulta realmente duro: "si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera". Esta frase desconcertante, al igual que la parábola de la higuera, nos hace ver la urgencia de la conversión. Dios nos ofrece la posibilidad de la conversión y tiene paciencia con nosotros. En ningún momento se deben interpretar estos textos como una amenaza de Dios. Quizá cuando nos ocurre algún mal pensamos en qué hemos ofendido a Dios. Es un error pensar así, pues Él no es vengativo ni sádico, sino "compasivo y misericordioso". Dios ni quiere el mal ni lo provoca, pero lo permite. Es un misterio que como tal no se puede explicar del todo, pero hay algo de lo que estamos seguros: Dios está a favor del hombre y si permite el mal es para salvaguardar nuestra libertad. Jesús luchó contra el mal y, por ende, cura a los enfermos, perdona a los pecadores, resucita a los muertos. A veces se escuchan frases como "Dios aprieta, pero no ahoga"; craso error es hablar así, pues no es El quien provoca el mal. Es más, incluso nos ayuda a luchar contra el mal. Por eso, hemos podido asumir ciertas circunstancias de nuestra vida, ante las cuales pensábamos que no íbamos a tener fuerzas. Con San Agustín podemos decir que "Dios sólo puede permitir el mal para conseguir un bien mejor". Cada uno de nosotros podría contar cómo en su vida esto se ha hecho realidad.

3.- Dios no soporta el mal del mundo, el mal moral consecuencia del pecado, y por eso nos hace hoy esta seria advertencia. No echemos la culpa a Dios de aquello de lo que nosotros somos responsables. En cierta ocasión un hombre, indignado tras contemplar a una niña hambrienta y aterida de frío tendida en la calle, acusaba a Dios de no hacer nada para remediar este dolor. En ese momento se oyó la voz de Dios que le respondió: "Claro que he hecho algo, te he hecho a ti...". Dios no tiene manos, pero cuenta con nuestras manos, no tiene labios, pero cuenta con nuestros labios. Somos nosotros los que debemos luchar contra el mal, como hizo Jesús. Vencer el mal es ponerlo al servicio del bien. Incluso podemos hacer buen uso de aquello doloroso que nos ocurre, pues ello puede ayudarnos a encauzar nuestra vida y a no dormirnos en los laureles, como nos dice Pablo en la primera carta a los Corintios: "el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga". En la lectura del Éxodo se muestra claramente la sensibilidad de Dios ante el pueblo que sufre.

3.- Dios no deja de darnos oportunidades. Cuando nos equivocamos de camino nos ofrece siempre la posibilidad de volver. Es más, cuida de nosotros y nos proporciona personas, como el viñador de la parábola, que nos ayudan a dar fruto. Son los mediadores de Dios… Todos hemos recibido en alguna ocasión la ayuda de una persona que Dios ha puesto en nuestro camino. Por otra parte, esta parábola es una llamada a la paciencia y a la vigilancia. ¿Damos a Dios los frutos que esperaba de nosotros? ¿Si nos llamara ahora mismo a su presencia tendríamos las manos llenas de buenas obras o, por el contrario, vacías? ¿Tenemos buen corazón, como el de aquel viñador que "intercede" ante el amo para que no corte el árbol? ¿Nos interesamos por la salvación de los demás, con nuestra oración y con nuestro trabajo evangelizador? ¿Somos como Jesús, que no vino a condenar, sino a salvar? Con nosotros mismos, tenemos que ser exigentes: debemos dar fruto. Con los demás, debemos ser tolerantes y echarles una mano, ayudándoles en la orientación de su vida. La paciencia de Dios contrasta con nuestra impaciencia. Queremos ver pronto los resultados, que todo se arregle en un instante, que se acabe de golpe con el mal. Y la vida no es así: se crece lentamente, se madura lentamente, no siempre se da el fruto deseado. Hay que saber, por tanto, adoptar una actitud de espera activa y positiva, como la de aquel viñador que dio un plazo más a la higuera y dejó abierta la puerta a la esperanza de una cosecha abundante.


3.- PECADO MORAL Y CASTIGO FÍSICO

Por Gabriel González del Estal

1.- Aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. A lo largo de las páginas del Antiguo Testamento es fácil comprobar que el pueblo hebreo creía que el mal físico era consecuencia del pecado moral. Cuando el pueblo se portaba bien moralmente, Dios le premiaba con salud, riqueza y victorias sobre los enemigos extranjeros; cuando el pueblo se portaba moralmente mal, Dios les castigaba con sufrimientos, pobreza y derrota frente a los enemigos. Por eso, en tiempos de Jesús, la gente pensó que la muerte de los que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más pecadores que los demás. Jesús aprovecha esta opinión de la gente para convencerles de la necesidad que todos tienen de conversión: todos, les dice, sois pecadores y en consecuencia todos necesitáis conversión, porque si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Es cierto que en este texto evangélico se une, de alguna manera, castigo físico con pecado moral. No se dice que la causa de la muerte de los que murieron aplastados por la torre de Siloé fuera por ser peores que los demás, pero sí se dice que todos necesitamos conversión, si no queremos perecer. Nosotros, en este siglo XXI, no creemos que el mal físico sea siempre consecuencia de un pecado moral; la enfermedad y las desgracias, en general, afectan igualmente a buenos y malos. Pero sí creemos que los pecados del hombre son, muchas veces, causa directa de múltiples males físicos: enfermedades, desigualdad social, violencias, guerras, etc. Lo que no podemos creer es que Dios sea el causante de nuestros males físicos: el cáncer puede afectar igualmente a un santo, como a un pecador. Dios quiere siempre nuestro bien y quiere que nosotros luchemos siempre contra el mal: contra el mal físico y contra el mal moral. Dios quiere que nos convirtamos y que, por nuestra conversión, atraigamos sobre nosotros su gracia y su bondad. Este puede ser el mensaje de este texto evangélico, en este tiempo de cuaresma: la necesidad de conversión para reconciliarnos con Dios.

2.- Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas. ¡La paciencia de Dios! Dios siempre espera nuestra conversión; nos cuida y nos abona con su gracia, para que podamos dar frutos de buenas obras. Somos viña de Dios y Dios espera de nosotros buenos frutos. La cuaresma es tiempo de preparación para la Pascua; en este tiempo debemos cuidar nuestra viña, la viña que Dios nos ha dado, limpiándola de las malas hierbas de nuestros vicios y malas tendencias, y abonando con nuestros ayunos, nuestra oración y nuestras limosnas, la cepa de nuestra alma. Sin la poda del invierno y las lluvias de la primavera la cepa no podrá dar fruto en verano.

3.- He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, me he fijado en sus sufrimientos, voy a librarlos de los egipcios, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa. Un alma dominada por sus malas pasiones es una alma esclava, sólo la gracia de Dios puede librarla de su esclavitud. Nuestro Dios, el que siempre “es”, es un Dios bueno y compasivo, que nos envió a su Hijo, como nuevo Moisés, para librarnos de la esclavitud de nuestros pecados. Dejémonos conducir por Jesús, el enviado de Dios, hacia una tierra nueva y hacia un cielo nuevo, donde ya no haya ni esclavitud, ni pecado. Guiados por Jesús, nuestro nuevo Moisés, caminemos a través del desierto de la cuaresma, hacia la tierra nueva de la Pascua.

4.. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquellos. San Pablo se refiere a todos aquellos israelitas que, caminando hacia la tierra prometida, murieron en el desierto, por no agradar a Dios. San Pablo les dice ahora a los primeros cristianos de Corinto que “aquello fue escrito para nuestro escarmiento”, para que sepamos que si nosotros no aprovechamos la gracia que Dios nos ha dado por medio de su Hijo, también podremos correr la misma suerte. Cristo vino para salvarnos, pero si nosotros codiciamos el mal, también nosotros caeremos. “Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”.


4.- ESFUERZO PARA CONSEGUIR FRUTOS DE PENITENCIA

Por Antonio García-Moreno

1.- AQUÍ ESTOY. AQUÍ ESTAMOS. "En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró..." (Ex 3, 1). Moisés ha huido de Egipto, se ha refugiado en la tierra de Madián. Él había querido ayudar a su pueblo, se interpuso en aquella pelea de hermanos, entre aquellos hombres que llevaban la misma sangre de los patriarcas en sus venas. Pero no aceptaron su mediación, le echaron en cara el haber defendido con la violencia a un hebreo, tratado con crueldad por un capataz egipcio. Ante aquella actitud desconcertante de repulsa, ante aquel peligro de ser denunciado por la gente de su mismo pueblo, Moisés abandona precipitadamente la corte del faraón y se refugia en la heredad de Jetró.

Ahora sus manos están encallecidas por el rudo cayado de pastor; su piel curtida por el viento solano del desierto, su alma serenada por el silencio y la soledad de los campos de Madián. Y un día la voz de Yahveh, el Dios de su pueblo, se dejó oír entre el chisporroteo de una zarza que arde: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Aquí estoy. La voz de Dios que llama. También a nosotros. También a ti. Por tu nombre propio. Ojalá respondas como Moisés: Aquí estoy. Disponibilidad, presteza para secundar los planes de Dios en tu vida. Prontitud para seguir la voz de la conciencia, la voz del Señor que resuena constantemente en tu vida de cada día, pidiendo tu colaboración, tu lealtad a tus compromisos de hombre cristiano.

"El Señor le dijo: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos" (Ex 3, 7). Israel gime atormentado por la opresión del yugo de su esclavitud. El faraón pretende exterminarlo lentamente, sacándole todo el provecho posible, explotándolo miserablemente. El trabajo aumenta y la ración de comida disminuye. Los hebreos claman en el estrépito del trabajo y en el silencio de las claras noches junto al Nilo. Dios se compadece de aquella situación y decide libertarlos. Ese amor infinito del Señor va a desplegarse en mil prodigios y señales. Él no puede consentir por más tiempo aquella penosa situación. Es como si no sufriera el ver a los suyos maltratados de aquella forma.

Señor, hoy también hay opresión, hoy también existen injusticias, penas, sinsabores, angustias, miedos, situaciones insostenibles. Hay muchos que gimen y que lloran en mil rincones del mundo. Muchos que pasan hambre, muchos que no tienen fe, muchos que malviven sin ninguna esperanza, muchos que mueren sin un poco de cariño... Una multitud de seres desgraciados que extiende sus brazos escuálidos, pidiendo compasión para tanta miseria. Sí, Señor, míranos. Aquí estamos. Te lo pedimos, vuelve a nuestra tierra, sácanos de la esclavitud, condúcenos con mano firme, a través del desierto, hacia la Tierra de Promisión.

2.- COMO HIGUERA SIN FRUTO. "...y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo” (Lc 13, 3).De ordinario tendemos a juzgar con ligereza a los demás. Nos inclinamos a pensar mal acerca de la conducta de los otros. En el pasaje de este evangelio algunos se acercan a Jesús para contarle que unos galileos han sido ejecutados por Pilato. El Señor les escucha y al mismo tiempo lee sus pensamientos. Por eso les pregunta si se creen que aquellos que murieron eran más pecadores que los que se libraron. Si piensan así, están equivocados. Los males que sobrevienen al hombre no siempre se han de considerar como un castigo de Dios. A veces puede incluso ser un bien inapreciable, una ocasión para purificar el alma, un sacrificio que ofrecer al Señor en reparación de los pecados propios y ajenos, una oportunidad para unirse a Jesús crucificado y cooperar con el propio dolor a la redención de las almas. Por tanto, no seamos ligeros al juzgar, ni pensemos que el mal que nos puede sobrevenir es señal de una culpa, que Dios castiga. Alguna vez puede ser así, pero no siempre lo es.

Por otra parte, nuestro Señor toma ocasión de esos hechos en los que algunos han sufrido la muerte, para recordar a sus oyentes. Y a todos nosotros, que es preciso convertirse para no perecer por nuestras culpas, para que si viene el mal nos sirva de salvación y no de condenación. Sí, hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, hemos de cambiar a una vida santa, si realmente queremos estar con Dios. Y que nadie diga que él no necesita convertirse. Si alguno piensa de esa forma, es un pobre soberbio que más que nadie corre el peligro de ser castigado por Dios. Recordemos otra vez que el justo peca siete veces al día, pero siete veces se levanta, mientras que el impío cae y permanece en su caída. La diferencia entre uno y otro no está, por tanto, en que uno peca y el otro no, sino en que uno se arrepiente y se convierte, mientras que el otro se obstina en su pecado.

Termina el pasaje evangélico con la parábola de la higuera que no acaba de dar fruto. Tres años sin echar higos, deciden al dueño a cortarla de una vez. Pero el viñador le pide al amo un año más. Él la cavará y la abonará bien, a ver si así da fruto, y si no, se cortará el árbol. Miremos nuestra propia vida, veamos si somos como esa higuera, consideremos que quizá sea este el último año que el Señor nos concede para que demos el fruto debido. Tratemos de rectificar nuestra conducta indolente, nuestra vida vacía de amor a Dios y de buenas obras. Hagamos un esfuerzo para conseguir frutos de penitencia, no sea que el Señor se acerque a buscar nuestro fruto y estemos sin él. Pensemos en aquella otra higuera que sólo tenía hojas y que Jesús maldijo, secándola para siempre.


5.- POR OPORTUNIDADES, QUE NO QUEDE

Por Javier Leoz

Las tres lecturas que vamos a escuchar cobran muchísima fuerza. nos sirven para iluminar este domingo donde, a las claras, contemplamos el rostro de un Dios que es cercano, afable, paciente y misericordioso

1.- Condujo en diversas circunstancias, con patriarcas y profetas, a un pueblo al que amaba con locura y, ahora con Cristo, de nuevo sale a nuestro paso para infundirnos valor. Espera nuestro retorno, aunque constantemente hagamos ademán de vivir sin Él.

En multitud de ocasiones, como aquel pueblo dirigido por Moisés también corremos el peligro de mirar hacia atrás. De pensar que, lo que abandonamos, es mejor que aquello que nos aguarda en la Tierra Prometida. ¿Es así o no? ¿O acaso no pensamos que, en algunos momentos, es mucho lo que situamos a un lado por seguir a Jesús? ¿Es pérdida o ganancia creer en El? ¿O es que, en algunos instantes, no dudamos si Dios está al frente de nosotros o que caminamos huérfanos y sin rumbo?

2.- Cuando nos asomamos a la ventana de tantos desastres humanitarios o terrestres y podemos concluir que, Dios, parece haberse desentendido del mundo. ¿Es así? Por supuesto que no. Dios sufre con el pueblo que sufre; Dios tiembla, con el pueblo que tiembla; Dios llora, con el pueblo que llora. Y, además, en esos avatares de destrucción, le inyecta valor y fe para superar aquellas realidades difíciles que surgen en contra de la felicidad del propio hombre. El pueblo de Israel las padeció (y contó con el auxilio de Dios) y nosotros, como pueblo de la Nueva Alianza, seguimos soportando diversas encrucijadas y el Señor no deja de alentarnos para que, nuestro existir, tenga una cabeza, una fuerza que nos impulse avanzar: nuestra confianza en EL. Las situaciones que nos aquejan preocupan o escandalizan (por ejemplo los que viven sin cruz pero se burlan de ella, los que no frecuentan la eucaristía pero no dudan en deslizarse en un templo con su pecho descubierto o los que no rezan pero son capaces de mancillar el padrenuestro lejos de acobardarnos nos ha de instruir en una dirección: ser pacientes, fuertes y sabedores de que el Señor siempre saca, hasta del estiércol, cosas buenas.

3.- En el miércoles de ceniza, el Señor, nos invitó a la conversión. Nos recordó que éramos su viña. Pueblo de su propiedad. Nación consagrada. Y que, esa viña (con higuera incluida) ese pueblo o nación, han de ser cuidados con la oración, la penitencia o la caridad. ¿Cómo van esos propósitos? ¿Hemos avanzado en algo? ¿Hemos salido del vacío para llenar nuestra vida de contenido? ¿Hemos socorrido alguna necesidad material o espiritual? ¿Nos hemos alejado de algunos aspectos extremadamente opulentos, artificiales o superficiales? ¿Somos conscientes de la variedad de oportunidades que Dios nos da para realizarnos?

La cuaresma avanza y los frutos han de aflorar por las miradas de nuestros ojos (¿son para Dios?). Por las yemas de nuestros dedos (¿Buscan el bien de los demás?) Por la sinceridad de nuestras palabras (¿Buscan y propagan la verdad?).

4.- Dios sigue esperando, y mucho, de nosotros. No siempre saldrán las cosas como nosotros pensamos y como Dios merece. Pero la realidad es esa: Dios nos quiere optimistas y no derrotistas y en el camino de la fe. Aún en medio de dudas y de complicaciones, de pruebas y de sufrimientos no sólo espera de nosotros mucho sino que, además, se compromete para que como propietario de la viña de la que formamos parte, sigamos sembrando ilusiones y esperanzas, el evangelio y sus mandamientos allá donde estemos presentes.

No podemos quedarnos de brazos cruzados. El riesgo de muchos de nosotros, de los que nos decimos cristianos, es que nos conformemos con ser simples ramas de un frondoso árbol. Es decir; que cobijados o justificados bajo el paraguas de un Dios tremendamente bueno, renunciemos a mostrar la mejor cara de nuestra vida cristiana. A ser pregoneros de su presencia en un mundo que le margina. A ser defensores de los valores del Evangelio en una atmósfera colapsada por tantas palabras mediocres, baratas e insensatas. En definitiva: no nos limitemos a llevar una vida cristiana en tono menor.

5.- ¿QUÉ FRUTOS, SEÑOR?

Me pides confianza y, por lo que sea,

prefiero mirar hacia atrás

que saborear y soñar con lo que en Ti me espera

Deseas el fruto de mi constancia y, a la menor,

me dejo enredar por los hilos de la pereza,

la tibieza o las dudas, la fragilidad o la torpeza.

Sueñas con un futuro bueno para mí,

y me encuentras soñando con otras cosas

con otras instancias que no son las tuyas

con una tierra muy distinta a la que Tú me ofreces.

Estoy en la higuera, pero la higuera de mi vida,

no siempre fructifica en lo santo, noble y bueno.

Miras a las ramas de mis días

y, lejos de comprobar cómo despuntan sus yemas

me limito a vivir bajo mínimos,

a dar aquello que me conviene y no me molesta

a fructificar, poco o nada, si no es beneficio propio.

 

¿QUÉ FRUTOS, DARTE, SEÑOR?

Mira mi miseria,

y dejándome arrastrar por tu riqueza

ojala recojas de mí aquello que a tu Reino convenga

Acoge mi buena voluntad,

y lejos de echarme en brazos de la vanidad

descubra que, sólo Tú y siempre Tú,

eres la causa de lo bueno que brota en mí.

Perdona mi débil cosecha,

y, sigue sembrando Señor, para que tal vez mañana

puedas despertar, descubriendo en mí

aquello que, hoy, brilla por su ausencia:

frutos de verdad y de amor

de generosidad y de alegría

de fe y de esperanza

de confianza y de futuro

de vida y de verdad.

Y no te canses, Señor, de visitar tu viña,

tal vez hoy, puede que no,

pero mañana, con tu ayuda y mi esfuerzo,

brotará con todo su esplendor

la higuera de mi vida

Amén


6.- HOY ES UN BUEN DÍA PARA REFLEXIONAR

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Todo proyecto necesita, en un momento dado, de análisis y prospección del camino recorrido. Sea lo que sea. Y así el esfuerzo de reforma que nos pide la Cuaresma también necesita de examen. Y más ahora que estamos a la mitad de este tiempo fuerte de preparación. Podríamos dedicar la festividad del Tercer Domingo de Cuaresma para ver cómo va todo. No es que quede muy lejano el Miércoles de Ceniza, no; pero es verdad que nuestra vida suele ir muy rápida, con muchas obligaciones y trabajos. Y, desde luego, lo mejor que podemos hacer es atender a esas cuestiones laborales y profesionales que llenan nuestra vida. Pero, igualmente, hemos de tener tiempo para reflexionar sobre las cuestiones de fe que hacen que nuestra vida sea mejor.

2.- La reflexión pausada en torno a la Palabra de Dios que se nos muestra cada domingo es un buen método para esa necesaria introspección analítica de nuestra vida y de nuestra forma de acometer la existencia. No son estas, queridos amigos y amigas, unas palabras grandilocuentes o excesivamente “serias”. No. Hemos de parar y reflexionar. Veamos, pues. ¿Qué nos puede decir a nosotros en este domingo de marzo de 2019 el episodio de la zarza que arde sin consumirse? Sin duda, nos puede llamar la atención como a Moisés la permanencia en la combustión de una zarza seca que suele arder rápidamente, en pocos minutos, sobre todo en terrenos tan secos como los desiertos del Oriente Medio. Un hecho extraordinario nos atrae y nos asusta al mismo tiempo. Y es lo que le ocurrió a Moisés. Y no olvidemos, algunas veces fenómenos no habituales de la propia naturaleza nos hacen pensar inmediatamente en Dios.

3.- Ya tenemos a Moisés ante la zarza que arde y la presencia clara de Dios no se hace esperar. El relato del capítulo tercero del Libro del Éxodo es de gran belleza y nos muestra la relación entre Dios y Moisés, sin duda una de las más asombrosas de toda la Biblia. El propio Señor le enseña a Moisés como ha de comportarse en su presencia. Es, pues, un ejemplo de una insondable belleza y pleno de lógica. Dios anuncia a Moisés que librará a su pueblo de la opresión egipcia y que ha de ser el mismo Moisés quien anuncie a ese pueblo lo que va a hacer el Señor. Y, entonces, la pregunta es sencilla, muy obvia. ¿Y cuál es tu nombre? ¿A quién tengo que anunciar? ¿De parte de quien digo que voy? Lógico, ¿no? Y se produce una grandiosa lección teológica en esos momentos. Dios responde que no tiene nombre, que esta tan grande su realidad que solamente puede ser definido con una frase demasiado obvia y casi oscura: “Soy el que Soy”. Al conjugar ese verbo surge la fórmula del nombre hebreo de Dios “El que es”, Yahvé. Luego, muchos años después, al intentar pasarlo al griego se dio la traducción de una palabra que da una concreción ajena al pueblo hebreo, Teos, Dios. A su vez, Jesús de Nazaret, quien mejor enseñó quien era y como era “El que es”, lo llama Padre, Mi Padre, Vuestro Padre. Quedaba vigente el “sin nombre”. “El que es”. ¿Hermoso, verdad?

4.- Y san Pablo en la segunda lectura, que procede la primera Carta a los fieles de Corinto, relata el camino recorrido por Moisés y el pueblo hebreo diseñado por “El que es”. Y en ese peregrinar por el desierto ya estaba prevista la salvación ejercita por Cristo Jesús. Él era la fuente de agua viva necesaria para subsistir en terreno de zarzas y alimañas y, también, alimento venido del cielo para recorrer el camino hacia la salvación. A veces, a nosotros los cristianos, nos parece exagerado o inapropiado el Antiguo Testamento para nuestro concepto de fe y de religión. Y, sin embargo, todo está relacionado. Dios Padre, “El que es”, procura, intenta, a lo largo de toda la descripción veterotestamentaria, que su pueblo no le olvide, que no adore a ídolos, a dioses extranjeros”. Está, como el Padre de la parábola del Hijo Pródigo, esperando en lo alto del promontorio del camino a que aparezca la figura del hijo perdido. En un momento dado, en un tiempo ya de madurez de la existencia humana, ese Dios totalmente enamorado de un pueblo, siempre díscolo y errático, envía a su propio Hijo –se envía a sí mismo—para lograr la reconciliación definitiva… Y, ¡caramba!, si el esfuerzo de Dios está siempre presente, ¿hemos, nosotros, de darle la espalda?, ¿no hemos de corresponder a ese amor entregado con un estado de cosas más afín a lo que el Señor quiere?

5.- En el evangelio de Lucas, que acabamos de escuchar, se nos pide lo mismo que “El que es” ha ido rogando durante toda la historia de la humanidad: que nos convirtamos a Él, y que sigamos el camino unidos. Jesús nos pide conversión. Pero, además, da una lección importantísima respecto a Dios, Su Padre. Pilato que despreciaba gravemente las creencias de los judíos había derramado y mezclado sangre humana con la animal de los sacrificios. Eso era una gran desgracia. Sin duda, a esos galileos ajusticiados por el gobernador romano habían sufrido un gran agravio final. Y Jesús aclara que no es el pecado lo que produce la muerte, ni Dios, “El que Es”, busca la muerte del pecador, su aniquilación. La enfermedad tampoco es producto del pecado. Ninguna transgresión a la voluntad de Dios se salda con una venganza del Señor. Y, sin embargo, los judíos lo creían así. Y mucha gente de ahora también, cuando evalúa las grandes desgracias de nuestro tiempo, lo hace si fueran castigo divino. ¿Son los terremotos terribles de Haití y Chile un castigo de Dios? Claro que no.

6.- La enseñanza fundamental que nos muestra Lucas en el evangelio de Dios es la misericordia de Dios y su espera permanente a que el pecador se convierta: la higuera sin fruto recibe su oportunidad para que cambie. Una vez más la replantará, la regará y esperará un año más para que dé fruto. Y esta espera es muy oportuna, porque nos dice a nosotros que todavía estamos a tiempo de rectificar y que Dios lo espera. Aprovechemos esta “tregua” que Dios nos ofrece. Apliquemos nuestro mejor ejercicio de reflexión para evaluar cómo marcha el camino de conversión, de vuelta de nuestros ojos a Dios. Eso es, en definitiva lo que nos piden las lecturas de hoy.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


SER FIELES AL MISTERIO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- La escena de la zarza que ardía sin consumirse, en el desierto, próxima a donde se encontraba Moisés, es un episodio muy atractivo. Estéticamente, enormemente pintoresco. Enigmático también. Leeréis, mis queridos jóvenes lectores, muchas interpretaciones o explicaciones del fenómeno descrito en el libro del Éxodo, como si se tratase de una combustión cualquiera.

Cuando en una chimenea hogareña contemplamos el fuego que brota por encima de las brasas, no se nos ocurre analizar la composición de los gases que se desprenden o la estructura de las partículas que no llegan a arder del todo y se tornan incandescentes. Os gusta el fuego y os calienta y ya es suficiente. El rato pasado allí os suscitará ideas, sacaréis conclusiones, imaginaréis proyectos. Es fuego, este chiquito, fuego amaestrado que arde en un rincón acogedor de la casa, siempre es sugerente.

2.- El Sinaí es un desierto de montañas. Montañas ariscas y rocosas, de escasísima vegetación, de poquísimos hábitats humanos. Los beduinos, de cuando en cuando, a veces muy lejanos unos de otros, levantan por entre los wadis sus haimas, procurando que estén cercanas a alguna humedad, felices si encuentran que brota algún hilillo de agua por entre las rocas. (os confieso, mis queridos jóvenes lectores, que palmeras rodeando un humedal he visto bastantes, que emergiera un chorrito tratando de alejarse, en una sola ocasión)

El desierto es soledad, meditación, elevación del espíritu, por eso fue el lugar apropiado para comunicarse Dios con su escogido. Llama la atención de Moisés el fuego, le inicia en el diálogo sobrenatural la advertencia de una voz que le exige se descalce, ya que está pisando tierra santa. Atento el Señor se manifiesta, no con teorías o demostraciones. Le habla de experiencias, de historias de sus ancestros. No arguye con teorías, ni discute opiniones. La Fe no es nunca erudición, por diplomas que pueda merecer.

3.- Pese a la explicación que no exige discusiones, el Señor se mantiene atento y amable. Le pregunta Moisés su nombre, le pide ayuda para cumplir la misión que le ha encargado y Dios le da una explicación que podrá entender un poco, más bien aceptará y es suficiente. El nombre, en la concepción semítica, es la explicación de su ser, la definición de su identidad, cosa imposible de abarcar un ser humano, respecto a la realidad divina. Pero no se lo quita de encima diciendo que Él ordena y manda y a su confidente le toca exclusivamente obedecer. La enigmática explicación que de sí mismo le da, ya es elocuente. Dios es misterio, algo así como lo es el fuego, pero a lo grande.

4.- En la historia humana también interviene el misterio. Un misterio pequeñito en comparación con lo que es el otro. Pero un misterio que acuciantemente molesta muchas veces. Aparece súbitamente un diagnóstico clínico fatal y el hombre reclama explicaciones. Si este muere, se dice a sí mismo, alguna razón debe existir. Tal vez sea consecuencia de su maldad, opina. O de la ineptitud culpable del médico que le atiende. La muerte incomoda, hasta la del suicida. Debemos estar preparados para admitirlo. La muerte no es el final, mis queridos jóvenes lectores, es el inicio de otra existencia para la que debemos prepararnos. Es preciso que como a las plantas, cavemos el terreno donde vayan a crecer, protejamos de las posibles granizadas que destruyan sus brotes, abonemos la tierra, solo así, sin saber del todo cómo, tendremos la esperanza futura de que nos será propicio.

5.- Como bien sabéis que me gusta daros explicaciones de acontecimientos que lo propician, os comentaré algún detalle. Se referiría Jesús a algunos terroristas galileos que el gobernador había condenado a muerte y cuya sangre, brotada de la herida de la espada, la mezcló con la que manó de una víctima animal apuñalada y juntas quedaron en el ara. La gente de aquel tiempo nada sabían de plasma, leucocitos y hematíes. La sangre era vida y la vida de unos humanos la autoridad extranjera la había condenado a mezclarse, a hacerse vida animal. Terrible sentencia. No da el Maestro explicaciones biológicas, que tampoco hubieran entendido, se limita a sentenciar que lo importante es la buena conducta, el bien obrar ciudadano, la fidelidad a la Ley recibida en el Sinaí.

6.- En aquel tiempo como ahora, no se podía evitar del todo la posibilidad del accidente laboral. No hay que buscar explicaciones o culpabilidades a las piedras. Causas habrá sin duda, pero no hay que buscarlas en la bondad o maldad de la persona-víctima. Dios no tiene prisa y si un comportamiento merece castigo, dispone de la eternidad para imponerlo. Hay que ser bueno sin miedo, por pura fidelidad. Se había pensado que el percance del derrumbe de la torre hubiera ocurrido donde hasta hace poco tiempo se situaba la antigua piscina de Siloé. Hoy se sabe y se han descubierto las ruinas de la auténtica, aguas abajo y no muy lejana. Alguien había supuesto que la base de un minarete que hoy vemos pudiera haber sido la torre de la que habla el fragmento del evangelio de hoy, pero no fue así. Las investigaciones arqueológicamente lo demuestran