XXIX Domingo del Tiempo Ordinario
20 de octubre de 2019

La homilía de Betania


 

1.- ORAR Y COLABORAR CON DIOS

Por José María Martín OSA

2.- EL DOMUND MISIONERO

Por Gabriel González del Estal

3.- SEAMOS PERSISTENTES

Por Javier Leoz

4- HAY QUE REZAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE

Por Antonio García-Moreno

5.- RECORDAR A LOS MISIONEROS CADA DIA

Por Francisco Javier Colomina Campos

6.- EL SILENCIO DEL HOMBRE

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ORAR Y COLABORAR CON DIOS

Por José María Martín OSA

1.- Es necesario pedir con confianza. Si el domingo pasado Jesús nos recordaba que tenemos que dar gracias en nuestra oración por los dones que Dios nos regala, hoy nos recuerda que también es bueno pedir. La verdad es que no hace falta que nos recuerde que pidamos, pues es lo que hacemos habitualmente, más difícil nos resulta dar gracias. Sin embargo, también es bueno pedir, por eso Jesús cuenta la parábola del juez inicuo para explicar cómo tenemos que orar siempre sin desanimarnos. Al pedir reconocemos nuestra limitación y ponemos nuestra confianza en Dios. Como dice San Agustín "la fe es la fuente de la oración, no puede fluir el río cuando se seca el manantial del agua". Es decir, quien pide es porque cree y confía. Pero, al mismo tiempo la oración alimenta nuestra fe, por eso le pedimos a Dios que "ayude nuestra incredulidad".

2.- Pedir y colaborar para conseguir lo que se pide. Ocurre que frecuentemente no sabemos pedir y nos decepcionamos si Dios no nos concede lo que pedimos. No puede ser que Dios conceda a todos acertar el número de la lotería y es imposible que conceda a la vez la victoria a dos aficionados de dos equipos distintos que se enfrentan entre sí. Dios no es un talismán, o un mago que nos soluciona los problemas. Cuando pedimos algo nos implicamos en eso que pedimos y nos comprometemos con lo que suplicamos. Por ejemplo, si pedimos por la paz nos estamos comprometiendo nosotros mismos en ser pacíficos y constructores de paz. Lo otro es pedir a Dios que nos saque las castañas del fuego sin mover nosotros un solo dedo. Jesús nos anima a perseverar en la oración con insistencia, pues entonces estamos demostrando nuestra total confianza en Dios. Pero no pidamos imposibles, no podemos obligar a Dios a alterar el ritmo de la naturaleza. Pidamos mejor que sepamos aceptar nuestras limitaciones y sobre todo sabiduría para asumir lo que no podemos cambiar. Cuando llega el dolor o la enfermedad tan importante es pedir la curación como aceptación y confianza serena ante la enfermedad.

3. – Pedir en comunidad por las necesidades de los hermanos. No cabe duda de que la oración en común tiene más sentido y me atrevería a decir que más fuerza. En el momento de las preces de la Eucaristía alguien lee o presenta la petición y todos nos unimos a él/ella diciendo "¡Te rogamos óyenos!". Hemos de pedir no sólo por nosotros o por los nuestros, sino también por todos los que lo necesitan. No olvidemos que somos el cuerpo de Cristo y cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre. A veces las peticiones que hacemos en la Eucaristía resultan demasiado formalistas o rutinarias. Deberíamos dejar campo a la espontaneidad y dar oportunidad para que el que quiera exprese su necesidad para unirnos en su oración. Es verdad que Dios conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, también un padre sabe lo que necesita su hijo, pero le gusta que se lo diga, pues es señal de confianza en él. Dios te dice cada día: "si me pides soy don para ti, si me necesitas, te digo: estoy aquí, dentro de ti".

4.- ¿Cómo orar? Hay 5 detalles que hemos de tener en cuenta al ponernos en oración: buscar el lugar adecuado, hacer silencio, hablar con Dios, escucharle y darle gracias. En la era del teléfono móvil o celular voy a mostrar ocho reglas para hablar con Dios:

*1.- Marca el prefijo correcto, no a lo loco.

*2.- Una conversación telefónica con Dios no es un monólogo. No hables sin parar, escucha al que te habla desde el otro lado.

*3.- Si la conversación se interrumpe, comprueba si has sido tú el causante del "corte".

*4.- No adoptes la costumbre de llamar sólo en casos de urgencia. Eso no es trato de amigos.

*5.- No seas tacaño. No llames sólo a horas de "tarifa reducida"; es decir, cuando toca o en fines de semana. Una llamada breve en cualquier momento del día sería ideal.

*6.- Las llamadas son gratuitas y no pagan impuestos.

*7.- No olvides decirle a Dios que te deje en el contestador todos los mensajes que quiera o cuando quiera.

*8.- Toma nota de las indicaciones que Él te diga para que no las eches en olvido.

4.- “Bautizados y enviados”. El Domund de este año presenta el lema: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”, propuesto por el papa Francisco para la celebración del Mes Misionero Extraordinario de octubre de 2019, a los cien años del gran documento misionero de Benedicto XV Maximum illud. El lema nos recuerda que en el bautismo hemos recibido la vida divina, y, gracias a eso, somos profetas, es decir, anunciadores del misterio de Cristo, por Él enviados. Nos situamos, pues, en el punto de partida de nuestro envío al mundo: como la Iglesia es misionera por naturaleza, así nosotros somos misioneros por nuestro bautismo. Pidamos en este día del Domund por todos los misioneros que anuncian con valentía y entusiasmo el evangelio en todo el mundo.


2.- EL DOMUND MISIONERO

Por Gabriel González del Estal

1.-Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había también una viuda que solía ir a decirle: hazme justicia frente a mi adversario. Por algún tiempo el juez se estuvo negando, pero se dijo a sí mismo: aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia. Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche? El Papa Francisco quiere que este año celebremos con especial intensidad un Domund misionero, convencido de que la Iglesia de Cristo, o es misionera o no es de Cristo. Lo mismo podemos decir de cada uno de nosotros, los cristianos: o somos misioneros o no somos cristianos. La lectura del Éxodo y la del evangelio de este domingo coinciden en la necesidad de la oración, con la seguridad de que Dios nos hará justicia. En este día del Domund misionero que, como hemos dicho, el Papa Francisco quiere que celebremos con especial dedicación, el tema de la oración tiene que ser un tema necesario. Los cristianos tenemos que creer en la eficacia de la oración. Pero tenemos que tener claro que creer que Dios nos escucha siempre, no significa que Dios vaya a hacer siempre lo que nosotros le pedimos. Lo sabemos por experiencia; la mayor parte de nosotros le hemos pedido a Dios alguna vez alguna cosa que Dios no nos la ha concedido. Dios, decimos, y tiene que ser verdad, nos da siempre lo que nos conviene, pero sólo él sabe lo que nos conviene. Terminemos siempre nuestras oraciones de petición diciendo: hágase, Padre, tu voluntad. Otra cosa que debemos tener muy claro es que en un Domund misionero no puede faltar la limosna, nuestra limosna. Las misiones y los misioneros necesitan dinero. Contribuyamos cada uno de nosotros con nuestras limosnas a hacer que las misiones cristianas sean lo más eficaces y lo más extendidas por el mundo que sea posible. Con dinero, o de la manera que cada uno de nosotros podamos. Y no olvidemos nunca que la mejor limosna que podemos dar es nuestro amor. La limosna de amor es la mejor de las limosnas que podemos hacer siempre: dentro de nuestra propia familia, con las personas conocidas y amigos, con los misioneros que ejercen su misión por tierras extranjeras. El amor, como nos dice repetidamente el apóstol san Pablo, es siempre lo primero de todo; si no tengo amor no soy nada, ni misionero cristiano, ni cristiano de verdad.

2.- Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena… proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Cuando san Pablo escribe esta carta a su discípulo Timoteo el cristianismo se estaba formando y los receptores de esas palabras eran personas que venían del paganismo y los conocimientos que tenían de Cristo y su doctrina eran escasísimos. No podemos pensar hoy nosotros que podamos aplicar estas palabras literalmente a las comunidades cristianas a las que nosotros nos dirigimos. Lo que tenemos que hacer hoy, sí, como entonces, es tratar de que nuestras palabras contribuyan a que la gente con la que hablamos sea “perfecta y y esté preparada para toda obra buena… exhortando con toda magnanimidad y doctrina”. Lo de argüir a tiempo y a destiempo hay que interpretarlo en cada caso y momento. Hablemos cuando tenemos que hablar y sepamos callarnos cuando no estemos seguros de que nuestras palabras vayan a contribuir a que a las personas a las que hablamos les vayan a ser útiles y vayan a contribuir a que sean más perfectas y les animen a hacer obras buenas.

4.- SEAMOS PERSISTENTES

Por Javier Leoz

Si hemos visto alguna vez una estalagmita vemos como, ésta, se forma con el paso de los años cuando, al caer millones y millones de gotas de agua, van depositando calcita en el suelo y formando así una especie de columna. El resultado, aparentemente, es invisible. Con el tiempo, espectacular.

1.- Una vez más, Lucas, nos adentra en el tema de la oración. Y, según él, ha de ser insistente. Nos narra una preciosa parábola en la que, con la constancia, se nos asegura que Dios siempre cumple aquello que se le pide. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿De qué manera? Eso ya es otra cosa.

Al igual que la estalagmita, puede que a veces nos parezca que la “gota de agua de nuestra oración” no produce fruto. Que es estéril. Que no merece la pena. En cuántos momentos nos encontramos con personas que dicen que hace tiempo dejaron de orar porque les parecía algo innecesario o una pérdida de tiempo. Y, al contrario, otras que en la reflexión, la meditación y la oración diaria es donde mejor se encuentran y donde alcanzan respuestas a muchos interrogantes o, por lo menos, fuerza para seguir adelante.

Jesús, más que nunca en estos tiempos de ruidos y de superficialidad, nos invita a no abandonar la columna de la oración. Con ella podemos unir la tierra y el cielo y al hombre con Dios. ¿Cómo? Siendo constantes, alegres y persistentes en la oración. No está de más el recordar que, también una gota con su goteo permanente es capaz de romper una gigantesca roca. Y no es menos cierto que, la oración permanente, produce sosiego, seguridad, optimismo y la sensación de que Dios camina codo a codo con la humanidad. Para ello, claro está, hay que orientar la antena de nuestra conciencia en la dirección desde la cual el Señor emite.

2.- Cuando se quiere algo o se quiere a alguien, el cansancio, desaparece del vocabulario palabras como desilusión, desencanto, aburrimiento o pesimismo. Nosotros, como cristianos, no queremos “algo” (aunque anhelamos el cielo) amamos a Alguien: a Dios. Y por eso le rezamos y nos confiamos a su presencia, a su Palabra y a la promesa de que nunca nos dejará abandonados.

Siempre nos acompañarán enigmas y dudas: ¿Por qué el mal en el mundo? ¿Por qué unos tienen tanto y otros tan poco? ¿Por qué las guerras y los suicidios, las crisis y los desastres naturales? Preguntas que, muchas veces, sólo tienen una respuesta: el hombre es libre con todas sus consecuencias. Dios no es ningún tutor que vigila y dirige nuestras vidas como si fuéramos marionetas. Su deseo, como Padre, es que crezcamos, que maduremos y que por lo tanto seamos conscientes que el vivir implica confiar y arriesgarse creyendo con todas las consecuencias en El.

3.- El Santo Cura de Ars a un joven sacerdote que, aparentemente, no veía frutos pastorales en su vida pastoral le apostillaba: ¿no será que no rezas con fe? ¿No será que no lo haces frecuentemente? ¿No será que no lo haces con insistencia? Fe, frecuencia e insistencia son tres termómetros que ponen sobre la mesa la verdad y la profundidad de nuestra oración.

4.- ESCÚCHAME, SEÑOR

Aunque, mi pensamiento, vuele por otros cielos

y no sea consciente de tu presencia

Aunque, mis labios se abran para bendecirte,

y mi corazón siga amando otros dioses.

 

ESCÚCHAME, SEÑOR

Porque, temo y siento a veces,

que mi oración es pura y simple palabrería,

que mi alabanza es un quedar bien contigo

que mi confianza es débil y muy interesada

 

ESCÚCHAME, SEÑOR

Porque tengo miedo a cortar contigo

Porque, aun hablándote, me siento solo

Porque, aun queriéndote,

no siempre eres mi amor primero

 

¿ME ESCUCHARÁS, SEÑOR?

¡Ayúdame!

Que no caiga en la tentación de la pereza

Que no me canse nunca de estar junto a Ti

ni de buscarte en el oasis de la oración.

 

¿ME ESCUCHARÁS, SEÑOR?

Ojala, que en el día que tú me llames,

aun con mis deficiencias, hipocresías y pecados

encuentres un poco de fe, sólo un poco de fe,

en este que siempre quiere ser tu amigo

Amén.


5- HAY QUE REZAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE

Por Antonio García-Moreno

1.- GUERRA GANADA.- Durante la ruta del desierto los israelitas tuvieron que superar mil dificultades. Era un camino tortuoso, un sendero largo y escarpado. En medio de aquellos parajes desolados, se iría curtiendo el guerrero que después abordaría sin desmayo la conquista de la Tierra Prometida. En la ascética cristiana esta etapa de la historia de la salvación es fundamental. Por qué también los cristianos vamos caminando hacia la Tierra de promisión, porque también los que tienen fe caminan con el corazón puesto en el otro lado de la frontera.

Nos narra hoy el hagiógrafo el ataque de Amalec. Es el jefe de la tribu de nómadas que habita en el norte del Sinaí. Son hombres avezados a la lucha y están ansiosos de arrebatar a los israelitas sus ganados, sus bienes todos, el botín que traen de Egipto... Ataques por sorpresa, ataques que se ven venir, ataques de gente armada hasta los dientes. La vida es una milicia, una lucha en la que tenemos que estar siempre en pie de guerra. Sólo así resistiremos el empuje enemigo, sólo participando en la refriega de cada combate, participaremos en la gloria de cada botín.

Moisés se siente cansado, sin fuerza para ponerse al frente del ejército. Pero él sabe que su debilidad no es óbice para que la batalla se gane, él está persuadido de que el primera guerrero es Yahvé, que al fin y al cabo es Dios quien da la victoria. Convencido de ello, llama a Josué y le expone su plan de ataque. Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec...

Es lo primero, poner todos los medios a su alcance antes de entrar en la lucha. Sí, porque Dios no ayuda a los que no ponen de su parte lo que pueden, a los que son vagos y comodones. Dios quiere, exige, que se pongan ante todo los medios humanos posibles y los casi imposibles para poder superar las dificultades que se presenten. Después, o al mismo tiempo, a rezar. Entonces el poder de Dios se hace sentir avasallador. No habrá quien se nos resista, no habrá obstáculo que no podamos superar, ni pena que no podamos olvidar. Dios no pierde nunca batallas, Dios es irresistible. Por eso la vida que es una milicia, una lucha, una guerra, para el que tiene fe es, además de santa, una guerra ganada.

2.- ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE.- Hay verdades tan claras que no necesitan, para comprenderlas, otra cosa que la exposición de las mismas. Así, por ejemplo, la de que es necesario orar siempre, sin desanimarse nunca. Para quienes se ven de continuo necesitados, ha de ser evidente que han de recurrir a quien les pueda cubrir sus necesidades. Podríamos decir que lo mismo que un niño llora cuando tiene hambre, hasta que le dan de comer, así el que se ve necesitado clamará a Dios, que todo lo puede, para que le ayude y le saque del apuro.

Sin embargo, muchas veces no es así. Nos falta la fe suficiente y la confianza necesaria para recurrir a nuestro Padre Dios, para pedirle humildemente nuestro pan de cada día. O nos creemos que no necesitamos nada; somos inconscientes de las necesidades que padecemos. Reducimos nuestra vida al estrecho marco de nosotros mismos y limitamos nuestras necesidades a tener el estómago lleno. Sin darnos cuenta de cuantos sufren, cerca o lejos de nosotros; sin comprender que no sólo de pan vive el hombre, y que por encima de los valores de la carne están los del espíritu.

Así, pues, aunque resulta evidente que quien necesita ser ayudado ha de pedir ayuda, el Señor trata de convencernos de que hay que orar siempre sin desanimarse. Para eso nos propone una parábola, la del juez inicuo que desprecia a la pobre viuda, y no acaba de hacer justicia con ella. Esa mujer acude una y otra vez a ese magistrado del que depende su bienestar, para rogarle que la escuche. Por fin el juez se siente aburrido con tanta súplica y asedio continuo. El Señor concluye diciendo que si un hombre malvado, como era el juez, actuó de aquella forma, qué no hará Dios con quienes son sus elegidos y le gritan de día y de noche. Os aseguro, dice Jesús, que les hará justicia sin tardar.

De nuevo tenemos la impresión de que Dios está más dispuesto a dar que el hombre a pedir. En el fondo, repito, lo que ocurre es que nos falta fe. Por eso, a continuación de esta parábola, el Señor se pregunta en tono de queja si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en el mundo. Da la impresión de que la contestación es negativa. Sin embargo, Jesús no contesta a esa pregunta, a pesar de que él sabe cuál es la respuesta exacta. Sea lo que fuere, hemos de poner cuanto esté de nuestra parte para no cansarnos de acudir a Dios, una y otra vez, todas las que sean precisas, para pedirle que no nos abandone, que tenga compasión de nuestra inconstancia en la oración, que tenga en cuenta nuestras limitaciones y nuestra malicia connatural.

Hay que rezar siempre sin desanimarse. Hemos de recitar cada día, con los labios y con el corazón, esas oraciones que aprendimos quizá de pequeños. Muchas veces oraremos sin ruido de palabras, en el silencio de nuestro interior, teniendo puesta nuestra mente en el Señor. Cada vez que contemplamos una desgracia, o nos llega una mala noticia, hemos de elevar nuestro corazón a Dios -eso es orar- y suplicarle que acuda en nuestro auxilio, que se dé prisa en socorrernos.


5.- RECORDAR A LOS MISIONEROS CADA DIA

Por Francisco Javier Colomina Campos

Este domingo celebramos el Domund, el Domingo Mundial de las Misiones. Hoy recordamos especialmente a tantos hombres y mujeres que, dejando sus casas y sus lugares de origen, marchas a otros países, a veces lejanos, para anunciar allí la palabra de Dios. Cada día deberíamos recordar a los misioneros, y pedir a Dios por su labor evangelizadora a lo largo de todo el mundo. Pero hoy la Iglesia nos recuerda de modo especial esta labor de los misioneros y nos invita a pedir por ellos y a ayudarles con nuestra aportación económica.

1. Orar siempre sin desfallecer. Si el domingo pasado escuchábamos a diez leprosos que a gritos le pedían a Jesús que tuviese compasión de ellos, las lecturas de este domingo son una invitación a orar con insistencia, sin desfallecer. En la primera lectura hemos escuchado el pasaje en el que Moisés, desde la cima de un monte, contempla la batalla entre los israelitas y Amalec. Moisés no está luchando en la batalla, pero desde la cima del monte sostiene a su pueblo manteniendo en alto los brazos. Nos dice el libro del Éxodo que mientras que Moisés tenía los brazos levantados el pueblo vencía en la batalla, pero si los bajaba perdía. Las manos levantadas de Moisés son un gesto de oración que se eleva al Padre. La constancia y la perseverancia en la oración a Dios es lo que nos enseña también Jesús en el Evangelio mediante la parábola de la viuda que le ruega con insistencia al juez. Era un juez injusto, que ni temía a Dios ni le importaban los hombres, que no vivía el ser juez como una vocación, sino que más bien era un funcionario que se limitaba a trabajar sus horas y después le importaba bien poco la justicia. Aquella viuda le pide justicia, que es lo que ha de hacer el juez. Como éste no le hace caso durante algún tiempo, la viuda insiste en pedirle justicia. Finalmente, aquel juez hace lo que la viuda le pide, pero lo hace por no escuchar más a aquella mujer, porque le estaba fastidiando. Así nos dice Jesús que hemos de orar, con insistencia, pues si el juez injusto hace lo que quiere la viuda por la insistencia de ésta, cuanto más Dios hará justicia a quien le grita día y noche.

2. ¿Encontrará esta fe en la tierra? Pero muchas veces nos cuesta orar así, con insistencia. Somos personas que nos cansamos enseguida, que no tenemos paciencia. Nos desesperamos cuando le pedimos algo a Dios y Él no nos lo da cuando nosotros queremos. Pero es que hemos de caer en la cuenta de que Dios tiene sus tiempos, y los tiempos de Dios no son los nuestros. Dios nos dará siempre lo que nos conviene, y nos lo dará cuando más nos conviene. Por eso, hemos de orar con insistencia y con fe. La fe es la confianza total en Dios, y esa confianza es la que nos falta cuando oramos, por eso nos cansamos pronto de pedirle a Dios. Porque nosotros creemos saber cuándo han de suceder las cosas, pero la fe nos hace ver que es Dios quien lleva nuestra vida, que es Él quien hace las cosas cuando las ha de hacer. Que Él nunca nos deja solos, aunque a veces nos lo parezca. Por eso, al final del Evangelio de hoy, escuchamos la frase de Jesús: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Hace dos domingos escuchábamos a los discípulos que le pedían a Jesús que les aumentase la fe. Hoy es un bien domingo para pedirle de nuevo al Señor que nos de esa fe que tanto nos falta, que nos de la confianza en Dios, la confianza de un niño que sabe que su padre no lo abandona y está siempre a su lado. Así hemos de confiar nosotros en Dios, así hemos de abandonarnos en Él.

3. Domund. En la segunda lectura de hoy, san Pablo le pide a Timoteo que proclame la Palabra, a tiempo y a destiempo. Y es que la fe no es sólo para nosotros. No podemos contentarnos con tener nosotros fe y ya está. Dios siempre nos llama a llevar esa fe a los demás. La fe que viene de la escucha atenta y orante de la Palabra. Por eso san Pablo insiste a Timoteo que evangelice, que sea misionero, que lleve la Palabra allá donde vaya. Todos nosotros estamos llamados a ello, como nos recuerda el lema del Domund que hoy celebramos: “Bautizados y enviados”. Todos los cristianos, por nuestro bautismo, somos enviados por Cristo a ser misioneros, a llevar la Palabra a todos, como Pablo le recuerda hoy a Timoteo. Por esto, la Iglesia recuerda hoy de modo especial a los misioneros, cuya misión es precisamente evangelizar, llevar la palabra del Evangelio a todos los pueblos. Y nos recuerda a nosotros la misión que tenemos por nuestro bautismo y por nuestra fe.

En este mes misionero extraordinario que ha convocado el papa Francisco, la celebración del Domund tiene un carácter especial. Hoy hemos de orar con insistencia, como nos enseña Jesús en el Evangelio, pidiendo con fuera a Dios por todos los misioneros. Pero también hemos de concienciarnos de que cada uno de nosotros estamos llamados para la misión. La fe que Dios quiere encontrar en la tierra es un tesoro que nosotros hemos recibido por el bautismo. Por el mismo bautismo estamos llamados a propagar esa misma fe allá donde nos encontremos.


6.- EL SILENCIO DEL HOMBRE

Por Ángel Gómez Escorial

1.- El texto del evangelio de San Lucas que hemos escuchado hoy es, tal vez, uno de los más sorprendentes e inquietantes de todos los fragmentos evangélicos que la liturgia dominical nos ofrece. O, al menos, así me lo parece a mí. Jesús de Nazaret nos pide que oremos con constancia y sin desánimo dando por entendido que Dios puede no “contestarnos” inmediatamente y, por supuesto, no darnos enseguida –o nunca—lo que específicamente nosotros le pedimos. Está definiendo lo que se ha llamado “el silencio de Dios”, que tanto nos inquieta y preocupa. Y también termina sus palabras de hoy con una frase misteriosa y que, sin duda, es como una pregunta a todos y cada uno de nosotros… a los cristianos y cristianas de todos los tiempos y generaciones: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” ¿Había previsto ya el Señor las tremendas crisis de fe que sus seguidores han ido experimentando a lo largo de la historia? O, simplemente, al contemplar la falta de compromiso de, incluso, sus coetáneos, llega a esa conclusión con temor.

2.- Siempre, cuando cualquier cristiano, intenta analizar o comentar las palabras de Cristo se enfrenta con el insoldable misterio del Hombre-Dios y nosotros… siempre somos incapaces de encontrar explicaciones precisas a sus palabras, certeras, redondas. Jesús es Hombre, pero también es Dios. Está claro que para Él las limitaciones de tiempo y espacio –como luego pudo observarse tras su Resurrección—no existen y su capacidad profética es directa, propia y total. Es decir ve el futuro igual que ve el presente. Esa hondura –creo yo—nunca pudo ser entendida por sus interlocutores allá en la Palestina dominada por los Romanos y por eso utilizó tanto las parábolas. Es verdad que la parábola era un género muy usado en los pueblos semitas, pero también la parábola para Jesús evitaba, en alguna forma, la concreción del tiempo futuro. La parábola, por ejemplo de los viñadores homicidas, refleja la realidad terrible que a Jesús le tocó vivir, la cual no parecía muy previsible al principio de su predicación. La idea de que los viñadores delincuentes respetarían, al menos, al hijo del dueño de la vid revela la idea de que la redención del género humano bien pudo hacerse ante el reconocimiento de la condición divina de la misión de Jesús. Pero el desenfoque grave y terrible que la religión oficial de aquellos tiempos tenía del Dios verdadero, con el apropiamiento de Dios para su exclusivo beneficio –de situación privilegiada, de poder e, incluso, de dinero— impidió cualquier reconocimiento de esa misión altísima por la ceguera ante la verdadera naturaleza de Dios, la de Dios Amor. Se pusieron contra Dios e, incluso, como los viñadores asesinos, mataron a su Hijo.

3.- La viuda insistente bien pudo ser un personaje concreto que existía en esos años y el juez inicuo también. Y, también, la admirable historia de la perseverancia de esa mujer pudo ser un hecho cierto y conocido. Una de las características de la parábola oriental es tomar como punto de partida algo conocido, ocurrido en esos años. Es una opinión de muchos. Pero tanto da. Lo importante es que Jesús nos pide orar siempre, aunque el objeto de nuestra oración parezca que no tiene solución. Si lo pensamos bien el juez inocuo podría haber usado de la fuerza para callar a la mujer. O, incluso, haber juzgado en contra de los intereses de la reclamante. Es ahí donde nos muestra la aparición de una idea fundamental para la existencia humana: pedir contra todo pronóstico “realista” de recibir lo demandado porque, Dios, sin duda vendrá en nuestra ayuda. La figura del Silencio de Dios es falsa, aunque, honradamente, nos pueda parecer a veces que Dios no escucha. Jesús –se ha dicho muchas veces— vivió esa situación de desamparo desde el Huerto de los Olivos hasta el momento de su muerte en la Cruz. Sin embargo, todo no terminó allí en el Gólgota. La Resurrección y la glorificación visible de Jesús de Nazaret fue el triunfo total de su misión. Dios habló y ¡cómo habló!

4.- La figura de Moisés con los brazos en alto mientras que a sus pies transcurre la batalla es muy cinematográfica. Y, más o menos, la tenemos muy asumida. Pero la pregunta es: ¿Dios necesita de una actitud visible en la oración para aceptarla, para hacer caso? Cada vez que Moisés bajaba los brazos, en la lucha ganaba Amalec y perdía Josué. Moisés, claro, perdía la actitud orante física por el cansancio y no aguantaba tener los brazos elevados. Y de ahí que le sentaran sobre una piedra mientras Aarón y Juur le sujetaban las manos. ¿Necesitaba Dios esa postura? No, claro que no. Quien la necesitaba eran los combatientes que se esforzaban al máximo al saber que Dios les ayudaba gracias a la oración permanente de Moisés. ¿Y Dios que hacía? Bueno, habrá que pensar que esa victoria de Moisés y de su pueblo estuvo presente en la mente de Dios desde siempre. Pero es obvio que la figura de Moisés con los brazos apuntalados por sus compañeros es un excelente símbolo de la oración constante y continuada, llevada a cabo sin desfallecer. Y Dios, lo sabemos, gusta de esa continua cercanía a Él de sus criaturas, porque ellas –no nos engañamos—le han dado muchas veces la espalda a lo largo de la historia. Dios no quiere que sus hijos se aparten de él, no quiere “el silencio del hombre”.

5.- Seguimos leyendo la carta de Pablo a su querido hijo espiritual Timoteo. Es la segunda misiva al discípulo la que nos ocupa. Se ha dicho que es una auténtica carta pastoral que luego inspiraría a las que escriben continuamente los obispos a sus diocesanos y las encíclicas que el Papa envía a toda la cristiandad. Sus otras cartas, en las que Pablo ha marcado muchos hitos del camino de la Iglesia, y, en ellas, asimismo, su cristología ha sido la superior de ente todos los intentos posteriores de definir figura, vida y obra de Jesucristo son tratados doctrinales, ensayos como diríamos ahora. Pero las cartas a Timoteo son ejemplo de lo que las pastorales con las que los obispos se comunican con sus rebaños. Bueno, pero esto es preferir la forma al fondo. Y el contenido admirable de la Carta a Tito son las instrucciones precisas para llevar a cabo bien, y con la ayuda de Dios, el pastoreo de una grey. A nosotros hoy nos interesan, especialmente, la frase última del fragmento proclamado y que se relaciona con la oración continua y persistente: “proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía”. Es un encargo fuerte, completo, y nada fácil. Pero así es el trabajo de la evangelización. No se puede parar porque parar es retroceder.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


A DIOS ROGANDO Y CON EL MAZO DANDO

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Así dice el refrán español y algo en este sentido enseñan dos lecturas del presente domingo. La primera, recordada en el Éxodo, transcurre seguramente por el hoy llamado wadi Refayed. Acabo de copiar el nombre de una enciclopedia. Situar con exactitud el lugar es imposible. He recorrido esas montañas, parte de ellas, en diversas ocasiones. El trayecto completo, de Israel a Egipto, una sola vez. Pese a hacerlo con detenimiento, es decir parándonos siempre que fuera necesario. Me cabe decir que iba acompañado por el Hno. Rafael, amigo franciscano que bien conoce el idioma de los beduinos y su lenguaje también, el mejor guía, pues. Recordábamos los pasajes bíblicos y precisamente en el que se le atribuye el suceso que ahora comentaré, pasamos un buen rato. La mayor parte del camino que seguimos y que corresponde probablemente al seguido por el “Pueblo Escogido” está repleto de montañas rocosas, impresionantes, partidas, más bien rajadas por estrechos wadis. Lo primero que se le ocurre a uno, recordando el texto, es pensar porque se disputaron tales parajes. Ahora bien la mentalidad y realidad sociológica de un beduino, difiere mucho de la nuestra.

2.- Os escribo precisamente hoy y a la hora en que por estas tierras diversos grupos cortan carreteras. La contrariedad política inclina a estos gestos. Quien viva lejos, difícilmente lo comprenderá. Frente a realidades adversas, se deciden peleas con frecuencia. Todos tienen sus razones y sus convicciones. Israel también las tenía. Había conseguido la libertad y marchaba a la Tierra Prometida, Amalec tenía pastando sus ganados por un terreno que se atribuía en propiedad y estaba dispuesto a defenderlo.

3.- Moisés es un caudillo que ya se ha hecho viejo. Está cansado. Quiere ser fiel a la orden de Dios, pero no puede luchar. Encarga a su ejército que lo haga y sube a un montículo o peñasco, de entre los tantos que por allí hay.

Combaten unos, reza el otro. Es incapaz de acometer y llega a creer que tampoco puede orar, pero se da cuenta de que todavía es capaz de adoptar un gesto o postura de súplica. Si no puede mantener los brazos alzados, que se lo sostengan otros de entre los suyos. Luchan con armas, suplica con brazos y manos. Consiguen la victoria y pueden atravesar hacia donde se les ha indicado.

4.- Debéis saber mis queridos jóvenes lectores, que nosotros los actuales, encomendamos exclusivamente al cerebro la tarea de rezar. Muchos dicen: yo me entiendo con Dios a mi manera, me quedo solo y pienso, o hablo con Él y le digo lo que sinceramente pienso. O dejo que mi imaginación navegue por donde quiera, me atrevería a decir yo. Y de la oración, sin siquiera darse cuenta, vuela por las más exóticas ocurrencias, y pasa el tiempo entretenido, se lo pasa bien, sin duda y después se atreve a decir que ha estado orando.

5.- Un determinado gesto corporal, de rodillas, con las manos alzadas, sosteniendo entre los dedos un bolígrafo que escribe con tino, no que dibuja garabatos, o tecleando en el PC que redacta el contenido, cualquiera de estas acciones, pueden integran una oración.

6.- Quiero que sepáis que normalmente al atardecer, o por la noche, mi memoria, espíritu, me recuerda que debo dedicar un rato a interceder. Voy a mi iglesita, entro, hago un genuflexión y le digo al Señor, esto es señal de adoración, pongo mi frente sobre el Sagrario y le confío mi deseo de que sepa pensar e interceder. Mi cuerpo ha estado actuando. Beso el altar, me pongo ahora frente al Sagrario y voy repitiendo vocalmente, nombres que tengo escritos. Sí, pronuncio “mis lectores”, pensando y deseando lo mejor para vosotros. Elevo mi alma a Dios, suplicando. Todo yo se ha hecho por unos momentos súplica. Muy breve, muy discreta, muy sincera. Ha sido realidad corporal, espiritual y anímica.

7.- San Pablo recuerda que nuestro cuerpo, el nivel orgánico de nuestra personalidad, es Templo del Espíritu Santo. Se trata en inicialmente de una precaución, pero a continuación añade, glorificad a Dios con vuestro cuerpo. Las posturas, cerrar los ojos o apretar las manos, danzar, sí danzar, es una manera de glorificar a Dios.

(Las palabras textuales son: 1 Cor 6, 20 . ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo).

8.- Os cuento un hecho que presencié y me emocionó. Estaba una vez, antes de las 4 de la mañana, esperando que abrieran la puerta de la basílica del Santo Sepulcro. Conmigo también unos pocos más. Meditábamos todos seguramente, yo pensaba que al cabo de poco rato, dentro del sagrado edículo gozaría del privilegio de celebrar misa. Dominaba la oscuridad, pese a ello entreveía una esbelta figura femenina. Se podía cortar el silencio. De pronto esta anónima persona se puso a danzar calladamente. Cuando pudimos entrar y disfrutar de luz, me di cuenta de que la tal divina bailarina era negra. Tal proceder lo conocía ya, por haberlo observado en Roma, en la Plaza de San Pedro y en la basílica de Santa María la Mayor. Es propia de cristianos de este continente. La admiré, sabía adorar con un encanto que estoy seguro que a Dios mismo alegraba.

9.- Paralelo proceder tiene la parábola que nos ofrece el texto del evangelio de hoy. A la ocurrencia de dirigirse al juez, cerebro y extremidades, acompaña la petición, mente en ejercicio, sigue la súplica, actitud del alma. Añade la constancia, actitud de la voluntad, de nuevo el espíritu.

La oración es ejercicio complejo, pero no complicado. Aprovecha la ocasión Jesús para dictar una lección de la bondad divina. Los ejemplos son muy propios de aquel tiempo y circunstancias, a nosotros nos pondría otros. No os será difícil imaginarlos.