VI Domingo de Pascua
26 de mayo de 2019

La homilía de Betania


 

1.- LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

Por Francisco Javier Colomina Campos

2.- DIOS PERMANECE EN NOSOTROS

Por José María Martín OSA

3.- EN DIOS VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y SOMOS

Por Gabriel González del Estal

4.- EL QUE NO ME AMA, NO GUARDARÁ MIS PALABRAS

Por Antonio García-Moreno

5.- COMO JESÚS, CON NADIE

Por Javier Leoz

6. - SEGUIR A CRISTO PRODUCE FRUTOS DE OBJETIVIDAD

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


RENCILLAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO

Por Francisco Javier Colomina Campos

El próximo domingo celebraremos la solemnidad de la Ascensión. Cristo resucitado sube al Padre, en la espera de mandar el Espíritu Santo desde el cielo, como le celebraremos dentro de dos domingos en la solemnidad de Pentecostés. En este sexto domingo de Pascua la liturgia de la Palabra ya nos va introduciendo la venida del Espíritu Santo, que es quien guía a la Iglesia en su misión de evangelizar.

1. El Espíritu Santo es quien os lo enseñará todo. En el Evangelio de este domingo escuchamos un fragmento del discurso de despedida de Jesús el Jueves Santo. Antes de comenzar la Pasión, Jesús se despide de sus discípulos. Les recuerda el mandamiento nuevo del amor, que es guardar la palabra de Jesús. Les da la paz, una paz que no es como la que da el mundo, sino que es una paz del alma, una paz que logra que el corazón no tiemble. Pero, sobre todo, en este discurso, Jesús promete a sus discípulos la venida del Espíritu Santo. Es el gran regalo que Dios Padre y Jesucristo hacen a la Iglesia tras la Ascensión de Cristo resucitado a los cielos. El Señor se va, pero no nos deja solos. Todo aquello que Jesús nos ha enseñado nos lo irá recordando el Espíritu Santo. Él es Dios que vive entre nosotros, en nosotros. El Espíritu Santo es quien nos hace capaces de hablar con Dios Padre, es quien no guía, quien nos defiende, quien pone en nuestros labios las palabras que hemos de decir. Todo lo que Jesús tenía que decirnos ya nos lo ha dicho antes de su Ascensión, pero necesitamos que el mismo Dios, que es el Espíritu Santo, nos vaya recordando la palabra de Dios. Nosotros ya tenemos este Espíritu por el Bautismo. Por ello, no nos hemos de olvidar cada día de pedirle a Él que nos guíe, que nos auxilie, que nos vaya recordando la palabra de Dios.

2. El Espíritu Santo guía a la Iglesia. Pero el Espíritu Santo no es algo individual, algo que cada uno tiene para sí mismo, sino que más bien Él guía a la Iglesia como comunidad de discípulos reunida en el nombre del Señor. La Iglesia es Templo del Espíritu Santo, porque en ella reside la fuerza del Espíritu que nos guía y nos empuja a dar testimonio de Cristo en medio del mundo. Como el día de Pentecostés salieron los discípulos a proclamar la Buena Noticia a todos los hombres, así la Iglesia sigue teniendo el impulso del Espíritu Santo para salir a evangelizar. El Papa Francisco nos recuerda en muchas ocasiones que la Iglesia ha de ser una comunidad en salida, dispuesta a arriesgarse para llevar el Evangelio a todas partes. La fuerza que la Iglesia necesita para salir de sí misma y ser verdaderamente misionera nos la da el Espíritu Santo. También Él inspira a la Iglesia cuando ésta tiene que tomar decisiones, cuando se le plantean nuevos retos. Así lo hemos escuchado por ejemplo en la primera lectura, cuando los discípulos que estaban en Antioquía se encontraron con el dilema de si admitir en la comunidad cristiana a los gentiles si no se circuncidaban. La Iglesia se reunió en Jerusalén. Fue el primer concilio de la historia. Algunos discípulos de Antioquía fueron allí y consultaron a los Apóstoles. Reunidos éstos, bajo la inspiración del Espíritu Santo, decidieron abrir las puertas a los nuevos cristianos que procedían de la gentilidad. La decisión no fue sólo humana, sino que estuvieron inspirados por el Espíritu. Es Él quien guía a su Iglesia, quien la hace salir de sí misma, quien la conduce por el camino que Dios quiere. No sólo cada uno particularmente tiene que pedir al Señor que le de la fuerza del Espíritu Santo, sino que también la Iglesia, como comunidad de discípulos, ha de ponerse bajo la acción de Éste. La Iglesia no camino sola por el mundo, sino que, como prometió el mismo Jesús, está asistida en todo momento por el Espíritu Santo.

3. La Jerusalén del cielo. Pero somos conscientes de que la Iglesia, a pesar de tener la asistencia del Espíritu Santo, en ocasiones comete errores, no en cuanto a la doctrina, pero sí en cuanto a las formas y en cuanto a la actitud de algunos miembros de la Iglesia. Y es que, a pesar de contar con la luz del Espíritu Santo, la Iglesia está formada por pecadores, que somos cada uno de nosotros. La Iglesia no puede ser perfecta mientras que yo, que soy pecador, estoy en ella. Pero no hemos de perder la esperanza. La Iglesia de la tierra es una Iglesia santa de pecadores, pero más allá del tiempo aquí en la tierra, la Iglesia espera la vida eterna. En el cielo, como hemos escuchado en la segunda lectura, del libro del Apocalipsis, encontraremos la Nueva Jerusalén, que es símbolo de la Iglesia del cielo. Una ciudad santa, que brilla como una piedra preciosa, con doce puertas que es símbolo de las doce tribus de Israel, pues la Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios, y cimentada sobre los doce Apóstoles. En esta ciudad nueva de Jerusalén ya no hay templo, pues el templo es el mismo Cristo, el Cordero de Dios, que es la luz que la ilumina.

Cercanos ya a la solemnidad de la Ascensión y a la solemnidad de Pentecostés, hoy la palabra de Dios nos ha recordado la promesa del envío del Espíritu Santo. Desde ya, vayamos preparándonos para acoger este don que Dios Padre nos hace desde el cielo a través de Jesucristo. El Espíritu nos guía a cada uno de nosotros y a toda la comunidad de la Iglesia. Que nunca nos falte esta asistencia del Espíritu Santo, y que nunca nos falte la docilidad para dejarnos llevar siempre por Él.


2.- DIOS PERMANECE EN NOSOTROS

Por José María Martín OSA

1.- Lo que Jesús nos regala con su resurrección. Escuchamos hoy las últimas confidencias de Jesús a sus discípulos en la Ultima Cena, antes de entregarse a la muerte para resucitar a una nueva vida. Sus palabras suenan a despedida. Una mezcla de sentimientos embarga a sus seguidores: tristeza porque Jesús se va, alegría porque les promete que vuelve a su lado; sorpresa y esperanza porque anuncia la llegada del Defensor, el Espíritu Santo, enviado por el Padre, quien se lo enseñará todo; desasosiego y, al mismo tiempo, paz y plenitud que el mundo no puede dar. Sólo Dios es nuestra fortaleza en la debilidad. De ello son muy conscientes los enfermos que en este fin de semana reciben el sacramento de la Unción que les conforta. Los frutos de la resurrección son la alegría, la paz y el testimonio de vida. ¿La alegría se nota en nuestra vida y en nuestras celebraciones? Hay muchos niños y jóvenes que no se sienten atraídos por nuestra forma de celebrar rutinaria y triste. ¿Y la paz? La que Jesús nos regala es lo más grande del mundo, es la plenitud de todos los dones del Espíritu. Si la paz reina en nuestro corazón seremos capaces de transmitirla a los demás y de construirla a nuestro alrededor. “La paz os dejo, mi paz os doy”: la paz la ofrece Jesús como un don precioso. En la Biblia, la paz es uno de los grandes signos de la presencia de Dios y de la llegada del Reino, síntesis de todos los deseos de bienestar, de justicia, de abundancia, de fraternidad. ¿Cómo dar testimonio de nuestra fe en el mundo de hoy? No bastan las palabras, es nuestra propia vida el mejor testimonio.

2. – Distinguir lo esencial de lo superficial. "Para comprender el misterio de Dios hay que purificar el corazón; de ningún otro lugar proceden las acciones sino de la raíz del corazón" (San Agustín, Sermón 91). La fe cristiana nace del corazón, pero corre el peligro de transformarse en religión de ritos. Los judíos "religiosos" quieren imponer la circuncisión. La Iglesia está amenazada de quedarse en los medios, los ritos, y olvidarse de lo fundamental, la interioridad de la fe. También nosotros corremos el riesgo de confundir las tradiciones con la verdad, de afirmar como eterno e inmutable lo que es fruto de una época, de hacer apología de nuestra fe con una filosofía ya superada, de imponer cargas y obligaciones que alejan de lo fundamental, de sostener que viene de Dios lo que viene del hombre. Necesitamos vino nuevo en odres nuevos, recuperar la sintonía con la cultura y con el hombre de nuestro tiempo. En el llamado concilio de Jerusalén los primeros cristianos escucharon la voz del Espíritu Santo que Jesús les había prometido. El Espíritu nos ayudará a no quedarnos en lo superficial para llegar a identificarnos con el Padre que nos ama.

3.- Dios está muy cercano a nosotros. En el Antiguo Testamento se concebía a Dios como una realidad exterior al hombre y distante de él. El anuncio de Jesucristo es que el Padre no es ya un Dios lejano, sino el que se acerca al hombre y vive con él, formando comunidad con el ser humano, objeto de su amor. Buscar a Dios no exige ir a buscarlo fuera de uno mismo (sea en el Templo, en la montaña, etc.), sino dejarse encontrar por Él, descubrir y aceptar su presencia en una relación que ya no es de siervo-señor, sino de Padre-hijo. El Espíritu nos enseña y recuerda todo lo dicho por Jesús. Ésta es la gran tarea que Jesús le encomienda. Es fácil deducir que el creyente no está solo, no es un huérfano. Primero, porque el Padre no es Alguien lejano y distante; más bien, somos santuario y morada de Dios mismo: “vendremos a él y haremos morada en él”


3.- EN DIOS VIVIMOS, NOS MOVEMOS Y SOMOS

Por Gabriel González del Estal

1.- El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos mansión en él. En el libro de los Hechos se nos dice que Pablo, cuando fue invitado por los atenienses a que hablara en el Areópago para explicarles lo que afirmaba sobre Cristo, llamándole Dios, les citó a un poeta estoico, Arato, que ya había afirmado tres siglos antes que en Dios vivimos, nos movemos y existimos. Si vosotros mismos, como dice vuestro poeta, argumentaba san Pablo, dice que todos vivimos, nos movemos y existimos en Dios, no debíais escandalizaros de que yo os diga que el Cristo del que yo os hablo fue Dios. Hasta ahí, parece que los atenienses escucharon con interés a Pablo, pero cuando le oyeron hablar de la resurrección de Cristo le abandonaron, considerándolo un charlatán un poco loco. Bien, nosotros, los cristianos, creemos en la resurrección de Cristo y creemos, como nos dice en el evangelio de hoy san Juan, que si amamos a Dios existimos en Dios, porque Dios viene al alma del que le ama y hace en él su mansión. Si amamos a Dios somos personas habitadas por Dios, espiritualmente llenas de Dios. Lo importante es que nosotros amemos a Dios como verdad y vida de nuestra vida, porque si lo hacemos así Dios no nos va a fallar nunca. Hace ya más de un siglo, una religiosa carmelita, sor Isabel de la Santísima Trinidad, hablaba y gozaba hablando y escribiendo sobre la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma del justo. San Juan, muchos siglos antes, hablaba y gozaba escribiendo esto mismo con otras palabras: puesto que Dios es Amor, Dios vive en toda persona a la que ama. Si amamos al Dios Amor, no podemos vivir de otra manera que amando, porque, de lo contrario, no amaríamos al verdadero Dios. Dejémonos amar por Dios, abramos las puertas de nuestro corazón a Dios, y Dios vivirá en nosotros como amor. Esto, que es algo gratuito por parte de Dios, exigirá de nuestra parte un gran esfuerzo, si de verdad nos decidimos a vivir como linaje de Dios, como hijos amados de Dios. En esta vida no hay nada más difícil que amar a dios y al prójimo de verdad, como Dios quiere que amemos.

2.- La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. El que ama de verdad a Dios y al prójimo vive con el alma llena de paz interior, porque sabe que si Dios está en él y con él nada ni nadie lo podrá derribar espiritualmente. La paz del mundo es una paz llena de sobresaltos físicos, sociales y políticos; la paz de Dios es vivir en Dios, con el alma siempre abierta al bien de los hermanos. Aprendamos a vivir nosotros hoy en paz, en la paz de Dios, aunque las circunstancias sociales y políticas nos inviten a vivir en continuo sobresalto. Los grandes santos fueron almas llenas de paz interior, de la paz de Dios.

3.- Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros ni imponeros más cargas que las indispensables. Esto es lo que nos dice, en síntesis, hoy la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, cuando el problema de la circuncisión obligatoria estaba rompiendo la unidad de la primitiva Iglesia de Jesús. La respuesta de los Apóstoles fue clara: que ni la circuncisión, ni la ley de Moisés entera podrían salvarles; sólo el amor a Dios y al prójimo en Dios pueden salvar. Porque el mandamiento nuevo de Jesús era esencialmente sólo eso: que nos amemos unos a otros como él nos ha amado. No seamos ahora nosotros tan literalmente legalistas, que olvidemos que el espíritu de la ley de Jesús es siempre sólo eso: el amor. La famosa frase de san Agustín, “ama y haz lo que quieras”, bien entendida, quiere decir esto mismo.

4.- El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios… Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La “nueva Jerusalén” de la que nos habla el Apocalipsis es la ciudad ideal, la ciudad en la que reinará Dios, el verdadero reino de Dios. Hacia esa Jerusalén ideal, hacia ese reino de Dios, es adonde debemos aspirar a vivir los cristianos de hoy. Una ciudad y un reino que aún no están por desgracia en este mundo, pero al que los cristianos debemos caminar con nuestro comportamiento y con nuestros deseos, con nuestro amor. Para llegar a ella, nuestra única ley, nuestro único santuario, es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Sólo si Dios es el verdadero rey de nuestros corazones, si de verdad amamos a Dios, podremos decir también nosotros que vivimos, somos y existimos en Dios, porque Dios nos amará y vendrá a nosotros y hará en nuestro corazón su morada, como nos dice san Juan.


4.- EL QUE NO ME AMA, NO GUARDARÁ MIS PALABRAS

Por Antonio García-Moreno

1.- CONTROVERSIA. - Es inevitable. Donde hay diversidad de personas hay diversidad de opiniones, puede nacer la controversia. En la Iglesia primitiva había una cuestión que fue la manzana de la discordia durante mucho tiempo: El determinar si era obligatorio o no el someterse a la ley mosaica, con todas las prescripciones añadidas por la tradición judía. Unos defendían que para quedar justificados y entrar en la Iglesia, era preciso someterse a las leyes hebreas, incluida la circuncisión. Muchos de los nuevos cristianos provenían del judaísmo y para ellos resultaba casi imposible admitir que la ley de Moisés ya no obligaba a los hijos del Reino, a los discípulos del Mesías. Y luchaban por mantener una serie de prácticas, más o menos extrañas para los gentiles.

Otros, con Pablo y Bernabé a la cabeza, pensaban todo lo contrario. Los paganos convertidos no tenían por qué someterse a las prácticas de los judíos. Para formar parte de la Iglesia bastaba con el Bautismo, no era necesaria la circuncisión. Las interminables prescripciones de los hebreos no estaban en vigor para los cristianos, pues la ley de Cristo había sustituido a la de Moisés.

Controversias diferencias inevitables con buena intención por parte de unos y de otros, con el deseo de hacer lo que Dios quiere, buscando sólo la autenticidad del mensaje de Cristo. Sí, hay una cosa común: la búsqueda de la verdad. Pero al final hay cosas distintas, se pretenden soluciones antagónicas. ¿Qué hacer entonces? Es muy sencillo. Tenía que serlo, ya que en el caso de la fe se están jugando cosas serias. Por ejemplo, la salvación eterna. Sí, la solución es sencilla. Consiste simplemente en aceptar con fe lo que decida la autoridad competente, asistida por el Espíritu Santo...

Así se dirimió aquella controversia y así se irán solucionando todas las que vendrán después, que serán muchas. Y pretender encontrar otra vía de arreglo es inútil y nefasto para la vida de la Iglesia. Primero, y ante todo, porque Dios lo ha dispuesto así, ha querido a su Iglesia jerárquica y no democrática. Y después, porque difícilmente se llega a un acuerdo en cosas tan arduas como son las referentes a la fe. A lo más que se llega a veces es a un acuerdo ecléctico que, a fin de cuentas, no complace ni a unos ni a otros.

2.- LA PAZ DE CRISTO. - El amor de que habla Jesús es algo más, mucho más, que un mero sentimiento, que un enamoramiento. Está ratificado con la fidelidad, con el cumplimiento delicado y constante de la voluntad de la persona amada. Es decir, en definitiva, sólo quien cumple con los mandamientos de la ley divina es quien realmente ama al Señor. Lo demás es palabrería, una trampa que ni a los mismos hombres engaña, y mucho menos a Dios. Eso es lo que el Maestro nos enseña: El que me ama guardará mi palabra. Y por si acaso no lo hemos entendido añade: El que no me ama, no guardará mis palabras. Examinemos nuestra conducta y veamos si de verdad amamos al Señor. Y en caso contrario, tratemos de rectificar.

El Maestro sigue hablando en el rescoldo tibio de la noche de la última Cena. Él se da cuenta de cómo la tristeza se va apoderando del corazón de sus discípulos. También para él eran tristes los momentos de la despedida. Por eso trata de consolarlos con la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito, el Consolador óptimo del alma, que vendrá después de que él se vaya, llenándoles de fuego y de luz, de fuerzas y de coraje para emprender la ingente tarea que les aguardaba. Él será quien los acompañe entonces en las hondas soledades, que luego vendrían; quien les hablaría en las largas horas de las persecuciones y tormentos.

Las palabras de Jesús se van entretejiendo entre dificultades y consuelos, con palabras de urgentes exigencias y dulces promesas de ayuda divina, con acentos de guerra acerba y de paz entrañable. La paz os dejo -les dice-, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. La del mundo es una paz hecha de mentiras y connivencias cobardes, de consensos y cesiones mutuas. Es una paz frágil que intranquiliza más que sosiega. La paz de Cristo, en cambio, es recia y profunda, duradera y gozosa. Por eso, dice a continuación: No tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

No, la cobardía no es posible para quien cree en Dios, para quien está persuadido de su poder y sabiduría. El miedo es propio de quien se sabe perdido, pero no de quien se sabe salvado. Que tiemblen los que están alejados de Dios, los que no tienen la seguridad de la esperanza, ni la fortaleza de la fe, ni tampoco el gozo del amor. Esos sí tienen razón para temblar y acobardarse, pero un hombre que es hijo de Dios, no. Caminemos con esta persuasión y avancemos alegres por la vida, desgranando nuestros días en un ambiente de incesante gozo pascual. Que nada ni nadie nos turbe. Que pase lo que pase, conservemos la calma, vivamos serenos y optimistas, persuadidos de que Jesús, con su muerte y con su gloria, nos ha salvado de una vez para siempre.


5.- COMO JESÚS, CON NADIE

Por Javier Leoz

El Señor nos acompaña. Y, en medio de nosotros, cuando era consciente de su muerte y, ahora en vísperas de su Ascensión, nos dice que guardemos su Palabra. Que, en ella, todo un patrimonio espiritual, personal y divino de Jesús, encontraremos fuerza para seguir adelante, respuestas ante muchos interrogantes. Amar al Señor y, guardar sus pensamientos, su esquema para nuestro mundo y para nosotros, es todo uno.

1.- Algo grave está ocurriendo en nuestro mundo cuando se nos prepara para la felicidad y, a la vuelta de la esquina, nos encontramos en la soledad o con una ansiedad insoportable. Algo está aconteciendo en nuestra sociedad cuando, detrás de muchas palabras y de otros tantos escaparates, se nos invita a amarnos a nosotros mismos y, luego necesitamos del amor auténtico, de una ayuda para levantarnos, de un aliento o de una sonrisa… resulta que nos encontramos solos. Falla, en el fondo y en la forma, aquello que es o no es digno de ser amado.

2. - Dios, que disfruta amando, goza con nuestro amor. Y Jesús, el amor hecho carne en medio de nosotros, nos da una pista para ser felices. Para no sentirnos defraudados, inquietos o desilusionados de nuestra existencia: hay que esperar en Dios, hay que amar a Dios y no hay que perder de vista lo que Él nos enseñó. ¿Amas a Dios? ¿Cómo tratas su Palabra? ¿Condiciona, alumbra, ilumina, interpela en algo tu existencia?

Hemos perdido, en varios aspectos, el norte y –Jesús- nos recuerda que, sus Palabras, siempre serán causa de serenidad y de encuentro con nosotros mismos, con los demás y con el mismo Dios. ¿Por qué nos cuesta tanto guardar, proteger, acoger y enseñar su Palabra? Tal vez porque, entre otras cosas, es exigente, nítida, a veces duele y otras calma. Su Palabra, de vez en cuando, deja a la intemperie nuestras vergüenzas y otras nos dice que somos dichosos, bienaventurados y elegidos. Pero, no lo olvidemos, su Palabra es eterna.

3.- Estamos en horas muy decisivas para la Iglesia y para el anuncio del evangelio. Nunca como hoy se necesitan corazones vigorosos (no cobardes), labios dispuestos a dar testimonio de Jesús (no amordazados por la sordina del todo da igual), personas dispuestas a brindarse generosamente a los demás como sello e identidad de que son amigos de Jesús y de que pertenecemos a una comunidad de hermanos. Y, por encima de todo, la promesa de Jesús: él nos acompañará, nos consolará con el Espíritu y nos guiará, como miembros de su Iglesia, hacia la meta final. Que Dios nos siga animando e inundando con la alegría de esta Pascua. Porque, estar y permanecer al lado de Jesús, es garantía segura. Con El, todo.

4.- QUIERO ESTAR CONTIGO, SEÑOR

Cerca para no perderte, y no perdiéndome de Ti,

no olvidar a los que, día a día, me rodean.

Que tu Palabra, Señor, sea la que me empuje

a no olvidarte, y no olvidándote,

dar razón de tu presencia aquí y ahora

 

QUIERO ESTAR CONTIGO, SEÑOR

Y, a pesar del vacío que existe en el mundo

intentar llenarlo con mi débil esfuerzo

con mis frágiles palabras

con mi alegría fruto de mi encuentro contigo.

Ayúdame, Señor, a guardar tu Palabra

A llevarla cosida a mis pensamientos

A practicarla en las pequeñas obras de cada día

A demostrarme a mí mismo

que, cumpliendo tus deseos

y guardando tus promesas,

es como podré alcanzar la Vida Eterna.

 

QUIERO ESTAR CONTIGO, SEÑOR

En las horas de luz, cuando a las claras te veo

y en las noches oscuras, al sentir que te pierdo

En las pruebas amargas, cuando eres mi bálsamo

Y en los instantes de soledad cuando avanzo sólo

Aquí me tienes, Señor, torpe y débil

pero recordando que, cumplir y amar tu Palabra,

es la mejor autopista para llegarme hasta el cielo

Amén.


6. - SEGUIR A CRISTO PRODUCE FRUTOS DE OBJETIVIDAD

Por Ángel Gómez Escorial

1. – Somos a veces tan tacaños y cicateros en amor que a veces no somos capaces de aceptar que la Escritura está llena de amor. No es una leyenda, ni una exageración. Lo dice Jesús: "El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él." La Eucaristía cumple esa condición. Recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo y Él está con nosotros. La Trinidad Santísima también –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— está en la Eucaristía. Pero hay más. Aún más. El amor por Jesús trae el mejor conocimiento de la Palabra y ese mayor conocimiento produce una proximidad, consciente y objetiva, a Dios. Una de las bienaventuranzas dice: "Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios". Las bienaventuranzas marcan situaciones de la vida presente. Producida la purificación del corazón se puede ahondar aún más en el conocimiento presente de Dios. Los místicos están con Dios, ven a Dios.

2. - Hay que decir estas cosas con objetividad y humildad. En la actividad religiosa siempre existe la posibilidad de "no ver" o de "ver demasiado". Los mismos Apóstoles no fueron capaces de contemplar la divinidad de Jesús hasta después de la Resurrección. Todo parecía confuso. A nosotros --gente de hoy-- nos ocurre lo mismo. A veces tenemos dificultades para diferenciar profundamente a las personas de la Trinidad. Tampoco somos capaces de aceptar la idea de Dios Padre que nos enseñó Cristo. Poco a poco, sin embargo, iremos creciendo en nuestra capacidad cognoscitiva. Siempre será con ayuda de Dios y con un permanente ejercicio de humildad. Están, también, los que "ven demasiado". Los que "iluminan" sus fantasías con prodigios inexistentes. La superstición puede cebarse en ellos y casi siempre estas irregularidades llegan porque los "protagonistas" suelen haber pasado la raya del pecado.

3. - El seguimiento de Cristo nos produce frutos de objetividad. Y ocurre porque, constantemente, tenemos que discernir sobre lo idóneo de nuestro comportamiento. Y a la hora de examinar nuestras conciencias --y hacerlo bien--, sabemos lo que es verdad y lo que es mentira, lo que no ocurrió y lo que es fruto de nuestra imaginación. No puede aceptarse la tendencia hacia el autoengaño porque eso lleva a la demencia. Pero será, por otra parte, esa objetividad probada día a día la que nos aproxime a las "primicias del Espíritu" y nos haga entender y sentir que Dios está con nosotros.

4.- Celebramos hoy el Día del Enfermo. En el relato evangélico siempre llama la atención sanadora de Jesús de Nazaret. Y en la consecución de la beatificación o canonización de un santo el tribunal que juzga la trayectoria de la persona a ser elevada a los altares hace falta un milagro. Probar que por la intercesión de ese hermano que se busca glorificar se ha producido un hecho extraordinario. La mayoría de esos milagros son curaciones… En el Libro de os Hechos de los Apóstoles –maravillosa crónica de los primeros momentos de la Iglesia— nos narran muchas acciones de sanar. La Iglesia era medicina espiritual y corporal durante muchos siglos. Y si los que van camino de los altares su intercesión poderosa sirve para curar, habrá que decir que la Iglesia sigue curando…Pero hoy, tal vez, el sentido común y el prodigioso avance de la medicina hace que la Iglesia lo intente menos. La imposición de manos y el óleo son parte de un rito. Nada más…

5.- La Iglesia, no obstante, hace, con creces, lo que puede. Acompaña al enfermo y le facilita un sacramento. Ya es interesante. Dicen muchos enfermos que reciben la Unción de los Enfermos sienten claro alivio físico y espiritual. Pero quien sabe si sería útil echar más fe al asunto y rezar fuerte e insistentemente para que Dios haga más medicina de un rito. Pero está bien que organice una jornada de amor y acompañamiento de los enfermos. Y en esos momentos de la imposición de la Unción de los Enfermos la asamblea –la parroquia entera— debe estar presente para que la oración y la fuerza de todos consiga el beneplácito del Dios Bueno y se apiade de los enfermos.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


RENCILLAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Cuanto mayores en edad os hagáis y cuanto más conocedores queráis ser de la realidad que os envuelve, mis queridos jóvenes lectores, más os daréis cuenta de que nada puro existe. Se me ocurre ahora poneros un ejemplo tan reciente, que ha sucedido esta misma semana. Perdonadme si lo consideráis estúpido. Los que recordamos que de pequeños aprendimos lo que era y significó para la ciencia y la técnica el sistema métrico decimal, creímos que la definición del metro, la derivada de unos cálculos geográficos que todavía nos los recuerdan monumentos a los cartógrafos que en ciertos lugares se situaron y que vemos cuando yendo de excursión y estamos situados en la línea imaginaria que va de Dunkerque a Barcelona. La definición que aprendimos, y no quiero aburriros repitiéndoosla, creíamos era un patrón exacto.

2.- A medida que continuamos los estudios, hemos ido conociendo sus imperfecciones y las sucesivas precisiones que se aceptaban y cuya definición debíamos de nuevo aprender. Creía yo que todo estaba definitivamente precisado, cuando leo que uno de estos días que el cilindro de platino iridiado que se conservaba hermético, evidente y segura muestra científica del kilógramo, cada vez que se destapaba su envoltorio, perdía algún átomo y por tanto variaba su masa. Uno de estos días, pues, se ha aceptado una nueva definición. Ya veremos, o más bien verán a la larga, que imprecisiones comporta.

3.- ¡Qué churrada nos explicas! Seguramente pensaréis así, pues, perdonádmela. Ya os he dicho en otras ocasiones, que el teólogo Karl Barth decía que el cristiano debía leer cada día la Biblia para conocer la voluntad de Dios y el periódico para enterarse de las verdades y necesidades de los hombres. Os aseguro que soy fiel a estos criterios. De aquí mis comentarios. Nada hay perfecto, pues, ni siquiera las vivencias de la comunidad eclesial, que no lo olvidéis, corresponden a la que es Esposa Amada del Señor.

4.- El texto de la primera lectura de la misa del presente domingo nos relata una de estas situaciones enojosas. A la Fe en Cristo, se le añaden costumbres y convencimientos heredados y en consecuencia, en vez de sumar y enriquecer, crean problemas y divisiones. Por si no lo sabéis, os digo ahora esquemáticamente, que los focos de la intelectualidad y también del cultivo de la teología, se situaban por aquellos tiempos en Jerusalén, por méritos de veteranía, por la misma razón en Alejandría de Egipto y en Antioquía y alrededores, en la Turquía actual. Estos núcleos, a la Fe añadían antiguas convicciones, cada uno a su manera, eran venerables sí, pero incómodas, inciertas o erróneas en algunos casos.

5.- A la Fe en Cristo querían añadirle necesariamente, por ejemplo, la circuncisión heredada de Abraham. Esto y otras hierbas incomodaban y dificultaban la evangelización. En vez de quedarse cada uno con la suya y sin duda distanciarse, deciden consultarse, cooperar, compartir. Nace así el primer Concilio Ecuménico, convocado y celebrado en Jerusalén. Pese a ser auténtico, ha quedado excluido de la numeración histórica de estos acontecimientos. Poco importa. Del encuentro, consecuencia de compartir empapados de la Gracia, sin excluir opiniones, nace la asombrosa conclusión: hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…

6.- Importa poco ahora desentrañar el significado de las decisiones, lo que hay que subrayar es que el resultado surge de íntima comunión en la Iglesia y animados por el Espírito. El Defensor, el Animador, el Dador de vida. Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros… ¡que atrevida decisión! ¡qué audaz lenguaje! Se acerca Pentecostés, estad preparados, iniciaros en la preparación, sentíos ya esperanzados.

7.- El autor del Apocalipsis había sido sin duda espectador de la ciudad de Jerusalén desde el monte Olivete. Sus murallas, que no son las actuales, algún fragmento sí, y sus puertas, que tampoco coinciden exactamente con las que vemos hoy en día, le sugieren a su mente inspirada, una preciosa descripción de la Nueva Jerusalén, la esposa del Cordero, nuestra Madre. Con seguridad también, había contemplado al atardecer las murallas desde su entorno. El rosado luminoso de sus sillares le adelantan el mensaje que nos trasmite. En la nueva Jerusalén no habrá faroles, ni focos que iluminen sus avenidas y plazas, ella misma será resplandeciente, ya que el Cordero será su ilustre ciudadano, por méritos propios.

8.- El texto evangélico es una profunda reflexión sobre la realidad divina. Una y Trina. Empapados como estamos de filosofía clásica griega, nos resulta muy difícil aceptar sus enseñanzas. Quienes dentro de un tiempo se sientan calados de física cuántica, las entenderán un poco más. Poco importa, hay nociones fundamentales que no necesitan cimientos filosóficos. La Paz que nos otorga Cristo, es consecuencia de la Caridad y esta a su vez, resultado de la Gracia. No sabremos qué es en realidad, pero experimentaremos la felicidad que nos aportan.