Domingo XVIII del Tiempo Ordinario
4 de agosto de 2019

La homilía de Betania


 

1.- DE TEJAS ABAJO TODO ES VACIEDAD

Por Gabriel González del Estal

2.- LA CONFIANZA PUESTA EN EL SEÑOR

Por Francisco Javier Colomina Campos

3.- LIBERADOS DE LAS RIQUEZAS QUE PASAN

Por José María Martín OSA

4.- ¡DIOS! ¡TESORO A LA VISTA!

Por Javier Leoz

5.- JESÚS NO QUIERE HABLAR DE REPARTO DE HERENCIAS

Por Antonio García-Moreno

6.- "LA AVARICIA… QUE ES UNA IDOLATRÍA"

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


RAICES

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- DE TEJAS ABAJO TODO ES VACIEDAD

Por Gabriel González del Estal

1.- Esto es lo que dice el libro del Eclesiastés y algo de esto, aunque en otro sentido, debió querer decir el famoso poeta español Miguel Hernández cuando escribió: “tanto penar para morirse uno”. Cuando uno ve morir a una persona, y algunos hemos visto ya morirse a muchas, comprendemos la verdad de estas frases. Las mil pequeñas aventuras y desventuras que tenemos que digerir cada día pueden desorientarnos y hacernos perder el sentido último de nuestra existencia. Todas las cosas de nuestro diario vivir son relativamente importantes, pero la única cosa realmente importante es dar el sentido verdadero a nuestro diario vivir. Nacemos y nos secamos como flor del campo y por muy largo que sea nuestro camino, siempre tiene un final. Hacer de lo pasajero una cuestión de vida o muerte es equivocar la perspectiva. Somos flechas disparadas cuando nacemos y que sólo encontrarán la diana buscada después de la muerte. Nuestro corazón va a permanecer siempre inquieto hasta que descanse en Dios. “Que este mundo es camino para el otro, que es morada sin pesar. Y cumple tener buen tino para andar este camino sin errar… Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos. Así que cuando morimos, descansamos”. Sí, de tejas abajo, en este mundo, todo es vaciedad. Ya nos lo dijo bellamente nuestro gran poeta Jorge Manrique.

2.- Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. También San Pablo lo tenía muy claro: si nos preocupamos demasiado de las cosas de aquí abajo y descuidamos las cosas de arriba nos engañamos. Nuestro cuerpo es mortal y terreno, quiere dirigirnos siempre hacia los bienes de aquí abajo: pasión, codicia, avaricia, impureza. Pero nuestra condición de personas redimidas nos exige abandonar nuestra vieja condición humana, para revestirnos de la nueva condición, la condición de hijos de Dios. Sin caer en ningún dualismo metafísico es justo afirmar que para los cristianos la vida del alma, la vida del espíritu debe ser siempre lo primero. Somos cuerpo y necesitamos el cuerpo, pero el cuerpo debe obedecer al espíritu. Son los frutos del espíritu los que nos hacen personas humanas y cristianas. Si nos dejamos dirigir por el espíritu, por el espíritu de Cristo, seremos personas libres y universales, entre nosotros no habrá distinciones impuestas por el sexo, la raza, la religión, o la condición social. Los bienes de arriba, los bienes a los que aspira el espíritu, son bienes que Dios regala a toda persona que se ha revestido de la nueva condición, que se ha renovado como imagen del Creador.

3.- Guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Es la misma idea que la de San Pablo y la del Eclesiastés, ahora expresada por el mismo Cristo: la vida del hombre no depende de sus bienes. Se mueren los más ricos y se mueren los más pobres. Al avaro de la parábola de este domingo no le salvaron los muchos bienes que había acumulado durante años. Ser esclavo de los bienes de aquí abajo es una necedad y una vaciedad. Claro que necesitamos los bienes para vivir y que tenemos que usar y apreciar en su justa medida los bienes de aquí abajo, pero manteniendo siempre la libertad y el desprendimiento interior, sabiendo que los únicos bienes que de verdad nos hacen ricos ante Dios son los bienes de arriba. Cada cristiano en particular y la comunidad cristiana en general debemos usar los bienes de aquí abajo con desprendimiento, generosidad y libertad interior. Una iglesia cristiana que aparezca ante el mundo demasiado preocupada por los bienes de aquí abajo no es la Iglesia de Cristo, es un antitestimonio.


2.- LA CONFIANZA PUESTA EN EL SEÑOR

Por Francisco Javier Colomina Campos

Si el domingo pasado la palabra de Dios nos enseñaba la importancia de la oración, y a orar con insistencia intercediendo por los demás, a partir de este domingo escucharemos en el Evangelio algunos pasajes en los que el Señor nos recordará algunas de las actitudes propias del cristiano, del seguidor de Cristo. Hoy la palabra de Dios nos habla de la confianza puesta en el Señor, y no en nosotros mismos o en nuestros bienes.

1. Dos hermanos peleados por la herencia. Cuántas veces hemos visto esto mismo entre los nuestros, ya sea en nuestra propia familia o entre amigos y conocidos. ¡Qué triste es cuando dos hermanos se pelean por la herencia! Así se le presenta a Jesús el caso de un hombre que le pide ayuda: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Este hombre sería probablemente un buen hombre, no tendría maldad, pues le pide a Jesús algo que es justo: que su hermano reparta justamente la herencia de sus padres. No es nada malo lo que el hombre aquel le pide a Jesús. Sin embargo, este buen hombre se equivoca al buscar en Jesús algo que Él no da, pues Dios está por encima de estas cosas materiales. Por eso Jesús le responde: “¿Quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Aquel hombre le pedía con confianza a Dios, como veíamos el domingo pasado, pero se equivocaba en el contenido de su petición. Estaba demasiado preocupado por los bienes materiales, por el dinero, que no veía la grandeza de todo lo que Dios puede darnos, más allá de lo material. Esto va en sintonía con lo que hemos escuchado en la primera lectura, del libro de Qoelet o del Eclesiastés. Este libro sapiencial nos recuerda la vaciedad de las cosas de este mundo. Puede parecer un relato pesimista y amargado. Sin embargo, al leerlo despacio y observando la verdad de nuestro mundo, nos damos cuenta de que más bien se trata de un relato optimista, que nos recuerda que todo lo que un hombre llegue a ganar aquí en este mundo, en este mundo se queda.

2. Guardaos de toda clase de codicia, pues la vida no depende de los bienes. Como respuesta a aquel hombre que le pedía justicia a Jesús para el reparto de la herencia, y como complemento al relato del Qoelet, Jesús nos recuerda en el Evangelio que la vida de un hombre no depende de sus bienes materiales, y propone la parábola de aquel hombre que tuvo una buena cosecha y decidió almacenarlo todo para así poder echarse a la buna vida. Y Jesús concluye esta parábola con aquella pregunta del Señor: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”. Me gusta mucho recordar aquí aquella frase tan ilustrativa que tantas veces repite el papa Francisco: nunca he visto un camión de mudanzas detrás de un coche de la funeraria. Es bien cierto que todos los bienes materiales los dejamos aquí en la tierra, y que cuando nos vayamos al otro mundo, después de la muerte, no nos llevamos nada material. Y es que, como nos dice hoy Jesús, nuestra vida vale mucho más que los bienes que tengamos. Y por muchos bienes que un hombre llegue a tener, su vida es infinitamente más valiosa e importante. Por ello Jesús nos advierte contra la codicia, que es el deseo vehemente de poseer muchas cosas, y cuanto más, mejor.

3. Buscad los bienes de allá arriba. Y es que la codicia, la sed de tener y de poseer más, nos alejan de Dios. Pues Dios no es material, no entra dentro de la lista de deseos de aquellos que codician tener cada vez más cosas. Por ello, este deseo de poseer y de tener más bienes nos aleja siempre de Dios. Así, san Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos ha recordado que hemos de aspirar a los bienes de allá arriba, donde está Cristo, a los bienes del Cielo. Ya que Cristo ha resucitado y está en el Cielo, nuestra aspiración mejor es subir también nosotros al Cielo para estar siempre con Él. Para subir allí, hemos de morir con Cristo, como nos recuerda hoy san Pablo, y esto significa morir también a nuestras codicias y aspiraciones materiales y desearle a Él. Dios es muchos más que el dinero, que las herencias y que los cargos importantes, por ello hemos de darle el valor a lo que tiene de verdad valor. Es cierto que muchas veces en la Iglesia hemos estado, y estamos, preocupados por estas cosas materiales. Es bueno que hoy recordemos esta enseñanza de la palabra de Dios: nuestra aspiración ha de ser al Cielo, no a las cosas de aquí de la tierra. Cuanto más carguemos nuestras maletas de cosas materiales, más va a pesar, y por lo tanto más nos va a costar llegar al Cielo.

En la Eucaristía de hoy vamos a redescubrir lo más valioso que tenemos en la tierra: un poco de pan y un poco de vino que se convierten en la misma carne y sangre de Cristo. No encontraremos sobre la faz de la tierra nada más valioso que esto. Por ello, disfrutemos durante la Eucaristía de hoy de este impresionante tesoro: Dios mismo que se entrega por nosotros. Que esta sea nuestra única aspiración: llegar a conocerle y a amarle. Para ello, dejemos atrás todas aquellas cosas que nos estorban en este camino de seguimiento del Señor.


3.- LIBERADOS DE LAS RIQUEZAS QUE PASAN

Por José María Martín OSA

1.- La verdadera sabiduría. “Qohélet” es el nombre del autor del libro del Eclesiastés. Designa al “Presidente de la Asamblea”. Su pregunta fundamental es: “¿Qué provecho saca el hombre de todos los afanes que persigue bajo el sol?”. A partir de ahí va trabando sus reflexiones sobre los diversos valores y pretensiones del hombre, subrayando la cara negativa y los límites de estas realidades tradicionalmente valoradas como positivas. Su diagnóstico sobre la realidad, en clara oposición con la sabiduría tradicional, no puede ser más desalentador: el hombre no logra ninguna felicidad o provecho con los bienes de este mundo y sus esfuerzos por conseguirlos, pues todo es vanidad, absurdo y vacío. Para Qohélet, en efecto, el mundo es “vanidad de vanidades”. No debemos centrar nuestra vida en lo pasajero. Que todos nuestros trabajos bajo el sol tengan sabor de eternidad. Aprendamos a ser sabios; aprendamos a disfrutar cada momento de nuestra vida; aprendamos a ser felices en una relación fraterna y de amistad con nuestros semejantes; aprendamos a llenar nuestras manos de buenas obras; pasemos haciendo el bien a todos. No vivamos de un modo egoísta y enfermizo tras la avidez de lo pasajero. No dejemos que las preocupaciones de la vida emboten nuestra mente y nuestro corazón. La persona es tal en la medida en que ha madurado interiormente y ha alcanzado la capacidad de amar, de servir y de vivir la auténtica solidaridad cristiana con los más desprotegidos.

2.- Una vida nueva. La segunda lectura de la Carta a los Colosenses nos ofrece una rica reflexión del misterio pascual de Cristo realizado en el creyente. Desde el día en que fuimos bautizados fuimos incorporados a Cristo. Y, aun cuando caminamos en medio de tribulaciones, sin embargo no podemos manifestar, desde nuestra vida, comportamientos que se conviertan en signos de pecado y de muerte. Debemos amarnos los unos a los otros, pues no podemos hacer distinciones a causa de las condiciones sociales, o de raza o cultura, sino que Cristo y su Iglesia han de ser todo en todos. Aprendamos a morir al pecado. Así el Apóstol Pablo de un modo especial nos llama a no dejarnos dominar por nuestra concupiscencia. Pero al mismo tiempo nos invita a no entregarle nuestro corazón a las cosas pasajeras. Las “cosas de arriba” indican los valores de la vida nueva en Cristo; “las cosas de la tierra”, la existencia humana cerrada al Reino de Dios y al Evangelio. El sentido de la antítesis (cosas de arriba / cosas de la tierra) no indica, por tanto, un desprecio de las realidades terrestres creando una religión alienante y de evasión. El hombre viejo es lo que en otros textos Pablo llama “la carne” o “el pecado”, realidades que el bautizado ha dejado atrás y a las que continuamente debe renunciar, ya que las ha sepultado en la fuente bautismal. Esta vida nueva que irrumpe en nosotros es Cristo mismo.

3.- Los valores verdaderos. El Evangelio de hoy nos recuerda la relatividad del presente y de las cosas, su finitud, su límite. El evangelio de hoy está centrado en la parábola del rico insensato que ha puesto toda su preocupación y su confianza en las riquezas. Jesús la cuenta a propósito de un pleito por cuestiones de herencias entre dos hermanos, de los cuales uno de ellos se acercó al Señor pidiéndole que interviniera diciéndole: “Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. Jesús, sin embargo, evita a toda costa de involucrarse en el litigio familiar y plantea su discurso a un nivel diferente. No quiere ser visto como un simple “juez” de querellas jurídicas familiares, que da la razón a uno de los contendientes y condena al otro. No se pone de parte de ninguno, sino que contando la parábola demuestra que tanto un hermano como el otro estaban en un error, pues ambos estaban cegados por la ambición material y el deseo de “tener”, considerando los bienes de la herencia de primera importancia por encima de la fraternidad y la libertad del corazón. El mensaje de la parábola es claro: el rico descrito es un insensato, un necio, pues no ha descubierto lo relativo y efímero de los bienes materiales y lo engañoso de la ambición y del deseo de poseer, y ha olvidado que la única realidad auténticamente consistente es Dios. Acoger la palabra de Dios este domingo es reconocer nuestro apego a los bienes materiales y nuestra ansia de posesión y de “tener”. Lo que el evangelio llama “hacerse ricos a los ojos de Dios” es descubrir otro punto de vista para relacionarnos y juzgar los bienes de este mundo. Más importante que las riquezas son los valores evangélicos.

4.- Volvamos nuestros ojos a los necesitados. Amontonar tesoros en el cielo es descubrir el valor de la fraternidad y la justicia, de la solidaridad con los más pobres, es también abrir los ojos ante la ambigüedad que se esconde en un desarrollo económico mundial y en una técnica que desconoce la dignidad del hombre y la miseria en la que vive la gran mayoría de la humanidad. El Señor nos invita a evitar toda clase de avaricia, pues al ponerla en el centro de nuestro corazón difícilmente Dios volvería a ocupar ese lugar en nuestra vida; desplazado el Señor, fácilmente nos iríamos tras las injusticias, tras los egoísmos enfermizos y tras la falta de un sincero amor fraterno. No seamos tan miopes que sólo nos veamos a nosotros mismos; volvamos también la mirada hacia nuestro prójimo. No podemos desligarnos de la fidelidad en el compromiso que tenemos de construir un mundo más justo, más humano, más fraterno, más digno de todos. Desde nuestra fe sabemos que nuestro paso por esta tierra debe ser un comenzar a poner los pies en el camino del Reino de Dios. La Iglesia, así, trabajará en el mundo sin ser del mundo, se esforzará por dar una solución adecuada a los problemas del hombre; pero se inclinará hacia ellos con el mismo amor y ternura como Dios lo ha hecho para con nosotros por medio de su Hijo Jesús, y no conforme a los criterios de este mundo.


4.- ¡DIOS! ¡TESORO A LA VISTA!

Por Javier Leoz

1.- En cierta ocasión murió un hombre profundamente creyente. Durante toda su existencia intentó llevar una vida sencilla y sin estridencias. Cerró los ojos al mundo con la misma serenidad con la que los mantuvo abiertos ante los muchos acontecimientos que se le presentaron en su caminar. Desde siempre le preocupó querer y disfrutar aquello que hacía. Y, por ello mismo, antes de presentarse ante Dios les dijo a los suyos: “temo que Dios pueda decirme que no estuve suficientemente pendiente de Él”.

2.- Cuando se presentó ante Dios, el hombre creyente, dijo: “perdóname si mis fuerzas las dediqué más a lo material que hacia lo espiritual”. Dios le contestó: “¿Cómo puedes decir eso amigo mío?”. “Cada mañana cuando despertabas me ofrecías tu trabajo. Después de realizarlo me dabas las gracias por la fuerza que yo te inspiraba. Cuando, a final de mes, te correspondían con el sueldo, supiste dejar una parte aunque fuera muy pequeña, para las necesidades de los otros. En varias ocasiones, y por tu posición en la empresa, tuviste oportunidad de haberte convertido en un pequeño ladronzuelo y, por si fuera poco, nunca pudo contigo el afán de poseer o de aparentar lo que no podías alcanzar. Entra amigo y disfruta de este gran paraíso”.

3.- Estamos metidos de lleno en este verano del 2016 y, cuando leo el evangelio de este último domingo de julio, concluyo que la vida entera es un prolongado tiempo estival (en unos, dura más, que en otros) donde tenemos dos opciones:

a) O dedicarnos a un simple y caduco bronceado del cuerpo (el sol achicharrante del materialismo puro y duro)

b) O procurar un bronceado más profundo que afecte también al alma que llevamos dentro (la brisa que de diversas maneras Dios nos sopla)

2.- ¿Cómo se broncea el cuerpo?

-Con el gel de “la codicia” nos creemos administradores y dueños de todo. Luego, cuando discurre el tiempo, vemos que con el dinero no puede añadir ni un día más a nuestra vida o a la salud del cuerpo.

-Con el bronceador de “la ambición” olvidamos que somos caducos y hasta nos puede producir ceguera para lo espiritual. Pasan los años y nos damos cuenta que no llena de felicidad el mundo de las cosas sino el mundo de Dios

-Con la loción del “trabajo como ganancia” tendremos más pero, tal vez, perderemos muchas sensaciones necesarias para ser de verdad felices.

-Con la crema de “la riqueza” conseguiremos prestigio y relevancia social pero, cuando nos visite la ruina, ¿nos acompañarán los que nos aplaudieron siendo ricos?

3.- ¿Cómo se broncea el alma?

-Con el gel de “la conformidad”. Amando y disfrutando de los bienes materiales que uno tiene y, siendo consciente, que el origen de todo está en una fuerza superior: DIOS

-Con el bronceador de “la libertad” nos protegeremos del virus de la ambición de ser dioses y de sentirnos prepotentes frente a los demás. Nos daremos cuenta que uno anda mejor por la vida cuando sabe valorar sus propias limitaciones

-Con la loción del “trabajo como perfección” sabremos que nunca podrá más la ocupación que el cultivo de la amistad, la oración, la fe, la espiritualidad personal, etc.

-Con la crema de “la sobriedad” no estaremos expuestos al sol del egoísmo o de la insolidaridad. Siendo sobrios es como se consigue un camino para dar con la auténtica riqueza de los hijos de Dios.

Todos, desde el momento en que nacemos, tenemos abierta una cuenta corriente en la gran caja de ahorros que existe en el cielo. Una cuenta donde los ángeles administrativos van apuntando los esfuerzos y los intentos que los creyentes vamos haciendo en la tierra para darle brillo y bronceado celestial a nuestra vida cristiana.

Y también todos, desde el instante en que fuimos bautizados, vamos restando a esa cuenta con la ambición y el afán de poseer, el aparentar, el acaparar o el olvido de Dios por dejarnos arrastrar por la seducción de la riqueza.

 Qué ilustradora es aquella sentencia: “no es rico quien más tiene sino quien menos necesita”. O también aquella otra: “La avaricia es un constante vivir pobremente por miedo a la pobreza” (San Bernardo de Clairvaux)

3.- QUÉ ME DAS, SEÑOR, A CAMBIO

De mi confianza cuando la deposito en ti

y me alejo de los que me prometes otros paraísos

 

¿Qué me das, Señor, a cambio?

De mi seguimiento y de mi fidelidad

de mi silencio o de mi reconciliación

de la ofrenda de mi vida o de mis esfuerzos

 

¿Qué me das, Señor, a cambio?

De mi fe,

aunque sea débil y hasta interesada

De mi constancia,

aunque a veces me quede por el camino

De mi audacia,

aunque en momentos piense más en mí que en Ti

 

¿Qué me das, Señor, a cambio?

¿Me darás, tal vez, la Vida Eterna,

frente a esta efímera?

¿Tal vez tus palabras verdaderas

en contra de las falsas que me rodean?

¿Tal vez tu mano cuando otras me abandonan?

¡Necesito que me des tanto, Señor!

Tu presencia, cuando me encuentro huérfano

Tu luz, cuando la oscuridad eclipsa mi esperanza

Tu cielo, cuando sólo veo tierra y más tierra

Tus mandamientos, cuando construyo una vida a la carta

Tu respuesta, cuando ya nadie me escucha ni me responde

 

¡Dame, Señor, sobre todo tu persona!

Que temo no encontrarte en la dirección por donde busco

o, tal vez, hacerme un “dios” a mi medida

Que temo encontrarte demasiado rápido

sin cambiar mis días en poco o en nada

Que temo confundirte con otros señores

y disfrazarte de comodidad y de riqueza

de orgullo y de existencia del todo fácil

Ven a mi encuentro, Jesús,

y aléjame de todo aquello que me impide ser tu testigo

de todo aquello que me aleja de tu reino

de todo aquello que me confunde y me degrada

de todo aquello que, simplemente, no eres Tú.

Amén


5.- JESÚS NO QUIERE HABLAR DE REPARTO DE HERENCIAS

Por Antonio García-Moreno

1.- VANIDAD DE VANIDADES. “Vaciedad sin sentido; todo es vaciedad " (Qo 1, 2). Vaciedad, algo que sólo tiene apariencia, una fruta que sólo tiene cáscara; una pompa de jabón que estalla de pronto, sin dejar rastro de su brillante colorido. Vaciedad, vanidad de vanidades, todo es vanidad. Qohelet, el autor inspirado, se enfrenta con la vida, con el mundo, con todo cuanto le rodea. Observa cómo nace la primavera, toda llena de verdor, de flores, de mil pájaros que bullen y cantan llenos de vitalidad. Ve cómo el hombre nace a la vida, cómo crece, cómo se afana, cómo está fuerte, pletórico de juventud. Pero el tiempo sigue su paso implacablemente. Y los árboles quedan desnudos, secas y ennegrecidas sus ramas, podridas sus hojas. Y el hombre fuerte acaba siendo un pobre enfermo de pasos pegados al suelo. Sin que nada pueda devolverle la fuerza, sin que nadie pueda apartarle de su absurdo caminar hacia la muerte. Vaciedad sin sentido, todo vaciedad. Pobrecito hombre que lucha y se afana inútilmente. Sueña con alcanzar esa deslumbrante pompa de cristal polícromo, se afana, se cansa hasta el máximo por cogerla con sus manos. Y cuando consigue tocarla, todo se desvanece. Quedando en sus dedos ansiosos sólo un poco de humedad viscosa, nada.

"¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol" (Qo 2, 22). Visión negativa, visión negra de la vida. Pero visión forzosa para el que sólo mira de tejas abajo, para el que no consigue ver más allá de la muerte, para el que cifra su ilusión y su afán en esta vida muerta de aquí en la tierra. Ese es el panorama lógico para el que no cree en un Dios justo y bueno, para el que se empeña en construir un paraíso en nuestra pobre orilla. Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, quien consigue una gran fortuna. Pero de poco, o de nada, le servirá. Día llegará en que todo eso se le escape de las manos, sin poder retener nada, viendo con claridad que su esfuerzo ha sido inútil. Otro se apoderará de cuanto él ganó, otro desparramará fácilmente lo que tan arduamente se recogió. Sólo hay una solución para mantener vivo el deseo y la ilusión, sólo existe un camino para que el hombre pueda llenar esta terrible vaciedad. La fe, el amor. Entonces, con fe y por amor, sí valdrá la pena de vivir. Porque cuando las hojas caigan de los árboles, cuando la vida huya de nuestros cuerpos, sabemos que quedará viva la esperanza de una primavera eterna. Y el duro invierno será el preludio sereno de una juventud nueva. Sí, después del túnel oscuro de la muerte están las praderas verdes de la eternidad, está el abrazo sin fin de nuestro Padre Dios.

2.- LA VERDADERA RIQUEZA. "Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia" (Lc 12, 13). La escena que nos presenta hoy el Evangelio ha venido a ser un ejemplo típico de quienes tratan de manipular los valores de la fe en provecho material de uno mismo. Este hombre defraudado acude al Señor para que convenza a su hermano de hacerle partícipe en la herencia paterna. El Señor, sin embargo, se niega rotundamente a dirimir la cuestión, prescindiendo incluso de decir si era o no justa la petición de aquel hombre. No quiere ser árbitro ni juez entre quienes se pelean por una cuestión económica, tan frecuente, por desgracia, en la vida de entonces y en la de ahora. En la de siempre podemos decir, ya que siempre el hombre tiene en su ser una fuerte inclinación a defender los propios intereses, a incrementarlos, a costa, en ocasiones, de lesionar los intereses de los demás.

Jesús tuvo que luchar con los hombres de su tiempo, aquellos que querían sacar partido de sus poderes y su autoridad de Mesías. Pensaban que había llegado el momento de vengarse de los dominadores romanos, el tiempo tan esperado y deseado de iniciar la época dorada del Reino mesiánico que devolviera, con creces, el esplendor de los tiempos de David y de Salomón. Pero Jesús se resiste con energía, huye de las multitudes enardecidas que quieren proclamarlo rey en Jerusalén. Cuando llegue el momento se dejará aclamar, pero no por los poderosos sino por los niños y por la gente humilde. Por otra parte estaba cerca el momento de su Pasión, cuando por fin se pondrá de relieve, ante el estupor de muchos, la verdadera naturaleza de ese su Reino que no es de este mundo.

Esa actitud que nos puede parecer anacrónica en nuestros días es sin embargo posible, y en ciertos sectores una realidad actual. Se trata de aquellos que se empeñan en crear una Iglesia nueva que se comprometa en el campo temporal y político, que no permanezca al margen de la lucha por la justicia en el campo de las opciones de partido. Son también los que mezclan al sacerdote, o al propio sacerdocio, con intereses materiales que, por muy nobles que sean, están fuera de la misión específica de la Iglesia. O quienes acuden al cura para que les solucione un problema de tipo material, quienes todavía no se han enterado de lo que es un sacerdote y creen que un eclesiástico lo tiene que solucionar todo.

La codicia y la ambición ciegan al hombre, destruye en él los valores del espíritu, le llevan a sacrificar en aras del dinero y el poder cuanto sea preciso. El Señor nos pone sobre aviso a todos, pues todos podemos ser víctima, de uno u otro modo, de ese afán de poseer y de mandar. Lo importante, por lo tanto, no es amasar riquezas y honores, sino ser rico a los ojos de Dios. Sólo así podremos vivir serenos y tranquilos, sin temer ni a la muerte ni a la vida.


6.- "LA AVARICIA… QUE ES UNA IDOLATRÍA"

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Cuando Jesús se niega a ser árbitro de una cuestión económica y dineraria está marcando uno de los puntos más llamativos de su doctrina. En el momento que envía a sus discípulos a predicar el Reino de Dios y les pide, asimismo, que no lleven ni alforja, ni dinero, dibuja un panorama en el mismo sentido. Pero habrá más datos: "No podéis amar a Dios y al dinero". El máximo punto de desinterés aparece cuando recomienda que no nos preocupemos por lo que vamos a vestir o tener y pone como ejemplo la majestad de los lirios del campo. Y así nos llega a nosotros un desinterés absoluto por el dinero cuando vivimos inmersos en un mundo en que el deseo de poder económico ya ha superado todos los demás. Sabemos, asimismo, que jamás como ahora todas las cosas se miden y se quieren conseguir mediante el uso del dinero.

2.- En la valoración moral de muchos cristianos suele haber diferenciaciones importantes. Hay quienes sitúan como un gran mal los asuntos sexuales, otros apuntan hacia un cierto libertinaje total de las costumbres como el mal mayor. Cada vez hay más cristianos que usan de los asuntos políticos como elementos de mala moral. Y así, si están en la izquierda o en la derecha, colocarán sus postulados en forma de virtudes, y las posiciones contrarias a la manera de pecados. Pero muy pocos, en definitiva, van a decir que el afán de enriquecerse y la opresión económica son un gran mal. Nos han enseñado a vivir en un mundo competitivo en que el éxito solo tiene una traducción plena en el grosor de la cuenta corriente. Incluso hay cristianos que prefieren el mundo de la piedad personal antes que el trabajo caritativo -amoroso- por sus hermanos. El constante y repetido mensaje de Jesús a favor de los pobres es tomado como un modo simbólico.

3.- Cuando Dios creó al mundo y al hombre quiso que hubiera un desarrollo armónico. El trabajo produce bienestar y riqueza. No se trata –por supuesto— de que todos vivamos en el desierto vestidos de saco. El problema no es tener riquezas. La cuestión está en repartirlas. En saber que hay gentes necesitadas que necesitan de nosotros. La pobreza de espíritu no está enfrentada a la pobreza más radical. Se trata de no poner nuestro corazón junto a las riquezas para que éstas no nos tiranicen. Hemos conocido a algún adorador del dinero. Cuando esa pleitesía llega, la gente cambia profundamente. El adorador del dinero se hace feroz, menos alegre y, de manera pertinaz, sólo habla de dinero hasta convertirse en un soniquete insoportable. Y, por supuesto, también hablan de dinero, quien lo tiene y quien carece de él. Y, sin embargo, la música es la misma. También algunos pobres sitúan en lo más alto de su alma el ídolo del dinero con efectos muy graves para su vida.

4.- La parábola de la limosna de la viuda nos marca un buen camino de interpretación. Hay mucha gente sin recursos que da todo lo que tiene. Y hay otra con mucho que escatima hasta en la moneda que echa en el cestillo de misa dominical. Hay ricos que mantienen que la Iglesia es más poderosa que ellos y que no tienen obligación de compartir ni siquiera una moneda. El mundo de las riquezas suele tener muchas determinaciones nefastas. Los grandes dramas familiares, el enfrentamiento a muerte --no es un eufemismo-- de familias siempre se produce por la disputa ante una herencia.

5.- La frase que hoy nos dice Cristo es perfecta: "Guardaos de toda codicia". Es la codicia la que cambia nuestras almas y nuestros corazones. En este mundo de hoy un cristiano va a medir bien su posición de auténtico seguimiento al Maestro al evaluar su "enganche" con el dinero y su nivel de codicia. Todo el entorno está lleno de adoración por el dinero. El consumismo ha ido complicándose no solo por el deseo de tener muchas, sino además por tenerlas de marcas con alto precio. Una de las mayores estupideces que pueden existir es pagar el doble o el triple por algo que siendo igual que el resto "se distingue" por su "imagen".

6.- Debemos meditar muy en serio sobre nuestra posición respecto a las riquezas y a la codicia. Puede pasar desapercibida desde el punto de vista cristiano esa mala inclinación, porque en pocas ocasiones se considera como pecado el mal uso de las riquezas. Y, sin embargo, la terrible inestabilidad de este mundo surge de ahí. Los pueblos ricos explotan a los pobres. Y los hombres ricos precarizan el trabajo de otra gente para tener más riquezas. La oposición del cristianismo al mal uso de las riquezas o a la explotación económica no es un invento moderno de los cristianos progresistas. Hay muchos ejemplos, pero, tal vez, merece la pena leer en estos momentos algunos párrafos de la Carta de Santiago donde se dice: "El jornal de los obreros que segaron vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los lamentos de los segadores han llegado a Dios todopoderoso" (Sant. 5, 4)

7.- "La avaricia que es una idolatría". Pablo lo define estupendamente en la Carta a los Colosenses. Pocos adjetivos hacen falta ya. Es dinero es un ídolo de nuestro tiempo, que está ahí, conviviendo con nuestras creencias y haciéndose sitio. Es muy importante que el cristiano piense en su posición exacta respecto a las riquezas y cuál es el sitio que esas riquezas ocupan en su corazón. Pablo habla también en esa misma frase de la Carta, de la "impureza, la pasión y la codicia". No es cuestión de pasarlo por alto y ya dijimos en nuestro editorial de la semana pasada que el seguidor de Cristo tiene que aceptar la castidad que marca su estado, pero, asimismo, San Pablo enfatiza con el término idolatría --terrible pecado para él y para su tiempo-- el de la avaricia. Tengámoslo en cuenta.

4.- El Libro de Eclesiastés habla de la vanidad y es este defecto lo que lleva mucha gente a la persecución de distinciones y riquezas. Una vez más la liturgia dominical nos centra con enorme sabiduría nuestro propio y deseable camino.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


RAICES

Por Pedrojosé Ynaraja

Nota Los mensajes homilía que a vosotros, mis queridos jóvenes lectores, os dirigiré este mes de agosto, serán, como se decía antiguamente, telegráficos.

1.- En estas latitudes, el mes de agosto es mes de vacaciones. Para muchos vacaciones, para otros, entre los que yo me encuentro, más trabajo, pues, supone dedicarse, además del que es propio, a suplencias necesarias. Observaréis que el texto de la primera lectura de este domingo dice: vanidad de vanidades, todo es vanidad. El autor revelado se expresa así a sus primeros lectores, que consideran que la vanidad es cosa mala. Pero ya me diréis vosotros si en este mundo en que nos toca vivir, la vanidad es considerada cosa mala.

2.- Los concursos de belleza, a los que sólo escogidos pueden presentarse, son concursos de vanidad. Las alfombras rojas y las poses estudiadas ante el correspondiente photocall no son otra cosa que vanidad de vanidades.

Y la vanidad es un pecado capital. Esta expresión ha desaparecido ahora hasta de las catequesis. Nos costaba entenderlo a nosotros a los que se nos exigía aprenderlos de memoria. Se les llama capitales porque, a semejanza de la cabeza, a la que se le atribuyen las raíces de todo lo que el hombre hace, de estas inclinaciones, que no son otra cosa los pecados capitales, que uno puede dejarse llevar por ellos, o mantenerlos a raya, se derivan las acciones o actitudes malas.

3.- Tradicionalmente, y el Catecismo de la Iglesia Católica los conserva, sin que por ello sean dogmas, se dice que los pecados capitales son lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza, gula.

4.- Pero hoy nuestra cultura, estos nombres los ha traducido de tal manera que suenan a virtudes. En vez de lujuria, se le llama sexy, y es un atractivo personal. En vez de ira, ser impulsivo, y nos deja indiferente. En vez de soberbia, gran emprendedor ambicioso y ¿Quién no debe serlo? En vez de envidia, competencia ¡pobres de nosotros si no deseamos sobresalir respecto a los demás! En vez de avaricia, acumular patrimonio que asegure cualquier contingencia. En vez de pereza decimos que alguien sabe “dejar para mañana, lo que pudiera hacer hoy”, que nadie sabe cómo evolucionarán los valores y cambiarán los precios. En vez de gula, ser destacado sibarita, o experto sumiller, etc. (no me complace totalmente la traducción que os he ofrecido)

Os he dicho que redactaría rápido, no que acertaría en las expresiones. La lista de pecados capitales es tradicional, mi traducción tal vez precipitada. Vosotros mismos podéis corregirla.

5.- Lo que os aseguro es que cambian las modas, las técnicas y muchas costumbres, pero los pecados capitales, con uno u otro nombre, son siempre los mismos.

No es pecado ser ambicioso, el pecado está en obrar ambiciosamente. Y así con los demás.

Es curioso, o más bien lamentable, que a Dios se le arrincona con frecuencia, pero que en situaciones molestas, se pretende que colabore, para que consigamos nuestros deseos.

6.- El Señor nos ha puesto en este mundo para que en él nos movamos y trabajemos. Debemos apañarnos a jugar el juego de la vida en libertad y responsabilidad y, si sale mal, atenernos a las consecuencias. Si sois estudiantes, debéis estudiar, si habéis sido holgazanes, ateneos a las consecuencias el día del examen. Lo que os digo no supone que no podáis pedir a Dios, que facilite vuestro estado de ánimo u os sintáis bien de salud en el momento de la prueba.