Domingo XX del Tiempo Ordinario
18 de agosto de 2019

La homilía de Betania


 

1.- ¡Y OJALÁ ESTUVIERA YA ARDIENDO!

Por Antonio García Moreno

2.- CONTRACORRIENTE

Por Javier Leoz

3.- LA PAZ DE CRISTO Y LA PAZ DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

4.- JESÚS REMUEVE NUESTRA CONCIENCIA

Por José María Martín, OSA

5.- DE LA ESPERA Y DE LA ALERTA

Por Francisco Javier Colomina Campos

6.- DE LA PARADOJA A LA GUERRA

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL EVANGELIO NO ES PARA HOLGAZANES

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¡Y OJALÁ ESTUVIERA YA ARDIENDO!

Por Antonio García Moreno

1.- FIELES A LA DOCTRINA. "En aquellos días, los príncipes dijeron al rey: Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad " (Jr 38, 4). El profeta proclama con audacia el mensaje que Dios ha puesto en sus labios. Son palabras que maldicen, que hieren. Palabras que anuncian la verdad, palabras que no sonaban bien a los oídos del pueblo, palabras que exigían fidelidad heroica a Dios, palabras que no admitían arreglos ni componendas.         Por eso le atacan con audacia y con rabia, le acosan sin piedad, le acorralan como jauría de perros hambrientos. Le calumnian, mienten sin pudor. Intentan ahogar su voz, taparle la boca, reducirlo violentamente al silencio. Y casi llegan a conseguirlo.

Hoy también sucede lo mismo. Hay voces que caen mal, palabras que no se conforman con las tendencias hedonistas del momento. Profetas que hablan en nombre de Dios, que transmiten el mensaje divino hecho de renuncias a las malas inclinaciones, profetas que condenan con claridad y valentía la cómoda postura de los que quieren facilitar el áspero camino que conduce a la Vida, los que quieren ensanchar la estrecha senda que marcó Cristo con su vida y con sus palabras. Y también hoy se trata de tapar la boca al profeta, se intenta que sus palabras se pierdan en el silencio.

"Ellos cogieron a Jeremías y lo arrojaron en el aljibe de Melquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas" (Jr 38, 6). En el aljibe no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Había sombras densas en el fondo de la cisterna, olor nauseabundo de aguas podridas, barro sucio y luctuoso que pringaba. El profeta está pagando el precio de su audacia, de su atrevimiento en decir la verdad de Dios sin paliativos ni tapujos. No importa la persecución, no importa el no caer bien, el desprecio o la sonrisa burlona. No importa el juicio desfavorable, el ser llamado con los peores apelativos del momento. El verdadero profeta es fiel hasta los peores extremos, hasta la renuncia más dura que darse pueda. Fidelidad a la doctrina católica. Fidelidad a lo que es depósito de la revelación divina, a ese conjunto de verdades que, partiendo del mismo Cristo, ha venido enseñando y defendiendo el Magisterio auténtico de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica y Apostólica. Hay que afrontar con gallardía el momento difícil que atravesamos, hay que defender la verdad, la santa doctrina. Cueste lo que cueste, digan lo que digan, duela a quien duela.

2.- EL FUEGO DE DIOS. "He venido a prender fuego en el mundo..." (Lc 12, 49). En ocasiones se puede pensar que el Evangelio es un libro sin aristas, y que las palabras de Jesús fueron siempre suaves y dulces. Sin embargo, no es así. Muchas veces, más de las que creemos, el tono de las intervenciones de Cristo se carga de energía y poderío, las suyas son palabras ardientes y penetrantes, estridentes casi. Por eso pensar que el Evangelio es un libro irenista, o de consenso, es un error de grueso calibre. No, el Evangelio no contiene una doctrina acomodaticia ni fácil, no es tranquilizadora para el hombre, no es el opio del pueblo como decía uno de los santones del comunismo. En el pasaje de esta dominica oímos a Jesús que dice haber traído fuego a la tierra para incendiar al mundo entero. ¡Y ojalá estuviera ya ardiendo!, añade con fuerza. Sí, sus palabras son brasas incandescentes, fuego que devora y purifica, que enardece y enciende a los hombres que lo escuchan sin prejuicios, que ilumina las más oscuras sombras y calienta los rincones más fríos del alma humana. El Evangelio es, sin duda, una doctrina revolucionaria, la enseñanza más atrevida y audaz que jamás se haya predicado. La palabra de Cristo es la fuerza que puede transformar más hondamente al hombre, la energía más poderosa para hacer del mundo algo distinto y formidable.

Nuestro Señor Jesucristo ha prendido el fuego divino, ha iniciado un incendio de siglos, ha quemado de una forma u otra todas las páginas de la historia, desde su nacimiento hasta nuestros días, y hasta siempre, Es verdad que en ocasiones nosotros, los cristianos, ocultamos con nuestro egoísmo y comodidad, con nuestras pasiones y torpezas, la antorcha encendida que Él nos puso en las manos el día de nuestro bautismo. Pero el fuego sigue vivo y hay, gracias a Dios, quienes levantan con valentía el fuego de Dios, el fuego del amor y de la justicia, el fuego de la generosidad y el desinterés, el fuego de una vida casta y abnegada, el fuego de la verdad que no admite componendas. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz?, nos pregunta Jesús también a nosotros. Quizá tendríamos que responderle que sí, que pensamos que su mensaje es algo muy bello pero algo descabellado y teórico, un mensaje de amor mutuo que se reduce a buenas palabras, que es compatible con una vida aburguesada y comodona. Si eso pensamos, o si vivimos como si eso fuera el Evangelio, estamos totalmente equivocados, hemos convertido en una burda caricatura el rostro de Jesucristo, hemos apagado en lugar de avivarlo el fuego de Dios. Vamos a rectificar, vamos de nuevo a prender nuestros corazones y nuestros entendimientos en ese celo encendido, varonil y recio, que consumía el espíritu del Señor.


2.- CONTRACORRIENTE

Por Javier Leoz

Optar por el reino de Dios no es una cosa cualquiera. Nos hemos habituado, de tal manera, a vestir el manto de la religiosidad que, sin darnos cuenta, ¿no habremos perdido un poco el espíritu y el encanto de persuasión evangelizadora?

Porque, creer en Jesús, es mucho más que decir “soy católico” y, a continuación, vivir como si no lo fuera. Y, desgraciadamente, surgen dudas, miles de excusas.

Pero, el fuego del cual nos habla Jesús, la división de la cual habla el Señor es aquella que viene como consecuencia de un compromiso firme y real por el evangelio. Para ello, y es bueno recordarlo una vez más, es necesario un encuentro personal con Jesús. A veces ¿no os parece que decimos estar inmersos en la iglesia, ser cristianos pero… nos falta una experiencia profunda de fe?

1.- El fuego, la división de la cual nos habla Jesús, viene cuando nos posicionamos en el lado de la fe. Cuando el anuncio de la Buena Noticia significa para nosotros mucho más que la repetición de unos ritos.

Por poner un ejemplo. Actualmente, en la coyuntura de la vida social y política de España, comprobamos como “el tema religioso” levanta ampollas. Como hay un intento de aparcarlo a un lado porque según dicen “la fe pertenece al ámbito de lo privado”. Mientras que, otros, mantenemos que la fe se demuestra y se vive en el camino de la vida. Sin imposiciones pero con un objetivo: teñir todo el conglomerado con esa gran escuela de valores humanos y divinos que están dispersos a lo largo de todo el evangelio.

Lógico, pues, que esto no deje indiferente a nadie; a unos, porque no les gusta y les parece “poco moderno” y a otros, porque nos parece injusto el trato que recibe la iglesia o cualquier aspecto relativo a la religión.

Por ello mismo, la dulzura de la fe (simbolizada por ejemplo en el Corazón de Jesús) dista mucho de la proclamación y de la reflexión del evangelio de este día. Pero, es que el fuego del cual nos habla Jesús es el mismo que ardió en el corazón de Cristo: el fuego del Espíritu.

2.- La fe, cuando se vive radicalmente, crea estos contrastes: adhesión e indiferencia; aplausos y reproches; caminos abiertos y dificultades; reconocimiento y martirios. Sí, amigos, es la realidad. Una fe, llevada a feliz término, no significa vivir la fe felizmente. Entre otras cosas porque estaríamos traicionando el espíritu evangélico. Por eso, cuando a la iglesia se le ataca de que divide, de que no se deja domesticar, de que no está a la altura de los tiempos…habría que responder con el evangelio en mano: “no he venido a traer paz sino división, y ojala estuviera el mundo ardiendo”. Ardiendo, por supuesto, por el fuego de la justicia, de la paz, del amor de Dios, de la fraternidad, del perdón, del bienestar general y no particular.

3.- ¿Qué nos asusta el conflicto y la división? Puede que sí. Pero el reinado de Dios no se instaura sin oposición. El reino de Dios tiene mucho que ver y mucho que denunciar dentro de las estructuras del mundo; de la injusticia; de la pobreza; de la paz o de la guerra; del hambre o del confort; de la vida o de las muertes;

Y, por ello mismo, porque hay muchos intereses creados, siempre padeceremos las divisiones, las presiones para que “esa opción por el reino de Dios” sea mucho más suave y más descafeinada.

Es bueno recordar la división que, Jesús, creó en los primeros cristianos. Hasta el mismo San Francisco de Asís tuvo que luchar en contra de su propio padre.

Nuestra situación es muy distinta. Yo diría que escandalosamente distinta. Quisiéramos una religión sin conflictos; una predicación sin contrarréplica; una evangelización sin escollos; un sacerdocio sin cruz; una iglesia sin martirologio.

Pidamos al Señor, en este domingo, que no seamos tan prudentes ni tan cobardes a la hora de presentar su mensaje.

¿Quieres saber si has predicado bien el evangelio? Preguntaba un gran santo a su discípulo. Si la gente sale de la iglesia alabándote o indiferente, es que el Señor no ha hablado.

4.- PASIÓN POR EL REINO ENAMORADO

Tú te has acercado,

has soplado sobre los rescoldos

de mi corazón,

y luz, calor, fuego y vida

han surgido gratis

inundando todo mi ser.

Derribaré cuanto se interponga

entre nosotros:

mis miedos, mis apegos, mis trampas,

mis seguridades, mis murallas,

mis pecados, mis conciertos,

mi insensatez...

y hasta mis pensamientos sobre ti.

 

Te dejaré entrar

hasta las alcobas más íntimas.

No te retendré en el umbral.

Despojado de todo,

excepto de mi deseo por ti,

te esperaré despierto,

arado,

desnudo,

limpio,

enamorado...

Sólo quiero la brisa de tu presencia

y el abrazo de tu amor.


3.- LA PAZ DE CRISTO Y LA PAZ DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

1.- ¿Pensáis que he venido a traer al mundo la paz? No, sino división. Son múltiples los textos en los que se nos dice que Cristo sí vino al mundo a traernos la paz. Por citar sólo algunos textos que sabemos de memoria todos los cristianos, podemos recordar lo que todos los días oímos en nuestras eucaristías. Después del Padrenuestro, rezamos siempre: Señor Jesucristo que dijiste a tus apóstoles <la paz os dejo, mi paz os doy> e inmediatamente después el sacerdote desea a todos los fieles que <la paz del Señor esté con todos vosotros> e invita a todos los fieles a darse mutuamente la paz. Al terminar nuestras eucaristías despedimos a los fieles diciéndoles: <Podéis ir en paz>. El mismo Cristo cuando se hace presente entre sus discípulos, después de la resurrección, siempre les saluda diciendo: <la paz esté con vosotros>. Podríamos añadir textos y textos del evangelio, de san Pablo y de los santos Padres, en los que se dice muy claramente que Cristo es nuestra paz, pero no es necesario. ¿Cómo explicar entonces este texto del evangelio según san Lucas en el que el mismo Cristo nos dice que él no ha venido al mundo a traer la paz, sino la división? La explicación más clara la tenemos en un texto del evangelio según san Juan en el que se nos dice literalmente: <os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo> (Jn 14, 27). La paz que nos da Cristo no es simple ausencia de guerras, o simple sumisión a las autoridades, es, sobre todo, lucha esforzada contra la injusticia. La justicia y la paz se besan, como se nos dice en distintos textos de la Biblia, dándonos a indicar que sin justicia social y moral no puede haber paz evangélica. Mirando a la vida de Cristo esto lo vemos muy claramente: Cristo no vivió en paz con las autoridades sociales y religiosas de su tiempo, sino en franca oposición. Por eso le mataron, porque denunció la injusticia de los injustos y criticó valiente y públicamente a los que querían hacer de su interesada y mundana justicia un arma con la que hacer callar a los que vivían explotados y marginados. La paz de Cristo, la paz del evangelio es enemiga muchas veces de la paz del mundo.

2.- Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo. Esto es lo que le decían los príncipes al rey Sedecías. El profeta Jeremías sabía muy bien que oponerse violentamente al ejército babilónico sólo iba a traer a los habitantes de Jerusalén ruina, destrucción y la muerte de muchos inocentes. Los príncipes, en cambio, querían la guerra y le forzaron al rey a arrojar al profeta al aljibe donde no había agua, sino lodo, para que muriera y les dejara en paz. La vida del profeta Jeremías se ha comparado muchas veces con la vida de Cristo, porque Jeremías sufrió persecución, destierro y muerte, por predicar la verdad de Dios frente a la interesada verdad de las autoridades de su pueblo. Decir la verdad de Dios, del evangelio, a las autoridades civiles muchas veces lleva consigo persecución y muerte. El buen cristiano, el buen discípulo de Cristo, tiene que estar dispuesto siempre a predicar la verdad del evangelio, aunque su lucha por la justicia le lleve a la marginación y a la misma muerte. Esto es lo que hizo el profeta Jeremías y esto es lo que hizo nuestro Señor Jesucristo.


4.- JESÚS REMUEVE NUESTRA CONCIENCIA

Por José María Martín, OSA

1.- Perseguido por ser consecuente. ¡Muera ese Jeremías, porque está desmoralizando a los soldados! Esta es una vieja historia en la que el que anuncia lo peor es acusado de ser el autor de ello. Se trata de matar al mensajero para evitar la responsabilidad. En el caso de Jeremías la palabra que tiene que anunciar le molesta y le complica la vida. La vida y la misión del profeta no es fácil. A Jeremías le meten en prisión y a punto estuvo de perder la vida. Pero él fue honrado al avisar del peligro inminente de la llegada de los babilonios. Intentan acallar su voz, pero el desastre va a venir precisamente porque no le escucharon. Nosotros debemos ser consecuentes. Aunque no esté de moda ser cristiano, aunque nos critiquen o se metan con nosotros, tenemos que anunciar la verdad y denunciar el peligro que acecha a nuestro mundo cuando los criterios dominantes son los del materialismo o los de la violencia. Cristo Jesús soportó la cruz, despreciando la ignominia, nos dice la Carta a los Hebreos. Ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Por eso nos invita a no perder el ánimo en nuestra lucha contra el pecado. El salmo 39 nos invita a volvernos más bien hacia Dios, en la desgracia. Nos consuelan las palabras del salmista: "Dios se inclinó sobre mí para escuchar mi clamor... El asentó mis pies". Distinta esta actitud de confianza de la de los falsos agoreros que anuncian toda clase de desgracias sin proponer solución. Ya advirtió Juan XXIII que desconfiáramos de los profetas de desgracias que se creen enviado por Dios para oscurecer nuestro universo.

2.- El fuego que transforma. "He venido a prender fuego al mundo". El fuego era un elemento importante en la vida de Israel: para cocer los alimentos, para calentarse, para alumbrarse. También se servían de él para destruir lo que era contagioso y malo, como los ídolos. En el Templo se debía siempre mantener el fuego del altar de los holocaustos para los sacrificios. El fuego es frecuentemente relacionado con la aparición de Dios (a Moisés en una brasa ardiente, en la columna de fuego en el desierto, cuando Ezequiel es escogido como profeta, el día de Pentecostés en forma de lenguas de fuego...). El fuego es calor y luz, signo del Espíritu. El fuego está también ligado a la purificación de Dios y al juicio final. Es sin duda este aspecto del fuego del que Jesús habla cuando dice haber venido para traer fuego sobre la tierra. El fuego de su amor purificará el mundo el día de la Pasión, de ahí el deseo de Cristo: "¡Cuánto desearía que ya estuviera encendido!".

3.- Jesús quiere que reaccionemos. "No he venido a traer la paz". Jesús quiere decir que no ha venido a traer la falsa paz. La paz verdadera no es la de la tranquilidad (cuando tranquilidad viene de tranca y de miedo), ni la paz de la falta de compromiso, ni la falsa paz basada en la injusticia. La verdad, la libertad y la justicia son difíciles de establecer en la tierra. El pacifismo cristiano no es aprobación del desorden o de la división. Para que "estalle" la paz es necesario provocar cierta violencia interior para no quedarnos tranquilos con nuestro cristianismo acomodado y aburguesado. Cristo viene a despertar nuestra conciencia, a provocarnos en cierto modo. La respuesta a esta provocación puede generar falta de comprensión en la familia. ¿Qué decir cuando un hijo opta por irse al Tercer Mundo o abraza la vocación sacerdotal o religiosa? En muchos casos se produce la división en la propia familia, "el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre". Jesucristo no ha venido al mundo para dejar las cosas como están, para tranquilizar nuestras conciencias, para que nos olvidemos de las sangrantes injusticias de nuestro mundo. La paz que El anuncia se basa en la justicia y en la lucha por la transformación de las estructuras injustas. No es simplemente ausencia de guerra, es trabajo constante para derribar lo que impide la consecución de un mundo más humano.


5.- DE LA ESPERA Y DE LA ALERTA

Por Francisco Javier Colomina Campos

Si en el evangelio del domingo pasado Jesús nos habló de la importancia que hemos de dar a los bienes de aquí abajo, buscando los de arriba, la palabra de Dios nos habla este domingo de la espera y de la alerta. Muchas veces nos pasa que necesitamos ver y tener en mano aquello que consideramos importante. Sin embargo, la fe es precisamente lo contrario: la espera de lo que todavía no tenemos en mano y que tampoco vemos, pero que sabemos que Dios nos lo ha prometido. Por eso debemos estar alerta, como nos dice hoy el Evangelio.

1. No he venido a traer paz, sino división. El fuego con el que Jesús quiere prender fuego a la tierra no es otra cosa sino el amor inmenso de Dios, que Jesús desea que llegue a todo el mundo. Ese amor, manifestado hasta sus últimas consecuencias en la cruz, el bautismo con el que Jesús ha sido bautizado y que Él mismo anuncia en el Evangelio. Pero este amor de Dios no es comprendido por todos, por ello trae división y discordia. La verdad no tiene muchos amigos, por ello las palabras de Cristo en el Evangelio, cuando son vividas de forma auténtica por los cristianos, traen divisiones y persecuciones. Así lo han vivido los hombres de Dios a lo largo de toda la historia. Ya en el Antiguo Testamento encontramos el ejemplo de los profetas, como Jeremías al que hemos escuchado en la primera lectura, que nos narra cómo fue arrojado a un pozo con la intención de que muriese. Vivió Jeremías otras muchas persecuciones, igual que los primeros cristianos, muchos de los cuales murieron mártires. Incluso en nuestros días seguimos escuchando noticias de persecución a los cristianos, y no aparecen en televisión ni una pequeña parte de las persecuciones que se producen en todo el mundo contra aquellos que han decidido tomarse en serio el seguimiento de Cristo. Quizá nosotros estamos también viviendo algo así, algún familiar o amigo que no comprende nuestra fe, que nos ataca de algún modo. Se cumple entonces lo que Jesús nos dice hoy en el Evangelio.

2. Señor, date prisa en socorrerme. Pero en medio de las dificultades y las persecuciones, los cristianos no podemos desesperarnos. Más bien al contrario, hemos de acudir al Señor. En el salmo de la Eucaristía de hoy hemos dirigido juntos una súplica de auxilio al Señor. Esta súplica es urgente, tiene prisa, pues los sufrimientos por causa de la fe no son fáciles de sobrellevar. Por eso pedimos a Dios que venga en nuestro socorro. Quizá puedas estar pensando que tú ahora no te encuentras en una situación de dificultad en la que necesites pedirle a Dios que venga de prisa en tu auxilio, pero si te das cuenta, cuando rezamos, no lo hacemos sólo en nombre propio, sino que también rezamos en nombre de toda la Iglesia. Por eso, al pedirle hoy al Señor que venga en nuestra ayuda, ponemos en nuestros labios la súplica de muchos otros cristianos que sí están sufriendo, y en su nombre le pedimos a Dios que los socorra pronto, de prisa.

3. Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca. El autor de la Carta a los Hebreos nos da un ejemplo de cómo vivir la vida cristiana en medio de las dificultades. Apoyándose en el testimonio de los mártires de los primeros siglos, de cuyo martirio fue testigo el autor de esta Carta así como sus mismos lectores, el pasaje de la segunda lectura nos invita a correr en la carrera que nos toca. Este ejemplo, que en repetidas ocasiones usó también san Pablo, añade que no sólo basta con correr, sino que además, para poder correr más ligeros y llegar antes a la meta, hemos de deshacernos de aquello que nos estorba. De todos es sabido que, si pretendemos hacer una carrera, no podemos cargarnos con peso, pues el peso que carguemos de más nos impedirá correr y ganar. El peso del que nos habla la Carta a los Hebreos es nuestro propio pecado. El pecado nos estorba y nos asedia. Por ello, la palabra de Dios nos invita hoy a dejar atrás nuestro pecado y nuestras miserias, todo aquello que nos aleja de Dios y nos impide correr con ligereza, y nos llama a correr la carrera de la fe teniendo los ojos fijos en Jesús, que es quien inicia y completa nuestra fe.

Muchas veces tenemos la tentación de coger el camino fácil, el que no nos cansa ni nos hace padecer, el que nos lleva más rápido a la alegría y al descanso. Peor en la fe, el camino fácil no es el mejor. En la segunda lectura hemos escuchado el testimonio del mismo Jesús que, en lugar de buscar el gozo inmediato, la alegría fácil, soportó el suplicio de la cruz, siendo despreciado por todos. Este es el camino de la fe, un camino incomprendido por muchos, despreciado por otros, pero que nosotros, con la ayuda de Dios, recorremos con alegría imitando a Cristo, que se entregó por nosotros.


6.- DE LA PARADOJA A LA GUERRA

Por Ángel Gómez Escorial

1. - Hay en la enseñanza de Jesús una continua tendencia a la paradoja. En un momento dice que es manso, pacífico y humilde y que su yugo –su cruz— es suave y ligero. Pero ahora –consignada en la lectura de este domingo vigésimo del Tiempo Ordinario— afirma que no ha venido al mundo al traer la paz, sino la división. El uso de la paradoja –patrimonio también de la espiritualidad de Oriente— ayuda reflexionar más, a no quedarse en la superficie. Una parte muy importante del Reino de Jesús está en el pensamiento, en la capacidad de discernimiento del hombre. No es posible quedarse, respecto a Cristo, en la superficie o en la aceptación no reflexiva de lo que los demás dicen del Él.

2. -Y luego está la "guerra" anunciada por Cristo en la que, incluso, parece que ni siquiera la familia se va a encontrar desprovista de división. En las palabras de Cristo que leemos hoy había –sin duda— referencias a lo que ya iba a ocurrir en su tiempo. La Redención no iba a ser, en la Palestina de entonces, pacífica. Los planteamientos liberalizadores y santificadores de Jesús van a tropezar fuertemente con el fariseísmo generalizado, que había convertido la relación con Dios en un asunto casi estrictamente jurídico. Las posiciones muy estructuradas del "establishment" judío tenían que impedir cualquier cambio. Pero Jesús tampoco podía transigir con esa locura humana que había convertido al Dios Padre --al Abba de sus oraciones-- en una especie de enrevesado código penal. El dominio del mal --y del Maligno-- iba a impedir la redención pacifica entonces y aplazar su consecución al final de los tiempos.

3. - La lucha continúa. Es fácil aproximar o mezclar las motivaciones políticas en el quehacer religioso. Los intentos de "absorción" e instrumentación de la religión son permanentes. La Iglesia Católica también ha caído en ese problema. Aunque está dotada de una fuerte personalidad de independencia frente al poder temporal y su camino de purificación sea constante a través de la historia. Muchos somos testigos, de mayor o menor importancia, de lo que fue el Concilio Vaticano II y como esa acción comunitaria de toda la Iglesia abre unos caminos de purificación evidente. La sociedad civil –o política— no ha reaccionado de la misma manera y también hemos conocido el intento de instrumentación –de derecha a izquierda— contemporáneo que va desde el llamado nacionalcatolicismo hasta la infiltración del marxismo leninismo –en algunos casos con dependencia orgánica de Estados comunistas—en la llamada Teología de la Liberación. Es obvio que la cercanía a cualquiera de esas dos posiciones iba a traer guerra. ¡Y tanto que la trajo!

4. - Sobrecoge la alusión de Cristo a la "guerra familiar". Pero existe. Los fenómenos de división que hemos encontrado en la sociedad también van a aparecer en el seno de la familia. La familia –pieza fundamental de la convivencia humana— también impone a veces reglas que están en contradicción con la doctrina de Jesús. Todavía en muchas partes de la Tierra, el conglomerado familiar se utiliza como sistema, casi imbatible, de opresión política y económica. Y oponerse a esos dictados de los clanes puede traer más problemas que las acciones realizadas en el contexto más amplio de toda una sociedad.

5. - Tampoco hay que descartar la guerra interna. Nuestra alma puede ser un escenario cercano a un campo de batalla, cuando Cristo quiere llevarnos a su camino. En toda conversión hay una lucha fuerte interna que, a veces, parece inaguantable. Cristo libera interiormente. La búsqueda constante de la verdad nos hace más objetivos. La auténtica sintonía con Jesús no es --para nada-- una alienación. Bien al contrario. Porque desaparece el uso de la mentira –respecto a nosotros mismos y a los demás— y porque se añade un principio de objetividad a la hora de examinar nuestras conductas. Los intentos autojustificatorios y culpabilizantes de los otros, desaparecen. Pero hasta que se llega a eso hay que luchas y, por supuesto, hay división interna.

6. - Y tras la lucha llega la paz, tal como después de la tempestad arriba la calma. El Señor Jesús nos va a ayudar siempre a encontrar la paz y la calma. Sin embargo, lo que no podemos pretender es encontrar calma y paz sobre bases equivocadas y fraudulentas. El Reino de Dios está basado en la libertad, la paz, la justicia, el amor... Es más que obvio que muchos se oponen a la libertad; no aman la paz, porque la guerra les es más rentable; crean su propia justicia para seguir oprimiendo y el amor es solo -para esos muchos- otro tipo de instrumentación y abuso respecto a lo que deberían ser tratados como hermanos. Con tal antagonismo la paz parece imposible. Pero esta paz llegará un día de manera total y vendrá de la mano de Jesús.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


EL EVANGELIO NO ES PARA HOLGAZANES

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El comodón no disfruta de la vida. El más confortable sillón no proporciona la felicidad de un beso, ni la satisfacción que uno siente cuando ha ayudado a alguien y le ha salvado de un mal trance.

La película más interesante que uno pueda ver, nunca superará la felicidad que proporciona la propia aventura, vivida apasionadamente.

2.- Os proponía, mis queridos jóvenes lectores, que elaboraseis un pasquín con los nombres de los héroes que habían trasmitido la historia de la salvación. Hoy os sugiero que leáis como continuación el siguiente fragmento del que se nos ofrece como segunda lectura de este domingo: “soportó la cruz, sin miedo a la ignominia y ahora está sentado a la derecha del Padre, recordad al que soporto la oposición de los pecadores…” y de idéntica manera que os decía la semana pasada, miraos detenidamente al espejo y preguntaos ¿yo hago lo mismo?

3.- La primera lectura describe un corto episodio de la vida de Jeremías. Ya lo veis, un profeta siempre incomoda a los hombres, pero nunca es abandonado por Dios. En el evangelio se nos recuerda que la vida de un amigo de Jesús no es fácil, que pasará amargos tragos cómo Él.

No os extraña, cuando un deportista recibe un trofeo y se le pregunta cómo ha logrado conseguirlo, nunca responde que le ha salido fácil. El trofeo de la Gloria, en el podio y junto al aplauso de Cristo, siempre implica entrenamiento y esfuerzos grandes.

4.- La ventaja del deporte de la santidad es que aunque la debilidad, o el desánimo, la desorientación o la misma derrota ante una tentación, por un momento, o por muchos momentos, suponga una caída, no solo es posible levantarse, sino que se recibe de Dios la misma ayuda, el perdón y la Gracia.