Domingo XIX del Tiempo Ordinario
11 de agosto de 2019

La homilía de Betania


 

1.- ESTEMOS ALERTA

Por Francisco Javier Colomina Campos

2.- NO DEFRAUDEMOS A DIOS

Por José María Martín OSA

3.- EL PRINCIPAL TESORO DE UN CRISTIANO ES SU FE EN DIOS

Por Gabriel González del Estal

4.- SER FIELES POR ENCIMA DE TODO, AL MENSAJE DE CRISTO

Por Antonio García-Moreno

5.- ¿QUÉ VIENE EL SEÑOR?

Por Javier Leoz

6.- ESPERANDO A LA VUELTA DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


CONFIANZA Y FE

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ESTEMOS ALERTA

Por Francisco Javier Colomina Campos

Si en el evangelio del domingo pasado Jesús nos habló de la importancia que hemos de dar a los bienes de aquí abajo, buscando los de arriba, la palabra de Dios nos habla este domingo de la espera y de la alerta. Muchas veces nos pasa que necesitamos ver y tener en mano aquello que consideramos importante. Sin embargo, la fe es precisamente lo contrario: la espera de lo que todavía no tenemos en mano y que tampoco vemos, pero que sabemos que Dios nos lo ha prometido. Por eso debemos estar alerta, como nos dice hoy el Evangelio.

1. La fe, fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve. Cuántas veces he podido escuchar expresiones como: “Yo le tengo mucha fe a este santo, o a esta imagen de Cristo o de la Virgen”, o también “yo tengo mi fe, a mi manera”. Muchas veces la palabra “fe” ha sido manipulada de tal modo que para muchos resulta difícil poder saber qué es exactamente la fe. Hoy, el autor de la Carta a los Hebreos nos da en la segunda lectura una definición preciosa de lo que es la fe. La fe no se basa en lo que vemos, en imágenes de madera y en gestos y ritos. La fe es la esperanza de aquello que Dios nos ha prometido, que aún no vemos, pero que, porque tenemos la confianza puesta en Dios, nuestro Padre, y porque nos fiamos de la palabra de su Hijo Jesucristo, esperamos alcanzar un día. Y a continuación, el autor de la carta nos propone el ejemplo de Abrahán, al que llamamos “nuestro padre en la fe”. Dios le prometió una tierra, y él salió de su casa, sin saber todavía qué tierra era esa, porque se fiaba de Dios. También se fio de Dios cuando le prometió que iba a tener un hijo, él que era mayor y su mujer estéril, y que de ese hijo iba a nacer una gran descendencia. Y cuando finalmente Dios le dio un hijo, Abrahán estuvo dispuesto a entregarlo en sacrificio cuando Dios se lo pidió. Vivió como extranjero en la tierra prometida, sin poseerla todavía, igual que los demás patriarcas. Así nos enseña el autor de la Carta a los Hebreos que la fe es esperar aquello que todavía no tenemos, que no vemos, pero que confiamos en Dios que es quien lo ha prometido, y sabemos que Él siempre cumple sus promesas. Y esto nos da ánimo, como hemos escuchado en la primera lectura del Libro de la Sabiduría.

2. Donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. En el Evangelio, Jesús nos recuerda que Dios ya nos ha dado lo prometido: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino”. Dios ha cumplido su promesa, por eso no debemos tener miedo. Pero ya no se trata de una porción de tierra aquí abajo, como le prometió a Abrahán, sino el Reino de los Cielos que Dios nos prometió desde antiguo y que nos ha traído ya por medio de Jesucristo. Por eso Jesús nos llama a poner nuestro corazón en el Cielo, donde tenemos nuestro tesoro, que es la promesa cumplida de Dios. Si tenemos nuestro tesoro aquí en la tierra, tendremos nuestra esperanza puesta sólo en las cosas de aquí, que sabemos que tarde o temprano terminan acabándose. Pero Dios nos promete algo más grande, algo que es para siempre. Por eso, la actitud propia del cristiano es la de olvidarse de las cosas de aquí para poner su corazón en las cosas de arriba. Allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón, y no hay mayor tesoro que el Reino que Dios nos ha prometido.

3. Estad alerta. Pero si una actitud propia del cristiano es llevar el corazón al Cielo, donde está nuestro tesoro, otra actitud propia del cristiano es la de estar alerta. Y es que la fe, puesto que es esperar aquello que no vemos, exige de nosotros que estemos atentos, pues Dios nos dará lo prometido cuando menos lo esperemos. Si lo viésemos, sabría por dónde va, y sabríamos cuándo viene y por dónde. Sin embargo, Dios siempre nos sorprende, y llega a nosotros cuando menos lo esperamos. Por ello, la actitud que Jesús nos pide en el Evangelio es la de estar alerta. La cintura ceñida nos recuerda a la Pascua, cuando Dios mandó a los israelitas que comiesen el cordero así. Además, es el modo de vestir propio para el trabajo, la cintura ceñida para sujetar bien la espalda y poder llevar a cabo el trabajo en el campo. Por otro lado, la lámpara encendida nos recuerda la noche, momento en el que solemos dormir, despreocupándonos de lo que pasa a nuestro alrededor. Por ello, la lámpara encendida es signo de la vigilia, de la espera de aquél que puede llegar en cualquier momento, incluso a altas horas de la noche.

“Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará”, nos ha dicho Jesús. A nosotros Dios nos ha dado la prenda de la promesa del reino: nos ha dado su palabra, que acabamos de escuchar, y nos ha dado la Eucaristía, su cuerpo entregado en señal del amor de un Dios que cumple siempre lo que promete. A nosotros, que Dios nos ha dado tanto, nos reclama una respuesta de verdadera fe, una fe como la de Abrahán, que nos hace salir de nosotros mismos para alcanzar aquello que Dios nos quiere dar.


2.- NO DEFRAUDEMOS A DIOS

Por José María Martín OSA

1. – Busca en tu interior. Cuentan que un joven recibió en sueños una gran revelación: en el cruce de dos caminos cercanos a su aldea había un gran tesoro. Sólo tenía que ir allí y remover la tierra para conseguirlo. Ni corto ni perezoso se dirigió a aquel lugar. Estuvo todo el día cavando, retirando las piedras y apartando la tierra. Cuando ya estaba derrumbado y agotado por el duro trabajo pasó por aquel cruce un sabio que le preguntó qué estaba haciendo. Al explicarle su sueño el sabio le dijo que él también había tenido un sueño parecido, pero que el tesoro de su sueño estaba dentro de una casa que tenía dos ventanas, un hermoso porche a la entrada un tejado de color rojo. El joven recapacitó y se dio cuenta de que la casa de la que le estaba hablando aquel desconocido era su propia casa. Salió corriendo hacia su domicilio y excavó justo al lado de la puerta y encontró un hermoso cofre. Se dio cuenta de que el tesoro lo había tenido muy cerca, en su propia casa durante muchos años y no se había dado cuenta del hecho. Puede que nos ocurra a nosotros lo mismo. Dentro de nosotros está la felicidad, pero hace falta descubrirla. Ya lo advertía un experto en búsqueda de la felicidad, Agustín de Hipona, quien hace dieciséis siglos y después de una larga experiencia vital de búsqueda, escribía: "No vayas fuera, busca en tu interior, pues en el hombre interior habita la verdad". Un buen programa para este verano: profundizar en nuestro interior para encontrarnos con nosotros mismos y con Dios. Nuestro tesoro es el conocimiento de Dios.

2.- Hacer lo que Dios espera de nosotros. Dios, nuestro Señor, nos ha entregado a cada uno de nosotros una responsabilidad: cualidades, aptitudes, capacidades para cultivar y usar, pero también para cuidar mientras Él regresa. No debemos dormir, ni actuar como el empleado infiel, sino hemos de estar vigilantes y despiertos y trabajar por hacer un mundo mejor. No por temor al castigo, sino por amor a Dios y por no defraudar lo que El espera de nosotros. El temor del Señor no es miedo, sino respeto y agradecimiento a Dios, que nos han entregado muchos dones y espera que los pongamos al servicio de los demás. Alguien dijo que su anhelo mayor es presentarse ante Dios con el corazón lleno de nombres: los de todas las personas a las que ayudó, sirvió y amó. Nosotros, como siervos suyos, tenemos que cuidar de lo que puso en nuestras manos. Nuestro Señor desea que los talentos que nos ha dado sean multiplicados, y que cuando nos pida cuentas salgan favorables para su Reino.

3.- Mantenerse en vela y preparado. No hay persona en el mundo que pueda vivir tu vida por ti. Cada cual debe tener disponible su lámpara con aceite suficiente. El aceite hace referencia a la energía que mueve nuestro espíritu: la oración, los sacramentos. Si el señor es Cristo, el encuentro con El es también personal, aunque los demás puedan ayudarte a llegar a El. Sólo si le amas de verdad, si le buscas, si le deseas podrás conocerle. Tienes que mantenerte en vela. Todo es gracia. La tarea, por nuestra parte, no es más que la respuesta a un don que nos hemos encontrado entre las manos. El "Amo", pues, nos entrega algo para que trabajemos. Hay personas que tienen gran influencia sobre los demás, otras son muy serviciales, otras, en cambio, son capaces de entregarse con heroísmo al cuidado de gente enferma, los hay con una profesión, con un trabajo, con unos estudios, con una responsabilidad concreta en la sociedad. "Yo estoy en paz con Dios porque no hago daño a nadie, porque no me meto con nadie, y voy a misa y rezo". No es eso, sólo, lo que quiere Dios, no es eso lo que predica Jesús. Un cristiano no queda en paz con Dios porque no haga daño a nadie. Un cristiano queda en paz con Dios cuando se esfuerza para que crezca un poco más en el mundo la esperanza, el amor, la fe. Si uno quiere ser fiel, sin duda se encontrará con momentos poco claros, y se equivocará probablemente más de una vez, pero Dios podrá decirle al final de su vida, que ha sido fiel en lo que Él quería: que los dones que Él ofrece a los hombres den fruto. ¿Soy consciente de lo mucho que he recibido de Dios? El solo hecho de tener la vida, es un don que ya hemos recibido. Sería bueno descubrir en cada uno de nosotros todo lo que produce vida, sólo así podremos ser agradecidos. Se nos va a exigir mucho, porque mucho es lo que hemos recibido. Esta es nuestra responsabilidad…


3.- EL PRINCIPAL TESORO DE UN CRISTIANO ES SU FE EN DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Parece evidente que durante siglos la fe en Dios ha sido el principal tesoro que ha dirigido el corazón de muchos cristianos. No me refiero, en este momento, a los líderes o protagonistas principales de la historia, sino a los millones de personas anónimas para quienes la fe en Dios fue su principal sostén y alimento. “Vela ahí, Dios lo ha querido”; “estaría de Dios”; “que sea lo que Dios quiera”; “gracias a Dios”; “que Dios nos coja confesaos”; “cuando Dios nos lo manda, por algo será”. Estas expresiones y otras muchas parecidas que decían tan frecuentemente nuestros abuelos y abuelas eran fruto y consecuencia de una actitud de resignación y consuelo que sólo encontraban explicación y razón de ser en su fe en Dios. Sin la fe en Dios muchas de esas personas se hubieran derrumbado y desesperado. Todavía hoy día, aunque en número muchísimo menor, se encuentran personas profundamente creyentes que, ante una grave enfermedad, o ante una gran desgracia, encuentran fuerza y ánimo para luchar gracias a su fe en Dios. Es cierto que la fe en Dios tiene hoy, para la mayor parte de las personas, una importancia menor, pero sigue siendo verdad que, en general, la fe en Dios es, para los que la tienen, fuente de fortaleza y de ánimo. Encauzar rectamente la fuerza que nos debe proporcionar nuestra fe en Dios es una tarea psicológica y espiritual que no debemos abandonar nunca.

2.- Los hijos piadosos… se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes. Los “hijos piadosos” a los que se refiere el libro de la Sabiduría son los judíos del tiempo del éxodo que vieron y sintieron a Dios como la causa primera de su liberación. El sentirse hijos del mismo Dios los animaba a comportarse como hermanos, ayudándose mutuamente en los peligros y compartiendo los bienes. Para estos judíos piadosos era evidente que su fe en Dios debía ser siempre su principal fuerza para vencer al mal y hacer el bien. Nosotros, los cristianos, creemos que nuestra fe en Dios nos obliga a ser solidarios no sólo con “los santos”, o con los de nuestra misma religión, sino con todas las personas, porque todos somos hijos del mismo Dios, de un Dios liberador.

3.. La fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve. La esperanza es la fuerza que alimenta la fe. Sin esperanza la fe se desinfla y se pierde. El patriarca Abrahán fue capaz de esperar que la promesa de Dios se cumpliría, aun cuando, humanamente hablando, todo hacía prever que no se iba a cumplir. Nuestra esperanza debe ser siempre una esperanza activa, que nos impulse y nos dé fuerza para seguir caminando con fortaleza y ánimo. Una persona que vive animado por una esperanza activa suele ser una persona más eficaz y más alegre que las personas desesperanzadas. El patriarca Abrahán debe ser nuestro modelo de fe y nuestro modelo de esperanza.

4.- Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva. La esperanza activa exige vigilancia activa. Cuando esperamos a alguna persona querida o importante nos preparamos para recibirle lo mejor que sepamos y podamos. Así, nuestra vida debe ser una continua espera vigilante. La vigilancia nos exige una continua preparación y una continua atención. Somos viajeros y caminantes que esperamos encontrarnos, al final de nuestro camino, con nuestra anhelada tierra prometida. Si nuestra fe es firme, también nuestra esperanza y nuestra actitud vigilante serán firmes y continuadas. No es fácil tener fe y esperar en lo que no se puede ver con los ojos del cuerpo, pero así es nuestra fe religiosa. Creemos en Dios y esperamos en Dios, porque nos fiamos de Dios. La fe activa del patriarca Abrahán estuvo siempre sostenida por su confianza en Dios.


4.- SER FIELES POR ENCIMA DE TODO, AL MENSAJE DE CRISTO

Por Antonio García-Moreno

1- ÁNIMO. "Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres para que tuvieran ánimo al conocer la promesa de que se fiaban" (Sb 18, 6). Tener ánimo, vivir con ganas todas las peripecias que la vida trae consigo. Conservar la serenidad, el afán de conquistar nuevos horizontes, el empeño de una continua superación, Optimista ante cualquier dificultad que se presente. Mirando la vida con calma, siempre con buen humor. Cuando uno está seguro de la victoria final, esa actitud animosa es posible. Sí, porque se está convencido de que pase lo que pase, no pasa nada. Por supuesto que se surgirán las dificultades, se sentirá su peso sobre los hombros como cualquiera lo pueda sentir. Incluso es posible que no se puedan evitar las lágrimas que brotan ante el dolor, o ante la ingratitud. Pero en el fondo del espíritu siempre habrá paz, serenidad, una formidable calma.

Y todo porque se conoce la promesa de Dios, se confía en él. "Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos", dijo el Señor a los suyos. Y también, a través de san Pablo como vimos, ha dicho que todo concurre para el bien de los que aman a Dios. Todo, absolutamente todo. Y nada, absolutamente nada, podrá arrancarnos del amor divino... Cuando se cree firmemente en esas palabras, cuando uno se fía totalmente de Dios, entonces no hay dificultad que acobarde, no hay pena que ahogue, ni hay dolor que aniquile. Ante los mayores peligros, ante el más grande riesgo, el creyente podrá decir con san Pablo: "Sé de quién me he fiado".

"Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables" (Sb 18, 7). Cuánto culpable queda impune, cuánto crimen sin castigo. Siempre vemos esas películas en las que al final el criminal nunca gana. Pero no es cierto. Por nuestras calles y plazas hay mucho delincuente impune y suelto. Generalmente los que van a la cárcel son los rateros de poca monta, los contrabandistas de medio pelo. Esos otros, los grandes ladrones, los que se hinchan a ojos vistas, ésos andan libremente, respetados incluso como personas honorables.

Por el contrario, hay inocentes que sufren. Hombres buenos que viven sentados en una silla de ruedas, niños que se retuercen grotescamente al caminar. Y los que sufren, sin posibilidad de escape la sentencia inapelable de un castigo injusto. Los que mueren en las líneas avanzadas, mientras que los altos mandos planean sobre una gran mesa el modo de ganar la guerra.      Es el primer acto, el preludio de la gran sinfonía, la obertura del gran drama sinfónico. Hay que esperar a que se levante de nuevo el telón. Sólo entonces podremos ver el verdadero final de la historia y comprender el porqué del silencio de Dios ante el triunfo del culpable y el oprobio del inocente.

2.- DIOS ES SIEMPRE MAYORÍA. "No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino" (Lc 12, 32). Muchas veces vemos cómo el Señor anima a los suyos, asustados y confusos a veces ante el sesgo que tomaban los acontecimientos. Debía preocuparles que los letrados y los fariseos, lo mismo que los saduceos y los sumos sacerdotes, miraran con recelo a Jesús, que no aceptaran sus palabras ni reconocieran las obras prodigiosas que su Maestro realizaba, que dijeran que Jesús actuaba de aquel modo apoyado con la fuerza del Demonio. Sobre todo debería preocuparle que aquel recelo de los poderosos se iba convirtiendo en odio a muerte, en intentos fallidos por el momento de lapidar al Señor.

Jesús que leía en sus corazones contemplaba con pena aquellos temores, aquel miedo que se iba adentrando en el corazón de los suyos. No temas, mi pequeño rebaño, les dice con ternura, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino... La amistad y el cariño de Cristo les animaba a seguir a su lado. Ellos creían que lo que el Señor hacía no podía venir del demonio, ya que era el mismo demonio el que era derrotado y expulsado de los posesos. De todos modos, es posible que alguna duda se cruzara de vez en cuando por la mente de aquellos hombres sencillos.

También hoy nos puede asediar la misma duda y el mismo temor. Ante la situación de los hombres de nuestro tiempo podemos pensar que somos una notoria minoría. Es cierto que somos muchos los que hemos sido bautizados, y que los católicos ocupan el primer puesto respecto de todas las confesiones cristianas. Incluso es posible que la religión católica esté a la cabeza de todas las religiones del mundo. No obstante, podemos pensar que somos pocos, que no influimos casi nada en la marcha del mundo, que no conseguimos preservar a nuestra sociedad de la corrupción moral y doctrina. El ver como la maldad y el error ocupan grandes extensiones de la tierra, pudiera ser para algunos, motivo de desaliento. Sin embargo, no podemos dejarnos vencer por esas circunstancias. Hemos de pensar que el influjo de la doctrina de Jesucristo es más del que aparentemente se ve. Su mensaje de justicia y de amor está presente en muchas ideologías que quizás se proclamen ateas. El Señor ha enseñado a los hombres a quererse y a respetarse; y esa lección nunca será del todo olvidada.

Por otra parte Dios puede siempre más y la última batalla, la decisiva, la que marcará para siempre la suerte del hombre, esa batalla está ganada de antemano por Dios. A nosotros lo único que nos corresponde es ser fieles por encima de todo, al mensaje de Cristo, mantenernos leales al compromiso que contrajimos al recibir el bautismo, estar siempre a la espera del Señor, viviendo cada momento con la misma intensidad con que viviríamos el último. Portarnos bien de forma habitual, considerando que cada instante puede ser el definitivo, el que hace posible la dicha sin fin junto a Dios.


5.- ¿QUÉ VIENE EL SEÑOR?

Por Javier Leoz

Dios vino, viene y vendrá. El hombre espera, acoge y vigila. Pero, en paralelo a estas dos corrientes (Dios viene y el hombre espera), avanza otra más desde que, algunos hombres, decidieron apagar el faro de una vigilancia real y activa. Otros, en cambio, aún con limitaciones seguimos esperando, acogiendo y espabilados para que las costas de nuestras almas y de nuestros corazones, no se vean impregnadas por la contaminación de las últimas ideas de turno invitando a la deserción, al descrédito de la iglesia (aunque tenga cosas negativas). etc.

1.- Viene el Señor. De muchas maneras y en muchas circunstancias. Otra cosa es que (ajenos a la vigilancia) estemos tan distraídos que no sepamos mirar en la dirección por donde Dios sopla, viene y habla.

En este domingo mi pensamiento se va a la orilla de cualquier costa sembrada por los legendarios faros. Siempre encendidos y con su importante cometido: vigilando para que los barcos lleguen a buen puerto.

La vigilancia cristiana puede estar perfectamente representada por ese faro que espera a que su Señor llegue en cualquier momento. ¿Por qué? Para que, si el Señor se acerca, no encuentre obstáculos para entrar en la vida de los que creemos en El. Para que, si el Señor se decide presentarse definitivamente, nos encuentre oteando el horizonte con los prismáticos de la oración, de la escucha y meditación de su Palabra, de la riqueza de corazón, intentando cumplir su voluntad y comprometidos en el mundo con los esquemas de su reino.

2.- Existe una vieja leyenda en mi anterior parroquia sobre un escultor de un Cristo penitente del siglo XVII. Había tallado y finalizado su obra cuando, de una forma imprevisible, la imagen le habló: “¿dónde me has visto que tan bien me has tallado? El artista le contestó: “en mi corazón Señor”.

En el corazón es donde hemos de guardar un lugar privilegiado para que Dios siga hablando y nos siga diciendo algo. Es donde valoramos profundamente la verdad de las cosas y la esterilidad de lo aparentemente bonito. Es donde orientamos la veleta de nuestra existencia y donde se disparan también las luces de alarma cuando nos alejamos del Señor. Es donde nos vamos haciendo idea de un Dios que, lejos de amenazar, nos dice que viene y que por lo tanto hemos de estar vigilantes.

3.- Puede ser que el momento coyuntural que estamos viviendo nos invite y nos empuje a soplar e ir apagando esos destellos de vigilancia, que pueden ser:

-La Eucaristía para esperar bien alimentados

-La comunión con la iglesia, para esperar bien sintonizados con Dios

-La escucha de la Palabra, para esperar distinguiendo lo bueno de lo malo

-Las buenas obras, para esperar con el testimonio de la fe

Puede ser que el mundo se empeñe en pontificar que es de día cuando, en realidad, bastantes almas y bastantes contemporáneos nuestros viven en una interminable e insoportable noche.

Frente a ello seguiremos subiendo hasta la azotea de nuestra vida para encaminarnos con fe y con esperanza hacia el futuro.

--Necesitamos despertar de tanta pesadilla que nos amordaza y nos mantiene presos del pasado.

--Necesitamos ser “guardas jurados” de nuestra vida cristiana para que, cuando el Señor arribe, nos encuentre creyendo, amando, cantando y pregonando sus alabanzas.

Ojalá que, cuando el Señor venga, no pase de largo al ver las luces de nuestros corazones apagadas

4.- ¿TE CONOCEMOS, SEÑOR?

Hijo del pobre José,

pero rico y expresivo en tu lenguaje

Hijo de la sencilla María,

y complicado en tu vida

Hermano de tus hermanos,

y defensor de la verdad sin distinción

 

¿Te conocemos, Señor?

Decimos quererte, y no entramos en Ti

Decimos amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor

Decimos alabarte, y lo hacemos despegando los labios

pero, tal vez, sin abrir el corazón.

Decimos honrarte, y olvidamos que en el obrar,

es donde te damos gloria y comprometida alabanza.

 

¿Te conocemos, Señor?

¿Sentimos al que te envió?

¿Acogemos al que te hizo nacer pobre y niño en Belén?

¿Obedecemos al que te hizo obedecer subiendo a la cruz?

¡Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe!

Fe para verte como Hijo de Dios

Fe para recibirte como el enviado del Padre

Fe para dejarte compartir nuestra existencia

Fe para transformarnos con el pan de la vida

Fe para llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía

Amén.


6.- ESPERANDO A LA VUELTA DE JESÚS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- En algunos de los escritos de San Pablo se nota que esperaba la vuelta del Señor Jesús antes de morir. Al final se convence de que no va a ser así. Es conmovedor. Todos vivimos con la esperanza de la Segunda Venida de Jesús y es obvio que a alguien le tocará asistir a ella con vida. No necesitará de escuchar la trompeta que toque el ángel. Y a la espera de su llegada hemos de estar despiertos y atentos. Su llegada, o nuestra salida de este mundo, pueden acontecer en cualquier momento y hemos de estar preparados. No es fácil estarlo y las lecturas de este domingo y, sobre todo, el muy denso trozo del Evangelio de San Lucas que se lee en la misa de hoy nos marca el conocimiento del camino y la dirección de la ruta más apropiada.

2.- La vida del cristiano es un camino de perfección con tintes divinos. Es obvio que importa menos la perfección en el camino estrictamente humano, pero no es así en nuestro comportamiento respecto a la cercanía del Señor. Aunque vayamos abandonando viejos --y más graves— procederes, la sola irrupción de lo que se llama un pecado venial nos va a llenar de tristeza por lo que significa lejanía de Dios. Y aunque humanamente se vaya avanzando, parece que espiritualmente la distancia se agudiza cada vez más, respecto a la bondad de Dios. No significa esto desesperanza. La comprobación de nuestra pequeñez se hace mediante la mejor comprensión de lo que es Dios y que "sin su ayuda nadie puede salvarse".

3.- El estar preparados para el momento de la despedida humana y del encuentro por Dios podría cuestionar la misericordia divina. Es decir, si Dios es infinitamente misericordioso no nos abandonará. Esto es cierto y las oportunidades de reconciliación con Él son constantes. Pero ahí mismo aparece también su justicia infinita y en ella está el proceder de todos los demás y su valoración justísima respecto al resto de los humanos. Es necesario tener ceñida la cintura y encendida las lámparas, porque el Señor está ofreciendo a los que le aman posiciones significativas en su Iglesia. Y esas no son promesas humanas. De este fragmento del Evangelio de San Lucas se sacan los rezos litúrgicos de las misas de los santos: "¿Quién es el administrador fiel y solicito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?" Y también: "No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla".

4.- Y es que junto a la petición de vigilia espiritual está la promesa de fidelidad sacerdotal. La liturgia de este domingo es un canto al servicio que supone el sacerdocio. Y por eso se ofrece un fragmento muy interesante de la Carta de los Hebreos que narra la fuerza de la fe los amigos de Dios. La Carta a los Hebreos es un canto al sacerdocio eterno de Cristo, pero también una reflexión para el sacerdocio de todos los demás cristianos como "pueblo elegido de príncipes u sacerdotes.

5.- No se pude negar la densidad de los textos de esta semana y la existencia de dificultad a la hora de su comentario, pero no vamos a dejar de citar el principio la primera fase del texto del Libro de la Sabiduría: "La noche de la liberación se les anuncio de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo al conocer con certeza la promesa de que se fiaban". La noche de la liberación la esperamos todos, porque estamos prisioneros de nuestros errores y nuestras pasiones, porque, en definitiva, sin la ayuda precisa y permanente de Dios a ningún buen sitio podemos llegar.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


CONFIANZA Y FE

Por Pedrojosé Ynaraja

1,- La primera y la tercera lectura de este domingo, mis queridos jóvenes lectores, el fragmento de la Sabiduría y el evangelio de San Lucas, nos traen un mensaje de serenidad. Tratan de alejarnos de la precipitación, de la angustia, de la depresión. (ojo, que no me refiero a la depresión clínica, que es cosa de médicos).

Debéis traducir el lenguaje de serenidad, que con imágenes antiguas nos ofrece un sabio de edad madura y listo. Ni se trata de que tengáis encendidos los candiles, ni siquiera vuestras linternas. Hay que saber elevarse a conceptos superiores. Tened prudencia y serenidad, que todos los santos seamos solidarios en los peligros y en los bienes y así podremos entonar himnos y ser felices.

2.- El fragmento evangélico empieza con esta expresión: no temáis, pequeño rebaño…No temáis, si sois fieles a lo que nos propone, si nos fiamos de Dios, más que de nosotros mismos. Debemos ser fundamentalmente atentos servidores, sentirnos, porque lo somos, amigos colaboradores, fieles que confían en sus proyectos.

3.- La Carta a los Hebreos que se nos ofrece hoy, es un canto a la Fe. No una Fe dogmática ni teórica, que es pura erudición. Se nos ofrece una lista de personajes antiguos que se distinguieron por ser fieles conductores del proyecto salvador de Dios.

Podríais esquematizarlos, escribirlos como frases lapidarias, en un poster que se pusiera a la entrada de la iglesia y que todos los que acuden a misa lo leyeran: por la Fe, este y aquel otro y el de más allá, hicieron todas estas cosas.

4.- Os lo he sugerido para que lo ofrezcáis a los demás y ahora os propongo, mis queridos jóvenes lectores, que lo hagáis para vosotros mismos, para dejarlos anotados en vuestro cuaderno de notas, o en un archivo que destaque en el escritorio del PC.

Si lo habéis hecho en papel, os propongo que situéis al final un espejo, en el que con un rotulador indeleble se lea ¿y yo que he hecho? ¿Trasmito, colaboro, evangelizo?