Domingo XXII del Tiempo Ordinario
1 de septiembre de 2019

La homilía de Betania


 

1.- LAS GAFAS DE LA HUMILDAD

Por Javier Leoz

2.- LA HUMILDAD, COMO VIRTUD PRIMERA

Por Gabriel González del Estal

3.- LA RECOMPENSA ETERNA DE DIOS

Por Antonio García-Moreno

4.- LLAMADA A LA HUMILDAD

Por José María Martín, OSA

5. - EL CAMINO DE LA HUMILDAD

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILIA MÁS JOVEN


LA HUMILDAD

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LAS GAFAS DE LA HUMILDAD

Por Javier Leoz

Cuando uno tiene la oportunidad de viajar hasta Tierra Santa y visitar la Basílica de la Natividad no tiene otra opción, si desea entrar hasta la gruta donde nació Cristo, sino agacharse para poder acceder por una pequeña puerta denominada precisamente “la puerta de la humildad”. Abrir el evangelio de este domingo es caer en la cuenta que a Dios se le gana y se llega mejor con una de las actitudes más sublimes y más escasas en la vida del ser humano: la humildad. El orgullo lo adquirimos por naturaleza y, la humildad, es bendición de Dios.

1.- Sólo los humildes fueron capaces de reconocer y de ver al Salvador. Los engreídos levantaron tan gigantescos muros de preceptos y de prejuicios delante de sí mismos que se quedaron petrificados en su propia arrogancia. Fueron incapaces de sentarse a compartir el festín por pensar que eran los primeros en todo y que no había nada que se les escapara a su entendimiento. Tan en primera línea pretendieron estar que, otros desde más atrás, contemplaron, gustaron y presenciaron la novedad que les traía Jesús con mayor nitidez y acogida.

A Jesús se llega y se le ve más rápidamente con las gafas de la humildad; cuando somos capaces de confrontarnos a nosotros mismos con valentía y reconociendo equivocaciones o errores. Nuestra postura ante Dios no puede ser de orgullo o autosuficiencia. Alguien con cierta razón sentenció: “el orgullo es una lente sucia que nos impide sentir, seguir y vivir a Dios”. Lo intuyeron, precisamente por todo lo contrario, María, José, El Bautista y tantos hombres y mujeres de bien que supieron vestir la humildad no por apariencia y sí con el convencimiento de que, ese gran don, era el camino privilegiado para seguir las huellas de Jesús Maestro. Y es que es así; cuando somos gigantes en humildad estamos más cerca de lo auténticamente grande. Es un camino hacia la grandeza de Dios.

2. -Qué bien lo expresó todo esto el cantautor argentino Facundo Cabral cuando dice que la humildad es dejarse mover por la mano de Dios:

Aprende del agua porque el agua es humilde y

generosa con cualquiera, aprende del agua que toma

la forma de lo que la abriga: en el mar es ancha,

angosta y rápida en el río, apretada en la copa, sin

embargo, siendo blanda, labra la piedra dura.

Aprende del agua que por graciosa se te escurre entre

tus dedos, tan graciosa como la espiga que se somete

a los caprichos del viento y se dobla hasta tocar con

su punta la tierra, pero pasado el viento la espiga

recupera su erguida postura, mientras el roble, que

por duro no se doblega, es quebrado por el viento.

Sé blando como el agua para que el Señor pueda

moverte graciosamente en cumplimiento de tu destino,

y serás eterno como EL, porque sólo el que se

deja trascender por lo trascendental será trascendente

La humildad, bien entendida, es hermana de la sinceridad y de la valentía.

3.- Ser los últimos, al estilo de Jesús, tal vez implica ser los primeros en defender a tiempo y a destiempo (guste o no guste) ciertos valores cristianos y humanos que, por ser rechazados es sinónimo de una etapa en clara decadencia. Y por ello mismo…tal vez conlleve el que seamos los últimos en el mundo para, según los parámetros de Dios, estar un poco más adelante en los asientos del cielo.

Sólo así podremos identificarnos más a Cristo, ser exaltados por El en el momento oportuno y ser abrazados con un cuidado definitivo

4.- ¡QUIERO TUS GAFAS, SEÑOR!

Para ver, en la pequeñez, aquello que dices

que es grande al corazón

aunque, a los ojos, parezca miseria.

Para sentir que, tus caminos, son alegría y vida

esfuerzo y superación, valentía y salvación

 

¡QUIERO TUS GAFAS, SEÑOR!

Para saber que, en la humildad,

está la escalera para llegarme hasta Ti

y, brindándome con empeño

señale que tus senderos son futuro y fiesta

abrazo y perdón, eternidad y justicia

Para comprender que, si sólo miro,

por las lentes del mundo

me quedaré sin asomarme

a ese otro horizonte de paz y de esperanza

de ilusión y de amor

de hermandad y de fraternidad

a los que me invita tu persona.

 

¡QUIERO TUS GAFAS, SEÑOR!

Para ver como Tú; perdón frente al odio

Para ver como Tú; cielo después de la tierra

Para ver como Tú; alegría antes que tristeza

Para ver como Tú; humildad ante la soberbia

Por eso, y por tantas cosas, Señor

quiero ver, sentir y caminar como Tú.

Con tus gafas del Evangelio, Señor


2.- LA HUMILDAD, COMO VIRTUD PRIMERA

Por Gabriel González del Estal

1. Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. La lectura del libro del Eclesiástico y la lectura del relato evangélico según san Lucas hablan de la humildad como una virtud necesaria en la vida de todas las personas. La persona humilde es, casi siempre, más apreciada que la persona soberbia. Y, como el pasado miercoles, día 28 de agosto, fue la fiesta de san Agustín, yo, que soy agustino, me voy a permitir citar en esta homilía algunas frases sobre la humildad según san Agustín. Algunas de estas frases del santo sobre la humildad, les pueden parecer a algunos a primera vista algo exageradas, pero si las pensamos bien veremos que reflejan una realidad psicológicamente comprobable. Dice san Agustín: “El verdadero camino para llegar a la verdad es la humildad, segundo la humildad, tercero la humildad; y cuantas veces me lo preguntes, otras tantas te diré lo mismo. No es que falten otros que se llamen preceptos, pero si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones… el orgullo nos lo arrancará todo de las manos cuando nos estemos ya felicitando por la buena acción. Porque los otros vicios son temibles en el pecado, más el orgullo es temible incluso en las buenas obras. Del mismo modo, si me preguntas acerca de los preceptos de la religión cristiana, me gustaría detenerme siempre en la humildad, aunque la necesidad del momento me obligue a decir otras cosas”. Quizá la razón más profunda que veía el santo para hablar de la humildad como virtud primera era el misterio de la Encarnación. Cada vez que el santo hablaba de la Encarnación de Dios en Cristo lo hacía resaltando y alabando la humildad de Dios. En este sentido tiene el santo muchas frases sobre la necesidad que tenemos nosotros de practicar la humildad, si queremos vivir en nuestra propia vida la encarnación de Dios. “Considera, oh hombre, lo que vino a ser Dios por ti y aprende la doctrina de tan gran humildad… Para hacernos capaces de alcanzar la plenitud, el que era igual al Padre se hizo semejante a nosotros en forma de siervo”. Pues, como he dicho, hoy que es la fiesta del santo obispo de Hipona será bueno que nosotros, no sólo los agustinos, sigamos los consejos de san Agustín sobre la humildad, con la seguridad que si nosotros nos humillamos, el Señor nos enaltecerá.

2. Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Estas frases del libro del Eclesiástico hablan de una realidad muy humana: generalmente no nos gustan las personas orgullosas y, en cambio, apreciamos a la persona que sabe portarse ante nosotros con humildad y sencillez. La humildad casi siempre nos invita al servicio, mientras que el orgullo tiende a hacernos despóticos y engreídos. Ante Dios nos resulta fácil sentirnos humildes, porque la grandeza de Dios supera infinitamente nuestras limitaciones y debilidades, pero ante los hombres no siempre es fácil comportarnos con humildad, porque tendemos a creernos iguales o superiores a los demás. De exagerar en algo, más vale exagerar en la humildad, no en la soberbia. Sigamos, pues, con humildad los consejos tan prácticos que nos da hoy el libro del Eclesiástico.

3. Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo. El autor de la carta a los Hebreos contrapone las dos alianzas, la del Sinaí y la de Cristo. La alianza del monte Sinaí, cuyo mediador fue Moisés, estuvo acompañada de truenos y seísmos, en cambio la segunda alianza, cuyo mediador fue Cristo, nos produce paz y amor. Los cristianos somos hijos de la alianza en Cristo, alianza nueva y eterna, como decimos todos los días en las palabras de la consagración. Agradezcamos a Cristo el habernos rescatado del pecado mediante esta nueva y eterna alianza, que llevó a cabo Jesucristo con su vida, muerte y resurrección


3.- LA RECOMPENSA ETERNA DE DIOS

Por Antonio García-Moreno

1.- SÍ, HUMILDAD. "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso" (Si 3, 19). Son consejos de Ben Sirac, el sabio inspirado por Dios. Palabras llenas de ciencia, fórmulas cargadas de sabiduría. En este pasaje el maestro aconseja al discípulo la humildad. Si en su vida procede humildemente será querido por todos, se le estimará más que al hombre generoso. Y es cierto. La persona que es humilde, sinceramente humilde, es sencilla, afable. Por su trato se da a querer... Ser humilde, ser sencillo. Olvidarse de sí mismo, estar contento con lo poco o lo mucho que la vida trae consigo. Ser consciente de la propia limitación, atribuir a Dios todo lo bueno que se pueda tener o que se pueda ser. No considerarse más que los demás, tratar a todos con la misma sonrisa, sin mirar a nadie por encima del hombro... El hombre humilde no tiene complejos, no teme quedar mal; no le importa que noten sus limitaciones. El humilde es por eso un hombre realmente libre.

"Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios" (Qo 3, 20). La fuerza de atracción de la humildad es tan grande, que ni Dios se resiste a ella. Sí, el Señor también se siente atraído por el que es humilde. Muchas veces vemos a Jesús inclinarse hacia el que es pequeño, pobre, enfermo, limitado, humilde. La mujer que Dios escoge por madre es una muchacha oculta entre la gente de su tiempo, una muchacha sencilla que habita en un pueblecito olvidado en las montañas de Galilea. La Virgen lo comprende y exclama: "Porque has mirado la pequeñez de tu esclava, por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones". Sí, Dios ensalza al humilde y abate al soberbio, enriquece al pobre y despide vacío al rico. Desprecia al que se cree justo y abraza al que se siente pecador... Luz, Señor, luz para descubrir la propia pequeñez. Valentía para aceptarla con sencillez. Humildad siempre, por muy alto que tú nos subas. Conscientes de que somos la nada, de que tú eres el todo.

2.- LOS PRIMEROS PUESTOS. "Notando que los invitados escogían los primeros puestos..." (Lc 14, 7) El Señor no hizo distinción de personas. Ni siquiera tuvo prevención con los que le miraban con malos ojos, aquellos que le invitaban para observarle de cerca y espiarle a gusto. Jesús conocía sus intenciones, pero no les esquiva ni se esconde. Él había venido para salvar a todos y a todos les da la posibilidad de que le conozcan y puedan amarle. Podemos decir que lo mismo ocurre ahora. En efecto, Jesucristo por medio de la Iglesia abre sus brazos a todos, no distingue entre rico o pobre, entre hombre o mujer, entre blanco o negro. El Señor quiere acercarse a la humanidad entera y se acerca de continuo de mil formas. Lo que ocurre a veces es que hay quienes no le acogen como se merece, quienes les cierran sus puertas, o se las abren a medias.

En aquella ocasión Jesús observa a los que han sido invitados a la boda, se da cuenta de cómo, a medida que van entrando, se colocan en los mejores puestos. Entonces el Maestro toma ocasión de este hecho para enseñarles cuál ha de ser la actitud y la conducta de un discípulo suyo. Quien quiera seguir su doctrina ha de actuar de una manera totalmente distinta. No ha de buscar el propio lucimiento, no ha de intentar ser el centro de la atención de los demás. Al contrario, ha de buscar la penumbra, el lugar más bajo, el pasar oculto. En un caso como el que están presenciando ha de elegir el último puesto, ser alzado a un sitio de más categoría por el dueño mismo de la casa. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Es una enseñanza cuyo alcance va más allá del caso de una invitación a un banquete. El Señor está pensando en otro banquete de más trascendencia, el banquete de las moradas eternas. Allí cada uno tendrá su puesto, cada uno gozará de su propia categoría. Entonces no valdrán los empujones ni las zancadillas para colocarse en los primeros puestos, no servirán las mentiras ni las apariencias. Entonces cada uno ocupará el puesto que realmente le corresponde, el suyo propio, ese que sólo Dios conoce. Puesto muy distinto quizá del que los hombres asignamos a los demás, o nos escogemos para nosotros mismos. Por eso no nos ha de preocupar otra cosa que ser grandes a los ojos de Dios, merecer sólo ante él y no ante los hombres.

El Maestro sigue exponiendo su enseñanza apoyado en ese banquete del que toma parte. Al hombre que le ha invitado le dice que cuando dé una comida o una cena no invite a quienes le pueden corresponder con otra invitación semejante. Cuando des un banquete, le dice, invita a los pobres, a esos que no podrán corresponderte. Sólo así será Dios mismo el que les pague, el que recompense su buena acción. Es decir, Jesús nos enseña que hemos de hacer siempre el bien, buscando no la recompensa y la gratitud de los hombres, sino la recompensa eterna de Dios.


4.- LA LLAMADA A LA HUMILDAD

Por José María Martín, OSA

1.- Humildad "es andar en la verdad". El que se humilla será enaltecido. El mensaje fundamental de este domingo es la humildad. Dios mismo es humilde, pues Jesús se "anonadó" hasta someterse a la muerte de Cruz. "Hazte pequeño en las grandeza humanas" os recomienda el autor del eclesiástico. Cuando más grande seas, más debes rebajarte. Se hablará bien de ti, pues la gente no soporta a los soberbios y a los que creen que todo lo hacen bien. Admiramos sobre todo a aquél que ha conseguido con su trabajo grandes cotas, pero no se pavonea de ello. Es sin embargo difícil para los grandes de este mundo el no mirar desde lo alto. Se creen superiores a los demás......No es porque alguien nos mira desde arriba por lo que debemos rebajarnos. La humildad no consiste en arrodillarse ante la fuerza. La humildad cristiana no es falta de autoestima, eso sería "falsa humildad". Para Santa teresa de Jesús la humildad "es andar en la verdad".

2.- Acogida a todos. Ocupar los últimos puestos. Jesús recomienda no sentarse en los primeros lugares en un banquete. Es mejor ser humilde y dejar paso a otros. Al banquete de la Eucaristía todos somos invitados por igual. Quien preside es Cristo, en su nombre y sólo en su nombre lo hace el sacerdote. Al celebrar la Eucaristía hemos de tener los mismos sentimientos de Cristo, que nos invita a su mesa. El altar es la "mesa del compartir". Celebramos una comida fraterna en la que todos participamos y a la que son llamados especialmente los más pobres. Jesús advierte que cuando demos un banquete invitemos especialmente a pobres, lisiados, cojos y ciegos porque no podrán pagarte. Cuando junto a la mesa del banquete están los más necesitados estamos poniendo en práctica el deseo de Jesús. Habrá quien diga que no son dignos, pero está muy equivocado. En el banquete deben participar el parado que busca desesperado un trabajo, el inmigrante rechazado, el anciano que vive su soledad, el joven incomprendido, la mujer explotada, el homosexual que no se siente aceptado. Aquí no debe haber rechazo, ni explotación: aquí hay acogida, ayuda y solidaridad. Conozco una Eucaristía en la que los niños están alrededor del altar, en la que un deficiente se acerca a prestar su ayuda, en la que un homosexual lee las lecturas. ¿Es esto un escándalo? ¿Qué diría Jesús? El festín al que estamos invitados es el de Jesús, para la Pascua eterna. En este banquete son los humildes los que estarán en primer lugar. Quizá no haya muchos cristianos que hayan osado invitar a cenar a los lisiados, los cojos, los ciegos... Estamos a tiempo de recuperar el sentido evangélico de nuestras vidas.

3.- Experimentar la debilidad para ser humildes. La soberbia es un gran pecado. Jesús en el Evangelio reprendía a los fariseos porque se creían perfectos. Cuando entró en casa de uno de los principales fariseos le estaban espiando. Les llama en alguna ocasión "hipócritas" y "sepulcros blanqueados". El soberbio religioso es muy peligroso porque fácilmente condena, denuncia y desprecia a los demás porque se creen que lo suyo es lo único válido. San Agustín dice que a los soberbios les conviene caer para que experimenten también la debilidad: "Si es más soberbio, jamás será mejor; si es mejor, sin duda alguna será más humilde. Si quieres descubrir que eres mejor, interroga a tu alma por si ves en ella alguna hinchazón. Donde hay hinchazón, hay vaciedad. El diablo intenta hacer su nido donde encuentra un lugar vacío". Por experiencia es santo obispo de Hipona recomienda que "el primer paso en la búsqueda de la verdad es la humildad. El segundo, la humildad. El tercero, la humildad. Y el último, la humildad". Virtud difícil, pero muy conveniente en el camino del cristiano, pues Dios revela sus secretos a los humildes.


5. - EL CAMINO DE LA HUMILDAD

Por Ángel Gómez Escorial

1. - La humildad es una virtud rara, porque pocos son los humanos que la asumen sincera y completamente. La soberbia es lo contrario de la humildad y es uno de los mayores motivos de separación de Dios. La soberbia nace precisamente en personas que, tal vez, llevan un camino aceptable de perfección, pero que un exceso de autoestima los lleva a desvariar. Sería el caso del fariseo que rezaba en el lugar más importante del templo agradeciendo a Dios lo que bueno que era él mismo, cuando "el único bueno es Dios". La soberbia impide ejercitar el perdón de las ofensas y son frecuentes tremendos enfrentamientos entre familiares que llevan incluso a la destrucción de las familias. No es ocioso pedir a Dios todos los días para que nos libre de caer en las redes demoníacas de la soberbia.

2.- Hay, no obstante, situaciones de vanagloria menos graves que tampoco son útiles para el cristiano. Una conformidad permanente con nuestra forma de ser o de actuar nos impedirá profundizar en los fallos personales y en errores nuestros en el trato con los hermanos. Se da mucho en gente religiosa que se siente feliz de no ser "malos como los otros" y, sin embargo, lo que están haciendo es aproximarse al fariseo del relato evangélico. Si adoramos a Dios, si aceptamos todos los días su grandeza y misericordia, vamos a entender rápidamente nuestra poquedad y de ahí nacerá el reconocimiento de que somos poca cosa. Si miramos a nuestro alrededor podemos encontrarnos con gentes ejemplares que desde una vida consagrada a Cristo estén trabajando al servicio de los más pobres, de enfermos de difícil trato o de peor aspecto. Y que, sin embargo, el "milagro" reside en que esas personas no se envanezcan íntimamente y sean capaces de pensar que el trabajo de un padre de familia para sacar adelante a su gente sea más importante que el suyo. En el reconocimiento de lo limitado de nuestra misión --y, además, poner nuestros ojos en la grandeza de Dios-- aparecerá un buen camino de humildad para nuestra vida.

3. - La suprema humildad es cuando Dios –la Segunda Persona de la Trinidad— se anonadó hasta encarnarse en un hombre que terminó muriendo en la Cruz en unas condiciones terribles. No hay humildad mayor que esa. El camino hacia el Gólgota es un ejemplo completo de humildad y entrega. Jesús, no obstante, con su notable capacidad de maestro trazó enseñanzas concretas y afectas a la vida cotidiana para que lo entendiéramos mejor. Él era –ciertamente— el mejor ejemplo de humildad, pero no era cuestión –sin, además, haberse completado su misión en la Tierra— de ponerse de ejemplo. Los ejemplos de puestos principales en banquetes, bodas y celebraciones son muy habituales.

4.- Digamos mejor: siguen siendo habituales. Lo eran en tiempos de Jesús y lo siguen siendo. La gente lucha por significarse, porque le vean en el mejor puesto. Y la mayoría de las veces dicha significación vale poco. Pero no hay que ignorar algo más que hay en las palabras que Jesús nos dirige esta semana. Y es que al invitar a los pobres, a los cojos y a los lisiados señala una línea de conducta: no debemos gastar dinero en celebraciones sociales y derrochar mientras que los pobres no comen. No podemos jugar a los honores –rodeados de belleza, de celebrities,— mientras que los lisiados, los cojos, los ciegos y muchas otras personas alejadas de la belleza por las marcas de la enfermedad, no tienen quien les visite o les ayude. Pero para llegar a prescindir de los fastos de la vida social --o a las lisonjas de la adulación-- hay que ser previamente humilde. Ahí, el Señor nos marca otro camino más para elegir la "puerta estrecha" – tal como nos decía el domingo pasado-- que nos conduzca a la salvación definitiva.

5. - Y en esa humildad –y en la austeridad correspondiente que deja inundar nuestras relaciones, todas, con los hermanos— reside una condición fundamental del cristiano. No construyamos una religión a nuestra medida rodeada de actos sociales llenos de vanagloria, adulación y mentira, aunque tengan lugar en el interior de una iglesia. Merece la pena leer –y releer— con mucha atención el breve fragmento del Libro del Eclesiástico presente en las lecturas de este domingo. "Dios revela sus secretos a los humildes" ¿Podemos pedir más? En la Carta a los Hebreos --el último texto que se lee de ella en este Tiempo Ordinario-- es también una muy especial incitación a reflexionar sobre la "nueva humildad". Dios, a partir de la presencia de Jesús en la Tierra, no va a necesitar de sus atributos magnificentes y terribles. En el monte santo ya no hay fuego, ni tormenta, ni nubarrones. Hay paz. Por eso también nosotros no debemos pedir a Dios signos maravillosos, ni milagros portentosos. Debemos esperar humildemente la presencia permanente --un día-- en nuestros corazones de Dios, en la cercanía con el Espíritu Santo. Y en esa cercanía hay que orar para pedir aun mucha más humildad.


LA HOMILIA MÁS JOVEN


LA HUMILDAD

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- El contenido fundamental de la primera y la tercera lectura de la misa de este domingo, es un elogio, un canto, a la humildad, la virtud pequeñita, que no goza de gran aprecio.

Lo sabéis mucho mejor que yo, mis queridos jóvenes lectores, no se lleva ser pobre, ya ha pasado de moda.

2.- Ni en el terreno de la política, ni en el de los negocios, tiene sitio reservado la humildad. Lo que se precisa es la ambición, ser emprendedores usando buenas y malas artes, así se progresa. Tal es como instruyen y practican los que desean triunfar.

Darse a conocer, hacer de su vida un continuo currículo que se pueda presentar, pisar la alfombra roja siempre que se pueda. Figurar siempre como personas VIP y exigir que como a tales seamos tratados, esto es el hoy.

3.- El ejemplo que pone el Señor es muy expresivo, aunque me temo que lo que explica de los banquetes de boda no sea práctica actual. Según me cuentan, que yo a ellos no voy.

La cuestión del lugar que un convidado debe ocupar se rige por otros criterios, no así la actitud de convidar. Sé que se invita a aquel porque conviene. Que se está obligado si uno quiere esperar provecho. O que de una u otra manera, se invita al que pagará los gastos. O que el número de asistentes, más que expresión de generosidad, es exhibición de poder y riqueza, satisfacción de la propia vanidad.

4.- Creo que es tan clara la doctrina que el Maestro nos enseña, que no hace falta que os la comente. Y no esperéis, mis queridos jóvenes lectores, si es que lo sois, a dejar de ser jóvenes, para comportaros con generosidad. Que no se os ocurrirá organizar un banquete, una merienda, tal vez sí, dado el caso, estudiad a quienes de la clase, de vuestro equipo o de vuestra pandilla, debéis convidar. Mejor será que penséis en los injustamente marginados o son víctimas de bullying. La generosidad se expresa en el trato de cada día, en la ayuda prestada, en estar dispuestos a pagar gastos o viajes y no haceros el sueco y esperar que los demás corran siempre con los gastos.

Observa uno a veces que hay quien espera que le lleven en su coche y nunca pone el suyo a disposición de los demás.