UN ALMA XXL

Por David Llena

El pasado sábado el Señor llamó de este mundo a una queridísima amiga, esposa de un queridísimo amigo y que ponía fin a unos meses, incluso años de enfermedad y lucha.

Fue afortunada nuestra amiga en conocer al Señor, en vivir una fe desde la sencillez del amor y el servicio a los demás, sin achicarse de las tareas que le presentaba la vida.

Grandes reveses se llevó en su paso por este mundo: el fallecimiento de una hija o un accidente que la tuvo varios días en la UCI y largos meses de dolorosa rehabilitación que le dejaron alguna secuela en el brazo derecho.

Sin embargo, desde el sufrimiento llevado con una fe extraordinaria, supo, a pesar del dolor, seguir peleando por su familia, por hacer de su vida una referencia y un ejemplo para muchos de los que aquí nos quedamos.

Al igual que un pajarillo que nos deleita con sus bellos colores o su canto singular, ella desde su pasar desapercibida nos mostraba las verdaderas actitudes que un cristiano tiene que llevar a su vida. Desde un corazón profundamente agradecido, un corazón alegre iba llevando paz y alegría allá por donde pasaba. Tuvo que sufrir aquel accidente para redoblar su cariño y delicadeza con los enfermos a los que visitaba, a los que atendía desde su encargo de ministro extraordinario llevando la comunión a aquellas personas impedidas.

Sin embargo, lo hacía desde la sencillez que muestra ese mismo pajarillo, que no presume de su plumaje ni deja de cantar mientras puede, y es que ella era así, se daba sin medida y eso se ha visto después en la respuesta de muchos en sus últimos días de enfermedad: con su marido a la cabeza, sus hijos y familia, sus amigos, incluso el equipo médico descubrió en ella algo especial, que, los que creían en Dios, vislumbraban su acción a través de esta mujer.

Desde aquí, elevar los ojos para intentar adivinarla junto al Padre en la compañía de la Virgen María a la que tanta devoción tenía.

Descanse en Paz.

 

VALORES (4)

Por Pedrojosé Ynaraja

Hace muchos años, eran aquellos que, pese a las restricciones de las que ahora tanto se habla y recrimina, de orden económico y político-social, o tal vez por ello, gozaban una buena parte de la juventud de la esperanza y la ilusión. Y no soy de aquellos que digan, con Jorge Manrique que” a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor”.

La reunión juvenil estaba compuesta de chicos y chicas del movimiento scout ¡Dios mío, que atrevimiento! Iniciativas de estas me marginaron de los sectores clericales. Me defendía diciendo que eran reuniones humanas y la humanidad era de ambos géneros.

El proyecto consistía en pasar la tarde juntos en un jardín doméstico. Precisamente, el matrimonio propietario, él y ella, eran los jefes de ambas ramas del movimiento scout. La plantilla que facilitaría el intercambio personal, discusiones y problemas a compartir, era un cuestionario entregado días antes.

Una de las preguntas decía: ¿es preciso tener vocación para casarse? Aquí fue Troya. Para bien y para mal. Tal fue el desconcierto y la disparidad de pareceres, que de común acuerdo, se decidió suspender la discusión y pasar un rato merendando, que también estaba previsto.

El matrimonio y yo nos retiramos discretamente, acudimos a manuales teológicos de categoría, recuerdo muy bien que consultamos manuales de Karl Rahner.

Volvimos a reunirnos, aportamos lo estudiado, llegamos a la conclusión de que el matrimonio era un estado, natural o sociológico, al que se llegaba por decisión libre y personal. Bueno en sí, pero limitado en sus resultados. Ahora bien, el que se planteaba dirigirse y prepararse a él como respuesta a una vocación, al descubrimiento de que este estado es el que para cada uno preparaba el Señor y a él se le era fiel, las consecuencias serían infinitamente superiores.

Descubrir la llamada era cosa de tiempo, no se podía improvisar.

Descubrir con quien se compartiría ideales, proyectos e hijos, también.

Llegado el atractivo encuentro personal, debía apoyarse la labor común de descubrirse, conocerse, tolerarse, amarse más y más, en la ayuda común y en la solicitud también común de la ayuda de Dios.

El noviazgo era una etapa de descubrimientos, no debía precipitarse ni detenerse, hasta llegar al compromiso matrimonial en la Iglesia (continuaré)