DE BODAS

Por David Llena

Al hilo del Evangelio de esta semana que narra la conversión del agua en vino hecha por Jesús en las bodas de Caná, hago una reflexión con otro banquete de bodas que el mismo Cristo comenta y que, será semejante al fin de los tiempos. En aquél que vendrá también habrá vino y manjares, que se sobreentiende que los preparará el dueño de la casa, esa que tiene muchas habitaciones y que todos aspiramos a vivir en ella eternamente. Pues bien, el detalle es que todo lo pone el Señor de la casa, y lo único que se nos pide es que llevemos el traje de fiesta.

Todos intuimos que el traje de fiesta requiere que vaya limpio, y no es más que el “traje” blanco de nuestro bautismo. Aquél alma que quedó inmaculada tras ser blanqueada por la sangre del Cordero, pero que nosotros nos hemos encargado de llevar no muy limpia, al menos en mi caso personal.

En las bodas de Caná, también el vino dulce lo pone de Jesús, por la mediación de María y aquí queda un poco en el aire otra idea. Aquellos novios, seguramente prepararon el banquete con todo detalle para atender a sus invitados, pero por circunstancias que no sabemos faltó el vino, María se percató del detalle y acudió a su Hijo el único que en ese momento crucial de nuestra existencia tiene todo el poder, sabiduría, honor y alabanza para abrir los siete sellos, y con justicia infinita escrutó el corazón de aquellos jóvenes y dobló el valor de sus talentos gastados en atender a aquellos invitados, convirtiendo el vino el insignificante agua.

En conclusión, si nos manchamos el traje bautismal que sea trabajando en favor de los demás. Porque mientras el amor mueva nuestro actuar, el traje, aunque creamos que se mancha, realmente se estará lavando en la sangre del Cordero. Aquella que adoramos en cada eucaristía y que proviene de un poco de vino que Cristo trasforma en su sangre.

 

TELEFONO MÓVIL

Por Pedrojosé Ynaraja

Pese a que titule teléfono y por tanto debería referirme a los que permiten exclusivamente trasmitir sonidos, tengo presente el telefonino (italiano) móvil (por tierras españolas) o celulares, como le llaman el resto de países. En realidad su nombre es Smartphone, o teléfono inteligente. Tuve uno que debí abandonarlo, ya que creía serlo tanto, y dominar de tal manera mi mente que con solo moverlo, ya me marcaba el número que le apetecía, creándome problemas, especialmente si iba conduciendo. Limitaba mi libertad, no estaba a mi servicio.

Leo que el jefe de la Iglesia ortodoxa rusa dice “que los teléfonos inteligentes arriesgan a la humanidad a acercar la llegada del Anticristo. El patriarca Kirill dijo que la Iglesia no se opone al progreso tecnológico, pero le preocupa que la capacidad de recopilación de datos de los dispositivos comparta demasiada información. Kirill dijo que esta información podría ser utilizada para el control centralizado del mundo” (la copia entrecomillada es textual) Por mi parte, no será tan exagerado mi juicio, ahora bien, creo que su uso indebido condiciona el comportamiento personal de tal manera, que atrofia posibilidades y valores que no creo deba prescindir.

Mengua sin duda las relaciones interpersonales profundas y se queda en comunicaciones superficiales. Estoy pensando en la utilización continua de mensajes WhatsApp. Ciertamente que yo también me sirvo del sistema, como también de Skype, para compartir con países lejanos, para hablar largamente de proyectos o programas.

Dificulta el enamoramiento. Un sentimiento genuinamente humano, que le sirve a Dios para expresar los suyos respecto a su pueblo y que se revela usando tal lenguaje, para reflejar lo que siente por las personas y lo que desea exista entre ellas. (Cantar de los Cantares, poema que de ninguna manera se parece a lo que pueda existir entre los que únicamente se trataran de esa manera y ocupa a tantos quinceañeros (ellos y ellas). Tampoco educa en el compromiso.