PARCIALES

Por David Llena

En la época de estudiante, era ese tiempo en el que se producía un parón en el devenir de la vida cotidiana. Era el tiempo de los exámenes parciales, en los que se jugaba uno la mitad de la asignatura y nos encerrábamos en casa o en las bibliotecas para ponernos al día en todas las materias que no habíamos atendido durante los primeros meses de curso.

Normalmente no era suficiente con esas dos o tres semanas de esfuerzo, si antes no se había intentado hacer algún esfuerzo por entender la asignatura, pero, a veces, con lo entendido en clase bastaba para llegar a la “encerrona” de febrero con garantías de poder cumplir y salvar el expediente.

En la vida de fe también aparecen momentos en que ésta es puesta a prueba y necesitamos toda nuestra concentración y esfuerzo para salir airoso de esa “noche oscura” como la definió el gran místico. Una enfermedad, un achaque con los años, alguna pérdida de un ser querido, algún contratiempo fuerte en nuestra actividad personal, ponen a prueba nuestra resistencia y nuestra fidelidad a un Señor que en esos momentos de turbación se ve menos claro que nunca.

Y es ahí donde se hace necesario haber atendido, con cierta asiduidad a las enseñanzas del Maestro y haber compartido y experimentado con Él pequeños encuentros de Vida Eterna. Pues serán esos recuerdos esas experiencias las que sostengan nuestro ánimo, y nuestra esperanza en la Verdad que escuchamos, sentimos y experimentamos en otros momentos de nuestra vida pasada.

Estos momentos, son como aquellos parciales y necesitarán hacer un alto en nuestra vida para encerrarnos con nuestra alma a resolver los sentimientos encontrados que nos asaltan en nuestro interior, examinando nuestro actuar e intentando cambiar aquellas cosas o situaciones que se pueda cambiar, aceptar aquellas que no se pueda cambiar y pidiendo a Cristo luz para distinguir entre unas y otras.

Si estas en un momento de estos, hay que tener confianza en que será un tiempo pasajero y que nos jugamos parte del curso en este parcial. Así que a afrontarlo con todas nuestras fuerzas que Cristo está siempre a nuestro lado.

 

VALORES Y COMPROMISO

Por Pedrojosé Ynaraja

Me gusta decir, refiriéndome al matrimonio, que el único animal capaz de comprometerse es el ser humano. Hacerlo es aceptar responsablemente que cualquier obra humana, se le puede imputar al sujeto que las realiza. Y de acuerdo con ello ser juzgada. ¡Dios mío, que definición! Pero no tengo otra que ofrecer al lector y es la que creo recordar de la asignatura de ética que aprobé en el seminario, el curso 50-51 del pasado siglo.

De una u otra manera, observando signos que delatan cierto compromiso, los paleontólogos, aceptan tal peculiaridad como prueba de hominización, cuando estudian hallazgos prehistóricos. Siendo, pues, peculiar rasgo humano, lamento pensar que en los ámbitos escolares, o extraescolares, se le da poca importancia, o tal vez ni se la mencione. Ser fiel a un compromiso aceptado, situados ya en el ámbito trascendental, resulta además ser virtud.

Un aspecto visible de tal proceder es el voto. El compromiso aceptado en público para darle mayor fuerza. Una de las expresiones que aparecen varias veces en la Biblia es el nazareato, es decir la consagración a Dios de una persona, temporal o perpetuamente. Del mismo Pablo se dice en los Hechos: “Pablo permaneció todavía un cierto tiempo en Corinto. Después se despidió de sus hermanos y se embarcó hacia Siria en compañía de Priscila y de Aquila. En Cencreas, a raíz de un voto que había hecho, se hizo cortar el cabello”. (18,18).

Los cristianos primitivos, desde el principio, tenían presente su compromiso con Cristo y la Iglesia. Los mártires, desde Esteban al último del que tenían noticia de su proceder, eran testimonio de tal actitud, que les era próxima, pues, sus mismas liturgias las centraban en la mesa, que era sepulcro de un inmolado. Tan presente lo tenían, que cuando de acuerdo con el edicto de Milán, cesaron las persecuciones, muchos se fueron al desierto, donde en la soledad librarían batalla personal interna.

Supremo acto de libertad es comprometerse con su conyugue, en honor de Dios. Tal es el matrimonio cristiano.