SER FIEL EN LA ADVERSIDAd

Por David Llena

En el seguimiento de Cristo empezar es dejarse seducir por una persona atrayente, por una persona que habla claro y sobretodo hace milagros. En sus primeros momentos de vida pública vemos como, tras los milagros, la gente se arremolinaba en torno suyo, hasta el punto de que, en el milagro de la hemorroísa, los discípulos se sorprenden porque Jesús pregunte quien le ha tocado, cuando le rodeaban por todos lados.

En un primer momento Cristo fascina, Él mismo se sentirá dichoso enseñando a sus discípulos, los comienzos siempre son favorables. Pero llega el momento de las pruebas. Esto se refleja muy bien en el pasaje de los panes y los peces, cuando la gente siente calmada su hambre son unos 5000 sin contar mujeres y niños. Minutos después cuando anuncia la parte de sacrificio, todos se van yendo hasta el punto que Jesús pregunta a los apóstoles ¿también vosotros queréis iros?

El mismo Cristo nos enseña esta difícil faceta de la vida cuando, acepta la noche oscura del Huerto de los olivos. La tentación le asalta: “Si es posible que pase de mí este cáliz” para corregirse después aceptando: “pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Esta fidelidad es a la que debemos aspirar, a anteponer la voluntad de Dios aún a cambio de nuestra vida.

Desde esta óptica, se entiende la radicalidad del Evangelio, si creemos en su mensaje de Salvación, donde lo importante no es el mundo actual sino el gozar de la patria celestial, podemos sobreponernos a cualquier contratiempo, con la esperanza de que viviendo fieles a Cristo seremos más felices a pesar de las circunstancias que son pasajeras. El cumplir las normas, los mandamientos, nos ayudarán a no desviarnos por senderos que prometen lo que no pueden darnos. La fidelidad conduce a la verdad.

 

DEPRESIÓN-DESILUSIÓN

Por Pedrojosé Ynaraja

No ignoro la gravedad de la depresión clínica, destroza la personalidad, sin duda. No se puede negar, sin entrar en detalles y respetando la competencia de los profesionales, que estuvo de moda y los medicamentos antidepresivos eran los que más se dispensaban en las farmacias. Respetando el diagnostico que haya podido dar el facultativo, cuando alguien me confía tal dictamen, le advierto para animarle: si tal es tu enfermedad, es señal de que no eres un sinvergüenza, un caradura.

Un congreso, o simposio, no sé qué calificación se le dio a la reunión, estudió si la tal situación aparecía reflejada en los textos bíblicos y se encontraron, según creo recordar, unos cuantos pasajes que daban pie a pensar que o el hagiógrafo sufría depresión o que el contenido del pasaje, su enseñanza, era aplicable al posible lector que la pudiera padecer. Dicho lo cual, y aceptado con respeto, cambio de tercio. Volveré a hablar de ello en otro momento, ya lo aviso.

Continúo ahora advirtiendo que depresión y desilusión no son realidades anímicas totalmente sinónimas. Y prevengo que de desilusiones no se libra nadie. Desilusionarse es una posible consecuencia de haberse ilusionado antes. Y desgraciado el que nunca divagó y proyectó feliz.

Ensueños que pueden ser aparentemente vanos. Recuerdo que un día me confió un chico en secreto: cuando sea mayor, me compraré una camisa de cuadros (sic). Otros son de mayor calado, se refieren, por ejemplo, al curso que quieren dar a su vida. Al descubrimiento de su vocación, dicho de otra manera. Le ilusiona a uno el éxito de un proyecto, o la esperanza de que le llegará una especial ayuda de fuera. Le ilusiona pensar que sacará una buena nota, o que le admitirán en un empleo al que ha presentado su currículum. Embelesarse es genuinamente humano, supone cargar la mente de fantasía. Ningún animal es capaz de tal proeza.

Les ilusiona a algunos entregar su vida a un proyecto cristiano, vivida con un grupo de amigos, que tal vez se atreva a llamar comunidad. Compartida con compañeros que creen que hay que comprometer su existencia en un ideal superior de verdad. Ahora bien, esperada o fortuitamente aparecida, llega la derrota. Desaparecen las oportunidades y, en consecuencia, se hunde la persona. Abandona todo ensueño. Se entrega a la rutina, se obscurece el ánimo, se deja arrastrar a vicios que se le ofrecen en bandeja, sin notarlo, se torna adicto a cualquier droga.

Se ha vuelto una persona desilusionada que ha perdido las ganas de progresar, proyectar, preparar, vuelvo a repetir, soñar.

No es un enfermizo, aunque le guste creérselo, para justificar que no hace nada de provecho. Y aquí está el mal. Sin pretenderlo al principio, se torna, poco a poco holgazán y egoísta.

Como aquí quería llegar y merece detenimiento la cuestión, continuaré otro día