NOS ACORDAMOS DE LAS OLLAS DE CARNE, PERO NO DE LOS LATIGAZOS SUFRIDOS

Por David Llena

En el caminar cuaresmal de desierto y necesidad, más pronto que tarde aparece la tentación de querer volver a las “ollas de carne que teníamos en Egipto” y es que el satisfacer la necesidad, o más bien, el sentir el estómago lleno es una debilidad que bien conoce el Maligno. Por un plato de lenteja vendió Esaú la primogenitura, y por mucho menos vendemos nosotros nuestra condición de hijos de Dios.

Pero a la vez que nos acordamos primero y anhelamos más tarde, de aquella necesidad satisfecha, se nos olvida e incluso queremos ocultar los efectos de los latigazos con que acompañábamos los trabajos de nuestra esclavitud. Aquellas ollas de carne que apagaban nuestra hambre se trasformaban en trabajos duros de sol a sol. Sin embargo, seguimos dando nuestro brazo a torcer sin apenas resistencia. Y ese ceder fácilmente al chantaje del Maligno, es una cosa que hemos de corregir, no con nuestras fuerzas sino con nuestra confianza en Dios y en su inmensa bondad. Él nos dará la fuerza para resistir.

¿Nos dará nuestro Padre algo que nos pueda sentar mal? Esa tentación (no tiene que ser gustosa al paladar, hay muchas otras que llaman a nuestros deseos) normalmente lleva a un desorden emocional que podría evitarse si conseguimos no caer, o al menos, levantarnos lo más pronto posible.

Debemos ser imaginativos: ante un pastel que es superapetecible, pensemos por un momento que está salado o amarga, ante una tentación carnal pensemos en la cantidad de enfermedades a las que nos exponemos, ante cualquier calumnia o mentira recordemos que éstas tienen las patas muy cortas, ante tentaciones que nos llevan a perder el tiempo y/o el dinero tenemos las armas de la oración o la limosna. Y, sobre todo, confiar en Dios que nos sacó de Egipto, no para hacernos morir en el desierto, sino para darnos una tierra que mana leche y miel, que no será en esta vida corta y breve, sino en la otra que es eterna.

 

PECADO CLERICAL

Por Pedrojosé Ynaraja

Por una serie de circunstancias difíciles de explicar ahora, me veo en la imposibilidad de redactar un artículo de la extensión de los otros días, pero debo ser fiel al hueco que el director me reserva cada semana y me limitaré a apuntar dos cuestiones brevemente, lamentando que para algunos, probablemente, sean ya conocidas.

La gravedad del pecado no es paralela a la vergüenza que socialmente se le atribuye. Si yo un día, por ejemplo, me tomara varias tazas de café y, en consecuencia, caería en un estado nervioso que me impidiese atender a quien me viene a visitar y marchase enojado, mi actitud no sería cristiana, implicaría pecado de gula, pero no se me juzgaría con rigor. En cambio, si me hubiera emborrachado o tomado una droga, sería duramente condenado y me daría vergüenza aceptarlo y solicitar perdón. Puedo un día abusar del café, sin que sienta sonrojo por ello y sin dejar de ser culpable. La situación anímica entorpecería mi ministerio, sería infractor, pero no me turbaría ante la gente. Gravedad y vergüenza no son lo mismo.

Se mencionan comportamientos clericales con rigor, pero no se acude a la raíz de muchas de esas conductas. Le preocupa al Papa el clericalismo y quisiera suprimirlo, pero muchos autores ya comentan que no tendrá tiempo de conseguirlo, dada su edad y lo que le está ocupando erradicar de la Iglesia la pederastia.

Se juzga el celibato como si fuera un compromiso aislado, y es un error. Si una semilla no germina o crece, tal vez sea más que por mala, por la adversidad del clima donde la plantaron o por falta de riego.

Tratad de ser amables y comprender a los sacerdotes con los que tratéis. Recibirán ayuda y les será más fácil a ellos ser fieles a sus compromisos.