UNA VARIACIÓN SOBRE LAS BIENAVENTURANZAS

Por David Llena

Muchas veces nos quedamos impactados por la sensibilidad de Jesús en las Bienaventuranzas, pero la verdad es que, visto desde fuera, llamar bienaventurados a los que lloran o sufren, va un poco en contra de nuestra lógica. Hay que añadir un detalle, que a veces se pasa por alto, y es que Cristo llama bienaventurados a los que lloran por causa de la injusticia, o son perseguidos por su nombre, no se trata de cualquier tipo de llanto, y pienso aquí en el llanto de un niño que quiere algo que no puede ser (algunos no tan niños). Pero si nos fijamos en esta coletilla, la idea se torna algo diferente. Es decir, Jesús habla de bienaventurados a aquellos que adhiriéndose a su mensaje son señalados por esto. Es decir, aquellos que son capaces de no rendirse de no dar por bueno lo que no es con tal de no hacer frente al mundo y la mayoría de las veces a su mundo y su comodidad. Si leemos estas Bienaventuranzas desde el Huerto de los Olivos entendemos que aquel que llora y sufre la injusticia hasta el final, el propio Cristo, es el que recibe la mayor bienaventuranza: suyo es el Reino de los cielos y no sólo personal sino de todos los que quieran adherirse a Él.

Bajo esta óptica, también se entiende el rapapolvo que le echa a S. Pedro, cuando intenta disuadirle de tomar el camino de la cruz. ¡Eso jamás, Señor! Trata de convencerle el discípulo.  ¡Apártate de mí Santanas que me haces tropezar! Le increpa el Maestro. Así pues, las bienaventuranzas es una forma de pedirnos que tomemos la cruz, de llorar, sufrir, sin separarnos del Evangelio, una vez pasado el trago, la recompensa será grande.

 

CATÓLICA, APÓSTOLICA Y…PROFÉTICA (II)

Por Pedrojosé Ynaraja

Rezando Laudes, he encontrado esta súplica: Tú que has querido que participáramos en la misión profética de Cristo, haz que proclamemos ante el mundo tus hazañas. Con seguridad la he recitado en muchas ocasiones, sólo hoy coincide con lo que vengo escribiendo.

Pedimos a Dios profetas y no gobernantes que manden y prohíban. Enlazo este pensamiento con lo que tantas veces recuerdo: en las listas de carismas, el de gobierno aparece en séptimo lugar, la profecía figura en preferente. “Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? O ¿todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Todos con poder de milagros? ¿Todos con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos? (1Co 12 28ss). De los mandamases, ni siquiera se preocupa el Apóstol.

Siguiendo por TV el encuentro del Papa con el Rector de la Universidad de Al-Zahar, líder del islamismo sunita, sus expresiones cariñosas y el contenido de sus discursos, en los que se mencionaba al Dios único y misericordioso, la sola referencia histórica que más de una vez se hizo, fue a Francisco de Asís, en su encuentro con el Sultán Malik al-Malik en 1219 (sobrino de Saladino).

Las “juergas místicas” de Francisco con sus compañeros en la Porciuncula, nadie de su tiempo las admiraría. Atreverse a pedir audiencia al Sultán con el que estaban en guerra sus acompañantes, los soldados de la V cruzada, evidentemente, era imprudencia. Con su quijotesca intervención buscaba la paz. El legado pontificio dice: el Concilio ha querido la cruzada, es una clara expresión de la voluntad de Dios; hay que llevarla, por tanto, hasta la victoria total. La autoridad pensaba de una manera, el gesto profético del Poverello era otro. Del primero nadie se acuerda, la “paz y bien” de Francisco del Poverello todavía está vigente