EXAMENES DE SEPTIEMBRE

Por David Llena

Septiembre era el mes que no queríamos escuchar los estudiantes, porque estudiar para septiembre significaba no poder disfrutar del verano como Dios manda. Mientras los demás iban a la playa o la piscina, te tocaba enfilar hacia la academia correspondiente o la biblioteca más cercana para pasar las mañanas y las tardes intentando recuperar lo que no se había hecho durante el curso.

Hoy en día se están evitando estas convocatorias postveraniegas, tratando de realizarlas en el mes de Julio.  La excusa que se esgrime es que “todos tienen derecho al descanso”, aquí habría que añadir “todos los que estudian durante el curso”, porque, además, si el verano ya lo tienes libre para disfrutar estudies o no, hemos perdido un acicate para esforzarnos durante el año y cursar con éxito las asignaturas en su momento.

En relación con la vida espiritual, el mes de septiembre lo asemejaba a una segunda oportunidad. Expresándolo mejor, el tener que estar el verano estudiando lo comparaba con el purgatorio después de la vida. Tras la muerte si no superamos el juicio, aunque sea con un “cinco raspado”, tenemos que pasar por el purgatorio. Un tiempo que, mientras los demás disfrutan del cielo, nosotros estamos intentando sacar las asignaturas suspensas.

Sabemos que al final aprobaremos todas y conseguiremos el objetivo, pero los sudores y calores del verano apartados de la brisa marina o el frescor de un baño en la correspondiente piscina, pueden ser un acicate para llevar una vida como Dios manda intentando esforzarnos ahora que todavía hay tiempo de llegar “limpios” al examen final sin ninguna mancha para septiembre. Aprovechemos.

 

NO PODÉIS SERVIR A DOS SEÑORES

Por Pedrojosé Ynaraja

Ni a tres tampoco, diría el Maestro. Ciertamente que Él se referiría al contante y sonante, al acuñado, ya que el anterior valorado por su peso, conocido, pero no usado por aquel entonces, el talento por ejemplo, no venía al caso. Nuestro dinero es papel moneda o tarjeta de plástico. Este último no se palpa, pero se puede fácilmente calcular. Pero dejemos disquisiciones estúpidas.

El Señor se refería a la ambición por los bienes materiales, que puede expresarse en moneda, en inmuebles o en el sueño de un Ferrari (sic). Tales ilusiones alejan de la vocación cristiana que para cada uno de nosotros ha escogido Él.

Pero en la ruta de búsqueda, se le ofrecen al caminante senderos que con seguridad le conducirán a lo Alto y deberá escoger. Llámeseles atajos matrimoniales, órdenes o congregaciones, movimientos, obras, prelaturas. O la misma clerecía convertida en corporación, que pretende dominar y que al Papa Francisco tanto le preocupa y deseaba corregir (el problema de la pederastia le ha frenado).

Algunas sendas ofrecen garantías y al vacilante le satisfacen de tal manera, que a ellas se acogen talmente que le aprisionan y obnubilan, olvidando o desmejorando el extenso horizonte del Evangelio, de entre el cual otros han escogido diferente particular porción.

Nunca un carisma, o dos, pueden desdibujar la llamada a la santidad, que es para todos. Algunos, por ejemplo, enrolados en el servicio del sacramento del Orden, se adhieren a uno de esos estamentos a los que implícitamente antes me refería, sumergidos en dicho organismo, aceptan una misión particular y a ella se entregan. Y al cumplimiento de sus estatutos someten su examen de conciencia, quedando desvanecida la revisión de la Fe, Esperanza y Caridad y la comunión íntima con la Iglesia, Esposa de Jesucristo.

No se puede servir a tres señores, no. Entre otros motivos porque cada grupito tiene su superior, al que obedecer, que ni siquiera se conocen entre sí.

Dejaré el terreno de los principios.

Quien hasta aquí me haya leído, pensará que yo exclusivamente me estoy refiriendo a aquellos comprometidos oficialmente en la Iglesia, de los que la gente espera testimonio y dedicación al Evangelio y constata que solo les preocupa ser fieles al estatuto al que están vinculados, llámeseles santa regla o carisma. Sí, no y sí.

Del reciente viaje del Papa por tierras africanas, me fijo en un pequeño detalle. Se esperaba con interés en Madagascar su encuentro con el Padre Pedro Opeka y el Obispo de Roma no decepcionó, le ofreció el testimonio de su gran admiración y amistad y los asistentes se lo agradecieron con palabras y canciones (hasta en español cantaron). Pues bien, el Papa recordó que entre el 1967-68, conoció a Padre Pedro Opeka, en la facultad de Teología en Buenos Aíres, donde fue su estudiante: “¡No le gustaba mucho estudiar, pero amaba el trabajo!”, dijo con tono amigable, cómplice, de su amigo y misionero.

¡Dios mío que imprudencia hablar así! ¡Hay que callar estas cosas! Dirían muchos. No hay que olvidar que el tal sacerdote fue elegido por Benedicto XVI para recibir el premio del Cardenal Van Thuan de “Solidaridad y Desarrollo” y, recientemente, fue nominado para el Premio Nobel de la Paz. El Papa no demostró “caridad cristiana” pensarán. Fue sincero, es la verdad.

En mis tiempos de seminario, sin atreverse a rehusar a Dios, el valor supremo para los seminaristas era el estudio. Las calificaciones se publicaban en el Boletín Oficial del Obispado. A la vista de cualquier estaban y consecuentemente marcaban el porvenir del estudiante. Un “cum laude” por aquí, una beca, o un doctorado por allá, le abrirían en el próximo futuro todas las puertas. A mí personalmente se me dijo que olvidara el apostolado para cuando acabara los estudios y que ocupase mi tiempo en estudiar más. Por muy superior que fuera, y hasta obispo, quien así me hablaba, Dios me ayudó a que no le hiciera caso y fuera fiel a la vocación y sacramentos recibidos y me ocupase de tales exigencias. Gracias al mismo Dios, procuro continuar hoy evangelizando, sin olvidar el estudio. Si recuerdo este hecho ahora es para que se comprendan ciertos procederes, abandonos e infidelidades de algunos, que por entonces como yo se preparaban (continuaré).