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EL ALMA Y EL CUERPO, ENFERMOS

Por Ángel Gómez Escorial

Jesús ha venido a sanar los corazones afligidos y creo –lo digo con el mayor respeto— que en los últimos tiempos se le ha multiplicado ese trabajo. Mejorado los niveles de salud primaria en los países desarrollados, nos atacan enfermedades más sutiles como la depresión, el aislamiento patológico, la soledad. La crisis económica ha traído un incremento notable de las enfermedades depresivas. Y no se olvide por ejemplo, que en España, las muertes por suicidio son las más numerosas, tras el descenso de los fallecimientos por accidentes de tráfico.

Pero además a todo ello se llega por problemas de convivencia provocados por el egoísmo, el miedo, la avaricia. No se trata, desde luego, de hacer un retrato psicológico de nuestras sociedades modernas, pero si es verdad que la mansedumbre, la ternura y la dedicación de que Jesús de Nazaret desplegó, en su tiempo, “al pueblo oprimido por el diablo” nos haría falta ahora con gran urgencia.

JESÚS EN LA TIERRA

Ciertamente que no vamos a pedir que Jesús baje a la tierra, porque en realidad no se ha ido. Queda presente en la mesa del Pan y de la Palabra. Sagradas Escrituras y Eucaristía son instancias de presencia real del Señor. Siendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo su indeleble cercanía para todos. ¿Qué quiere decir esto? Pues que quienes sabemos de esa presencia debemos acercar a los hermanos a la realidad que nosotros conocemos y que es esa estancia terrenal y moderna del Hijo del Hombre.

Y si Él, ahora hace más de dos mil años, fue capaz de consolar a un pueblo oprimido y sojuzgado por la mentira, la pobreza y la explotación de los “profesionales” de la religión, también ahora hay muchas gentes que necesitan de la verdad, del amor, de la generosidad y de la libertad siempre atacadas por los modernos fariseos. El mensaje de Cristo está entre nosotros y hemos de hacerlo presente en una sociedad que día tiene más, pero que necesita mucho más. Los principios de amor y solidaridad han sido ocupados por los deseos de poder o de riqueza. La falta de respeto a la vida justifica suicidio, aborto, eutanasia, pena de muerte o terrorismo. El poderoso desprecia al débil y le lleva a la muerte física o espiritual. El choque entre la riqueza circundante y la realidad de pobreza severa de muchos habitantes de las grandes ciudades de los países ricos produce formas de enfermedad mental. La crisis actual agrava ese síntoma hasta lo inimaginable

TRATAMIENTO DE CHOQUE

La Iglesia celebra hoy el Día del Enfermo. Sepamos ver –y atender—al enfermo que tenemos cerca y que no reconocemos. La medicina convencional adelanta y a nadie le falta asistencia en, por ejemplo, España. Pero no así la medicina del espíritu, cuyas dolencias, a veces desbordan los conocimientos de psiquiatras, psicoanalistas y psicólogos. Y muchos de esos enfermos los tenemos cerca, los conocemos y no los socorremos. Quedan inermes y destrozados, a la vera del camino, como en la parábola del asaltado por los ladrones. Hace falta que aparezca un samaritano y cargue con él hasta el hospital del Pan y de la Palabra. Son enfermos que, en definitiva, necesitan un tratamiento de choque a base de amor y de sonrisas. Esa es la medicina que daba Cristo allá en Palestina, hace dos mil años.