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LA UTOPÍA DEL CRISTIANISMO

Por Ángel Gómez Escorial

La palabra utopía tiene dos valoraciones. Una mejor que otra. La mejor es aquella que interpreta utopía como un acto valiente que se aleja de lo habitual para abrirse a campos y caminos diferentes. La peor es la que, al señalar la utopía como no realizable, se la considera una pérdida de tiempo o una fantasía. Yo, personalmente, no creo que el cristianismo –el mensaje de Cristo— sea una utopía, sino una concreción de conductas y actitudes para establecer un reino de amor y de paz.

LA OTRA MEJILLA

Pero, claro, si alguna de las cosas que nos ha mandado Jesús de Nazaret las colocamos sobre la mesa de la actualidad parecerán utopía o, incluso, una burla. ¿Podemos amar a nuestros enemigos? ¿Es posible rezar por los que nos persiguen? ¿Vamos a poner la otra mejilla, cuando somos golpeados brutalmente? ¿Podemos dejarlo todo –padre, madre, hijos—  y seguirle? ¿Somos capaces de venderlo todo y dar el producto de la liquidación de nuestros bienes a los pobres?

LAS “DOS POBREZAS”

Pero no es así. Lo que ocurre es que no se llega al cumplimiento de esos mandatos de golpe, se necesita tiempo. Y el avance de tal camino va parejo con la conversión. Al respecto podría decirse que si el tiempo de espera es tan largo que jamás se ponen en marcha tales condiciones estaríamos igual en una utopía. Pero no es así. Veamos un ejemplo. Se han vertido ríos de tinta y años enteros de discusión sobre los dos planteamientos evangélicos sobre la pobreza. Mateo en su versión de las bienaventuranzas, habla de los pobres de espíritu. (Mt 5,1) y Lucas de pobres, sin más adjetivos (Lc 6,20) Los pobres de espíritu son aquellos que no han puestos su corazón en las riquezas, aunque las tengan. Los pobres de san Lucas son los que nada tienen. Bien, si alguien, de manera sincera, es pobre de espíritu terminará pobre de solemnidad. Su despego hacia las riquezas le llevará a no incrementarlas y después a repartirlas. Y si no es así es que está mintiéndose a sí mismo y a los demás.

EN NUESTROS CORAZONES

El reino de Dios está en nuestros corazones y hemos de acceder a él cuando creamos de verdad y estemos limpios. Si tenemos una verdadera disposición a convertirnos y rezamos todos los días a Dios para que nos ayude, lo que hoy nos parece una utopía se convertirá en una realidad tangible. Otra cosa es que el mundo no entienda eso y prefiera la guerra a la paz y el odio al amor.