www.betania.es


¡PERDÓNAME, SEÑOR, DE LOS PECADOS QUE SE ME OCULTAN!

Por Ángel Gómez Escorial

La frase que sirve de título es usada, en modo admirativo en el Salterio, en los salmos. Y parece oportuna. Aunque se podría pensar que si uno no sabe que una cosa es pecado, difícilmente lo podrá tener como tal. Por eso se pide a Dios perdón por lo que se oculta e, incluso, por lo que se desconoce totalmente. Y tras el perdón el conocimiento preciso de lo que ofende a Dios, porque Él además de Padre es Maestro.

Creo que muchas veces dominados por lo que se llama “defecto principal”, o pecado más frecuente, lo demás queda atenuado o lejano. Confesores y penitentes se quejan –desde los dos lados— de confesiones muy rutinarias, de que siempre se confiesa lo mismo, día tras día, año tras año. Y, desde luego, tiene que haber más. No es malo investigar en nuestros actos y nuestras conciencias para ir determinando otros fallos. No se trata de una búsqueda culposa o masoquista, sino de mejorar, de conocerse mejor, y desde ahí ofender menos a Dios y los hermanos.

Los ejemplos sobre la elección de pecados, o la indeterminación sobre aquello que no lo es, son muchos. Hay gente que no ve más pecado que en el sexo fuera del matrimonio –cosa lógica— pero que no valora los abusos económicos o la capacidad de robar con mayor o menor guante blanco. Hay gente también que confunde el “carácter fuerte” con la total brutalidad en el trato a los demás. Hay personas muy vengativas que quieren que Dios colabore en sus venganzas. Incluso en la acción del sexo pecaminoso muchos y muchas piensan en su daño, en lo mal que han hecho, sin valorar el daño que ellos han inferido a la otra persona. La vieja fórmula de seducir para obtener favores sexuales nunca contempla el mal del otro. La persona seducida se habrá entregado por amor y cuando descubra que eso sólo era un engaño quedará destrozada.

Hay muchos pecados de “vida corriente”, de relación con los demás. Abusar de la fuerza –sin que haya lesiones— para conseguir algo o llegar antes a lo deseado es muy frecuente. El desprecio a los demás por su aspecto físico, sus malformaciones o defectos constituyen una enorme falta de amor. Ya los evangelios –Jesús mismo— habla de la acepción de personas, de tender a valorar, y mejor tratar, a las personas por su buen aspecto y por su riqueza en apariencia… y sin demostrar. Realmente, todo timador se disfrazará de rico o de persona importante para engañar y llevar a cabo su fechoría. Es obvio que la acepción de personas no hay que acometerla nunca, incluso con el conocimiento real de que nuestro preferido sea un rico de verdad.

Creo que cada uno debe someter su conducta a examen para llegar a describir esas faltas que no se valoran. El peor engaño es el que se hace uno mismo, porque, probablemente, ante ello no tendrá capacidad de reacción. La humildad es un buen camino para determinar esas faltas derivadas de la soberbia y el engreimiento. Recientemente, en el caso de una persona que sólo hablaba de ella y de las muchas cosas buenas que hacía, se le pidió que pusiera otros ejemplos, que hablara de cuando sus hermanos o sobrinos eran pequeños y que situaciones graciosas –propias de niños— recordaba. Pues ninguna recordó. Solo fue capaz de referir algunos hechos en que esos niños habían sido muy malos y ella les había producido el necesario escarmiento.

Es obvio que no se trata de exagerar ninguna noción de culpa permanente, ni estar amargado con “nuevos” pecados. Se trata de descubrir todo lo que está haciendo mal y daña a los hermanos, que, en muchos casos, el daño será muy importante y con características de pecado grave. A veces la repetición de las caídas en un solo pecado, incluso de manera superficial, es un autoengaño para no profundizar en otros caminos de trasgresión más graves para uno mismo y para los hermanos. Obsesionados con una sola falta, las demás quedarán libres de análisis y de su necesaria erradicación.

Por eso es bueno rogar a Dios que nos muestre los pecados que se nos ocultan. Y no tanto por una tendencia a la culpabilidad permanente, y si para saber cómo mejorar nuestra vida de cara a Dios, a los hermanos y a nosotros mismos. Y pidamos a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra que nos ayude a seguir el camino fraterno de si Hijo, Jesús, con todos sus hermanos, de hoy y de todos los tiempos