¿CREEMOS EN LA RESURRECCIÓN?

Por Ángel Gómez Escorial

Nadie puede negar el entusiasmo y la alegría de los fieles católicos en las celebraciones de la Pascua. Tras la tristeza evidente de las fechas del Jueves y Viernes Santos, la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección emergen como algo muy grande. Realmente, tenemos el conocimiento de que la Iglesia comenzó a caminar –ya sin desmayo—desde ese momento, confirmándose la condición divina de Jesús de Nazaret. Y es que si Cristo había resucitado, sus seguidores podían esperar lo mismo. La otra cuestión, además, de la divinidad de Jesús, es que Él era el primogénito de entre los muertos. Hay muchos ejemplos de ello descritos en los Hechos de los Apóstoles y, sobre todo, en las Cartas de Pablo. Incluso, el apóstol de los gentiles llegó a pensar –y así lo escribió—que la Segunda Venida de Jesús –para resucitar a todos y glorificar a vivos y muertos —se produciría aun en vida de sus seguidores. No fue así, claro. Y desde entonces el pueblo fiel espera que se cumpla la promesa del Señor Resucitado.

¿Y nosotros –aquí y ahora—creemos en la Resurrección? Las cuestiones de fe son como son. No se niegan, pero no se interiorizan. Sin duda, la Resurrección del Señor –del Hombre Dios—está ahí y es un argumento de mucho peso dentro de nuestra fe. Comulgamos con Pablo respecto a esa frase de que si Jesús no hubiera resucitado seriamos los más desdichados de la tierra, pero, tal vez, nos falta la valentía de vernos dotados del cuerpo glorioso de Jesús. Y, sin embargo, eso sería un gran consuelo para muchos, para enfermos, para personas maltrechas por culpa de la enfermedad o de los accidentes… Para, asimismo, apreciar mas nuestro cuerpo y nuestra alma. Pues la cuestión es que no nos convertiremos en “otra cosa”, en otra persona, sino que nuestra misma persona –cuerpo y alma—serán glorificados y dotados de lo que ya los primeros discípulos vieron en Jesús Resucitado, en el hecho fehaciente que había vencido a la muerte, al tiempo y hasta al espacio, tal como lo conocemos ahora. Y todo ello que no es otra cosa que una promesa de Jesús, nuestro Maestro, nos debería llenar de alegría y convocar nuestra esperanza total en esos momentos o circunstancias en las que vejez o enfermedad nos deterioran o disminuyen.

La otra cuestión notable es que, por tanto, no desaparecemos con la muerte. Tenemos proyección futura hacia un mundo que el Libro de la Apocalipsis define como la bajada de la Jerusalén Celestial, adornada como una novia, un mundo hecho nuevo, lleno de luz. Es una gran esperanza que no debe ser tumbada por nuestro exceso racionalista. Porque, ya se sabe, para Dios todo es posible. Lancémonos con alegría en este tiempo de Pascua a creer en la Resurrección de Cristo, el Señor, y en nuestra misma resurrección, que, sin duda, algún día llegará. Jesús nos lo ha dicho.