Solemnidad de Todos los Santos
1 de noviembre de 2005

La homilía de Betania


Tras las homilías correspondientes a la Solemnidad de Todos los Santos, aparecen, en esta misma página, las relativas a la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.


1.- TODOS LOS SANTOS: ELLOS NOS ANIMAN

Por Javier Leoz

2.- LLAMADOS A LA PLENITUD DEL AMOR

Por Antonio Díaz Tortajada

3.- HIJOS MUY QUERIDOS DE DIOS

Por José María Maruri, SJ

4.- TODOS LLAMADOS A LA SANTIDAD

Por José María Martín OSA

5.- LA VIDA FUTURA

Por Ángel Gómez Escorial


1.- TODOS LOS SANTOS: ELLOS NOS ANIMAN

Por Javier Leoz

1.- La pequeñez se hizo grandeza. La felicidad la conquistaron con aquello de lo que los sabios se sonreían. Dejaron huella y, lo mejor, es que ni siquiera muchos de ellos se dieron cuenta. Pero, eso sí, allá por donde pasaron fueron fermento del evangelio. Esta es, ni más ni menos, la festividad de Todos los Santos.

Comprobaron, por sí mismos, que la santidad desde donde mejor se veía era desde el monte de las bienaventuranzas.

No anduvieron en medias tintas. Muchos de ellos, unos con sufrimiento, otros desde el silencio, otros más con un corazón gigantescamente ancho, y otros tantos más acosados por la persecución, etc., comprobaron en la confrontación con muchas cosas, sistemas, personas e intereses que –el camino hacia la santidad- está torpedeado a veces por el ruido de la mediocridad. Pero no se dejaron vencer.

--Madres que se han sacrificado hasta la saciedad por sus hijos

--Padres que no han renunciado a ejercer su responsabilidad como tales

--Religiosos y sacerdotes que se han ido consumiendo como si fueran lámparas al pie del

altar

--Misioneros que, cogidos de la mano de la hermana soledad, han dado el todo dejándolo

todo por Cristo

--Hombres y mujeres a los cuales no les ha importado nada ser señalados por ir

contracorriente sin dejarse dominar por el ambiente

2.- Y así, en un océano inmenso, podríamos ir enumerando situaciones y vivencias donde las Bienaventuranzas, aún siendo un programa exigente, siempre han contado y encontrado entusiastas que las han hecho realidad.

La iglesia, en esta festividad, no solamente los recuerda sino que celebra las grandes maravillas que Dios ha creado a través de ellos, por ellos y con ellos.

Esta festividad de Todos los Santos es la fiesta de aquellos que han sabido tomarse en serio las cosas de Dios. Es el día en que veneramos y cantamos la gloria de aquellos para los cuales, Dios, lejos de pasar de refilón cambió su vida y posibilitaron el paso de Dios a través de ellos para los demás. Al fin y al cabo ¿un santo no es sino aquel que mejor nos hace comprender, ver y entender la presencia de Dios en medio de nosotros?

Muchos, sin ser conscientes de ello, fueron testigos nítidos y vivos de Dios. Nunca soñaron con formar parte de esa muchedumbre de santos que hoy llena el horizonte de esta fiesta. Hoy, la Iglesia, ve en ellos la mano poderosa de Dios. Los signos más clarividentes de que el camino de las bienaventuranzas es posible cuando se tienen las cosas claras. Cuando se confía en Dios. Cuando se antepone el servicio a los demás a los de uno mismo. Cuando se pone el corazón más en Dios que en el dios-hombre.

La festividad de Todos los Santos es cantar la grandeza de un Dios que nos indica un sendero para alcanzar la felicidad auténtica. Aquellos la creyeron a ojos cerrados. La trabajaron con manos generosas. La amaron a corazón abierto. Entendieron, que la felicidad que Jesús les prometía, era en todo superior a los pequeños sorbos de aquella otra más efímera y engañosa.

3. ¿Cuál es la motivación de esta muchedumbre de santidad que hoy entra por la ventana de nuestro pensamiento? ¿Cuál es la razón, primera y última, de tantos hombres y mujeres contenido en el gigantesco lienzo de la memoria de Dios?: la gloria definitiva que el Señor les prometió.

También a nosotros, aún en medio de vicisitudes y de contrariedades, de sombras y de dudas, Todos los Santos nos empujan para que finalicemos la carrera emprendida en el día de nuestro bautismo.

**Todos los Santos nos animan desde el graderío del cielo para que, ante la tentación de mirar hacia atrás, veamos lo que más adelante nos espera: el abrazo con Dios

**Todos los Santos nos aplauden cuando, lejos de acobardarnos, recogemos el testigo de las bienaventuranzas pregonándolas con nuestra propia existencia

**Todos los Santos, más allá de ser hombres y mujeres pintados o tallados en simple madera, son el espíritu de un Dios que habla, actúa y se hace presente en la santidad de cada día.

**Todos los Santos nos asisten, con el avituallamiento de su intercesión ante Dios, cuando nos caemos en el intento de ser mejores.

¿No os parece seductor el pensar que tal vez Dios nos tiene reservado un hueco en ese retablo inmenso e invisible de Todos los Santos?


2.- LLAMADOS A LA PLENITUD DEL AMOR

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- La clave de la fiesta que hoy celebramos es la “alegría”, como rezamos en la antífona de entrada; y se trata de una alegría genuina, limpia, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces en la santidad de Dios. Esta gran familia es la de los santos: Los del cielo y los de la tierra. La Iglesia nos invita a levantar el pensamiento y a dirigir la oración a esa inmensa multitud de hombres y mujeres que siguieron a Cristo aquí en la tierra y se encuentran ya con Él en el cielo.

"Nuestro ánimo y nuestra alegría se fundan en la certeza de que nada puede apartarnos del amor de Cristo.” Estas palabras de la beata Madre Teresa de Calcuta --inspiradas en la carta de san Pablo a los Romanos-- nos sugieren la hermosa perspectiva que para los cristianos significa alcanzar la santidad, y nos da en su justa dimensión la razón por la que la Iglesia propone como modelos a los santos: Hombres y mujeres que comprendieron el Evangelio en el sentido de que "el amor se debe poner más en las obras que en las palabras”. Así, la santidad es gracia, es don, es compromiso moral, es comunión íntima con Dios. Por ello al aspecto teológico de la santidad debe corresponder la respuesta antropológica sin la cual la santidad no sería humana sino algo mágico. Y eso lo vemos en las bienaventuranzas, síntesis eficaz y kerigmática de todo el cristianismo.

La santidad cristiana es plenitud de la fe y de la gracia; es la celebración de aquellos que en su vida nutrieron una disponibilidad del corazón que se abre, acepta y colabora generosamente a la acción admirable de Dios por medio de su Espíritu. Es el sello y culmen en la dimensión de la fe que se desarrolla en medio de tensiones.

2.- Esta fiesta se celebra en toda la Iglesia desde el siglo VIII. En ella se nos recuerda que la santidad es asequible a todos, en las diversas profesiones y estados, y que para ayudarnos a alcanzar esa meta ¿debemos vivir el dogma de la "comunión de los santos? La Iglesia, nuestra madre, nos invita hoy a pensar en aquellos que, como nosotros, pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. Es esa muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, según nos recuerda la primera lectura de la celebración eucarística. Todos están marcados en la frente y vestidos con vestiduras blancas, lavadas en la sangre del Cordero.

Muchos santos --de toda edad y condición-- han sido reconocidos como tales por la Iglesia, y cada año los recordamos en algún día preciso y los tomamos como intercesores para tantas ayudas como necesitamos. Pero hoy festejamos, y pedimos su ayuda, a esa multitud incontable que alcanzó el cielo después de pasar por este mundo sembrando amor y alegría, sin apenas darse cuenta de ella; recordamos a aquellos que, mientras estuvieron entre nosotros, hicieron, quizá, un trabajo similar al nuestro: Oficinistas, agricultores, catedráticos, comerciantes, periodistas, sacerdotes...; también tuvieron dificultades parecidas a las nuestras y debieron recomenzar muchas veces, como nosotros procuramos hacer; y la Iglesia no hace una mención nominal de ellos en el santoral. Son los santos sin "san”. Estos santos a la luz de la fe, forman un grandioso panorama: El de tantos y tantos fieles laicos o religiosos --a menudo inadvertidos o incluso incomprendidos; desconocidos por los grandes de la tierra, pero mirados con amor por el Padre--, hombres y mujeres que, precisamente en la vida y actividad de cada jornada, son los obreros incansables que trabajan en la viña del Señor; son los humildes y grandes artífices --por la potencia de la gracia, ciertamente-- del crecimiento del Reino de Dios en la historia. Son, en definitiva, aquellos que supieron con la ayuda de Dios conservar y perfeccionar en su vida la santificación que recibieron en el Bautismo.

3.- Todos hemos sido llamados a la plenitud del Amor, a luchar contra las propias pasiones y tendencias desordenadas, a recomenzar siempre que sea preciso, porque la santidad no depende de estado --soltero, casado, viudo, célibe--, sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede. La Iglesia nos recuerda que el trabajador que toma cada mañana su herramienta o su pluma, o la madre de familia dedicada a los quehaceres del hogar, en el sitio que Dios les ha asignado, deben santificarse cumpliendo fielmente sus deberes.

Es consolador pensar que en el cielo, contemplando el rostro de Dios, hay personas con las que tratamos hace algún tiempo aquí abajo, --por ejemplo mis padres-- y con las que seguimos unidas por una profunda amistad y cariño. Muchas ayudas nos prestan desde el cielo, y nos acordamos de ellas con alegría y acudimos a su intercesión.

En la solemnidad de hoy, el Señor nos concede la alegría de celebrar la gloria de la Jerusalén celestial, nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros le alaban eternamente. Hacia ella, como peregrinos, nos encaminamos alegres, guiados por la fe y animados por la gloria de los santos; en ellos, miembros gloriosos de su Iglesia, encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad.

Nosotros somos todavía la Iglesia peregrina que se dirige al cielo; y, mientras caminamos, hemos de reunir ese tesoro de buenas obras con el que un día nos presentaremos ante nuestro Dios. Hemos oído la invitación del Señor: "Si alguno quiere venir en pos de Mí..." Todos hemos sido llamados a la plenitud de la vida en Cristo. Nos llama el Señor en una ocupación profesional, para que allí le encontremos, realizando aquella tarea con perfección humana y, a la vez, con sentido sobrenatural: ofreciéndola a Dios, ejercitando la caridad con las personas que tratamos, viviendo la mortificación en su realización, buscando ya aquí en la tierra el rostro de Dios, que un día veremos cara a cara, en personas concretas.

Esta contemplación --trato de amistad con nuestro Padre Dios-- podemos y debemos adquirirla a través de las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces, con aparente monotonía, pues para amar a Dios y servirle, no es necesario hacer cosas raras. A todos los hombres sin excepción, Cristo les pide que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto. Para la gran mayoría de los hombres, ser santo supone santificar el propio trabajo, santificarse en su trabajo, y santificar a los demás con el trabajo, y encontrar así a Dios en el camino de sus vidas.

Todos ellos tuvieron errores y faltas de paciencia, pereza, de soberbia, tal vez pecados graves. Amaron mucho y tuvieron una vida con frutos, porque supieron sacrificarse por Cristo. Nunca se creyeron santos; todo lo contrario: siempre pensaron que iban a necesitar en gran medida de la misericordia divina. Todos conocieron, en mayor o menor grado, la enfermedad, la tribulación, las horas bajas en las que todo les costaba; sufrieron fracasos y tuvieron éxitos. Quizá lloraron, pero conocieron y llevaron a la práctica las palabras del Señor: "Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os aliviaré." Se apoyaron en el Señor.

4.- Los bienaventurados que alcanzaron ya el cielo son muy diferentes entre sí, pero tuvieron en esta vida terrena un común distintivo: Vivieron la caridad con quienes les rodeaban. El Señor dejó dicho: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros." Ésta es la característica de los santos, de aquellos que están ya en la presencia de Dios.

Nosotros nos encontramos caminando hacia el cielo y muy necesitados de la misericordia del Señor, que es grande y nos mantiene día a día. Hemos de pensar muchas veces en él y en las gracias que tenemos, especialmente en los momentos de tentación o de desánimo.

Allí nos espera una multitud incontable de amigos. Ellos pueden prestarnos ayuda, no sólo porque la luz del ejemplo brilla sobre nosotros y hace más fácil a veces que veamos lo que tenemos que hacer, sino también porque nos socorren con sus oraciones, que son fuertes y sabias, mientras las nuestras son tan débiles y ciegas. Cuando os asoméis en una noche de noviembre y veáis el firmamento constelado de estrellas, pensad en los innumerables santos del Cielo, que están dispuestos a ayudarnos.... Nos llenará de esperanza en los momentos difíciles. En el cielo nos espera la Virgen para darnos la mano y llevarnos a la presencia de su Hijo, y de tantos seres queridos como allí nos aguardan.

5.- Que esta solemnidad de Todos los Santos sea para nosotros un aliento en nuestra vida, y que después de vivir nuestro compromiso bautismal de ser propagadores de santidad en nuestra familia y ocupaciones podamos al fin de nuestras vidas escuchar de nuestro Señor Jesús: "Dichosos... dichosos... dichosos... de vosotros es el Reino de los Cielos”. Porque, "ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos. Para eso murió Cristo y volvió a la vida: Para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos"


3.- HIJOS MUY QUERIDOS DE DIOS

Por José María Maruri, SJ

1.- 144.000 es una multitud que nadie podría contar; no, una multitud que se apiña en una plaza de toros o en el Estadio Bernabeu (**), ni una muchedumbre que se manifiesta con gritos vindicativos. Es más bien una multitud a pleno sol en lo alto del monte del Gozo de Santiago de Compostela, de toda raza o nación, un solo Dios, una sola Fe, unidos todos con el lazo de amor fraterno… Esos son los innumerables santos de la fiesta que celebramos año tras año.

2.- Buscad entre aquellos rostros, como tal vez lo hicisteis tratando de encontrar en la pantalla de televisión algún pariente o amigo que había ido a la peregrinación, a Santiago, porque entre esa multitud vais a encontrar muchos rostros conocidos, la madre o el padre, el esposo o la esposa; tal vez, algún hijo o algún hermano. El amigo que ocupaba la mesa de trabajo vecina a la vuestra, el que compraba el periódico a la misma hora que vosotros o esperaba al mismo autobús.

-- hombres y mujeres que han sabido vivir contentos con lo poco que tenían y han sabido

compartir

-- incapaces de dolo y mentira, que por ser verdaderos no han medrado en la vida pero han

dejado un gran recuerdo tras si.

-- hombres y mujeres de mirada limpia que, con sus ojos, han purificado los ambientes en que

han vivido.

-- en cuyos labios siempre ha habido una disculpa para los pecados de los demás.

-- hombres y mujeres junto a los que siempre nos hemos sentido llenos de paz.

-- que han sido tal vez el centro de nuestras familias a las que envolvían en cariño y alegría

Los 144.000 que viviendo nuestra misma vida han cumplido las bienaventuranzas del Señor. Mientras los teníamos cerca no nos dimos cuenta del misterio que se iba desarrollando en su corazón, porque como nos ha dicho San Juan, todavía no se había manifestado lo que ya eran.

No sabíamos que cada uno de ellos eran ya verdaderos hijos de Dios, porque sus defectos y limitaciones humanas cegaban nuestros ojos, pero allá en lo hondo de sus corazones el Señor iba obrando la maravillosa transformación de hacerlos perfecta imagen suya. Pero ahora que ven a Dios cara a cara se manifiesta en ellos lo que ya eran en vida: hijos muy queridos de Dios.

4.- Miremos a nuestro alrededor con ojos de Fe y sintamos amor y respeto por el que se sienta a nuestro lado, porque también en él se esta realizando esa gran transformación de ser imagen viva de Dios, tiene ya en si la inmensa dignidad de ser verdadero hijo muy querido de Dios.

(**) El Estadio Santiago Bernabeu es la cancha y sede del Real Madrid, Club de Fútbol. Y probablemente sea conocido por todos los lectores de Europa y América. Pero por si acaso lo consignamos.


4.- TODOS LLAMADOS A LA SANTIDAD

Por José María Martín OSA

1.- El Vaticano II nos recordó que todos estamos llamados a la santidad. La Iglesia, sin embargo es santa y pecadora a la vez. Santa por su fundador, Jesucristo, y por ser instrumento universal de salvación. Muchas veces los árboles no dejan ver el bosque. Se critica a la Iglesia-institución, sin apreciar los raudales de santidad que han derrochado muchos de sus miembros a lo largo de la historia. Personas que han dedicado todas sus energías al evangelio, héroes anónimos que se desvivieron por los más necesitados, misioneros que dejaron su patria y familia para ayudar a gentes de tierras lejanas.

Pero los santos no son de otras épocas, hoy sigue habiendo santos. No hace falta que realicen milagros, la madre Teresa de Calcuta no necesita hechos extraordinarios para ser proclamada santa, el principal milagro es su propia vida. ¿Cuándo dejará la Iglesia de buscar milagros para santificar a una persona? El pueblo de Dios testifica la santidad de muchas personas, con eso basta. Así se hacía en el principio.

2.- Hoy recordamos a todas aquellas personas que gozan de la compañía de Dios en el cielo. Santos no son sólo los que están en los altares con figura hierática o "vestidos de blanco". Dice el Apocalipsis que es "una muchedumbre inmensa" que nadie podría contar.

Hoy no es un día de tristeza, aunque muchos acudan a los cementerios a recordar a sus seres queridos y añoren su presencia entre nosotros. Hoy es un día de alegría porque muchos hermanos nuestros han llegado a la meta del encuentro con el Padre. Y son personas normales, que se santificaron en el día a día, son padres y madres de familia que, a pesar de las dificultades, confiaron siempre en el Señor y transmitieron a sus hijos el don de la fe ¿por qué solo se canoniza a los obispos, papas, curas o monjas?, ¿es que es menos santo el que realizó su tarea de padre o madre con un dedicación ejemplar? Hoy es un día para dar gracias a Dios por tantas personas buenas que nos han precedido en la fe.

3.- ¿Cómo santificarnos? A veces da la sensación de que tenemos que hacer lo que hizo éste o aquél santo para llegar al cielo. Por cierto, lo que hicieron algunos -como el Estilita que se pasó la vida subido en una columna- es desaconsejable para la salud y ante los ojos de hoy antievangélico. Tampoco podemos ponernos un listón que todos tenemos que saltar para llegar a ser santos. Cada cual se santifica a su modo, con sus cualidades, con los dones que le ha dado el Señor. Es santo aquél que vive según el espíritu de las bienaventuranzas. Como todo ideal es imposible de cumplir -entonces dejaría de ser ideal- pero la cuestión está en vivir según ese estilo e intentar ser manso, pacífico, misericordioso, pobre de espíritu, sufrido, luchador en favor de la justicia, limpio de corazón. Esta manera de vivir contrasta con lo que dice el mundo, pero es la única manera de seguir a Jesús. Es su principal mensaje, lo que distingue a un cristiano, pues de los que viven a así "es el Reino de los cielos".


5.- LA VIDA FUTURA

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Las Bienaventuranzas marcan nuestra "forma de ser" como cristianos. Y, por tanto, serán en el mundo futuro una común característica para todos los que están disfrutando de la Visión de Dios. La condición de Santos, la refleja bien San Juan en el fragmento del Apocalipsis, donde "una muchedumbre inmensa que nadie puede contar está en pie ante el Trono del cordero". Nos acerca al gozo de permanecer en la presencia de Dios para siempre. Hay en este texto un mensaje de Eternidad, con olor a Mundo Futuro que, tal vez, no podamos comprender bien ahora. Pero que muestra brillos de la unidad de estado y de felicidad de quienes están --ya-- adorando continuamente al Señor, en presencia de los ángeles.

2.- Va a ser también San Juan en su Primera Epístola quien defina nuestra condición de Hijos de Dios y cual será nuestro "pasaporte" para el cielo. Es posible que ahora no podamos racionalizarlo bien. Pero para llegar a su cercanía real y fehaciente hemos de ser merecedores de la condición de hijos. "Queridos, ahora somos hijos de Dios -dice San Juan-- y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro". ¿No tiene bastante similitud este argumento con lo expresado en la imagen gloriosa del Apocalipsis, anteriormente citada? Sí, por supuesto. Y ambos textos nos sirven para atisbar esa vida en el cielo que es nuestra meta futura.

3.- Antes que nosotros, miles y millones de santos --conocidos o desconocidos, recordados u olvidados-- viven la felicidad de saberse hijos, muy cerca del Padre, viendo su rostro continuamente. Los textos de Juan, Apocalipsis y Carta, son escenas para lo eterno. Nuestra meditación de hoy debe ir por esa proximidad celeste que nos ofrecen los textos citados. Claro que no es fácil, porque --tal vez-- tengamos una idea del cielo --de la Vida Futura--, marcada por el viejo cliché de la imaginería tradicional, con los angelotes revoloteando sobre nuestras cabezas. Y ello nos impida centrarnos en su contemplación. Sin embargo, los textos de Juan son muy precisos. En fin, de vez en cuando, debemos olvidar la tierra y pensar en el cielo. No es malo quitar los pies de la tierra y volar hacia el lugar donde nos espera el Señor. La Fiesta de Todos los Santos es una buena ocasión para "colocar" nuestras meditaciones en el cielo.

4.- Ahora parece adecuado hablar de la Solemnidad de Todos los Santos en si misma, de la conmemoración litúrgica. Es una fiesta muy antigua y parece que su origen está en la dedicación del Panteón Romano a Santa María y los mártires. En el Siglo IV, ya las iglesias orientales conmemoraban esta fiesta. En el siglo IX se comienza a celebrar en lo que hoy es Francia para luego extenderse a toda la Iglesia latina. En los primeros textos cristianos, escritos inmediatamente después del Nuevo Testamento, nos encontramos con una pieza muy singular que son las Actas de los Mártires. Se trata de los documentos que reflejan los juicios a los que fueron sometidos muchos cristianos que se oponían a las leyes romanas de adorar ídolos y de presentar sacrificios rituales a las estatuas de los emperadores. Dichos relatos que, por supuesto, contienen interesante doctrina, también consagran documentalmente a un gran número de santos por su martirio. El culto a los mártires fue --y es-- muy importante y de ahí se originó la devoción a esos hermanos singulares que supieron dar su vida por Cristo. Lo que los fieles pedían a esos mártires es muy parecido a lo que nosotros hoy solicitamos en nuestras devociones.

NOTA IMPORTANTE.- En el editorial y Carta del Editor de primera página pueden encontrarse elementos que sirvan para la redacción de los comentarios homiléticos de esta Solemnidad de Todos los Santos. Tambien, don Javier Leoz ha escrito un texto muy bello sobre las Bienaventuranzas que puede ser utilizado como oración para este día. Está situado en la sección de Opinión. Y es el primer artículo.


La homilía de Betania

Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
2 de noviembre de 2005


Nota importante.- Como es sabido la misa de exequias, propia del 2 de Noviembre, tiene muchas variantes en las lecturas. A la hora de leer las homilías preparadas por nuestros colaboradores habrá que tener en cuenta esa circunstancia, fácilmente apreciable.


1.- CUANDO LLEGUEMOS A ESA CURVA DEL CAMINO

Por José María Maruri, SJ

2.- EL PASO DEFINITIVO A DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

3.- EL VACIO QUE DEJAN, SE LLENA CON LA FE

Por Javier Leoz

4.- SOMOS CIUDADANOS DEL CIELO

Por José María Martín OSA


1.- CUANDO LLEGUEMOS A ESA CURVA DEL CAMINO

Por José María Maruri, SJ

1.- También hoy conmemoramos a esos seres queridos, que echamos de menos, porque caminaron más deprisa que nosotros y dejamos de verlos como se deja de ver a quien camina ante nosotros y los perdemos de vista al torcer el camino. No los hemos perdido, allí están y volveremos a estar con ellos cuando lleguemos también nosotros a esa curva del camino.

En realidad no venimos a ofrecerlos una corana de flores, como puede hacerse ante el monumento de los muertos por la patria. Vamos a estar un rato con ellos en la misa que es punto de encuentro, puesto que al altar baja Dios y ellos están en Dios, como esperaron.

2.- Lo esencial en nuestra fe, es que como Jesús resucitó, todos tenemos asegurada una vida sin fin. Sin esta creencia nuestra fe sería vana, como nos dice San Pablo.

El prefacio de difuntos nos dice: “la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma”. Como se transforma el gusano de seda en mariposa, o el grano de trigo, podrido en el surco, se transforma en una preciosa espiga. Pero nos cuesta creerlo.

Durante millones de años hemos estado atados a la tierra por la fuerza de la gravedad, hasta que en la era espacial hemos podido romper esa cadena y volar fuera de la órbita de la Tierra, por el espacio.

Pues hasta que Jesús resucitó hemos estado todos atados a la tumba por la cadena de la muerte, y fue Jesús el primero que pudo romper esa cadena y volar libremente por la vida eterna. Y como dice San Pablo con Él hemos resucitado todos. Todos hemos roto la cadena que nos ataba a la tumba.

3.- Sin nuestra resurrección, nuestra fe está llena de absurdos. ¿No es absurdo creer en un Dios creador del universo y de la humanidad, y que al cabo de unos millones de años ese Dios vuelva a quedarse en su eterna soledad, junto a un cementerio galáctico, en que estuvieran enterrados los millones de seres humanos –sus hijos—que él ha creado?

¿No sería totalmente absurdo que el Hijo de Dios se haga uno de nosotros, y diera su vida por nosotros y después de marcharse de nuevo a su cielo, todos nosotros nos convirtiéramos en macabra ceniza de sepulcro? ¿A qué vendría hacerse hombre y mujer, trabajar, sufrir y morir como seres humanos que al fin van a desaparecer?

4.- El Evangelio está lleno de palabras de resurrección: “Yo soy la resurrección y la vida”, “quien cree en mi tiene vida eterna”, “el que come mi carne tiene vida eterna. ¿Resurrección de quien y vida de quien si todos tenemos que ser absorbidos de nuevo por la nada?

Pero eso celebraciones como la de hoy es para reafirmarnos en que nuestros seres queridos, aunque no los veamos están. Y están envueltos en el cariño de Dios, disfrutando de la belleza de Dios, imbuidos en la energía de Dios que fue capaz de sacar de la nada lo que existe.

Por eso mientras pedimos por ellos, por si en algo nos necesitan, sobre todo nos ponemos bajo su protección, porque su descanso en paz, no es la paz del cementerio, ni la paz holgazana del que no espera nada apoyado en tapia de adobe. Con la energía de Dios que hoy participan están, sin duda, al lado de sus seres queridos, ayudándonos a cruzar el mar de la vida que, como prácticos del puerto, consigan que entremos con ellos en puerto seguro


2.- EL PASO DEFINITIVO A DIOS

Por Antonio Díaz Tortajada

1.- El hombre contemporáneo no sabe qué hacer con la muerte. Lo único que se le ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso y volver de nuevo al vértigo de la vida. Pero, tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante la muerte?

La conmemoración de los fieles difuntos nos invita a reflexionar sobre el acontecimiento de la muerte. La muerte proyecta siempre una pregunta lacerante y, muchas veces, angustiada, que se dirige a Dios en primer lugar, pero que atañe también a los hombres, especialmente a aquellos que sienten más auténticamente el dolor de la despedida: ¿Se ha acabado todo? ¿Ya no es posible el diálogo de la palabra y del amor con el que ha sido envuelto por el silencio implacable del sepulcro? ¿Se ha esfumado el valor de lo que el ser querido, ha vivido, ha sufrido, ha servido y amado a lo largo de una existencia prolongada y densa, rica de contribuciones a su familia y su Iglesia?

La respuesta a esa pregunta --o, mejor dicho, a ese ramillete entrelazado de preguntas, tan propias de la experiencia originaria del corazón humano-- la ha vislumbrado ya la Iglesia en ese libro inspirado del Antiguo Testamento, uno de los más geniales de toda la historia literaria de la humanidad, que es el libro de Job.

El Job, abatido por las desgracias sin cuento que se suceden en su vida, sin aparente explicación moral o humana alguna, el abandonado por todos sus amigos y colocado ante el abismo de la muerte, sabe una cosa fundamental: que Dios, el Vivo por excelencia, no le abandona ni le olvida; ya le pueden arrancar la piel, es más y precisamente "ya sin carne”, es entonces cuando verá a Dios: "Yo mismo lo veré --diría-- y no otro, mis propios ojos lo verán”. La esperanza de ver a Dios lo llena incluso tanto que exclamará: "¡Desfallezco de ansias en mi pecho!"

2.- El paso de la muerte es el paso definitivo a Dios, Dios de la vida, de la justicia y de la misericordia. En Él, en ese hecho definitivo del encuentro con El a la hora de la muerte, todas nuestras incertidumbres, tristezas, desolaciones e interrogantes más hondos encuentran la respuesta de la verdadera esperanza que consuela y no defrauda.

Frente a la muerte, siempre se siente el misterio de la iniquidad. Dios no quiere la muerte. La muerte es una contradicción de esa felicidad, de esa paz, de esa bienaventuranza para la que Dios nos ha creado; pero hay circunstancias en que la muerte se refleja más como el misterio de la iniquidad, misterio necesitado de redención y por eso oramos frente a ese enigma de la muerte. Cuando la muerte la rodea la inquietud, la duda; y sobre la muerte se arroja muchas veces la calumnia, sangre, violencia, dolor, se siente más de cerca el misterio de iniquidad que Cristo llamó así. Por eso, ante lo incomprensible de ese misterio, de ese paso misterioso hacia el más allá, nos aferramos a Cristo; Él es la única explicación; Él ilumina con luces de trascendencia y de eternidad esta vida y el paso de esta vida hacia ese más allá, o sea las tres dimensiones que es necesario considerar siempre que estamos, frente al acontecimiento de la muerte.

3.- En primer lugar, la dimensión humana: El hombre. La imagen de Dios, sujeto de derechos y deberes. Hijo de una familia, hombre concreto de un tiempo, reflejo de Dios para iluminar su obra de la creación y de la redención en la tierra. Esta Iglesia se va encarnando en hombres de cada tiempo, llevando el mensaje de Cristo a nuevas fronteras, con nuevos conflictos, con nuevas situaciones, va buscando también hombres inquietos, tal vez atrevidos, vocaciones raras; pero siempre el hombre que permanece en comunión con la Iglesia, en comunión con Cristo, es el hombre que está conectado para llevar a los demás hermanos y a aquellos que más necesitan, porque están tal vez más alejados, el mensaje de la salvación.

Pero junto a esta dimensión humana está otra dimensión, y es la trascendencia. Cada hombre que viene a este mundo es un reflejo de Dios eterno. Cada hombre lleva una vida que comenzó, pero que no tendrá fin. Cada cadáver es la imagen de una Iglesia que no termina en la muerte, que peregrina y camina más allá del sepulcro, es el hombre que entra a la eternidad. Esa eternidad es la que se refleja solemne en los momentos de la muerte.

Nosotros somos los auténticos liberadores de la tierra; nosotros, por una doctrina que nos habla de la trascendencia y del más allá, somos los llamados por Dios para acompañar también a todos los que se esfuerzan por dar a esta tierra un sentido más humano; por dar una igualdad más cristiana, más fraternal, a los hombres; darles su verdadera esperanza, su verdadera fuerza.

Aunque se caiga abatido, pero víctima de unas convicciones tal vez profundas, se es seguidor de aquel Cristo, aun cuando se le confunda con cosas de la tierra. Es necesario en esta hora, en que la muerte nos congrega en torno nuestros hermanos reafirmar como cristianos que no podemos vivir una piedad, un evangelio, una trascendencia, una mirada hacia la eternidad sin poner los pies en la tierra. Es necesario reafirmar que precisamente porque esperamos un cielo que será premio de nuestros esfuerzos en la tierra por lo que tenemos que trabajar intensamente cada uno en su propia vocación por un mundo mejor.

Este me parece que es el mejor mensaje que podemos recoger de esta fiesta. El mensaje de sembrar muy hondo la esperanza del cielo, pero de trabajar muy fuerte también en las esperanzas de la tierra. No disociarlas, complementarlas y vivirlas como realistas, como cristianos que tienen su corazón en el cielo; pero con sus pies y sus manos trabajan también, las realidades temporales de la tierra.

4.- Hay ya, de forma comprobable en la historia cristiana, en particular en la de la Iglesia, una razón sobre la que se fundamenta irrevocablemente nuestra esperanza en la victoria cumplida de la vida sobre la muerte: la de la fe en el Hijo de Dios, hecho carne en el seno de la Virgen María, que pasó por la muerte de cruz y resucitó por nuestra salvación, como el primero entre los hermanos. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”. Y todo "el que ve al Hijo --como el mismo Jesús nos dice en el evangelio de san Juan-- y cree en Él" tiene vida eterna y Él lo resucitará en el último día. La fe en Jesucristo nos ha abierto definitivamente las puertas de la Vida Eterna: el que se bautiza, cree y persevera en Él, camina en la vida que madurará eternamente en el amor infinito del Padre.

El concilio Vaticano II afrontará en una de sus más bellas páginas el misterio de la muerte con una luminosa conclusión: "Así pues, la fe, apoyada en sólidos argumentos, ofrece a todo hombre que reflexiona una respuesta a su ansiedad sobre su destino futuro, y le da al mismo tiempo la posibilidad de una comunión en Cristo con los hermanos queridos arrebatados ya por la muerte, confiriéndoles la esperanza de que ellos han alcanzado en Dios la vida verdadera.”

5.- Por eso, pensemos también, en esta otra dimensión: Un juicio de Dios. Nuestros hermanos difuntos se han enfrentado ya al juicio de Dios. El juicio de Dios es lo que permanece. El juicio de Dios es lo eterno; pero recogiendo también lo temporal. Es en el juicio de Dios donde se nos va a juzgar de nuestros días en la tierra, de nuestros caminares en los caminos del mundo. Es el juicio de Dios el que nos dará un premio o un castigo definitivo, porque aquel Juez no admite sobornos, no se deja pagar. Un Juez que dará a cada uno según sus obras.

Es necesario juzgar, a ser posible, con la mente de Dios, el cual más que justicia, usa misericordia. Y es a lo que nos invita esta celebración eucarística, a pedir una súplica de misericordia al Señor. Misericordia, porque nada humano se presenta ante la santidad de Dios sin manchas de la tierra. Y es necesario decirle al Señor: Ten misericordia, límpiame estas manchas, perdóname estos pecados. Nuestros difuntos están necesitados de la misericordia del Señor Que podamos decir a Dios, desde la serenidad de nuestra espera de su justicia, --que es la única--, dales Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua.


3.- EL VACIO QUE DEJAN, SE LLENA CON LA FE

Por Javier Leoz

1.- "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23, 43). Todos los Santos y Todos los Difuntos son dos notas de un mismo acorde: llamada a la eternidad. Los primeros participan plenamente de la Pascua del Señor y, los segundos, son aquellos que jalonan nuestra memoria más inmediata y aquellos otros que, sin permanecer en el recuerdo de nadie, la iglesia les reza y les ofrece esta jornada de meditación, oración y reflexión.

Todos los difuntos deben de conmovernos profundamente. Su ausencia sigue siendo para nosotros un enigma. Su partida es ley de vida y otras inesperadas. Pero, más allá de todo esto, es bueno pensar que los que nos han precedido se han llevado todo un potencial del amor de Dios que, un día, les hará resurgir del silencio, de la muerte que ahora les humilla.

2.- La vida es como un partido de fútbol. Tiene dos tiempos bien diferenciados. En el primero de ellos, el hombre, tiene un protagonismo total. Parece como si lo que tocamos fuese lo definitivo. Como si nuestros días fueran interminables. Como si, de verdad, el hombre fuera dueño, regidor absoluto de todo y en todo. Amamos, odiamos, crecemos, trabajamos, sufrimos, formamos familia, nos realizamos, viajamos, creamos, destruimos, etc. Es el tiempo del despegue. De disfrutar a tope en el terreno de juego.

En el segundo tiempo de nuestra existencia palpamos que, la muerte, nos juega una mala pasada. ¡Cuántas ilusiones y proyectos, subidas y bajadas, ahorros e ideales, son de repente abortados y sancionados injustamente por ese gran “árbitro” vestido de negro que es la muerte! Entonces es cuando, también, bebemos el cáliz amargo de nuestra debilidad. Ni la ciencia puede ser respuesta definitiva para todo, ni dirigimos los hilos de nuestros días como creíamos.

Es, en este último tiempo, cuando asistimos desde la grada de nuestra felicidad a la despedida de nuestros seres queridos. Es, en esos instantes, donde aprendemos también por nosotros mismos a jugar con el arte y la fe, la esperanza y la caridad, con los valores y la ética que nuestros difuntos nos han legado. Entre ellos, el más importante, Dios.

3.- Dios, incluso en estos momentos, nos dice que este partido no ha terminado. Que hay una prórroga. Que la muerte no es palabra definitiva. Que existe un tercer tiempo al que todos podemos llegar si no vendemos ni perdemos por el camino la confianza, la fe y el inmenso amor que Jesús nos trajo bajo su brazo.

En ese tercer tiempo es donde, hoy, situamos a nuestros difuntos. Ahí es donde los dejamos y donde soñamos con verlos. Ahí es donde viviremos un día en compañía de aquellos que tanto han significado para nosotros y que, la muerte, injusta o justamente nos los ha arrebatado.

¿No es consolador el vivir esta jornada con esta perspectiva? Más importante que el árbitro de la muerte, es el Dueño del terreno de juego y de la misma vida: DIOS.

Mientras tanto, miraremos arriba y abajo, a nuestra izquierda y a nuestra derecha, y seguiremos disfrutando de tantas cosas materiales y espirituales que ellos nos dejaron. Seguiremos jugando (limpiamente) con el estilo y la honradez a la que tantas veces nos llamaron. Avanzaremos como creyentes intentando vencer por goleada con el espíritu que nos marcan las bienaventuranzas. Pensaremos que, nuestra propia existencia, es un soplo que pasa y que, por lo tanto, hay que saber respirarlo profundamente para oxigenarnos con la gracia divina.

4.- Hoy, en esta festividad de Todos los Difuntos, caemos en la cuenta de tantos lugares vacíos que un buen día estuvieron ocupados por aquellos seres queridos que, aún estando físicamente ausentes, los sentimos vivos en el corazón.

Sus palabras siguen sosteniéndose en el aire de nuestras casas

Aquel trabajo y la vitalidad con la que pasaron, nos empujan a mantener vivo su espíritu

La fe con la que cerraron sus ojos, es luz para cuando no queremos ver a Dios

Y el vacío, que su marcha dejó, lo llenaremos con la fecundidad de la Palabra de Dios, con la esperanza que nos ofrece Jesucristo de saber que, por ser hijos de Dios, no permitirá que permanezcamos para siempre en el olvido.


4.- SOMOS CIUDADANOS DEL CIELO

Por José María Martín OSA

1.- Estamos de paso en esta vida, pues nuestro destino es el cielo. La realidad de la muerte nos sigue desconcertando, sin embargo. Porque hay en nosotros un deseo de vivir, de eternizarnos. A muchas personas les angustia la muerte, pues creen que con ello todo se acaba; es comprensible que la muerte y hasta la misma vida les resulte absurda. Sólo desde la fe podemos dar una respuesta a este misterio. Y es que "en la vida y en la muerte somos del Señor". El que nos creó es un Dios de vivos y quiere que todos los hombres vivan y encuentren la plenitud de la vida, por eso exclama San Agustín "nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti". Es infundado el miedo al castigo eterno, pues si Dios es Padre, ¿cómo puede un Padre castigar "para siempre" a un hijo? Nos resulta inhumano que así sea, máxime cuando Dios es un Padre bueno.

2.- El salmo 24 canta la bondad, misericordia y ternura de Dios. Es bueno esperar en el Señor, El está de nuestra parte, a favor nuestro. El propio Jesucristo entregó su vida por nosotros en la cruz. El sufrió como nadie el tormento y en un momento de ofuscación por el dolor llegó a pensar que Dios le había abandonado. Misterio de dolor y de entrega.....el mismo Dios con su anonadamiento da sentido a nuestro sufrimiento. Si todo se hubiera quedado en la cruz sería un tremendo fracaso, pero El resucitó venciendo a la muerte y dando sentido a la vida. ¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No hemos madurado bien nuestra fe si creemos que allá en el cementerio siguen estando nuestros seres queridos. Estará su recuerdo, sí, pero ellos no están, porque han sido llamados a vivir una Vida (con mayúsculas) en plenitud. Líbreme Dios de criticar el dolor de la separación de los seres queridos. Está muy bien recordarles, sobre todo cuando muchos de ellos nos han dado tantos ejemplos de bondad y de entrega, pero recordemos que ellos están viviendo en otra dimensión. No sabemos en qué consistirá la vida eterna, hay quien ha dicho que consistirá en contemplar eternamente el rostro de Dios en la línea del libro de Job, que se consuela en la tribulación pensando que verá a Dios con sus propios ojos.

3.- ¿Qué hacer entonces? Vivir esta vida como un regalo de Dios. Pensemos que la mejor manera de ser feliz es hacer felices a los demás. Practiquemos la justicia y hagamos el bien, pero no para ganar una parcela en el cielo, sino por amor a Dios. En nuestro mundo se intenta ignorar la realidad de la muerte, se aleja a los muertos de las casas y se los traslada a los tanatorios, se evita hablar de la muerte. Sin embargo la hermana muerte llegará y lo importante es que ése día estemos satisfechos de haber hecho lo suficiente, aprovechando los dones y talentos que el Señor nos ha concedido. Se muere como se vive, si en nuestra vida hay amor, la muerte será un simple paso, una puerta que se abre a una vida sin fin. Jesús es la resurrección y la vida y quien cree en El no morirá para siempre, sino que vivirá para siempre.