1.- LA CUESTIÓN DE LAS VOCACIONES SACERDOTALES Este cuarto domingo de Pascua –y por decisión pontificia—está dedicado, en todo el mundo a la contemplación y promoción de la necesidad de vocaciones sacerdotales. La conmemoración se llama “Jornada de Oración por las Vocaciones Sacerdotales” y tiene repercusión y presencia en todas las misas dominicales del orbe católico. El lema de este año para la Jornada es "Rema mar adentro" (Lc 5,4). Esta frase era muy querida por Juan Pablo II. Está claro que el mundo atraviesa actualmente un fuerte déficit de vocaciones sacerdotales, aunque la situación no es tan grave como en la pasada década y en la de los ochenta, todavía son pocos los jóvenes que se entregan a ese servicio a los hermanos, en el nombre de Dios. ESCASEZ DE SACERDOTES La escasez de sacerdotes sigue siendo dramática en América, donde la mayoría de las comunidades católicas viven esa carencia. Es cierto que la ausencia de presbíteros ha traído la incorporación vigorosa de laicos a muchas de las tareas eclesiales y entre ellas a la preparación de las Eucaristías y otras celebraciones litúrgicas. Pero ese mayor protagonismo de los laicos se debe a una carencia, y no debería ser así. Esos mismos laicos deberían estar trabajando igual en un mundo donde abundaran los sacerdotes. Tal vez, hay que apuntar que son pocos los laicos que se incorporan al sacerdocio después de mucho tiempo de prestación de servicios pastorales. Y no es solo el problema del celibato lo que impide el paso al sacerdocio, aunque sea importante. E, incluso, se da el caso de que muy pocos de los jóvenes comprometidos dan ese paso. SEMINARIOS VACIOS En España hay más sacerdotes que en Iberoamérica, pero todavía se contemplan muy pocos rostros jóvenes en las parroquias. La media de edad de los presbíteros en ejercicio es muy elevada. Hay, sin duda, una renovación en el afloramiento de vocaciones pero esto no puede ser comparado con los altos niveles de estudiantes en los seminarios de otras épocas. Los edificios de estos centros de enseñanza hoy están casi desocupados y otros han sido dedicados a otros menesteres. Por el camino que conduce de Bilbao a su aeropuerto se contempla un extraño –y muy grande—hotel con su torre central entre dos alargados pabellones idénticos. La torre no tiene remate alguno, ni cruz, ni veleta. Fue seminario hoy es un hotel de aeropuerto de gran capacidad. Las cosas han cambiado y el fenómeno de la increencia llega todas partes. En España la educación religiosa –e, incluso, la cultura religiosa—es cada vez menor. Este es un gran problema porque la fe del pueblo español es también cada vez más exigua, por ello no es de extrañar que falten las vocaciones. Sin embargo, Jesús llama cuando quiere y donde quiere y florecen vocaciones en terrenos de casi imposible siembra. El deseo de ser otro Cristo, de servir en completa exclusividad a los hermanos y de entregarse por ellos hasta la extenuación como hizo el mismo Cristo. CONSAGRAR Y RECONCILIAR La capacidad de consagrar el pan y el vino para convertirlo en Cuerpo y Sangre de Cristo y la facultad de perdonar en nombre de Dios los pecados mediante el sacramento de la reconciliación, la dedicación exclusiva al servicio espiritual y temporal de los hermanos son realidades insustituibles dispuestas por Cristo mediante el sacramento del orden sacerdotal. Y todo ello marca unas particularidades necesarias e imprescindibles. Es posible que ante los ojos de Dios y de los otros hermanos el sacerdote no es más, pero es eso: sacerdote. Y para serlo hay que asumir una vocación muy fuerte, un compromiso de indudable hondura. Eso también debemos tenerlo en cuenta, para no caer en confusiones simplistas y sustitutorias. De cara al futuro puede haber otras consideraciones que impiden el acercamiento de los jóvenes al sacerdocio –y entre ellas el celibato—pero sinceramente creemos que son de una importancia relativa. Lo básico, lo fundamental, es sentir la llamada de Jesús de Nazaret y aceptar un nivel de entrega y de exigencia que solo Él puede pedir. La clave está ahí. Pero es obvio que para llegar a ello hay que conocer, antes, a Jesús. Y muchos de nuestros jóvenes apenas han oído hablar de Él. PEDIMOS ORACIONES Y GENEROSIDAD Betania pide a sus lectores oraciones por que lleguen a la Mies nuevos operarios. Y les pedimos también que hablen a los jóvenes con objetividad y entusiasmo de la misión del sacerdocio. La generosidad de la gente joven es enorme y saben comprender perfectamente la categoría de una misión. Y les pedimos, asimismo, que hagan cualquier esfuerzo social y económico para que, en su ámbito, todas las vocaciones sacerdotales lleguen a buen puerto, con la ayuda de Dios. A petición de varios lectores volvemos a repetir el editorial de la semana pasada respecto a la posición de Betania en la muerte de Juan Pablo y respecto a nuestra fidelidad a la Cátedra de Pedro. Por la misma razón, en la sección de Carta del Editor se repite la publicada tambien la semana pasada.
2.- FIELES A LA BARCA DE PEDRO Dentro de la enorme conmoción que ha producido la muerte de Juan Pablo II Betania quiere manifestar su total adhesión a la figura y a la institución del Papa de Roma. Betania es una publicación independiente –realizada y financiada por un laico—que mantiene como divisa principal ser buena hija de la Iglesia y fiel al Vicario de Cristo en la tierra, al timonel de la Barca de Pedro. Por eso, dentro de la situación de tristeza que produce el fallecimiento de un Pontífice que, como Juan Pablo II, ha permanecido tantos años –27—frente a esa Barca y ha dado tantos frutos, pues está la esperanza de que su sucesor, con la ayuda permanente del Espíritu Santo, abra una nueva etapa importante en la ya larga historia de la Iglesia Católica. No tenemos, pues, el menor temor, ninguna inquietud. Betania, asimismo, nunca ha entrado en el juego ---ya un poco obsoleto—de la presunta disputa entre conservadores y progresistas. Y mucho menos considerar en esos parámetros la ejecutoria del Papa recién fallecido. PIO XII Si se observan las trayectorias de los últimos Pontífices, veremos que han trazado un camino coherente –y relacionado—con la buena marcha de la Iglesia. Pío XII supo mantener a la Iglesia en situaciones de gran firmeza, cuando más falta hacía: durante la Segunda Guerra Mundial. Y dicho conflicto pasó por las puertas del Vaticano a menos de un par de centímetros. Italia participó en esa guerra desde –a nuestro juicio—el peor lado, que resultó luego ser el de los derrotados. La posguerra trajo, también, muchos problemas. N o olvidemos que la terrible persecución religiosa iniciada por los nazis, se completó con la realizada por los países de regímenes comunistas, inspirados y dominados por la Unión Soviética. El Papa Pacelli fue un prodigio de equilibrio y de inteligencia. Nadie puede negar que su pontificado fue el más difícil del siglo XX. JUAN XXIII La Barca de Pedro se mantuvo firme en aquellos años y en ellos comenzó a vislumbrarse el cambio. Se buscaban reformas desde lo social a lo litúrgico. Se diga lo que se diga, cuando el Beato Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II –aunque produjese sorpresa y conmoción—respondía a esos deseos de cambios fuertemente implantados en el interior de la Iglesia, aunque no suficientemente expresados o pensados. Desde luego le hizo falta al Papa Roncalli un gran arrojo para convocar el Concilio y sobre todo para predibujarle como una realidad en democracia, en libertad. El Concilio Vaticano II es lo más importante que le ha pasado a la Iglesia católica moderno. La evolución que ha marcado en la realidad y en el talante de la Iglesia es básica para su futuro desarrollo. Hoy por hoy, el catolicismo –en sus vertientes personales o comunitarias—no tendría sentido sin el Concilio. Su implementación no ha terminado y habrá que seguir desarrollando ese camino de cambio permanente que, por sus pasos, marcará la entidad de la Iglesia para este Tercer Milenio que acabamos de comenzar. PABLO VI Juan XXIII no pudo ver terminada la obra por él iniciada. Y tuvo que ser Pablo VI quien acabara ese trabajo. Más parecido a Pío XII que a Juan XXIII, tuvo que poner mucha fuerza en sus manos para mantener en rumbo el timón de la Barca de Pedro, porque, sin duda, los excesos y los defectos en la comprensión del Vaticano II y de sus medidas añadieron una gran tensión a la vida de la Iglesia. Pero dicha tensión era lógica por el cambio tan importante –y necesario que se había impreso a la Iglesia. Si hemos dicho que el pontificado de Pío XII fue el más difícil del Siglo XX, sin duda el del Papa Montini fue el más delicado, el más duro, por esas tensiones internas. La declaración del mismo Pablo VI de que “el humo del infierno había entrado en la Iglesia” pues es un exponente de la situación. Pero la barca continúo firme en medio de las tormentas. La Iglesia mejoró, se hizo más humana, más libre, más pobre, más que es Jesús de Nazaret. Es necesario ahora analizar en profundidad el pontificado de Pablo VI y discernir su importancia espiritual e histórica. JUAN PABLO II Del 26 de agosto al 28 de septiembre de 1978 gobernó la Iglesia Juan Pablo I. Ese breve espacio de tiempo nos impidió –claro está—ver como hubiera sido un pontificado más largo del Papa Luciani. La duración de la vida y el momento de la muerte son realidades humanas que están ahí y que forman el misterio de nuestra existencia. Y si el fallecimiento de Juan Pablo I fue una sorpresa triste y mayúscula, asimismo la elección –días después—de Juan Pablo II constituyó otra sorpresa enorme. Por primera vez en muchos siglos se sentaba en la cátedra de Pedro un cardenal no italiano. Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, salía a la ventana del edificio apostólico del Vaticano imprimiendo nueva dinámica al comportamiento pontificio. Y eso iba a ser una constante en todo su reinado. La Iglesia católica ha sobrevivido a lo largo de más de dos mil años por la gracia del Espíritu Santo y por la promesa de Nuestro Señor Jesucristo de que permanecería a su lado hasta la consumación de los tiempos. Además, la existencia de una doctrina singular y extraordinaria enseñada por Jesús y transmitida por sus Apóstoles ha generado una unión que tiene, sin duda, su origen en las estrofas del Padrenuestro. Pero hay también que decir una cosa: la unidad en torno al Obispo de Roma y la solidez de la institución fraterna –y desde luego jerárquica-- representada por el Papa y los Obispos es un cemento cohesionador de gran importancia. Y en eso último Juan Pablo II ha sido capaz de renovar y poner en su sitio. Porque en ese sentido no solo hay que pensar en el principio de la autoridad solamente. El Papa Wojtyla termina con ese egocentrismo centrifugador de, por ejemplo, la Curia romana. La unidad se fortalece y, a partir de ahí, comienzan a resolverse muchos problemas. Y lo mejor, a nuestro juicio, de Juan Pablo II es que no ha podido poner de acuerdo a los que, de un lado u otro, le llamaban conservador o ponían el grito en el cielo por su progresismo social. Y es que no era ni una cosa ni otra. Era amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por encima de todo lo humano y como reflejo de ese amor a Dios. Y otra cosa el mayor exponente “ideológico” de Juan Pablo II bien puede estar en las conductas concretas de esos miles de hombres y de mujeres que ha elevado a los altares. Y, claro, son tantos que sus talantes han sido muy diversos. Y así un planteamiento simplista podría llevar a no ver iguales a la Madre Teresa y o a san Josemaría Escrivá de Balaguer. O este mismo san Josemaría con san José María Rubio, el apóstol de los pobres de Madrid, o con san Pío de Pieltricina. O, incluso, a Juan XXIII con Pío Nono. Pero la comparación es posible si unimos en todos ellos el amor a Dios sobre todas las cosas y reflejo de ese amor, el dirigido a los hermanos, por encima ellos mismos y de sus intereses particulares. Eso es la santidad. En fin, tampoco vamos a construir aquí una biografía de Juan Pablo II. Ya está en la sección de Reportajes. Sólo apostillar que su largo pontificado ha dejado a la Iglesia en condición de abrir una nueva etapa de cambios que la sitúen más y mejor en el camino que marcó Jesús de Nazaret. Esto no es retórica. Es la pura verdad. El epílogo es como el principio. Betania expresa su afecto y solidaridad total con el Obispo de Roma. Su sintonía y, si se quiere, su obediencia. Y eso que no tiene ni votos, ni compromisos escritos en papel. Todo ello tal vez se entienda mejor al leer las primeras líneas de la Carta del Editor de también la semana pasada que, como decimos más arriba, reproducimos asimismo en la sección correspondiente.
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