Escribe: Julia Merodio


MARÍA: CIENCIA DE DIOS

Si algún erudito leyese este título creería que estaba de broma. María ¿Ciencia de Dios?

María, además de pobre e irrelevante, era una joven analfabeta a la que no se le permitía tener una cultura por el mero hecho de ser mujer, situación que hace impensable que poseyera el “Tesoro del Saber”

Sin embargo, aunque parezca sorprendente, María sabía lo que ignoran muchos de los grandes sabios de la tierra; lo que desconocen esas personas que se creen grandes y se nos presentan como súper-entendidos e ilustrados; esos que –de vez en cuando- se cruzan en nuestro camino mirando por “encima del hombro” Y es que los verdaderos tesoros están dentro, en lo profundo. Lo valioso ni tiene precio, ni se puede robar.

Si los “cacos” de nuestros días, cuyos procedimientos son cada vez más sofisticados, hubieran aparecido por aquellos parajes –donde María vivía-, jamás se hubieran fijado en su casa para llevarse algo que pudiera merecer la pena. Sus posesiones se ceñían a lo imprescindible para la subsistencia. Sin embargo ahí estaban sus verdaderos tesoros en su interior, por lo que no podían ser robados ni desvalijados. Y ¡fíjate! Resulta que, al contrario de lo que se pudiese pensar, entre esos tesoros que adornaban la vida de María se encontraba: el “Tesoro del Saber”

María sabía que Dios la amaba desde la eternidad, conocía que era la hija muy querida del Padre y, por si fuera poco, sabía que había sido elegida para ser la Madre del mismo Dios. Ella poseía el gran DON de sentirse querida por toda la Trinidad y trataba de saborearlo y disfrutarlo, en su interior, con paz y alegría.

María sabía pronunciar la palabra “Padre” de manera especial; se lo había inspirado el Espíritu Santo; el que hace sentir por dentro, el que hace sagrada la Palabra de Dios, el que ayuda a “gustar” –íntimamente- el sabor de la Fe.

María escuchaba a Dios, con toda la creación. Todo le hablaba de Él. Recordaba, constantemente, que el mismo Dios la había creado y se sentía llena de la profundidad magnánima de sus Dones.

María sabía que no le bastaba con rezar y socorrer a los desfavorecidos, sabía que además tenía que estar dispuesta a no entender.

**Los planes de Dios.

**Los silencios de Dios.

**Las maneras de actuar de Dios

**Su abandono…

Por eso sabía que necesitaba contemplar los acontecimientos con los ojos del corazón y la ciencia de Dios.

María sabía que, contemplar a Dios era su misión como madre y sabía que todos podemos contemplar así a Dios, pues “todos somos madres” En ella hemos aprendido que no solamente se es madre cuando se fecunda en las entrañas, sino que, también, se es “madre” cuando se tiene la grandeza de fecundar en el corazón.

De donde podemos apreciar que, si por el Don de Consejo se le había permitido -a María- el saber optar por lo recto, lo bueno, lo justo… lo que le agrada a Dios, por el Don de Ciencia se le había concedido –lo mismo que a nosotros- valorar rectamente las realidades que se le iban presentando en el discurrir de su existencia.

Estamos hartos de ver que, los juicios de valor que nos ofrecen los medios de comunicación sobre los acontecimientos y vicisitudes que se nos van presentando, están todos afectados por ideologías, partidismos, intereses y deformación; sin embargo Jesús nos advierte -muchas veces- que debemos rechazar todos esos criterios humanos, e ir a la luz de la Palabra que ilumina a todo ser humano y que tantos no conocen porque no la han querido recibir. Lo dice así de claro el evangelio de Juan- “Vino a los suyos y los suyos no la recibieron”

Por eso, situémonos en la verdad. Permanezcamos firmes en esos criterios diferentes que nos hacen resultar incómodos en este ambiente hostil. Pidámosle al Señor que, como a María, nos conceda el Don de Ciencia. Ese Don que nos ayude a discernir entre la sinceridad y la falsedad; ese Don que nos haga descubrir la belleza y la armonía que contiene todo lo creado y que nos dé un conocimiento nuevo de nuestra identidad como Hijos de Dios.

Porque queremos que Él nos infunda esa ciencia de los niños, de los pequeños, de los que la gente deja relegados… pues sólo así podremos ver la altura, la grandeza, la sabiduría y la inmensidad de Dios. Solamente así dejaremos de ver grande lo que para Dios es insignificante.

•Pidamos a Dios durante toda la semana el Don de Ciencia.