Escribe: Julia Merodio


DESCUBRIR LA GRANDEZA DEL TIEMPO ORDINARIO

La vida es tan compleja como lo somos las personas que la vivimos. Pero después de pararnos a contemplar el Rostro de Dios en los hermanos nos vamos re-entonando por dentro.

Nos vamos dando cuenta de que, a menudo nos asusta lo fundamental, lo trascendente… vemos que, procuramos obviarlo para que no nos interrogue ni nos comprometa.

La sociedad en la que vivimos no quiere saber nada de lo ordinario. Cuando terminan unas vacaciones, ya se programan las siguientes. Cuando hemos terminado de disfrutar lo que ansiábamos ya estamos pensando en algo más espectacular y mejor.

Nos asusta pararnos ante nuestra realidad; no queremos saber nada de esas personas que nos interrogan con su manera de comportarse. No permitimos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer, porque demasiado bien lo sabemos nosotros y, nuestros esfuerzos nos cuesta convencernos de lo contrario.

Sin embargo, nos guste o no, ha llegado lo ordinario a nuestra vida. El tiempo de navidad ya terminó, las luces de color se apagaron y se descolgaron los adornos; sólo queda ante nuestra realidad, este tiempo ordinario que compone la mayor parte de nuestra existencia.

Desde el nacimiento hasta el bautismo de Jesús han pasado treinta años. Treinta años de tiempo ordinario en el que, aparentemente, nada salido de tono ocurría. Treinta años de monotonía que, sirvieron para enseñarnos la grandeza y la confirmación en la fe, reflejada en las personas más firmes de la historia.

Por tanto, el tiempo ordinario, es un tiempo para aprender de esa vida silenciosa de Jesús -en la que parece que no pasa nada-, como se forjan las personas fuertes, firmes y sólidas.

Aceptemos que, nuestro caminar entre luces y sombras, con la vulgaridad y la monotonía de cada jornada, con sus gozos y sus fatigas… nos está gritando que toda persona necesita tiempo para hacerse, para fraguarse, para fortalecerse y así, salir bien forjado a cumplir la misión que tiene encomendada; esa tarea que, como la de Jesús, no siempre se desarrollará en lo fácil y cómodo.

Por eso, hoy, os invito a dedicar un rato para ponernos ante nuestra, responsabilidad, ante nuestro bautismo, ante nuestro sacramento… Porque la respuesta, el compromiso y el testimonio que demos, serán un reflejo de la manera que hayamos tenido de “hacernos por dentro”

Después preguntémonos:

• ¿Cómo quiero acoger, este tiempo que es un regalo de Dios?

• ¿Cómo quiero abordar, las realidades de la vida que me cuestionan y me interrogan?

• ¿Valoraré, la riqueza que conlleva el situarme, frente a frente, ante la realidad que me toca vivir?

• ¿Estoy dispuesto, a responder con valentía y generosidad, a los retos que me presenta mi compromiso?