Escribe: Julia Merodio


 ESTAR UNIDOS A CRISTO

 “No hay árbol bueno que dé frutos malos ni, hay árbol malo que dé frutos buenos. Por sus frutos los conoceréis. (Lucas 6, 43 – 44)

Siempre que me pongo ante este texto de Lucas, vienen a mi mente las palabras de San Agustín que no dejan a nadie indiferente: “Quien no está unido a Cristo no es un cristiano”

Cristo ha resucitado y nos dice el evangelio que gran cantidad de personas se iban uniendo al grupo de los discípulos. Estaba naciendo los primeros cristianos. Pero a pesar de haber pasado tanto tiempo los cristianos seguimos existiendo, lo que ya no tengo tan claro es que seamos capaces de preguntarnos –de verdad- si realmente estamos unidos a Cristo. De ahí que, este tiempo de Pascua sea un tiempo propicio para interiorizar, experimentar y acoger lo que para nosotros significa ser cristianos, pues si no lo hacemos así imposible dar vida y sin hacerlo vida difícilmente podremos dar frutos dignos.

De ahí que nos siga diciendo S. Agustín: “Los sarmientos, aunque estén en la vid, no aportan nada a la vid, todo lo reciben de ella; es la vida la que les proporciona la savia necesaria para vivir, sin recibir nada a cambio”

No se puede explicar con más precisión la gratuidad de Dios. ¿Qué podemos aportar nosotros a Dios? Nada. Lo tiene todo, sin embargo, Él nos da todo lo necesario para que podamos vivir.

Nos regala: la vida y luego nos da los medios para que la mantengamos. Nos da: el aire, el agua, la comida, el calor, el frío…

Pero, también, nos proporciona la vida de dentro: La fe, la generosidad, el esfuerzo… Por eso, permanecer en Cristo es substancial para nuestra vida.

Sin embargo, hay todavía demasiadas personas que, dicen ser cristianas y que, sin duda, son personas excepcionales, que basan su vida en hacer cosas para “comprar a Dios” hacen de su vida con Dios un intercambio de dones: “te doy si me das y si no me das no te doy…” No han sido capaces de leer, desde dentro, las palabras que nos dice Jesús: “Sin Mí no podéis hacer nada; por tanto, permaneced en Mí como yo permaneceré en vosotros”

Todos sabemos que si un sarmiento se arranca de la vid muere y ¡hay tanta muerte en nuestro mundo! gente, bien muerta, caminando sin rumbo; gente bien muerta, desasosegada por conquistar las cosas más absurdas; gente bien muerta, ahogada en tantas necesidades como se ha creado… Quieren vivir lejos de Dios y al carecer de alimento van muriendo por inanición.

Pero el momento que nos toca vivir es aleccionador. En la realidad, que nos circunda, vemos con claridad que: todo, en el mundo, tenga la solvencia que tenga, puede fallar; que nuestros bienes sufren altos y bajos; que la salud se resiente cuando menos lo pensamos; que la economía puede quebrar; que los “seguros” se muestran inseguros y las promesas se quedan en el aire … es el momento de ver con claridad que el único que permanece es Dios y que: cuando todo falla, solamente Dios persiste, porque solamente en Él hay semillas de eternidad.

Aquí tenemos la consistencia de las paradojas del evangelio. Llega el tiempo en que los humildes son escuchados y a los poderosos se les hace callar. Se han quedado sin réplica y posiblemente sin apoyo. Han querido establecer sus propias reglas, su propia justicia, su propia religión… y se han encontrado con su precariedad, su ignorancia y sus equivocaciones. Han tratado de complacerse en sí mismos y, prescindiendo de Dios, se han dado cuenta de que fuera de la vid todo sarmiento muere.

Pero no solamente S. Agustín, es en el evangelio de Juan donde ya encontramos la importancia de las obras:

“Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y lo conoce todo.

Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios; y cuanto pidamos lo recibiremos de Él, porque guardaremos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal cual nos lo mandó” (Juan 3, 18 – 24)

Juan, que había vivido con Jesús, sabe bien que, para Jesús, creer y amar no pueden estar separados; cuando amamos a alguien de verdad, es porque creemos en él; y para saber si eso se realiza en nosotros, Juan nos remite a nuestra conciencia.

A mí me parece, que remitirnos a nuestra conciencia, es una pieza clave para aprender a vivir. Pero si volvemos al principio deberemos examinar cómo va nuestra conciencia; si está formada o deformada y donde ponemos las bases para observarlo.

Porque según sea nuestra conciencia así obraremos y según sean nuestras obras los demás conocerán si amamos y si vivimos en la verdad.

Pero hay algo sorprendente: Dios es mayor que nuestra conciencia. A mí me cuestiona mucho el que San Juan nos pida que crezcamos en el nombre de Jesucristo y que amemos como Él amó.

Qué importante pedir luz al Señor, para poder examinar nuestra conciencia con su Luz, a fin de vivir con rectitud y coherencia.

Señor:

Hemos llegado al momento más importante de nuestra fe cristiana: el momento de la Resurrección. Pero Tú sabes bien que hay muchos hermanos nuestros sufriendo toda clase de dolores: paro marginación, accidentes… en un incesante grito de ayuda.

 Por eso, lo mismo que tu cuerpo ha salido del sepulcro, haz que también, nosotros, les ayudemos a llevar sus dolores, para que resuciten contigo en esta Pascua.

Ayúdanos a construir un mundo de resucitados; un mundo en el que no haya exclusiones; un mundo donde todos podamos gustar el gozo de Dios.