Escribe: Antonio García-Moreno


Un nuevo día…

Un nuevo día despierta en la sierra de Aracena, en su paisaje de pinos piñoneros, y su castillo e iglesia de Ntra. Señora del Mayor Dolor. También allá se venera el Cristo de la sangre atado a la columna y el cuerpo herido por la flagelación... Un nuevo día para escribir en el aire la página de mi historia, hecha de un acontecer repetido, pero siempre nuevo y una ocasión para amar y servir a Dios y por Dios ayudar a comprender y amar a mis hermanos sacerdotes, que en estos días conviven conmigo... Cuento con tu ayuda, Dios mío, porque sin ti nada soy y contigo puedo ser algo, incluso mucho si me esfuerzo un poco más y busco solo agradarte a ti Señor. Sin importarme lo que digan, incluso lo que dejen de decir, lo cual tantas veces me preocupa hasta quitarme la paz y frenar mi afán por ser generoso y transmisor de la paz y el gozo, que tú por tú infinita bondad. Madre mía, en todos los instantes de mi vida, apiádate de mí, pobre pecador...

 

Vivir tranquilo y feliz siempre,

Vivo sin vivir en mí, no porque Cristo no vive en mí, sino porque en ocasiones la memoria se ausenta. No sé, no recuerdo lo que pensé hacer, ni lo que hice hace unos momentos... A quién le voy a contar mis penas, que no son ni siquiera penas, sino a ti mi lindo amor, mi Dios y Señor, Padre-Hermano-Amigo... Ayúdame tú también, Madre mía, y tú mi padre y Señor San José, y mi buen ángel custodio y vosotros mis santos amigos San Antonio de Padua, San Juan de Ávila y el Santo Cura de Ars, y mi bendito San Josemaría, y también del Siervo de Dios D. Álvaro... Tengo que estar seguro, vivir tranquilo y feliz siempre, contento pase lo que pase, porque en el peor de los casos, Tú mi Jesús querido, Hijo de Dios y de Sta. María, me buscarás como hiciste con la oveja perdida, y te alegrarás de encontrarme, te compadecerás de mi situación penosa, me acariciarás y me pondrás sobre tus hombros, para traerme de nuevo a este tu bendito aprisco, donde quiero vivir y morir para siempre renacer...

 

"...ministerio que recibí del Señor" (Hch 20, 24)

San Pablo está persuadido de que su predicación es un encargo recibido del Señor. También los demás apóstoles, incluso los seguidores de Cristo, “los que estaban con ellos”, recibieron el encargo de ir al mundo entero y predicar el Evangelio. En definitiva todos los cristianos tenemos el encargo de predicar el Evangelio, sobre todo con nuestra conducta. Es cierto que dentro de la Iglesia, los diáconos y los sacerdotes tienen ese encargo desde que reciben la ordenación sagrada correspondiente. Por tanto por ser sacerdote puedo decir que este encargo lo he recibido de ti por medio de la ordenación de diácono primero, y luego por la ordenación sacerdotal. Aunque eso es cierto, ni soy digno, ni soy capaz de hacerlo bien. Por eso precisamente te estoy agradecido, porque has sacado de las piedras este tu pobre hijo de Dios... Un nuevo fallo me pone al borde del ataque de nervios, tanto que no podía conciliar el sueño y no es la primera vez ni será la última. Lo admirable es que, aunque no puedo olvidar mi desazón, ahora me encuentro bastante bien, con ánimo de recomenzar, convencido que Dios es capaz de sacar de un trapo sucio y arrugado una blanca y airosa bandera blanca... De todas formas haré lo posible para recomenzar con ánimo renovado, persuadido de que Dios, aunque no quiere mis fallos, los permite y aprovecha para hacerme humilde y para demostrar que todo lo puedo en Ti qué me confortas... Madre mía, mi refugio y mi descanso, cógeme de la mano, más aún cógeme en brazos y háblame como me hablaría mi joven madre para que dejase de llorar, aunque luego al cabo de un rato todavía hiciera pucheros...

 

Gracias, Dios mío, muchas gracias…

El fin corona la obra realizada. Hoy es el final de esta convivencia, una de las que me quedan, todas especiales por tratarse de la que puedo considerar etapa final... Gracias, Dios mío, muchas gracias por haber superado estos apretados días. Bendito seas por ayudarnos y prepararnos para seguir adelante con ilusiones renovadas, deseos de avanzar y esperanza cierta de tu compañía y tu divina ternura... Las vidrieras del oratorio de la Zulema me recuerdan que las aguas pasarán incluso entre las rocas y cuestas del camino, y también que los que se violentaren a sí mismos arrebatarán el Reino de los cielos... Los ruidos de la mañana rompen el silencio. Parece la cortadora eléctrica que hermosea el jardín de la Zulema... Te ruego por todos y cada uno de los que han convivido conmigo en estos calurosos días, excesivos a pesar de estar en la Sierra de Aracena. Madre mía Inmaculada, en todos los instantes de mi vida apiádate de mí pobre pecador... A ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día alma vida y corazón... Mírame con compasión. No me dejes Madre mía... Haced oh José, que llevemos una vida inocente y siempre sea protegida con vuestro patrocinio.

 

Santa María

Santa María, Madre de Dios pues tu hijo Jesús es el Hijo de Dios que, llevado por su infinita misericordia quiso tomar carne humana y ser un hombre como los demás, excepto en el pecado. Al mismo tiempo cuando Cristo desde la Cruz te señaló a Juan como hijo tuyo, añadió a tu maternidad divina, también la maternidad de un nuevo hombre... En él estaban presentes todos seguidores de Cristo y, por tanto, eres madre de cuantos como Juan, somos discípulos de Jesucristo... Por otro lado como la Iglesia es el cuerpo de Cristo, también por esa razón eres Madre de la Iglesia. Lo contrario sería ser madre de solo la cabeza, lo cual es absurdo, tanto como decir que la cabeza va por un lado y el cuerpo por otro... Gracias, Dios y Señor mío, mi Padre-Hermano-Amigo, muchas gracias por esa infinita bondad y compasión que, continuamente, fundamenta mi esperanza y acrecienta mi amor... Uno en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo; espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo, amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo. En tus manos encomiendo mi espíritu, y mejores manos no hay...