XVI Domingo del Tiempo Ordinario
23 de julio de 2017

La homilía de Betania


 

1.- ¿QUÉ HACES TÚ PARA CONSTRUIR LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR?

Por José María Martín OSA

2.- LA JUSTICIA DE DIOS ES JUSTICIA MISERICORDIOSA

Por Gabriel González del Estal

3.-  ¿POR QUÉ EXISTE EL MAL Y DIOS LO PERMITE?

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LECCIONES DE COSAS

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- ¿QUÉ HACES TÚ PARA CONSTRUIR LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR?

Por José María Martín OSA

1.- Jesús predicó el Reino. En los evangelios encontramos hasta 10 parábolas del Reino. Jesús hablaba en parábolas para hacerse entender mejor por la gente que le seguía. Un buen ejemplo para los predicadores de hoy día que muchas veces utilizamos un lenguaje elevado, clericalizado y desencarnado de la realidad. En el evangelio de hoy encontramos nada menos que tres parábolas o comparaciones de lo que es el Reino: la buena semilla sembrada en el campo, el grano de mostaza y la levadura. Las tres nos hablan de vida y de crecimiento, pero también del peligro que acecha e impide la realización del reino de Dios. Porque el Reino "no es de este mundo", pero comienza aquí en este mundo, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. Es el "ya, pero todavía no". Jesús dejó bien claro que su Reino no es como los reinos de este mundo. En él es primero el que es último, es decir el que sirve, no el que tiene el poder. Muchas veces quisieron hacer rey a Jesús, pero Él lo rechazó porque había venido a servir y no a ser servido. Su mesianismo no es político ni espectacular, sino silencioso y humilde. En este sentido, recuerda San Agustín que "no dice que su reino no está en este mundo, sino no es de este mundo. No dice que su Reino no está aquí, sino no es de aquí".

2. - La construcción de la civilización del amor. La consecuencia que se deriva del establecimiento del Reino en este mundo es que tenemos que trabajar para que haya unas condiciones de vida en las que reine la justicia, la paz y la fraternidad. Mientras esto no se consiga, no podemos estar contentos. No debemos huir del mundo, sino implicarnos en su transformación aquí y ahora, sin esperar a que llegue pasivamente el "Reino de los cielos". Es decir, todos somos responsables de la construcción de la civilización del amor, de la que hablaba Pablo VI. Debe crecer y extenderse como el grano de mostaza y nosotros ser levadura que fermenta la masa de nuestro mundo.

3.- Se nos examinará del amor. Dios demuestra que es paciente con todos, bueno y clemente, como proclamamos en el salmo. Su juicio será al final de la historia, dejando mientras tanto que convivan el trigo y la cizaña. Pero también es sabio, pues no juzga por las apariencias y sabe distinguir quién actúa bien y quién actúa mal. Deja que crezcan juntos, pero al final separará a unos de otros. ¿En qué consistirá el juicio? Se nos examinará del amor, dice San Juan de la Cruz. Se nos juzgará de nuestro compromiso por el Reino. Y ese examen no consiste en una prueba final, sino que es una evaluación continua que se realiza todos los días. Los que no se comprometen a nada por escrúpulos de pureza, por miedo o por pereza son los más culpables de todos. Quizá no hicieron nada malo, pero tampoco hicieron nada bueno cuando estaba en sus manos hacerlo. ¿Qué haces tú para construir la civilización del amor?


2.- LA JUSTICIA DE DIOS ES JUSTICIA MISERICORDIOSA

Por Gabriel González del Estal

1.- No arranquéis la cizaña, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Nuestra justicia humana, una justicia según la ley, es muchas veces, una tremenda injusticia. Porque donde está la ley está la trampa, y los ricos y los poderosos corruptos tienen siempre la trampa a mano. La ley es la misma para todos, decimos, pero no todos saben, ni pueden, usar la ley para su servicio de la misma manera. Además, que cada uno de nosotros somos un mundo, y no se puede hacer una ley para cada persona, por mucho que los jueces traten de buscar las circunstancias individuales atenuantes o excusantes para cada individuo. Sólo Dios nos conoce por dentro y por fuera a cada uno de nosotros y puede juzgarnos imparcialmente. Y como Dios sabe que somos de barro, de naturaleza frágil y pecadora, nos juzga a todos misericordiosamente. Mira nuestro corazón, antes que a nuestras obras, y nos juzga como lo que realmente somos. Desde que nacemos tenemos la cizaña ya metida en el alma y, aunque en el bautismo se nos perdone la culpa y la pena de nuestra fragilidad original, la inclinación al pecado, la cizaña, nos va a acompañar mientras vivamos. ¿Qué hacer? Confiar en la misericordia de Dios y en su perdón. E intentar juzgar a los demás con amor y misericordia. Porque más de una vez somos muy exigentes con los demás y muy tolerantes con nosotros mismos. Vivimos en un mundo imperfecto, en el que el trigo y la cizaña están muy revueltos y envueltos, y no podemos juzgar precipitada e inmisericordemente a los demás. Tratemos cada uno de nosotros de ser trigo limpio y no pretendamos exterminar de golpe y arrancar lo poco o lo mucho que nosotros consideramos cizaña. Dejemos a Dios ser Dios, es decir, dejemos que Dios sea el que nos juzgue a todos. Y cuando no podamos aprobar el comportamiento de muchas personas, sigamos el consejo de San Agustín: condenemos el pecado, pero amemos al pecador y recemos por él. En fin, que Dios nos juzgue a todos según su justicia misericordiosa y nosotros sepamos vivir junto a la cizaña, pero sin dejarnos contaminar con ella. Procuremos ser siempre trigo limpio.

2.- Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento. El libro de la Sabiduría es el último libro del Antiguo Testamento. En el fragmento que leemos hoy se nos dice que el Dios de Israel mira siempre a sus hijos con una mirada misericordiosa, dispuesto a perdonarle todos sus pecados. Aplicando este texto a cada uno de nosotros, es consolador escuchar que nuestro Dios nos juzga siempre con moderación y gobierna nuestras vidas con gran indulgencia. Esta certeza en un Dios que nos ama y nos perdona debe acrecentar nuestro amor a él y debe ahuyentar de nuestras almas el miedo y la desesperación. Por supuesto que el saber que Dios nos va a perdonar siempre no debe permitir que se introduzca en nuestras vidas la laxitud y la tibieza espiritual, sino todo lo contrario. Precisamente, porque sabemos que Dios nos ama y nos perdona, debemos nosotros amarle a él y no hacer nada que le desagrade. Ante Dios no debemos ser ni miedosos, ni escrupulosos, ni abandonados y espiritualmente tibios. Un buen hijo siempre quiere amar a sus padres buenos y hace todo lo que puede para no ofenderles. Saber que Dios es clemente y misericordioso, como nos dice el salmo, debe elevar nuestro corazón hacia él y decirle “Señor, mírame, ten compasión de mí”

3.- El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene. Pidamos siempre a Dios que aceptemos su voluntad, porque es verdad que nosotros no siempre sabemos qué es lo que más nos conviene. Hagamos por nuestra parte todo lo que creemos que es mejor para nosotros y lo demás dejémoselo a Dios. Es lo han hecho siempre todos los santos y todas las personas profundamente religiosas. No siempre es fácil aceptar las desgracias personales, o familiares, o sociales, pero no echemos la culpa a Dios de lo que ocurre en nuestras vidas, o en la vida de nuestra familia, o en la sociedad. Lo malo que ocurre a los hombres casi siempre es culpa de los hombres; de nuestra maldad, o de nuestra ignorancia, o de unas leyes físicas y universales que nosotros no podemos controlar. Pidamos a Dios, como nos dice hoy san Pablo en esta carta a los Romanos, que el Espíritu nos guíe siempre al cumplimiento de la voluntad salvífica de Dios, nuestro Padre.


3.-  ¿POR QUÉ EXISTE EL MAL Y DIOS LO PERMITE?

Por Ángel Gómez Escorial

1.- La parábola de la cizaña es una enseñanza justa, precisa y muy importante. El Hijo de Dios nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro, conciso e inequívoco. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad contingente y cercana, solo imputable al hombre. Por ello, entonces, podríamos suponer que la bondad es obra nuestra también y que solo es generada por nuestro buen corazón. Tampoco es así. La semilla de bondad que reina en nuestras almas ha sido plantada por Dios, por medio de la Palabra --el Verbo-- que es su Hijo. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia cósmica, profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No es sólo un problema de inclinaciones dentro de una naturaleza torcida. Cada vez que hacemos el mal y, entendemos perfectamente, que es una forma más de oponerse a Dios. No debemos tener miedo al mal, pero tampoco desconocerlo o disculparlo a ultranza. El mal --el Maligno-- será derrotado definitivamente al final de los tiempos, pero mientras tanto ejercerá su reinado.

2.- Hoy nos podemos hacer la pregunta que más se han formulado los humanos de todos los tiempos. ¿Por qué existe el mal y por qué Dios lo permite? El mal no existe como una prueba, ni como un test, ni tampoco como un inconveniente que haga brillar a los mejores y hundirse a los peores. El mal existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. No fabricó unas marionetas, constantemente manejadas por hilos. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. Y los ángeles, espíritus puros, también asemejados a Dios, tienen su libertad y optan a ella. Cuando se produjo la rebelión angélica se estaba creando el imperio del mal. No por decisión divina, si no por voluntad de sus ejecutores. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El desafío era convertirse en dioses e iniciar su propia auto-adoración. Pues, como ahora. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.

3.- Hay una resolución al antagonismo entre el bien y el mal, en el tiempo y en el espacio. Y se resolverá en los últimos días, cuando vengan los ángeles a segar. En toda la historia de la Salvación ese momento final está muy presente. Es posible que con la noción de la benevolencia divina, pudiéramos pensar que el mal --y el Maligno-- desaparecerían sin mal, ni daño. Nos cuesta trabajo pensar en lo terrible de una condenación eterna, cuando sabemos que Dios es Padre y quiere a sus creaturas. Pero no podemos dejar de reconocer que son muchas las gentes que llevan su rebeldía hasta niveles profundos y definitivos. Militan en el Mal de tal manera, que no quieren salir de esa situación. Ya no será un leve engaño, ni una torpeza salida de tal engaño. Es una opción terrible y completa. Debemos de enfrentarnos con seriedad y conocimiento al hecho de la existencia del mal. Y no esconderlo entre los pliegues de una tolerancia mal entendida. Pero una vez aceptado ese hecho, nuestra obligación es pedir a Dios "que todos los hombres se salven", porque es lo que el Señor quiere. Es más que obvio que todos, con la ayuda de Dios podemos obviar el mal.

4.- "El Señor está cerca de los atribulados". El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado. No podemos dar por asumido ese juego maniqueo del bien y del mal, por el cual cada uno se alinea en un lado o en otro, como en un partido de fútbol. El bien vence al mal con la ayuda de Dios. Y ese es el camino. Tenemos la obligación de luchar urgentemente contra el mal y sacar de sus garras a nuestros hermanos. No hay reparto previo de malos y buenos en cantidades prefijadas. "Tú, Señor, eres bueno y clemente", dice el salmo que cantamos hoy. Y es perfectamente expresivo y diría que muy útil. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La Esperanza total de que un día seremos salvos por la generosidad de Dios, no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón "humilde y contrito".

5.- El fragmento del Libro de la Sabiduría, que leemos hoy nos muestra el deseo de Dios de perdonar y de olvidar, cuantas veces fuese necesario, el pecado del hombre. Dice la Escritura: "y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento". Dulce esperanza es una excelente expresión muy oportuna para ser meditada hoy. Es el Dios --Padre Nuestro-- que va siempre tras su pueblo, procurando su regreso y su arrepentimiento. Pero va a ser San Pablo quien afine aún más la acción divina en nosotros y dentro de la búsqueda del arrepentimiento y de la paz. Dice Pablo: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables". No hemos de temer por nuestros pocos medios personales, ni por una voluntad rota, ni por, tampoco, la repetición de nuestras faltas. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda.

 6.- Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es dicho reconocimiento un planteamiento pesimista, ni truculento. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos de releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de San Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el Mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por "falsas bondades". Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales --malos-- que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


LECCIONES DE COSAS

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Durante las etapas de mi vida en las que me tocó ser discípulo, he conocido muchos maestros y profesores. Distingo yo las dos profesiones, tal vez mejor vocaciones.

--Llamo profesor al que conoce su oficio, cumple con ello y es competente. No siempre los que tuve, lo ejercieron ejemplarmente, por muchos títulos, nombramientos y prestigio que pudieran tener.

--Llamo maestros a los que su vocación la contagiaban y sus conocimientos los propagaban sin esfuerzo, ni de emitirlos, ni de los alumnos asimilarlos, cargados como iban de entusiasmo, de su interior riqueza espiritual. Una de las características de estos últimos, es que no se ceñían totalmente a un programa establecido. Aprovechaban, eso sí, cualquier ocasión que se presentase, para enseñarnos algo nuevo y vivo, que nos fuese interesante y situado en terreno conocido por nosotros.

2.- El Señor Jesús, mis queridos jóvenes lectores, fue en su tiempo, uno de estos. Fue un excelente Maestro. Lo de profesor tal vez sea mejor dejarlo para Gamaliel. Os he dicho terreno conocido y de interés, evidentemente, el vuestro no será idéntico al de los primeros oyentes, labradores de Galilea, la mayor parte. La Galilea que habitaban era una región eminentemente agrícola, con sus tiempos de siembra y de cosecha. De crecimiento y de barbecho. Con su vegetación silvestre y la que germinaba y crecía gracias al esfuerzo del agricultor que la cultivaba. El Maestro supo aprovechar las circunstancias que le brindaba la naturaleza, para trasmitir el encargo recibido del Padre. Nosotros, para sacar todo su jugo a las enseñanzas dirigidas a aquellas gentes, deberemos conocer la realidad de los ejemplos que escogía. Mi mensaje- comentario- homilía, es lo que pretende conseguir.

3.- El trigo, supongo que todos vosotros, mis queridos jóvenes lectores, lo conocéis. De él sale el pan de cada día. La cizaña ya es harina de otro costal. Os confieso que hasta hace pocos días creía era un hierbajo muy abundante por el entorno de mi casa y estudiando comentarios últimamente,  he llegado a la conclusión que es otro. Poco importa se trata de un yuyo cualquiera, como dirían en Argentina. Cuando uno planta un vegetal en un vulgar tiesto, le salen muchas plantitas, no puede uno apresurarse, cuando son pequeñas, casi todas se asemejan. Más tarde también hay que tener mucho cuidado, si uno se precipita, al arrancar las malas, puede perjudicar las raíces de las escogidas, las buenas que queremos conservar.

4.- En cualquier ambiente se mezclan gentes buenas y malas. El primer día de adentrarnos en él, nada nos inquieta, poco después, surgen disputas, descubrimos que no todo es trigo limpio, como se dice vulgarmente, y nunca tan bien aplicado. Hay que, con serenidad, reconocer la realidad, calcular si tiene remedio, si algo podemos hacer, si nada es posible, apartarnos discretamente. Nunca olvidar, nunca ofender. Si no hay otro remedio, rezar. Tal vez llegue un día, Dios no tiene prisa, no lo olvidéis, la oración dé resultado. Las personas pueden cambiar, los vegetales no. las parábolas siempre tienen un aspecto que no es aplicable.

5.- El grano de mostaza… ¡hay Dios mío, cuanto me ha hecho cavilar y preguntar esta insignificancia! Después de mucho hacerlo, ya que en aquellos tiempos no existía la nomenclatura linneana y la palabra solo aparece en la Biblia y en el Talmud, disponiendo de tan pocas noticias, los expertos que en Tierra Santa viven, llegan a la conclusión de que no es ningún vegetal concreto. Ni la que proporciona la mostaza de Dijon, ni los arbustos que crecen abundantemente por allí y nos dicen que es la mostaza evangélica y hasta los chicuelos la venden (nicotiana glauca, se llama). Cualquier semilla sirve para entenderlo. Yo, sin querer corregir al Maestro, acostumbro  a decir que con una patata, por grade que sea, uno no puede hacer ni siquiera un mondadientes. Pero un diminuto piñón, germina y crece y se convierte en un pino, del que se puede hacer una nave y atravesar con ella el océano. No despreciéis nunca, mis queridos jóvenes lectores, a los pequeños, a los humildes ¡quién sabe lo que hará el Señor con ellos!

6.- La parábola de la levadura en mi caso es muy elocuente. Me hago el pan en casa. En la panificadora pongo 500gr de harina, 370gr de agua y solo 5,5 gr de levadura, que son suficientes para fermentar toda la masa. Un día olvidé poner el poquito de levadura y cuando fui a sacar la pieza, pequeño era su volumen y duro como una piedra. No era comestible, era inservible para ofrecerlo a mis huéspedes, hube de dárselo a los gatos, y aun así  previo ablande.

 7.- No penséis nunca que sois pocos, no admiréis lo que en algunos sitios se hace, no visitéis comunidades de gran vitalidad y penséis que allí sí que se rinde y no podéis por vuestra parte hacer nada. Tampoco tengáis prisa. En mi máquina introduzco, como os he dicho, los  ingredientes  y debo esperar 3h10m para poder recoger el pan.

Pero, hechas estas explicaciones que espero os sirvan, no os lo toméis como anécdotas bonitas, dignas de admiración y nada más. Tened siempre presente la advertencia del final, quien no hace caso, quien no quiere esforzarse y rendir, será condenado.

(P.D. por si os extraña el título de este mensaje, os confío que era el nombre que daba un excelente maestro que tuve en Burgos, a las lecciones ocasionales  que, con motivo de que llevara un trozo de azufre yo o viniera una colaboradora y trajera corcho, nos dictaba. Los dos ejemplos que os he contado, hubo muchos más, todavía los recuerdo y me son útiles. De aquí el titular, que sea también homenaje a Don Manuel Serrano, que así se llamaba)