XXII Domingo del Tiempo Ordinario
2 de septiembre de 2018

La homilía de Betania


 

1.- LO PRIMERO ES CAMBIAR EL CORAZÓN

Por Gabriel González del Estal

2.- EL CORAZÓN ES LO QUE HAY QUE PURIFICAR

Por Antonio García-Moreno

3.- LO QUE DIOS QUIERE

Por José María Martín OSA

4.- ES EL CENTRO

Por Javier Leoz

5.- NI PRIMEROS, NI MEJORES

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


FE Y PRÁCTICA

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- LO PRIMERO ES CAMBIAR EL CORAZÓN

Por Gabriel González del Estal

1.- Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Jesús conocía bien a la gente de su tiempo y, por extensión, a la gente de todos los tiempos. A los fariseos y escribas del tiempo de Jesús la pureza ritual y el cumplimiento estricto de la tradición les servía fácilmente para tapar la mezquindad de su corazón. Con ritos, rezos, ayunos y sacrificios, tranquilizaban su conciencia, aunque su corazón permaneciera cerrado al perdón, a la misericordia y al amor de Dios y del prójimo. Hoy a muchos cristianos de nuestro tiempo nos pasa lo mismo: podemos seguir siendo egoístas, tacaños, inmisericordes, siempre que, eso sí, nos mantengamos fieles a ritos, normas y cumplimientos que nos impone la tradición religiosa en la que nos han educado. Jesús de Nazaret lo tenía muy claro: es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los buenos y los malos propósitos. El corazón del hombre es, simbólicamente, el centro de donde salen los deseos más nobles: bondad, lucha por la justicia, nobleza de alma, amor generoso; pero también el corazón es, simbólicamente, el centro de donde salen los malos propósitos, fornicaciones, robos, homicidios, codicias, injusticias, fraudes, egoísmo, envidia, orgullo. Si cambiamos el corazón, cambiarán nuestras costumbres. Esta es nuestra gran tarea a lo largo de nuestra vida: cambiar nuestro corazón. Pero muchas veces empezamos por el final: intentamos cambiar nuestras acciones, sin intentar cambiar nuestro corazón. Sólo en la medida en que nuestro corazón vaya cambiando, irán cambiando nuestras acciones.

2.- No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada. En el Deuteronomio –segunda ley- Moisés manda a su pueblo cumplir los preceptos del Señor, para así poder tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de sus padres, les dará. Los preceptos del Señor, les dice, serán vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. Si hacen esto, hasta los otros pueblos comprenderán que el Dios de Israel es un Dios más cercano y justo que los dioses de los otros pueblos. Bien, dejando a un lado lo que este texto bíblico tiene de apología histórica del pueblo de Israel y de su religión, yo creo que lo que a nosotros nos puede servir hoy de este texto es la importancia que se da a la cercanía de Dios hacia su pueblo. Esta cercanía de Dios hacia toda persona de buena voluntad se ve profundamente expresada en las palabras y en la conducta de Jesús. Jesús fue una persona de corazón manso y humilde, acogedor y cercano a todos los que estaban cansados y agobiados. En Jesús se ve y se palpa maravillosamente la cercanía de Dios hacia las personas. Alegrémonos los cristianos de tener un Dios que “está tan cerca de nosotros siempre que lo invocamos”.

3.- La religión pura e intachable a los ojos de Dios es esta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. Es importante resaltar que, en este texto, el apóstol Santiago nos dice que la mejor manera de aceptar dócilmente la palabra de Dios y llevarla a la práctica es atender a las personas necesitadas. Hacer esto, dice el apóstol, es llevar la palabra de Dios a la práctica, no limitándonos simplemente a escucharla, engañándonos a nosotros mismos. Volviendo al evangelio, podemos ver en este texto del apóstol Santiago una respuesta magnífica al grupo de fariseos y escribas que se quejaron a Jesús porque sus discípulos comían con manos impuras. En fin, pidamos a Dios que nos dé un corazón puro y cercano a los que más sufren, como fue el corazón de Jesús, como es el corazón de Dios.


3.- EL CORAZÓN ES LO QUE HAY QUE PURIFICAR

Por Antonio García-Moreno

1.- El padre de los astros.- Padre de los Astros llama Santiago al Señor en su carta a los cristianos de la dispersión. Con este título indica el autor sagrado que Dios es el Creador y dueño absoluto de los espacios siderales y de cuanto en ellos se contiene. Hoy, cuando el hombre parece haber conquistado el espacio, cuando el hombre fue capaz de llegar a la luna, hoy sabemos mejor que antes que aún es mucho lo que ignoramos, y que más allá hay todavía infinitamente más de lo que por el momento hemos alcanzado vislumbrar. Hoy, al conocer "más de cerca" (muy lejos en realidad) el mundo de las estrellas, podemos penetrar más en la grandeza de Dios, en el poder y la sabiduría de quien ha creado tanta maravilla.

Dios lo ha hecho todo para nosotros, para que nos llenemos de admiración y de alegría por tener como Padre a Dios Omnipotente. Y junto a ese don grandioso de un espacio sin fin, nos concede el Señor el don inmediato de la vida de cada instante; este pensar y este sentir, este sufrir y este gozar, este soñar... Sí, todo lo bueno que tenemos nos viene de Dios, y todo lo que nos viene (incluso lo que nos parece malo) es un bien. Basta con descubrir el sentido último de cada situación, basta mirar las cosas con ojos de fe, con una visión cristiana de la vida.

No basta con escuchar la palabra que Dios ha pronunciado y plantado como excelente semilla en nuestra tierra, a través de la predicación. No basta con conocer el Evangelio, no basta con oírlo, es necesario llevarlo a la práctica. ¿De qué nos sirve saber lo que hemos de hacer, si luego no lo hacemos? No nos sirve de nada, en absoluto. Y cuántas veces nos limitamos a escuchar tan sólo. Con esta actitud, absurda de todo punto, nos estamos engañando a nosotros mismos. Porque en lugar de servirnos para nuestra salvación, la palabra de Dios contribuye a nuestra condenación. Lo que había de salvarnos, nos condena. He aquí lo más paradójico que nos puede ocurrir, lo más grotesco y lo más trágico.

No lo perdamos de vista, al menos por la cuenta que nos tiene: "la religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo". Es decir, amar a todos, especialmente a los más débiles. Y, además, vivir limpios de toda corrupción e inmoralidad.

2.- Fariseos hipócritas.- De entre los fariseos aparecen los personajes más aborrecibles del Evangelio. Contra ellos pronunció Jesús sus más terribles palabras. La mansedumbre y la dulzura del maestro de Nazaret se volvieron entonces acritud, ira y duro reproche que llega hasta la maldición.

El Señor no podía callar ante aquellos hombres que despreciaban a los demás llevados de su agudo espíritu crítico, que veían con lupa los defectos ajenos y exageraban las faltas del prójimo, que se fijaban en "peccata-minuta" y descuidaban cuestiones de peso, que daban mucha importancia a lo accidental y muy poca a lo esencial.

En el pasaje evangélico de la presente dominica, se escandalizan de que los discípulos de Jesús coman con las manos sucias, sin haberse lavado antes de comer. Eso iba contra las costumbres y tradiciones que ellos y sus antecesores habían ido imponiendo. Se sorprenden y preguntan a Jesús, en tono de reproche, el porqué de aquella conducta tan poco ortodoxa.

Hipócritas --les dice Jesús--, dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. Os preocupáis de colar un mosquito, les dirá también, y os tragáis un camello; laváis lo de fuera y dejáis sucio lo de dentro; blanqueáis la fachada y el interior lo mantenéis podrido.

Eran hombres de palabras buenas y de vida mala, de apariencia honorable y de corazón torcido. Fariseos cuya estirpe por desgracia no se ha extinguido. Hipócritas desgraciados que merecen el desprecio y la condenación de Dios. Fariseos que retratan a veces nuestra propia conducta, hecha también de palabras huecas, de apariencias falsas.

El corazón es lo que hay que purificar y rectificar constantemente, especialmente con la práctica de una confesión frecuente de nuestros pecados. No basta con tener vistoso y en orden nuestro escaparate, Hay que preocuparse de limpiar también la trastienda. Tener la conciencia tranquila, iluminada y clara, también allí donde sólo Dios y nosotros podemos ver.


4.- LO QUE DIOS QUIERE

Por José María Martín OSA

1.- Ser fieles a la voluntad de Dios. Los tres primeros capítulos del libro del Deuteronomio ponen ante el lector las obras de Dios en favor de su pueblo, y, como consecuencia, tienden a inculcar la fidelidad hacia el Señor. La ley de Moisés, o "Torah" en hebreo, era entendida como un todo que señalaba al hombre cuál era la voluntad de Dios, el proyecto de vida que el Señor trazaba para su pueblo para que pueda vivir en comunión con él. Cumplir la Ley era para el pueblo hebreo la manera concreta de vivir en comunión con Dios, manifestar su fidelidad en la vida de cada día. La verdadera Sabiduría, que presentaba como ideal de vida todo el movimiento sapiencial, hallaba su concreción en las prescripciones de la Ley de Moisés. El ideal del sabio era vivir según los mandamientos y decretos de la Torah. Por todo ello el autor del Deuteronomio puede afirmar que Dios se hace presente en el pueblo de Israel por medio de su Torah. Cumplir la Ley de Moisés será, para la mentalidad judía, la manera de hacer presente y de acercar a Dios al mundo, a las naciones, y de aproximar más y más el Reino definitivo de Dios al mundo entero. El Salmo 14 remarca el núcleo central de la Ley: la vida honesta, la práctica de la justicia y el temor del Señor. Quien lo practica puede “hospedarse en su tienda”

2.- “Cumplir” y olvidarse de lo fundamental. Un grupo de fariseos del lugar y algunos letrados o rabinos de Jerusalén se escandalizan al ver que los discípulos comían sin lavarse las manos según ordenaba la tradición de los mayores. El evangelista Marcos, que escribe para los romanos, informa a sus lectores acerca de las costumbres judías. Los lavatorios de los judíos no respondían a una inexplicable necesidad de higiene, sino a exigencias religiosas. Eran purificaciones rituales. Los fariseos universalizan lo que no era otra cosa que un hecho anecdótico y acusan al Maestro de que permita a sus discípulos un comportamiento en contra de la "tradición de los mayores". Jesús acepta en principio el planteamiento de la cuestión y, citando al profeta Isaías, devuelve la pelota a los fariseos. Les dice que ellos practican un culto vacío, un culto de los labios y no del corazón. Además, que se atienen a preceptos humanos y quebrantan sin escrúpulos los mandamientos de Dios. Pero aún, con el pretexto de dar culto a Dios, le ofende dejando en la miseria a sus propios padres. Se olvidan de la justicia……

3.- Lo que importa es la pureza del corazón, la buena voluntad. Pues lo que mancha al hombre no viene de fuera, sino que sale del interior. Jesús muestra su autoridad lo mismo que en las famosas antítesis del Sermón de la Montaña. Éste puede ser también nuestro gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que sólo debe ocupar Dios. Las respetamos por encima incluso de su voluntad. En esta religión lo que importa no es Dios sino otro tipo de intereses. Con el tiempo, no echamos en falta a Jesús; olvidamos qué es mirar la vida con sus ojos. El peligro es agarrarnos como por instinto a una religión sin fuerza para transformar las vidas. Seguir honrando a Dios sólo con los labios, resistirnos a la conversión y vivir olvidando el proyecto de Jesús: la construcción de un mundo nuevo según el corazón de Dios. Esto es lo que Dios quiere.


4.- ES EL CENTRO

Por Javier Leoz

Va finalizando, poco a poco, el verano y después de estos últimos domingos en los que hemos escuchado el discurso del “pan de la vida”, nos encaramos de nuevo con la Palabra de Dios. Hoy, esa misma Palabra, tiene un denominador común en todas las lecturas que hemos proclamado: coherencia de vida y sentido contenido en nuestra fe.

1. - Las formas, aun siendo importantes, no son esenciales. O, por lo menos, no nos hemos de quedar en las formas. En cuántas ocasiones, la apariencia de una fina arena, resultan ser arenas movedizas. O, en cuantos momentos, una botella que en su etiqueta dice ser buen licor, se convierte en un amargo veneno. ¿Las formas? Sí, por supuesto, siempre y cuando lejos de engañar, sean y tengan por dentro lo que dicen.

Algo así le ocurrió a Jesús Maestro. Se encontró a su paso, con personas que –perdidas y ancladas en puros formalismos- olvidaban lo importante: el amor, el perdón, la caridad. Pendientes del adorno y de las filacterias, de las normas y de las directrices, olvidaban el final de todo ello: Dios. A los fariseos les ocurría lo de aquellos turistas que, de tanto mirar a las señales de tráfico, arrinconaban el disfrute del paisaje y la visión de las poblaciones por las que cruzaban con sus coches.

Jesús quiere poner en el centro de todo a Dios. Todo aquello que distorsiona esa voluntad, que impide llegar hasta el amor de Dios, no tiene vigencia o deja de tener sentido. La ley de Dios, la suprema, es el amor. ¿Qué ocurría entonces? Ni más ni menos que, el conjunto de normas que indicaban cómo llegar hasta el amor de Dios se habían convertido en objeto de adoración, en el centro de toda reverencia. Hasta tal punto que, ellas y sólo ellas, eran causa de salvación o de condenación.

2 - ¿Cuál es el gozo de Dios? Que le amemos desde la libertad y no por obligación. A un padre no se le aprecia porque un papel me dice que soy su hijo, sino porque previamente he sentido su cuidado, su palabra, su protección o su corrección fraterna. Con el amor de Dios pasa tres cuartos de lo mismo: es un amor gratuito, un don que se nos da. ¿Qué ofrecer nosotros a cambio? ¿Un te quiero porque me das? ¡Por supuesto que no! ¡Un te quiero, Dios, porque eres mi Padre y sé que me amas!

Eso, en definitiva, es lo que nos adelantó Jesús con su Palabra y su misma vida. Amar a Dios es cumplir sus mandamientos. Pero, cumplimos sus mandamientos porque sabemos que no solamente agradamos a Dios al hacerlo, sino porque al cumplirlos con libertad y sin excesivas fijaciones o distorsiones, damos con la fuente de la felicidad, de la paz y del amor que Dios nos tiene.

3.- Cumplir por cumplir, no es bueno. Tampoco irnos al polo opuesto. Pidamos al Señor, a Jesús, que nos ayude a poner en el centro de todo lo que somos y pensamos a un Dios que camina junto a nosotros. Un Dios que, en sus justas leyes, nos anima a no olvidarle y a marcarnos un sendero por el cual podamos llegar hasta El. ¿Lo intentamos?

4.- TU ERES MI LEY, SEÑOR

Mi esperanza, en los momentos de fracaso

Mi alegría, en las heridas que producen la tristeza

Mi fortaleza, cuando la debilidad asoma y se cuela

por la ventana de mi existencia

Eres mi ley, Señor;

Contigo aprendo a distinguir entre el bien y el mal

A separar la verdad de la mentira

A diferenciar la humildad de la soberbia

El pecado de la perfección

Porque, Tú eres mi ley, Señor

Te pido que nunca me olvide de Ti

Que nada ni nadie distraiga mi atención

y pueda, en la medida de mis posibilidades,

ser instrumento de tu amor y de tu gracia.

Porque, Tú eres mi ley, Señor

Te pido que me ayudes:

a cumplir con rectitud tus mandatos

a meditarlos día y noche

a llevarlos constantemente en mi pensamiento.

Pero sobre todo, Señor,

Porque tu eres mi ley,

ayúdame a que ningún otro precepto

esté por encima de Ti.

Que ley alguna suprima tu nombre

Que interesadas leyes se conviertan

en un muro que me impidan el verte

que me impidan el encontrarte.

Y si algún día ocurriera, Señor,

que la letra fuera más grande que tu presencia

ayúdame a borrar de mi memoria

todo aquello que me obstaculiza

amarte y entregarme a ti con todo el alma.

Amén


5.- NI PRIMEROS, NI MEJORES

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Se vuelve en este domingo a la lectura del Evangelio de San Marcos, como en el resto del Ciclo B. Durante cuatro domingos de agosto hemos escuchado el discurso eucarístico de Jesús según el relato de San Juan. El episodio que narra Marcos ofrece uno de los muchos enfrentamientos de Jesucristo con los fariseos. El encontronazo de Jesús de Nazaret contra la religión oficial de su tiempo es constante. Y es que un grupo de "especialistas" habían instaurado cerca de mil preceptos obligatorios olvidando lo básico de la Ley que era la permanente misericordia del Padre. Esas normas, algunas de pura higiene --y, por tanto, de valor limitado a su utilidad--, se habían convertido en comportamientos cuyo incumplimiento era considerado como pecado y su reiteración llevaba a la excomunión.

2,. La separación entre los hermanos de Cristo es una de las cosas más dolorosas y escandalizadoras para un cristiano, hemos de añadir que el fariseísmo es lo peor que puede anidar en el corazón de un seguidor de Cristo. El fariseísmo no es otra cosa que la elevación a la categoría de fundamental de lo accidental de un comportamiento adecuado. Además, cuando se convierte en fundamental la norma se tiende a despreciar a quien no las cumple y no lo hace con el rigor impuesto.

3.- Y va a merecer la pena referir un hecho vivido por mí hace unos años Recuerdo perfectamente un episodio duro que nos puede servir de ejemplo. Eran los primeros tiempos de mi conversión y asistí impresionando al gran número de comuniones que se produjeron en una misa funeral dicha en sufragio de una persona de la alta sociedad madrileña. Le relaté a un amigo conocedor de mi nueva situación de cristiano este hecho con la idea de que se alegraría. Pero con un rostro que demostraba un cierto desprecio dijo: “Seguro que la mayoría iban mal preparados para comulgar”. Sin embargo, yo aprecié en los presentes una gran devoción y mucho respeto. Es obvio que entre aquella multitud podría haber alguno que no cumpliera las normas, pero a nadie en estos tiempos se le obliga a comulgar si no quiere. Y por tanto la presunción de defecto de preparación era excesiva y un tanto farisaica. Más tarde, vi yo en este amigo una cierta tendencia al fariseísmo por una excesiva valoración del grupo al que pertenecía.

4.- Esto no quiere decir que yo abogue por una tolerancia que desvirtúe el comportamiento adecuado de los cristianos en todos sus actos y que no se respeten los mandatos --como diría San Ignacio-- de la "Iglesia jerárquica", pero de ahí a mantener un examen permanente de las actitudes de los demás. A veces ciertas fórmulas de esa tolerancia no buscan otra cosa que un camino de abandono del seguimiento de Cristo, pero el mantenimiento a ultranza de una moral basada básicamente en solo los gestos rompe, igualmente, el ideal cristiano.

5.- La norma "antinorma" es sencilla: ni considerarse primeros, ni mejores. La perfección que busca el cristiano no debe ser antagónica con el amor a los demás y con el respeto por sus posiciones estrictas. Otro ejemplo escuchado hace poco fue la contrariedad que sufrió otro amigo que hablando con su esposa a la que quería convertir, ella expresó su gran distancia con respecto al "estado de perfección" que traslucía el amigo citado. Y eso que él no lo pretendía. Es verdad que las confidencias del avance de la propia conversión del marido eran frecuentes en la conversación con la mujer, pero ella las interpretaba como metas inalcanzables. Este ejemplo sirve, pues, para calibrar la necesidad de autentica humildad en nuestras actuaciones. Humildad interna y externa. Tal vez ese esposo había empleado una excesiva jactancia por sus “éxitos” en el camino de cambio. Y ello ponía una barrera infranqueable a su mujer.

6.- Es interesante la reflexión de Jesús en el Evangelio de Marcos de hoy. No es impuro lo de fuera, sino lo de dentro. Del corazón del hombre salen los malos propósitos. Fuertes y duras palabras de Jesús. Pero si ya es muy duro que Jesús arremeta contra un sector muy determinado de la sociedad de su época, lo es mucho más cuando indica que la maldad está en el corazón del hombre y no plantea exclusiones. Hay mucho de malo en nosotros y, a veces, esa maldad evidente nos deja asustados. Hay que purificarse para ir dejando una maldad intrínseca que tal vez sea una constante genética, como diría un científico, pero que puede proceder de esa herencia de maldad mantenida al nivel de la conciencia colectiva de la humanidad y que no es otra cosa que el pecado original. Pero, tal vez, Jesús --que siempre enseñaba-- quiso dar un argumento eficaz contra la soberbia: los buenos están fuera, nosotros no lo somos. Necesitamos de una purificación interior antes de presumir de nada.

7.- En la habitual correspondencia entre la primera lectura y el evangelio, hoy el fragmento del capítulo cuarto del Libro del Deuteronomio, nos muestra como Moisés proclama la excelencia de la Ley por encima de los decretos de otras religiones y de otros pueblos. Y no se equivoca, claro está. Esa Ley viene de Dios y Jesús de Nazaret siempre lo reconoció. No estaba –para nada— Jesús en contra de Ley mosaica, estaba contra aquellos que instrumentalizaron la ley en una serie de cumplimientos –“cumplo” y “miento”— en los que su estructura organizativa, puramente humana, era más importante que la esencia del Dios que predicaban. Es contra la hipocresía de los fariseos contra la se levante Jesús. Las palabras, por tanto, del Libro del Deuteronomio son importantes y encierran gran sabiduría. Además, el salmo 14 nos marca el camino a seguir, expresando lo contrario de lo que los fariseos hacían. Son muy adecuadas para el conjunto litúrgico de hoy los salmos las estrofas que hemos escuchado de este salmo 14.

8.- Hemos comenzado hoy la lectura de la Carta de Santiago que nos acompañará algunos domingos. El apóstol Santiago, pariente de Jesús, fue durante mucho tiempo el jefe de la Iglesia en Jerusalén. Su carta es un prodigio y probablemente no muy conocida. Pero en ella se aplica una medicina eficaz contra la fe abstracta, contra la religión teórica. Es la concreción en el apoyo a los hermanos –en nuestras buenas obras para con ellos— lo que hace nuestra fe fuerte y verdadera. Es un escrito muy realista y de fuerte contenido humanitario y social. Merece la pena, además, de proclamar y oír la Carta de Santiago en estos domingos, repasarla en profundidad en nuestra casa o con nuestras familias, en grupo o individualmente en nuestros momentos de oración. Nos ofrecerá enseñanzas que están muy de actualidad.

9.- La enseñanza que nos traen las lecturas de hoy incide en que tenemos que esforzarnos para no ser hipócritas como lo eran los fariseos de tiempos de Jesús. Hay mucha complacencia en los católicos de hoy en sentirse buenos y despreciar a los "malos". Lo peor de esa complacencia es cuando se auto-justifica mediante la existencia de un cristianismo inoperante, de solo devociones, y que no se esfuerza por servir al prójimo. Lo básico en el cristiano es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. En el amor por Dios, está la cercanía personal e intransferible a su mensaje. Y, por ello, la Iglesia --de la que él es cabeza-- reúne una serie de comportamientos positivos que nos acercan a lo que llamaríamos un mundo de piedad, que, en realidad, no es otra cosa que el uso constante de la oración. Pero junto a ello, sin rodeos, está el amor al prójimo. Y con el amor a ese prójimo su cumple el principio de la fe con obras. Las conductas de superioridad entre nosotros los cristianos son intolerables. Sirve de ejemplo esa fórmula ideal para llamar al Papa: "el siervo de los siervos de Dios". Seamos siervos, no ambicionemos ser jefes. Seamos sencillos en nuestra religiosidad, que eso no significa dejar u obviar no una sola tilde de la ley.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


FE Y PRÁCTICA

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Esta es la última homilía-mensaje que me toca redactar por hoy y sinceramente os confieso, mis queridos jóvenes lectores, que me siento fatigado. Escribir con honestidad, aunque vosotros no me conozcáis, me siento yo comprometido con lo que os digo, supone conocer el contenido de los textos correspondiente, haberlos estudiado y ahora meditado y redactarlos, ser yo mismo en mi conducta coherente, todo esto supones esfuerzo. Cada día lo primero que hago al llegar a casa es entrar a mi iglesita, reverenciar a Dios con mi genuflexión, besar el sagrario como señal de amor y he añadido hoy el gesto de poner mi frente encina, pidiéndole que me ayudase a pensar lo que debía ofreceros. Desde esta actitud soy capaz de dirigirme a vosotros honradamente.

2.- Leo u oigo a veces que algunos se definen como creyentes no practicantes. Les digo yo a otros: eres practicante no creyente. Sinceramente, prefiero a estos últimos. Sé de muchos que se entregan a un voluntariado en servicio de los discapacitados comprometiéndose en asociaciones cristianas o puramente sociales, llámense Caritas, Manos Unidas, Cruz Roja. Este verano, durante dos meses, me desplazo a un Cottolengo que está en la montaña, gozando los enfermos de vacaciones, a celebrar la misa para la comunidad religiosa y quienquiera que desee asistir. A los enfermos les asisten, además de las monjas correspondientes, voluntarios y voluntarias, que ocupan su tiempo, desde el amanecer hasta entrada la noche, en procurar que sean felices, que no les falte nada, ni de comida ni bebida. Según me dicen hasta les facilitan bañarse en una piscina exclusiva de la casa donde residen, están siempre pendientes de ellos. Estoy seguro porque si en alguna ocasión he querido yo hablar un rato con alguien, he tenido que desplazarme los mismos 23km de la mañana, para disponer del poco rato libre que tienen después del mediodía. Con seguridad todos estos servidores son cristianos practicantes, alguno de ellos he sabido que no se consideraban creyentes. Mi admiración no ha disminuido, el amor de Dios, estoy seguro, tampoco.

3.- Imaginaos la mentalidad de los que rodeaban a Jesús que nos describe el evangelio del presente domingo. El rabino Maimónides (1135 al 1204) estableció que las normas de la Ley se resumían en 613 preceptos. Los que acorralaban a Jesús, seguramente, no lo tendrían tan claro como el teólogo cordobés después estableció, pero serían antecedente de su mismo rango. Nuestro cerebro debe recordar unas normas, sí, y debemos respetarlas y cumplirlas siempre que nos sea posible, pero lo que importa es lo que abriga nuestro corazón, lo que de él sale.

Si la interioridad de una persona está repleta de egoísmo y ambicione, si solo desea satisfacción y posesión, lo que mane de su interior manchará todo su entorno. Estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro, acaba el Señor.