XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
5 de agosto de 2018

La homilía de Betania


 

1.- JESÚS, ALIMENTO QUE SACIA DE VERDAD

Por José María Martín OSA

2.- HACER UN NEGOCIO DE LO QUE ES SAGRADO

Por Antonio García-Moreno

3.- ¿ESTÓMAGOS AGRADECIDOS?

Por Javier Leoz

4.- EL ALIMENTO QUE SACIA EL CUERPO Y EL ESPÍRITU

Por Gabriel González del Estal

5.- EL PAN DE NUESTRA LIBERTAD

Por Ángel Gómez Escorial


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


HAMBRE

Por Pedrojosé Ynaraja


1.- JESÚS, ALIMENTO QUE SACIA DE VERDAD

Por José María Martín OSA

1.- Un alimento providencial. Los israelitas recordaron siempre el maná. Cuando estaban hambrientos y exhaustos Dios no les abandonó. La palabra “maná” significa “¿qué es esto”. Estaban asombrados ante aquel alimento que se les ofrecía gratuitamente. Hoy los estudiosos del Antiguo Testamento nos dicen que existe en la costa occidental de la península del Sinaí un arbusto llamado tamarisco. Produce una secreción dulce que gotea desde las hojas hasta el suelo. Por el frío de la noche se solidifica y hay que recogerla de madrugada antes de que el sol la derrita. ¿Fue este alimento natural el maná que describe la Biblia? Que el maná fuera un alimento natural, aunque extraño y desconocido de los israelitas, nos hace comprender que lo considerasen como "señal" de la protección y ayuda especial de Yahvé a su pueblo. La providencia de Dios actúa a través de las cosas cotidianas. Este es su auténtico milagro. También puede explicarse naturalmente el fenómeno de las codornices. En efecto, sabemos que en las costas mediterráneas de la península del Sinaí todos los años, en primavera y en otoño, aparecen bandadas de codornices, las cuales llegan a veces tan cansadas que pueden cogerse fácilmente con la mano. No cabe duda que para ellos se trató de un alimento providencial. Jesús anunciará la institución de la eucaristía a los judíos, cuando le recuerden el maná con que Dios había alimentado a sus padres en el desierto.

2.- El alimento que perdura. El texto del evangelio recoge la reflexión de Jesús después de la multiplicación de los panes. Jesús les cuestiona el motivo por el que le siguen. Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: "Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el que perdura hasta la vida eterna". Pero ¿cómo no nos vamos a preocupar por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Por eso Jesús se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos. Jesús les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. En nosotros hay un hambre de felicidad, de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre "para dar vida al mundo". Este Pan, venido de Dios, "perdura hasta la vida eterna".

3.- Sólo Dios permanece para siempre. Alimentar el cuerpo es fácil, pero llenar el alma, el espíritu…sólo Dios tiene poder para hacerlo. El trabajo de los hombres es comer y dar de comer a todos. El trabajo de Jesús es darnos de comer el pan de vida, en este aquí y ahora, para el mañana y para siempre. Recibimos a Jesús en la Eucaristía. Celebrar la Eucaristía no es tanto un acto de piedad individual; mi Dios y yo, en íntima estrechez (a veces egoísta estrechez). Si convertimos la Eucaristía en un acto individualista e intimista, por más santidad y adoración que se le ponga, no deja de ser un culto vacío, que no conduce a la vida, “como el que comieron sus padres y murieron”. Que nuestras eucaristías sean realmente comulgar en todo nuestro ser con Cristo encarnado en el hoy de nuestra historia para tener vida eterna. Lo recuerda San Agustín en el comentario de este evangelio: “Unos por unos motivos, otros por otros, llenan todos los días la Iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscáis, no por los signos que habéis presenciado, sino porque habéis comido del pan que os di. Trabajad por el pan que no perece, sino que permanece hasta la vida eterna. Me buscáis por algo distinto a mí, buscadme por mí mismo”.


2.- HACER UN NEGOCIO DE LO QUE ES SAGRADO

Por Antonio García-Moreno

1.- El hombre nuevo.- "Cristo os ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos de placer, a renovaros en la mente y el espíritu" (Ef 4, 21). Estas palabras del Apóstol nos invitan a reconsiderar nuestra conducta. Comencemos por recordar que Jesús nos ha enseñado el camino que hemos de recorrer los cristianos, nos ha mostrado cuál ha de ser la manera de vivir honestamente. Sus palabras han perdurado a través de los siglos, han atravesado el espacio y el tiempo hasta llegar a cada uno de nosotros. Hoy, difícilmente hay un cristiano que no sepa qué es eso de vivir según el mensaje y la doctrina de Cristo.

Sin embargo, puede ocurrir que no lo pongamos en práctica, o que expresemos con claridad y en cada momento lo que supone ser cristiano. Pero, en el fondo, hay un sentimiento que mueve a comportarse correctamente, quizá de forma casi imperceptible... Lo malo es que muchas veces ese sentimiento, esa intuición, esa voz de nuestra conciencia la ahogamos con otros sentimientos e inclinaciones. Y en lugar de dar paso al hombre nuevo hecho según Dios, dejamos que se manifieste el hombre viejo y corrompido por las pasiones y el egoísmo.

"Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, y vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas" (Ef 4, 24). Nos sigue diciendo el Apóstol y nos habla de una y estaba recién creado por el divino artífice. De alguna forma esa imagen nueva es infinitamente más perfecta que aquella imagen de la primera pareja, hecha por Dios.

Nueva condición más próxima, en el parecido, al modelo inmensamente perfecto que es Dios; condición nueva del hombre justo y santo de verdad... Dejad que el Espíritu renueve vuestra mentalidad, dejad que su poder os trascienda, dejad que Dios actúe en vuestras vidas, dejad que su bondad os inunde, dejad las manos libres a Dios. Él sólo pide, para actuar en nosotros, que le secundemos con nuestro sí incondicional, con nuestro pobre esfuerzo, con la pequeña renuncia de cada momento. Y si dejamos el paso libre a Dios, el hombre viejo y podrido se oscurecerá, para que resurja el hombre nuevo, creado a imagen de Dios, en justicia y santidad verdaderas.

2.- Buscar lo que vale.- Jesús conoce a fondo lo que se esconde en el interior del hombre. Sabe cuándo uno le busca con rectitud de intención, y cuándo se mueve por motivos menos rectos. Por eso, a quienes lo buscan después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, les acusa de que van detrás de él para beneficiarse otra vez de su poder divino.

Es una acusación que sigue en pie para quienes se sirven de la Iglesia, en lugar de servirla. Esos que hacen gala de religiosidad, para sacar algún provecho personal, para medrar en cualquiera de las mil facetas de la vida. Es una actitud egoísta, casi sacrílega podíamos decir, pues pretende hacer un negocio de lo que es sagrado. Es esta una cuestión muy delicada con la que no podemos jugar. Recordemos que, según San Pablo, de Dios nadie se ríe.

De todas formas, Jesús entra en diálogo con aquellos que le buscan por intereses bastardos, trata de hacerles comprender lo poco noble de su actitud, intenta abrirles el entendimiento y el corazón a valores más altos y duraderos. También a nosotros, con paciencia de años, quiere Dios iluminarnos para que busquemos lo que realmente vale, nos fortalece para que superemos nuestra propia debilidad y alcancemos el supremo bien que satisfaga todos nuestros anhelos y deseos.

La gente, a pesar de su torpeza, pide ese Pan que baja del cielo y que da la vida al mundo. "Señor--dicen--, danos siempre de ese pan". Es una exclamación sencilla, una jaculatoria fácil de aprender para que la repitamos en nuestro interior, suplicando al Señor con humildad y confianza que nos conceda satisfacer esa hambre y esa sed que a veces nos acucian, esos deseos indefinidos que sólo Dios puede calmar.


3.- ¿ESTÓMAGOS AGRADECIDOS?

Por Javier Leoz

Las personas, por lo que sea, nos dejamos seducir rápidamente por los sucesos extraordinarios. ¿Qué tiene el espectáculo que tanto atrae? Pues eso: espectacularidad, morbo. Nos deslumbra todo aquello que, aparentemente, está fuera de lo común.

1. -En el Evangelio de hoy, en la memoria de muchos, sigue viva la multiplicación de los panes. Sus bocas todavía permanecían abiertas ante el milagro: ¡hubo pan para todos! Pero, Jesús, era consciente de que aquella amistad que le brindaban, no era del todo sincera. Era un tanto interesada.

Siempre recuerdo aquel viejo refrán: “el amigo bueno es como la sangre, acude a la herida”. Jesús, como buen amigo, había acudido en socorro de los que tenían hambre material. Pero no quería que se quedasen en el aquel milagro. Para Jesús, el milagro, seguía siendo palabra. Una buena catequesis, una dinámica para despertar la fe en aquellos corazones cerrados a Dios. ¿Lo entendieron así aquellos estómagos agradecidos? ¿Buscaban a Jesús por la fuente de sus palabras o porque les colmaba de pan? ¿Amaban a Jesús por el Reino que traía entre sus manos o porque les había llenado de alimento sus manos abiertas?

También a nosotros, queridos amigos, el Señor nos interpela en este domingo. ¿Por qué le buscamos? ¿Porque en algunos momentos nos ha confortado en nuestra soledad? ¿Porque, tal vez, ha sido bálsamo en horas amargas o en momentos de pruebas? ¿Por qué buscamos al Señor? ¿Por qué y para qué venimos a la Eucaristía de cada domingo? Sería bueno, amigos, un buen examen de conciencia: ¿qué es Cristo para mí?

2. - La Iglesia, en estos momentos, también tiene el mismo problema que sufrió Jesús en propias carnes. Hay muchos que, lejos de verla como un signo de la presencia de Dios en el mundo, la toleran porque hace el bien. Porque soluciona problemas. Porque llega a los lugares más recónditos del mundo levantando hospitales, construyendo orfanatos o cuidando a los enfermos de Sida. Pero, la Iglesia, no desea que sea apreciada por su labor social o humana. Su fuerza, su orgullo y su poder no está en esas obras apostólicas (que están bien y son necesarias para calmar tantas situaciones de miseria o injusticias). El alma de nuestra Iglesia, de nuestro ser cristiano es Jesús. Un Jesús que tan sólo nos pide creer en El como fuente de vida eterna. Como salvación de los hombres y de todo el mundo.

3.- Hay un viejo canto que dice “todos queremos más y más y más; el que tiene un euro quiere tener dos; el que tiene cuatro quiere tener seis…..” Y a Jesús, primero, le pedían pan. Luego le exigían más y, al final, solicitaban de Cristo, todo, menos lo esencial: su Palabra, su Reino, la razón de su llegada al mundo.

Que sigamos viviendo nuestra fe con la seguridad de que, Jesús, sigue siendo el pan de la vida. Y, sobre todo, que amemos al Señor no por aquello que nos da, sino por lo que es: Hijo de Dios.

4.- TE BUSCO, SEÑOR

Aunque lo haga de una forma equivocada,

e incluso, a veces porque me das lo que me conviene.

Pero créeme, Señor, que te busco porque te quiero.

Aunque a veces la cruz me pese demasiado

Aunque, en otros momentos,

no entienda en algo o en mucho tus misterios

Aunque, la vida terrena,

me guste más que aquella que en el cielo me espera

 

TE BUSCO, SEÑOR

No por lo que me das, aunque me lo ofrezcas

No porque me acompañas, que te lo agradezco

No porque me iluminas,

aunque a veces prefiera vivir en la oscuridad

Sólo sé, Señor, que te busco.

En cada día y en cada acontecimiento

En la escasez y en la abundancia

En el llanto y en la sonrisa

Cuando las cosas vienen de frente

y, cuando el suelo por debajo de mis pies,

se abre en un peligroso boquete

 

TE BUSCO, SEÑOR

Aunque mi fe no sea sólida

y, a veces, exija pruebas de tu presencia

Aunque dude, y a continuación,

te de la espalda y no pueda defenderte

Aunque no trabaje demasiado

por tu causa y por tu Evangelio

Sólo sé, Señor, que no dejo de buscarte

Que no dejo de quererte

Que no dejo de de pensar

que, sin Ti, mi vida sea muy diferente.

Gracias, Señor


4.- EL ALIMENTO QUE SACIA EL CUERPO Y EL ESPÍRITU

Por Gabriel González del Estal

1.- Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna. Sí, es evidente que lo primero es buscar el pan nuestro de cada día; tenemos un cuerpo al que debemos alimentar diariamente, si queremos que se mantenga sano y fuerte. El pan físico de cada día es necesario para alimentar el cuerpo, pero no es suficiente para alimentar al hombre. El ser humano es mucho más que cuerpo, es espíritu, es anhelo, es deseo, es amor, es felicidad. Si alimentamos físicamente el cuerpo, pero dejamos vacío el espíritu, el ser humano se siente insatisfecho y frustrado. Sigue siendo estadísticamente verdad que hay muchos más suicidios entre los ricos que entre los pobres. Jesús reprocha a los que le buscan que le busquen únicamente porque les ha saciado el cuerpo; yo no he venido sólo para eso, les dice, yo he venido para daros un pan que sacie vuestro espíritu, un pan que os alimente para la vida eterna. En tiempos de crisis económica, todos nosotros podemos caer en la misma tentación en la que cayeron aquellos seguidores de Jesús: podemos terminar creyendo que lo único importante en estos momentos es saciar el hambre corporal. Y, como hemos dicho, esto no es así: el dinero es necesario para vivir físicamente, pero no es suficiente para ser vivir felizmente. Tratemos de ganar, con esfuerzo, el pan nuestro de cada día, pero no nos olvidemos de buscar, también con esfuerzo, el pan que alimente nuestro espíritu para la vida eterna. Esto es lo que nos pide Jesús en este texto evangélico que leemos este domingo.

2.- Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed. San Juan repite muchas veces las palabras de Jesús cuando dice que “el que cree en mí tiene vida eterna”. Cuando san Juan dice <creer> no se refiere a un asentimiento racional, sino a un compromiso vital. Creer en Jesús es seguirle, es defender sus valores, es alimentarse con su espíritu, es dejar que sea él el que dirija y gobierne nuestra vida. El que cree en Jesús de esta manera no pasará hambre, ni sed. Jesús, mientras vivió en este mundo, dio de comer a muchos pobres materialmente hambrientos y sació la sed de muchas personas espiritualmente sedientas. Esto es lo que debemos hacer los seguidores de Jesús: luchar contra el hambre física que padecen injustamente millones de personas y tratar de saciar la sed espiritual que padecen muchísimas personas descarriadas e insatisfechas. La Iglesia de Jesús debe ofrecer, en la medida de sus posibilidades, ayuda física y consuelo espiritual a las personas que se acercan a ella. De alguna manera, la Iglesia de Jesús debe tratar de ser para mucha gente despensa, fuente y farmacia física y espiritual. Esto es lo que hizo y fue Jesús de Nazaret y esto es lo que debe intentar ser la Iglesia Católica.

3.- Vestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdadera. San Pablo se dirige a cristianos recién convertidos del paganismo al cristianismo. Antes, les dice, erais como hombres viejos, corrompidos por deseos seductores, ahora debéis vivir como hombres nuevos, creados a imagen de Dios, cuyo único vestido debe ser la justicia y la santidad verdadera. Este programa de vida que propone san Pablo a los nuevos cristianos de Éfeso es un programa que sigue siendo válido para todos nosotros. Justicia y santidad, ahí es nada. Los cristianos de ahora debemos aspirar a ser lo que siempre han debido ser los seres humanos: justos y santos. Justos en nuestras relaciones sociales y laborales con las demás personas, y santos, amando a Dios y al prójimo sobre todas las cosas. A este hombre nuevo, vestido de justicia y santidad, es al que debemos aspirar todos los días, intentando dar muerte en nosotros a tantos deseos seductores que todavía siguen vivos en nuestro hombre viejo.


5.- EL PAN DE NUESTRA LIBERTAD

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Desde luego, hoy, el pan no es lo que era. Porque, en estos tiempos, son muchos los dietistas y los “forjadores” de imposibles cuerpos humanos perfectos, que prohíben la ingesta del pan como si de un veneno poderoso se tratase. Y, sin embargo, durante milenios –y sobre todo en el mundo mediterráneo— el pan ha sido el alimento principal de generaciones y generaciones. Fue, además, un avance técnico importante, un triunfo científico de indudable importancia, porque moler la harina, hacer una masa con agua y añadir levadura para que aumente, no es algo tan fácil, ni tan espontáneo. Por eso tiene mucho sentido cuando Jesús de Nazaret inicia su discurso del pan, considerándolo comida fundamental y solamente comparable al maná que los israelitas recibieron del cielo durante la larga marcha por el desierto. Jesús preanuncia, además, el prodigio del milagro eucarístico, donde un pan bendecido se convierte en viático de eternidad y donde, asimismo, en él se va a quedar para acompañarnos durante los siglos de los siglos.

2.- Jesús no esconde la importancia que tiene la comida y quien la da. Dice, no exento de dureza argumental, que le han buscado porque asistieron a la entrega de pan, delicioso y gratis, y con él quedaron saciados. Sin duda, es como un adelanto de una vida feliz. Recostada la multitud sobre la hierba, en tiempo fresco, en el que el sol ardiente de Palestina no molestaba, comiendo sin parar y escuchando la Palabra de Jesús. ¿No es, casi, legítimo que intentaran repetir la escena muchas veces y así construir una vida de tranquilidad, ocio y paz? Si, claro, pero Jesús les dio de comer el día de la multiplicación por un hecho real y contingente. No es que pretendiera embaucar con su poder, simplemente quiso alimentarles porque después de mucho tiempo de seguirle podrían caer de hambre y de cansancio.

3.- El diálogo de Jesús con los quieren otra vez el pan prodigioso demuestra una gran desconfianza ante el propio milagro de la multiplicación. No le encuentran sentido espiritual alguno, y sólo lo ven como un subsidio, como un seguro de desempleo, que permite vivir sin trabajar, aunque esté justificado. Y de ahí que se inicie ese otro planteamiento en el que el Rabí de Galilea les promete una vida completa. “El que viene a mi –dice el Señor—no pasará hambre, y el que cree en mi no pasará nunca sed”. Pero ellos muy pegados a lo material no saben ver ese otro mensaje de altura.

4.- Por eso hay que pensar que Jesús habló para nosotros. Porque, obviamente, la nosotros si sabemos de qué habla Jesús, aunque, aún entendiéndole, no le hagamos caso. Hemos de reflexionar, con toda el alma, sobre la Eucaristía, sobre la Comunión, sobre el alimento de altura que todos los días está a nuestra disposición en la Santa Misa. No podemos buscar a Jesús para ser importantes dentro de la Iglesia, o para que nos vean. Hemos de buscar el alimento que nos transforma y nos mantiene. Sería una gran práctica de oración y de piedad que copiáramos las frases que Jesús dice a sus interlocutores de hace más de dos mil años y las repitiéramos como antecedente y consecuente de nuestro momento de Comunión. Deberíamos hacerlo.

5.- Durante la peregrinación por el desierto, Dios Padre les socorre con un alimento prodigioso, desconocido, que nunca ha vuelto a repetirse, y sobre el cual los estudiosos han hecho muchas conjeturas sobre su origen y composición. Tanto da. La cuestión es que el poder de Dios Padre da comer a su pueblo hambriento. Y ello es, igualmente, parecido, cuando Moisés, apaleando una roca, obtiene agua. Ya podemos nosotros “hinchar” a palos a un pedrusco de esos de granito que abundan en la sierra de Madrid que no sacaremos nada, salva romper el palo y hasta nuestra muñeca. Lo del maná es un bello antecedente para el discurso de Cristo de hoy, pero realmente el prodigio, total y enorme, es que el mismo Dios se quede en el pan para acompañarnos durante toda nuestra vida.

6.- Y Pablo de Tarso acierta del todo cuando dice en su Carta a los Efesios que no renovemos por el Espíritu de Jesús y que nos transformemos dentro de una nueva condición humana, a imagen de Dios. La Eucaristía nos ayuda a ello. Es una primicia de eternidad. Es la Comunión –la común unión—con Cristo. Es camino seguro de vida eterna. Por eso os decía que debemos meditar hoy sobre el Sacramento del Altar, dedicarle todo el tiempo que hayamos previsto para nuestra oración cotidiana. Sinceramente, merece la pena, porque es el Pan de nuestra Libertad.


LA HOMILÍA MÁS JOVEN


HAMBRE

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- Hay un hambre saludable, sí, apetecible. La sentimos cuando por diversos motivos hace horas que no hemos comido y llegado el momento de sentarnos a la mesa, notamos el olor de un guiso apetecible que nos traen, en aquel momento nos entran ganas agradables, imaginamos de antemano el placer de la comida. Hay hambre soportable, por más que sea molesta. Se trata de situaciones generales de carestía, guerras o post guerras, sequias o situaciones políticas adversas, que nos privan de comer lo que desearíamos y la cantidad que quisiéramos. Hay situaciones que más que hambre hay inanición. El hambre nos hermana con los animales, que también pueden sufrirla. Lo que es genuinamente humano es preguntarse su origen, el motivo por el que existe en algún lugar el hambre, mientras en otros se tira comida sobrante.

2.- La primera lectura de la misa de hoy, nos presenta una situación colectiva de hambre del pueblo de Dios que camina por el desierto al encuentro de la Tierra Prometida. La angustia que sufre le parece que es ingratitud del que les ha ordenado que salieran de Egipto. Se queja a Moisés, caudillo en el que han creído y confiado. Se quejan sin llegar a blasfemar, sin querer ofender, pero amarga e injustamente.

3.- Dios escucha a su pueblo, atiende a la pequeñez de su mentalidad, con generosidad portentosa y cae entonces del cielo el maná. Pese a que llegue un día que se cansen de la monotonía de este manjar que sabe a torta de miel (Ex16,31) siempre recordarán este prodigio. Lo de las codornices, les proveerá de proteínas, pese a ello que fue fenómeno de solo dos ocasiones, no se acordarán tanto como del maná. El mensaje de esta lectura es el asombro del pueblo que es asistido en sus necesidades.

4.- La lectura de Pablo a los efesios nos recuerda que los cristianos debemos comportarnos de manera diferente al vulgo vulgar. Cada uno de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, debe preguntarse ¿se nota que soy cristiano? ¿descubre la gente que algo nuevo hay en mí? Porque algunos pese a haber sido bautizados e ir a misa, sus aficiones, sus pretensiones, su conducta, son semejantes a las de cualquier hijo de vecino. Piensan únicamente en las victorias de su equipo de futbol preferido, en el partido político al que se han afiliado, en ganar dinero a mansalva o en acudir a todos los conciertos de los conjuntos que más le gustan.

5.- Acordaos, mis queridos jóvenes lectores, que el domingo pasado dejamos al pueblo de Galilea satisfecho del pan y pescado que el Maestro les había repartido. Pues bien, aprovechando la ocasión y no queriendo recibir homenajes, se aleja de ellos. Pero la orografía del lugar no permite esconderse, el pueblo sube a sus barcas, como vosotros podríais coger vuestra bicicleta, para ir más deprisa, y lo encuentran.

6.- Jesús sinceramente les reprocha que vienen a buscarlo por egoísmo, porque les ha dado gratuitamente el alimento que deseaban, que pese a lo que ellos crean, es cosa de poco valor, que tiene Él una comida de más categoría, que es otra cosa lo que necesitan y espera Dios de ellos.

7.- Se interesan las gentes intrigadas y le preguntan de qué se trata. Les responde simplemente que crean en Él. Suspicaces ellos, le advierten que los suyos en el desierto comieron el mítico maná, ¿qué más puede ofrecerles Él? El maná que bajó del cielo fue dádiva de su Padre, ahora les promete un alimento celestial. No le entienden, pero como le tienen confianza, le dicen que les proporcione ese pan del que les habla. Yo soy el pan de vida, les contesta.

8.- Vosotros, mis queridos jóvenes lectores, tal vez os preguntéis ¿qué necesidad tenemos de un tal pan? ¿Quién siente hambre de esta clase?. Más que hambre, observaréis que muchos han caído en inanición espiritual. Han perdido el sentido de la vida. Tratan de encontrarlo en la satisfacción pasajera del alcohol o de la droga. Y al no encontrar satisfacción en ello, llega un momento en que la única salida está en el suicidio y, aunque no les guste, les parece que no hay otra solución…

No, no me pongo trágico, sabéis que las estadísticas lo evidencian, el suicidio es la mayor causa de muerte entre la gente joven. El que cree en mí, no pasará nunca sed, añade el Señor.