Segunda reflexión sobre el Cottolengo

Por Pedrojosé Ynaraja

Escribir para el espacio virtual tiene la ventaja de que no está uno condicionado al espacio de papel que a uno le han asignado, se encoje o estira como el fuelle de un acordeón, me decía un día el Director, pero, aunque así ocurra, uno no dispone del tiempo semanal, de acuerdo con su vocación, para alargarse demasiado. Interrumpe cuando cree es suficiente y trata de reanudarlo al cabo de una semana pretendiendo sea continuación, pero con contenido coherente y suficiente en cada escrito.

MISA VOLUNTARIA

Señalo que la gigantesca cruz que aparecía en una de las fotos de la semana pasada y la discreta y elegante iglesia, ambas correspondían a “La Castanyera”, la masía catalana donde se albergan los enfermos de los diversos cottolengos celebrando sus vacaciones. Advierto que vienen los que pueden y los que quieren y que la asistencia a misa es voluntaria. En alguna ocasión me han dicho que una persona se quedaba fuera de la iglesita porque era de religión musulmana. Evidentemente, en otros casos se trata de bebes incapaces de estar quietos y en silencio, estos quedan fuera vigilados por alguien que se hará cargo de este servicio. Dicho lo cual diré que la celebración litúrgica es de una corrección y belleza remarcable. Supongo que aparecerán junto a esta redacción dos fotografías de la casa de Barcelona. Aprecio mucho una de ellas porque corresponde al detalle del presbiterio, correspondiente al ambón. Generalmente yendo por ahí, uno encuentra en muchos casos un simple atril elevado y hay que advertir que este elemento litúrgico no debe ser un objeto, sino un espacio. Obsérvese que en el Cottolengo, además de estar elevada el área, a su izquierda, derecha del lector, dispone de un pequeño ascensor, que parte del suelo hasta el nivel del lugar destinado a la proclamación, para que, en el caso de que el que vaya a ejercer el ministerio se mueva en silla de ruedas, pueda acceder al plano correspondiente sin dificultad. Confieso que en ningún otro sitio he observado este fino detalle.

Se canta más o menos bien, o más o menos mal, como en todos los sitios, pero con gran entusiasmo. Doy la comunión al que quiere recibirla, ahora bien, no quiero reservarme una reflexión que me hago a mí mismo en el caso de una enferma ciega. Ella me conoce, he observado que cuando voy por el patio y ella sabe que paso, me saluda diciendo: buenos días padre. Cuando comulga pienso yo ¿cómo debe imaginarme a mí? Y me añado ¿cómo me imagino yo su interior? Acude a mi mente entonces el dicho de Pablo: si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual (I Cor 15,44) y el de Juan: Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es (1 Jn 3,2). Me figuro entonces yo: nos veremos tal como somos, que lo importante no es lo que se ve con los ojos de la cara, que es temporal, lo que no se ve es eterno (2Cor 4,18).

A esa misma enferma la vi un día empujando una silla de ruedas. Pensé de inmediato en el dicho evangélico: si un ciego guía… pero no, la ciega empujaba, que es lo que generosamente podía y sabía hacer, a otra que no veía pero sí sentada, dirigirla. Los enfermos, en ejemplar comportamiento, se ayudan unos a otros.

GENEROSIDAD Y ALEGRÍA

El Cottolengo es generosidad. Lo es de las monjas, de los voluntarios (ellos y ellas) y de los enfermos, ¿cómo no lo debo ser yo? Confieso que veces, estando allí o cuando vuelvo a mi casa, me avergüenzo de lo poco que yo les ofrezco.

El Cottolengo es alegría. A más de uno de los acogidos le he oído decir: esto es el Cielo. Generalmente se tiene la idea de que es un asilo de los más incapacitados, un refugio, tal vez un almacén, de aquellos a quien nadie quiere y su incapacidad les impide vivir libres y no se atreven a acercarse. Les sorprende, si un día llegan a visitarlo, la felicidad y libertad que se respira.

Satisface el agradecimiento con que pagan cualquier pequeñita filantropía que uno les ofrezca. Hay un enfermo bastante discapacitado en todos los sentidos, al que cada año, una sola vez, ¡pobre de mí! subo en mi coche y lo llevo hasta una casa próxima, a unos 200m. Su vocabulario es muy limitado, sus gestos de felicidad y gratitud muy expresivos. Mi contentamiento inmenso.

El Cottolengo no recibe subvenciones. Su regla lo impide. Ni pública, ni privadas. Viven de la Divina Providencia, que por ser celestial es misteriosa. Recuerdan y cuentan las muchas veces que han tenido su despensa vacía y a punto de que llegue la hora de comer sin disponer de nada que ofrecer a sus acogidos y la llegada sorprendente de mucho más de lo que necesitaban.

IMAGINACIÓN DE DIOS

Pienso a veces que yo mismo soy ejemplo de esta sorprendente imaginación de Dios. Ya dije que me propuse un día prestarles mi colaboración y cuando fui a “La Castanyera” no supe hacerlo o ellas no me entendieron. Pasaron los años y con motivo de una conversación por teléfono que no tenía nada que ver con mi ministerio, se me ocurrió decirle con humor a la monja que me hablaba: si abriera usted la ventana y yo la mía y gritara un poco, no necesitaríamos teléfono alguno, cada vez que van ustedes al Montseny, por la carretera que pasan tienen mi casa 35 metros, así que ya saben, si un día me necesitan… ¡Ay, la Divina Providencia! ¿Usted podría celebrarnos misa? Pues se ha puesto enfermo el sacerdote que iba a venir… así empezó todo, cuando Dios quiso, extraordinaria es la Imaginación de Dios, digo yo.

No puedo ocultar que organismos como Caritas, Banco de los Alimentos, u ONG’s generosas, se preocupan de ayudar y proveer de ropa y alimentos. Según me cuentan, en “La Castanyera” no les falta nada. Colaboran algunos con fiestas, arroces en recipientes de enorme diámetro y ejecución, según estrictas normas, según sean paella valenciana, pero sin caracoles hay que aclarar, o “arros a la cassola” catalán, que comparten quienes lo preparan con los convidados. Pienso ahora en juventud que veranea por el entorno y vienen algún domingo a misa y cantan, juegan y bailan juntos.

Hay acogidos que están enfermos y muy incapacitados y se limitan a gozar de vacaciones, otros colaboran en lo que pueden, pelando patatas en la cocina o llevándome un bidón de agua hasta mi coche, por ejemplo. El Cottolengo es servicio y alegría. Sacrificio de algunos y felicidad de todos. Pero a muchos les da miedo y no se atreven a acercarse, ellos se lo pierden.

P.D. El obispo de la diócesis, el actual, viene de visita casi cada año. Celebra misa, come, atiende, habla y sonríe con todos. El Cottolengo de Barcelona disfruta de una situación inmejorable. Lejos de la contaminación de la ciudad, en la falda del Tibidabo, un precioso edificio y un precioso paisaje desde sus ventanas y jardines, población y horizonte en el mar, junto al Parque Guell. Escenario insuperable. Me he alojado en el de Valencia y en el de Madrid y sin conocerlos tanto, creo gozan de igual privilegio. Desearía un día poder estar en el de las Hurdes, me dicen que es incomparable. La comarca para mí tiene connotaciones que estimularon mi vocación cristiana y me siento con ella en deuda.