CUANDO LA TRAGEDIA TOCA DE CERCA

Por David Llena

Fue el pasado lunes, creo recordar, cuando saltó a las primeras páginas de los periódicos y fue noticia en todos los telediarios, la muerte de una pequeña a manos de un hombre que la golpeó y después la arrojó por la ventana, tirándose detrás el agresor. Ambos fallecieron. Una violencia que presenció la hermana de la pequeña y que conoció al momento el padre que estaba en la puerta esperando para acercar a ambas al colegio.

La localidad donde esto sucedió se encuentra no muy lejos de donde escribo y, un familiar de esta pequeña es cercano a mí, aunque no directamente. Es entonces, cuando esa noticia deja de ser una noticia más que se olvida y pasa a ser un sentimiento de dolor impotencia e incomprensión, conforme vas conociendo detalles de la tragedia.

Al parecer, este hombre pasaba una mala racha y quizá tenía algún problema psicológico y fue la misma familia en un gesto que la honra, la que invitó al amigo a pasar el fin de semana en su casa. Todo parecía ir bien, pero no sabemos los misterios de la mente humana la mala pasada que debió jugarle a aquel hombre, porque sin razón alguna cometió este asesinato.

La pregunta sin respuesta, que solo puede ser acogida desde la fe, a la realidad más cruda e incompresible que podemos imaginar es ¿por qué? Una pregunta que retumba en los corazones traspasados por el dolor de la pérdida de una vida inocente, y que no hallará respuesta en las coordenadas de esta vida terrena.

Sólo Dios, sabrá sacar bien de este inmenso mal, sólo la fe y la esperanza de un ángel más en el cielo, pueden mitigar en algo esa amarga sensación de culpa que puede anidar en los corazones de aquellos que, por hacer un bien a un amigo, se cruzan con una realidad durísima y que necesitará el afecto y el calor de todos los que lo rodean para sobrellevar este trance.

Al menos el domingo, pasado cuando se pidió por ellos en la eucaristía, el clamor de la respuesta tuvo un tono más alto y sentido que en el resto de las peticiones que se hicieron.

Desde estas letras mostrar, a esta familia nuestro pesar y nuestro apoyo en estos momentos tan duros. Que el Señor de la vida anime y acompañe sus pasos y que el nuevo ángel que lo acompañe ayude a sus padres y hermana a aceptar esta nueva situación.

 

CLERICALISMO (1)

Por Pedrojosé Ynaraja

El Papa se ha referido en varias ocasiones a este fenómeno eclesial. Empezó refiriéndose a los trepas. Tiene uno la impresión de que nadie se dio por aludido. Leí un aforismo vigente todavía: cuando vas por la carretera, siempre piensas que los faros del que viene en sentido contrario al tuyo deslumbran mucho más que los del coche donde vas.

Otro. Colarse en las filas es tentación común y manifestación del trepa, en los escalafones del mundillo eclesiástico.

Inundados como estamos de las denuncias de pederastia clerical, cargadas de mucho morbo, se acalla la advertencia del Papa que amonesta que uno de los males de la Iglesia que se deben extirpar de inmediato, es el clericalismo.

Uno se pregunta ¿qué es el clericalismo? No me atrevo a dar una definición. Divagaré desde dos perspectivas.

Cuando hace 62 años me preparaba yo para la ordenación al presbiterado, hube de pasar por ciertos requisitos. Uno de ellos, muy curioso, declarar bajo juramento que, pese a haber nacido fuera del territorio de la diócesis, mi propósito era permanecer en ella. No me costó, sinceramente lo deseaba. E indico que el superior que me ofreció la Biblia para que, puesta mi mano sobre ella, jurara lo que me he referido, era un sacerdote de indiscutible santidad

Otra exigencia, ya de mayor calado. Se me acusaba de ser aseglarado. Dicho en lenguaje equivalente de hoy, mi defecto era no tener espíritu clerical, no estar inclinado al clericalismo, pienso yo. Me divierte recordarlo, o más bien agradezco a Dios este don gratuitamente recibido.

Debo adentrarme ahora en el cogollo de lo que es un clérigo, cosa difícil. Deberé elevarme a situaciones ancestrales, labor que dejo para la próxima semana. Acabo con una anécdota. Volvía de Tierra Santa y junto a mí iba un judío. Iniciamos diálogo amistoso. En un determinado momento le dije que era sacerdote y él con chusco humor, me preguntó ¿se apellida usted Cohen? Desde aquel día, siempre que puedo, evito definirme así y declaro: soy presbítero.