DE CONVERSIONES Y FALSAS ESPERANZAS

Por David Llena

Al leer la vida de algún santo y especialmente el momento de su conversión si antes había dio por caminos alejados de Dios, nos surge una pequeña envidia de ese gesto de Dios hacia esas personas. Fijémonos en San Agustín, San Pablo o San Ignacio de Loyola. Grandes héroes de la fe que recibieron la gracia de la conversión. Y uno mira sus constantes caídas en las mismas situaciones una y otra vez y siente una envidia de aquellos santos a los que Dios les cambió la vida.

Y muchas veces, nos sentamos en el borde del camino a esperar nuestra caída del caballo, o ambicionar una santa Mónica que se deshaga en lágrimas por nuestra conversión. Y ahí vivimos, poniendo toda nuestra esperanza en que de una vez por todas se produzca el milagro de nuestra conversión.

Y claro, los caminos de Dios y los planes de Dios no son nuestros caminos ni nuestros planes. Vivimos deseando, equivocadamente, ser el santo que nos hemos idealizado. Ser un héroe de la fe, ser un perfecto maestro de la Ley como S. Pablo que evangelice a todos, o un doctor de la Iglesia como San Agustín. Sin embargo, lo que Dios nos pide es que seamos capaces de vivir y luchar y sembrar el Evangelio a pesar de nuestra condición pecadora, ¿o no decía S. Pablo que llevamos un tesoro en vasijas de barro?

Nuestra mediocridad, nuestra finitud, es precisa para que los demás entiendan que todo lo que lleva al encuentro con Cristo que trasciende, proviene de Él, aunque se valga de nosotros para llegar a ellos.

Y también en otro lugar, S. Pablo habla de una espina que lleva en su interior que no ha sido capaz de quitarse. Así pues, no andemos preocupados por las cosas que no dependen de nosotros, aquellas cosas que son gracias, y preocupémonos por atender al prójimo, por atender a Dios en su Palabra y en la Eucaristía y todo lo demás se dará por añadidura.

 

PEREGRINACIÓN-PEREGRINOS

Por Pedrojosé Ynaraja

Me he referido en múltiples ocasiones a ello y con seguridad me repetiré hoy. No lo lamento, sería orgullo por mi parte, creer que los lectores me leen siempre y son los mismos, desde que empecé a escribir para publicaciones, que de esto hace ya mucho tiempo.

Peregrinar es una de las formas de santificarse. Benito Labre por la Vía Francigena. Guy de Larigaudie a Chartres. Domingo de la Calzada, Juan de Ortega y Amaro, por el Camino de Compostela. Me he referido a los que desde antiguo tengo noticia. En Vezelay se estimula esta forma de santidad, poniendo una estatua de peregrino en un altar. Que conste que pongo estatua y no imagen.

Egeria, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, fuero peregrinos ilustres de Jerusalén. Muchos de ellos escogieron esta forma de progresar, tratando de reformar su vida, buscando mayor conocimiento de Jesucristo u ofreciendo a Dios las penas y trabajos que suponía el viaje.

Hay muchas metas, antaño, en la vieja Europa, destacaban además de Jerusalén (palmeros) Roma (romeros) Compostela (concheiros), Mont Saint Michel, Le Puy, la Sainte Baume… La visita a estos lugares, culminación de su camino, estaba enriquecida por especiales indulgencias. Es tan grande el aprecio que se le daba a esta práctica espiritual, que el que estaba impedido y deseaba de alguna manera incorporarse al propósito, encargaba a otra persona que lo hiciera en su nombre, tal Juana de Arco, que encomienda a su madre que vaya a Le Puy, ya que ella no podía, estando como estaba comprometida en su misión de salvar a Francia.

La piedad puede ser popular y el peregrino un pordiosero, tal Benito Labre, o aristocrática, tal la Sainte Baume, donde además del pueblo, van Papas, Reyes y nobles. Puede iniciarse de antiguo o ser reciente (Lourdes, La Salette, Fátima, Medjugorje). Puede subsistir el fervor o desaparecer como tal y convertirse en puro interés turístico (Mont Saint Michel).

Dado que el turismo es un fenómeno social de reciente implantación como acontecimiento que interesa a las masas, se adhiere a muchos de estos lugares y en su entorno se edifican hoteles de lujo y las agencias de viajes los incluyen en sus programas, no hay que olvidarlo.

Turismo y peregrinación no se oponen, ni se confunden, pero pueden interferirse mutuamente.

A fuer de sinceros, hay que reconocer que el Camino de Santiago, su contenido religioso, se conservó mejor por la Europa Occidental Central que en la Península, donde, generalmente, se tuvo como algo folclórico y más recientemente se ha considerado un itinerario de interés turístico, que algunos lo recorren a plazos, o por etapas y, en algunos casos como simple actividad deportiva.

Por mi parte, reconozco que hace unos cincuenta años, encontré y pude comprar el “Codex Calistinus” por primera vez en mi vida, en Francia, en Vezelay concretamente y que ha sido en este país, o por Italia, o los Países Bajos, por donde se han referido a él con más devoción.

Algo semejante a lo dicho respecto a Compostela, ocurre con Tierra Santa. En épocas pasadas, quien se atrevía a viajar allí lo hacía con entusiasmo cristiano, dando tiempo al tiempo, cosa que suponía una duración mínima de un mes, cuando no tres. Se traía agua del Jordán pensando en familiares, objetos de olivo, rosas de Jericó, etc. era el gran acontecimiento de su vida.

Debe distinguirse, pues, la peregrinación, del viaje de turismo religioso, muy correcto y respetable. Las posibilidades actuales, la rapidez del avión, los hoteles y restaurantes, lo facilitan. Para el cristiano que acude a misa y reza, es una experiencia reconfortante, el quinto evangelio, como ya es aceptado llamarlo en lenguaje, no ya piadoso, sino pontificio incluso.

Hay agencias de viajes que lo organizan muy bien y lo programan pensando en el sentido cristiano que se debe dar a los desplazamientos y posibilidad de asistir a actos litúrgicos y a la piadosa oración privada. Pero no todos, hay que saber escoger.

Respecto a Tierra Santa hay otro aspecto muy legítimo, es proponérselo y organizarlo como viaje de estudios. Lo descubrí el año 1981 y en Ein-Karen. Residíamos nosotros en el convento de la Custodia y al atardecer se nos unía un grupo de gente adulta venidos de Valencia. Asistía una noche a una charla interesante, impartida por el sacerdote que dirigía el grupo. Como simple comentario, le pregunté a uno de los asistentes, porqué tenían que gastarse el precio del viaje y la estancia, cuando podían escuchar aquella conferencia en la misma población donde residían. Muy amable y acertadamente me contestó, que su profesión era viajante de comercio, que tal responsabilidad no le permitía dedicarse al estudio de la Biblia con tranquilidad. Aquí nadie me reclama género, ni nadie me lo envía, me decía. Estoy fuera, de vacaciones, nadie me inoportuna telefoneándome, no así en Valencia. Durante el día hemos visitado los lugares que te he contado, ahora lo complementamos con lo que has oído. En casa, ni los hijos, ni los negocios, nos permitirían hacerlo. Mi mujer y yo estamos aprendiendo mucho estos días.