UNA VUELTA AL PRIMER AMOR

Por David Llena

El subtítulo diría: “desde el amor madurado”. Y es que, hacia el final de la vida, vuelve Cristo a pasarse por la plaza a contratar nuevos jornaleros para su viña. Muchas veces serán jornaleros que antaño trabajaron en su viña pero que dejaron a tan buen Señor, para seguir a otros que pagaban con más inmediatez, pero en moneda falsa. Cegados por ese brillo se alejaron de la verdad y malvivieron trabajando sumisos a otros amos, o en otros campos arrendados sin poder ver fruto alguno que justificara el sudor vertido. No eran capaces de ver qué los llevó a perder, en que giro del camino dejaron de seguir el rastro de Cristo, y ahora esperan en la plaza una nueva llamada cuando el sol ya parece tocar el horizonte.

O tal vez, tras aquella primera llamada, el pesar del mediodía con el calor y con el cansancio propio hemos parado en la sombra buscando un momento de descanso, y nos abandonamos en algún requiebro del camino atendiendo otros menesteres, dejando lo importante para más tarde. Y al levantar los ojos vemos que la tarde va de caída y que la labor se acumula sin remedio.

Y de repente, algo comienza a rebrotar, la brisa de la tarde trae recuerdos de aquella primera llamada, de aquella primera intención. El corazón reverdece, los ojos despiertan y renace lo inmortal de nuestra existencia. Una nueva llamada, nos mueve y nos conmueve, otra vez esa voz que ya habíamos escuchado y que, en algún momento dejamos pasar, que desoímos persiguiendo el canto de sirenas que prometían recompensas más cercanas. Otra vez la voz amiga, la voz que no suena a slogan, a anuncio quimérico, a humo que se desvanece. Esa voz es cercana, es bálsamo para el alma, es eterna, es cierta y verdadera.

Y vuelve el alma a creer con más fe, con más amor, con más años, con menos fuerzas, pero las necesarias para llegar a la puesta de sol con las manos llenas. Llenas de heridas, de contratiempos, de cicatrices, de desgastes en la lucha, encallecidas de una labor entregada a veces, y a veces fallida. Sonriendo y llorando, por redescubrir aquel amor, por haber fallado tantas veces. Con la fe recrecida, en la seguridad vivida de nuevo, en la posibilidad de volver al Padre, de intimar con el Único que entiende de intimidad de recrearnos en Aquél que murió para tal fin.

¡Levanta, pues, alma mía! Que postrado en el camino no es posible avanzar. Escucha Palabra cierta que te ayude a caminar y busca, en Aquél que te llamó, respuesta cierta para continuar. La meta no está lejos, ¡es necesario perseverar!

 

CLERICALISMO (4)

Por Pedrojosé Ynaraja

Soy católico y anticlerical, me contaba mi madre que decía su padre, abuelo mío. Y conste que un cuñado suyo era canónigo, un sobrino obispo, que lo fue durante un tiempo de Barcelona, gozaba de la amistad carmelitana y prócer calagurritano que era, quiso ser enterrado en nudo suelo, con su nombre junto a una cruz y una humilde pita. (Agave americana, atzavara en catalán).

Uno de los grandes males de la Iglesia es el clericalismo, denuncia el Papa Francisco. Ayer mismo, 12-X-18, le decía a un grupo de jóvenes españoles: "Ese clericalismo que hace tanto daño, les pido perdón también por eso”.

Las convicciones de ambos, contempladas desde la perspectiva de la eternidad, deben se equivalentes. Y mencionaba yo a mi ascendiente, sin pretensiones de instigar canonización, era gesto de pleitesía.

Lo difícil es sin duda definir que es el clericalismo y cómo se ha originado. El tema da para una tesis doctoral y ni estoy capacitado, ni es hora de pretenderlo.

Para empezar quiero advertir que clerecía no es lo mismo que jerarquía. Jerarquía supone autoridad, tal vez poder, no implica necesariamente mando, cosa que tanto complace y ocupa a muchos, tratando de demostrar su buen valer, pero escondiendo su incapacidad. Jerarquía es, o debería ser, un carisma personal a favor de la comunidad cristiana, nunca en provecho propio. Cabe ahora preguntarnos, tal don ¿qué lugar ocupa entre los dones que otorga el Espíritu?

Dice Pablo (I Cor 12, 27 ss.) “Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte.  Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? O ¿todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Todos con poder de milagros?  ¿Todos con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?  Obsérvese que gobernar ocupa el 7º lugar.