AEROGENERADORES DEL ESPÍRITU

Por David Llena

Los molinos de viento que van surgiendo por la geografía de nuestro paisaje tienen como nombre más rimbombante el de aerogenerador. Palabra algo confusa porque puede pensarse que son aparatos que generan aire, como si fuesen grandes ventiladores, pero no es esa su función. Estos aparatos generan energía a partir del aire que los mueve.

Algo así deberíamos ser los cristianos, deberíamos generar energía espiritual a partir del soplo del Espíritu Santo. Estos aparatos simplemente se dejan mover por el aire que hace en ese momento. No hacen otra cosa que estar, bueno estar y permanecer. Si no hace viento no generan energía, pero no por eso, recogen las aspas y se van a su casa. Ellos permanecen con “los brazos abiertos” a que vuelva a soplar el espíritu.

Son molinos que se han dejado diseñar, manipular y colocar por ingenieros expertos que consiguen agitar de sus aspas con el más tenue movimiento de aire. Y han sido colocados, no donde ellos han querido sino donde los expertos han pensado que era el mejor sitio.

Nosotros hemos sido modelados por Dios y colocados en el lugar que Él pensó, pero quizá no estamos dando el rendimiento suficiente. ¿Qué pasó? Hemos dejado que el tiempo deforme nuestras aspas, que se oxiden nuestros rodamientos, o intencionadamente hemos bajado los brazos porque ciertos días no sentimos el soplo que moviese nuestras aspas como aquellos días de juventud.

Sin embargo, el Espíritu sigue soplando donde cree más conveniente y nuestra tarea es seguir estando en perfecta alineación con ese soplo para que siga produciendo energía y consiga mover a los demás a abrir sus corazones a este soplo que limpia, purifica y llena de energía a todo aquel que se lo permite.

Recordemos que fue Cristo el primero que abrió los brazos en lo alto de una cruz y desde allí abrió también su corazón para comenzar esta fuente inagotable de energía que nos ayuda a seguir sobre nuestra cruz para continuar llevando amor a aquel que lo necesita.

 

ILUSIONES-ESPÍRITU SANTO

Por Pedrojosé Ynaraja

Algunos me consideran inmaduro y yo añado: afortunadamente. Creo que conservo en mí un poco de la eterna juventud de Dios, en el que no hay nacimiento, ni adolescencia, ni madurez, ni senectud. Me siento joven, pese a ser biológicamente viejo.

Uno puede tener aficiones, futbol o coleccionar sellos. Nunca llega a satisfacerle del todo, excepto su vanidad, que nunca otorga felicidad plena. Puede tener ideales o creer tenerlos, sueña ser delantero centro del mejor equipo y olvida que Kubala solo ha habido uno, o el seminarista imaginarse canónigo, con hábitos de seda y armiño y, peor aún, llegar a serlo y ser infeliz también.

Algunos, afortunadamente, se preguntan cuál es su vocación, qué significado tiene la llamada de Dios, respecto a la orientación de su vida. Y la van descubriendo y fascinados comprueban que si se fiel a las señales que recibe, un mundo nuevo se le va descubriendo y un horizonte de felicidad siempre divisa. A veces, en momentos precisos siente una indicación transitoria, un paréntesis en su ruta, y su respuesta es honesta y vive un tiempo de peregrino, otro de voluntariado, otro de misionero, otro de silencio. Pasa un tiempo y vuelve a la misma senda dejada, pero no olvidada, a su vocación más firme.

Si la llamada es al matrimonio y encuentra a quien le acompañe, la vocación continuará, disfrutando de las satisfacciones que Dios le va otorgando, en espera de una boda eterna. Si es la consagración a la vida religiosa o al sacerdocio, permanecerá en él el deseo de evangelizar, sintiéndose feliz.

De haber escogido el matrimonio por puro atractivo o instinto, o la vida sacerdotal por simple seducción, en el primer caso llegará un día que la monotonía le ahogue, en el segundo se limitará a ser simple funcionario.

En el bautismo obró el Espíritu Santo, pero como de incognito, en los otros sacramentos también. En el de la Confirmación y el del Orden, su protagonismo es totalmente suyo. En ambos y en sucesivas vivencias, será su Pentecostés.