DIOS ASCIENDE ENTRE ACLAMACIONES

Por David Llena

Siempre me ha parecido impresionante el versículo de respuesta del salmo de este domingo de la Ascensión del Señor. Aclamaciones y sones de trompeta. Son momentos de júbilo, de celebración por algo conseguido. Y no es una liga de futbol o un premio de lotería. Lo conseguido por Cristo es, seamos conscientes, inimaginable. Cuando todo estaba perdido, cuando el hombre se encontró con la dura realidad de su pecado, Dios no lo deja solo e imagina un plan vencedor.

Un plan que desarmó al mismísimo Satanás, el único plan triunfador de verdad. Porque es el triunfo del amor sobre la muerte, o como se expresa ahora, de la misericordia de Dios sobre el torpe rechazo del hombre a su compañía.

Aún, hoy, muchos se niegan a acoger el amor que lleva un camino más pleno, aunque más extenso en el tiempo y se conforman con míseras victorias que traen encadenadas derrotas más severas. Solo la muerte de Cristo, solo morir al egoísmo propio, nos capacitará para entender el inmenso regalo que Dios nos hace cada día en los distintos sacramentos que la Iglesia nos ofrece.

Debemos adquirir ese oído sobrenatural para escuchar este domingo como son esos sones de trompeta y esas aclamaciones que el Señor recibe en su Ascensión, esperando que un día nos lleve con Él a la casa del Padre.

 

COMPARTIR

Por Pedrojosé Ynaraja

Esta palabra como centenares de otras, la sé desde pequeño, ahora bien, reflexionar sobre su significado, no lo hice hasta que asistí a un concierto del P. Duval, el buen jesuita que asombró a tantos, atreviéndose a subir al escenario y proclamar, cantando, ideas cristianas oportunísimas. Me hablaron de él, de que era un excelente “chansonnier”. En aquel momento, creo recordar, que casi no se conocía a otro que Georges Brassens. En cuanto pude acudir a escucharle. En el texto de una canción, agradecía a Dios que nos hubiera dado la amistad, que nos permitía “partager”. Sabía yo por aquel entonces muy poco francés. Supuse el significado, pero lo busqué en el diccionario y, pese a coincidir con el titular del presente artículo, el concepto lo recuerdo siempre con esta expresión francesa.

Compartir ha sido siempre uno de mis móviles cristianos. He descubierto también que compartir está en la esencia de la Redención, que vino a traernos el Hijo de Dios. No se limitó a salvarnos y resucitar. Dedicó más tiempo a compartir con los discípulos, que a instituir y dejarnos la Eucaristía. O tal vez fue porque la Eucaristía es compartir con Él y con los que conjuntamente la celebramos. Viene a la mente ahora el episodio de Emaús: compartir 15km. Partir el pan, unos minutos. Y era precisamente el mismo día de su resurrección.

Antropológicamente considerada la cuestión, pertenece a lo más genuino de nuestro ser personal humano. Siendo por esencia incomunicables en totalidad, tratamos instintivamente de conseguir cierta comunicación con los demás, que es el primer paso hacia el compartir.

Compartir es comunicarse con confianza y en profundidad. Lo primero es esencial, lo segundo se logra más o menos, siempre tratando de crecer en ello, dependiendo de ello la satisfacción y el enriquecimiento espiritual que uno consigue.

Hay personas que de inmediato que uno entra en contacto con ellas, se da cuenta de que tienen su interior protegido. Han edificado barreras. Están a la defensiva siempre, ocultan cuidadosamente lo creen es su tesoro espiritual, se ocultan en trincheras, son incapaces de confiarse al otro, sea quien sea. Consecuencia de ello, sufren crónica soledad.

El hombre inventó el lenguaje, más tarde la escritura. Llegó a comunicarse a distancia mediante fuego o humo. Consiguió en la modernidad, gracias a sus adelantos técnicos, trasmitir signos, palabras y hasta imágenes. El morse, el teletipo, el teléfono, la radio, la televisión, son testimonios de ello.

Al principio fue comunicación entre personas, fue luego comunicación social. Este último logro parece que ahogó al primero y así se dice, y no creo sea desatino, que la comunicación personal, es inversamente proporcional a la abundancia de los medios de comunicación social.

Y resulta que la persona que escucha la radio, ve la televisión, observa la prensa, etc., se siente a la par insatisfecha.

El teléfono fue y es un gran medio de compartir, pero tiene su precio. Por los mismos hilos de cobre o de fibra, puede establecer comunicación. Se inventa el e-mail, supone cierto esfuerzo. Se le facilita el mensaje SMS. Busca algo más inmediato y barato: se le ofrece el WhatsApp. Inundan sus mensajes todo momento, día y noche, está pendiente de ello. Cree comunicarse pero en realidad solo notifica.

La amistad es compartir totalmente, tanto como uno pueda, con amor.