EL TESORO ESCONDIDO

Por David Llena

Muchos andamos buscando fuera lo que solo podemos encontrar en nuestro interior. Andamos desesperados afanándonos, esforzándonos por escalar ya en el campo profesional, ya en el campo social o incluso en el campo espiritual.

Podremos alcanzar éxitos, podremos alcanzar cumbres, que nos hagan sentir una cierta felicidad, que emana de aquella verdadera Felicidad, que es un reflejo de ella, pero no es la verdadera. La sensación del trabajo cumplido, la satisfacción por el logro alcanzado gracias a nuestro esfuerzo, no es el ciento por uno que promete Dios a los que le aman.

Y es que, ese tesoro escondido, no es más que hacer la voluntad de Dios, pero que se nos vuelve esquiva ante nuestra soberbia, nuestra desconfianza a dejarnos en sus manos. Pero Él, necesita hombres que abandonen sus redes y comiencen a pescar con las redes que Él nos propone.

Aceptar rechazar nuestra voluntad y someterla a la suya, es difícil, esquivo, escurridizo. Sobre todo, porque tenemos ese afán de apropiarnos lo que es del Señor. Cualquier fruto que Él concede a través nuestra, tendemos a hacerlo nuestro. Inconscientemente, hacemos nuestro lo que es de Dios. Y entonces, el tesoro que una vez vislumbramos, hoy se nos vuelve a esconder.

Practicar la humildad es ir despegando de nuestro corazón esas apropiaciones que parecen nuestras, y que son obras de Dios, aunque nosotros actuáramos como instrumentos suyos.

Si dejamos que se vayan apegando esos sentimientos, iremos siendo cada vez instrumentos más desafinados, más inútiles y que solo sirven para ponerse en manos de Dios y dejar que Él nos afine, nos limpie, nos restaure.

Así pues, afanémonos es vivir nuestra vida buscando en cada momento cumplir la voluntad de Dios, es decir, mirando con su mirada amorosa, actuando con su acción llena de amor por el otro, y el resto se nos dará por añadidura.

 

BULLYING SUPERIOR (V)

Por Pedrojosé Ynaraja

Vocación y profesión son dos aspectos que se entremezclan en el maestro. Como profesión, se decía antiguamente, que pasaba más hambre que un maestro de escuela. Ahora bien, nadie se moría por ello. Pequeño sueldo, al que, generalmente, ayudaban algunos obsequios de las familias agradecidas, máxime si se ejercía en un medio rural. La vocación es otra cosa. Es difícil, si uno la siente, poder ahogarla o suprimirla.

Recurro, antes de continuar teorizando, a situaciones vividas. Acabada la guerra civil española, en 1939, la situación de los docentes en uno y otro bando de la contienda, fue complicada y, a veces, adversa. Los maestros de la facción republicana, se vieron muchos de ellos envueltos en un proceso que, creo recordar, llamaban de depuración y que, en el mejor de los casos, supuso la expulsión de su empleo. Recuerdo muy bien a uno de ellos en esta situación, que ante tal adversidad, hubo de recurrir a una ocupación de poca categoría como encargado técnico de mantenimiento. Era un subordinado de mi padre y en mí imaginó ver a un alumno interesado. Aprendí muchísimo en el terreno de la electricidad, estática, corriente, pilas, electro magnetismo y generación y control de energía. Tenía 13 años, todavía recuerdo y me sirvo de sus enseñanzas. Era él feliz ejerciendo de maestro conmigo. Lo era yo mucho más aprendiendo.

En el otro bando escaseaban los titulados. Quedaban pocos maestros, muchos habían muerto, víctimas de la contienda. Era preciso conseguir nuevos docentes y se recurrió a improvisar estratagemas. Recuerdo dos casos familiares. Un primo mío, había luchado en los últimos tiempos de la guerra, era joven y espabilado. Por ser soldado y buen chico del ejército vencedor, en un trimestre, consiguió el título. Ejerció como pudo y supo, y lo hizo bien. (No siempre ocurrió así. Alguno entró en el magisterio por ser mutilado de guerra, sin ninguna vocación y desahogó su amargura en los alumnos, recurriendo a la violencia física) en el caso de mi primo no ocurrió así, posteriormente se incorporó al mundo empresarial y consiguió buen empleo.

Otro más. Una de mis hermanas por aquellos días, acababa su bachillerato, aquel de 7 cursos y el correspondiente “Examen de Estado”. Su deseo era entrar en la universidad y cursar pedagogía. Ahora bien, la situación familiar, cuatro hijos, no permitía tales gastos. Gracias a un cursillo que duró seis meses, consiguió sacar el título y ejercer. Recuerdo que en una de las escuelas donde se desempeñó, las alumnas de su aula eran 80, pues bien, ella se sentía feliz dentro de sus afanes y añado que lo hizo bien, de tal manera que, es simple ejemplo, el año pasado, 2016, todavía encontré a una buena mujer anciana, que había sido alumna suya y que recordaba con mucho aprecio, su labor docente. Cuando hay vocación y se es fiel y honrado, se hacen milagros.

En el terreno de la vocación y antropológicamente considerándolo, hay tres profesiones de gran valor humanístico. En el campo de la salud (medicina y enfermería) en el de la responsabilidad social (asistente social o trabajadora social) y en el de valores trascendentes, el sacerdocio o la profesión religiosa, en entidad que sea este su carisma.

Ahora bien, la docencia exige mucho equilibrio mental. Dominio emocional y responsabilidad profesional. Es difícil. Peligra el “bullying” del que hablaba la semana pasada. El alumno, víctima de la posible inestabilidad del maestro, se siente herido y se queja de que el tal docente “le tiene manía”. Sufre anímicamente, retrasa sus estudios y hasta llega a fracasar en ellos.

Vuelvo a recordar que enseñar al que no sabe es una obra de misericordia. Este mismo domingo, 6ºA, en el texto evangélico de la misa, recordaba Jesús que aquel que cumpla y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será tenido por grande en el Reino de los Cielos. Pero aquel que se salte los preceptos y lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos.

Durante mi vida sacerdotal, me ha tocado enseñar en diversas situaciones. Quiero decir, tanto religión como materias paralelas. He sido muy feliz haciéndolo. Pero llegó un día en que las situaciones ambientales y las normas de conducta, lo dificultaban. Prácticamente, no podía uno ejercer ninguna presión para obtener aprendizaje. Los alumnos continuaban permaneciendo en el centro, sin importarles nada de nada, la situación me resultaba insoportable y tuve que abandonar la docencia. No ocurría en otros centros y lo he experimentado después gozoso, hablo, pues, por experiencia.

Traté siempre de no tener manía u ojeriza a nadie y constato que cuando me encuentro a antiguos alumnos, son ellos los primeros en saludarme y recordarme como de buenos tiempos. No sé si lo hice muy bien, pero por el bullying al que me vengo refiriendo, sentía pánico. Si enseñas poco, aprenderán poco, si enseñas a espabilarse y aprender por cuenta propia y a aficionarse en el estudio, aunque sepan poco, más tarde lo recuperan.

Recuerdo siempre los antiguos tiempos en que los profesores de latín acostumbraban a ser sacerdotes. Muchos de ellos lo hacían como simple empleo para conseguir un sueldo. La lengua clásica y la religión salían muy dañadas. Y de uno de ellos sufrí yo bullying. El daño se me pasó cuando supe que el tal cura sufría habitual dolor de estómago y su mal humor lo volcaba en mí. No me costó perdonarle y me perjudicó poco. Pero no supe entonces y me costó mucho después, apreciar el mundo cultural clásico.