UNA VEZ MÁS

Por David Llena

Puede suceder, porque es humano, que el trabajo en el Reino se vuelva pesado, agobiante, monótono e incluso desagradable. Aquella vocación que despertó, como flor en primavera, como cascada estruendosa entre los riscos de una montaña, se vuelve lenta, pausada, sin vigor y echemos de menos aquella frescura, aquellos frutos quasi-inmediatos de nuestra labor eclesial.

Pero como sucede en la vida misma, la fuerza va dejando paso a la madurez y la experiencia. Ahora, tenemos las recetas del éxito que se va consiguiendo, pero la rutina marca el ritmo y cual carcoma interior, va debilitando nuestra voluntad. Y el sabor del éxito se torna menos dulce que antaño y la alegría visita menos nuestros corazones que han de conformarse con el trabajo bien hecho. Y eso cansa, hastía e incluso, tras una noche de brega llegamos al amanecer con las redes vacías.

¿Es hora de descansar esperando un tiempo mejor? Cristo nos invita, entonces, a volver a echar las redes, a insistir una vez más, a dejar la experiencia a un lado y volver a la inocencia de la juventud. Nos invita a sembrar en otros campos, a echar la red al otro lado de la barca, será entonces cuando encontremos la piedra preciosa, la pesca abundante, el tesoro escondido que el Padre tiene reservado a aquellos que acogen la Palabra.

Volvamos, pues, a la faena, sin pensar en el cansancio, ni en el fruto a cosechar, sino en agradecer a Cristo el habernos hechos hijos de Dios por medio de su sangre. Solo está fe, fructificará nuestro trabajo.

 

BULLYING

Por Pedrojosé Ynaraja

Tanto se está hablando o escribiendo esta temporada sobre este mal que acosa a muchos menores de hoy en día, que me he visto obligado a preguntarme yo, que durante un tiempo fui menor de edad, de esto hace ya muchos años ¿sufrí bullying en alguna ocasión?

Respondo. El primer curso escolar acudía un colegio de HH Maristas y, francamente, no tengo ningún mal recuerdo, ni en este, ni en ningún otro terreno. El segundo año fui a escuela pública y debo reconocer que sí, que sufrí algún acoso. En clase, en el recreo y al aire libre. Volví a los Maristas otro curso y todo fue completamente bien.

Inicié el bachillerato en un instituto público. Nada molesto recuerdo. Lo continué en un colegio de patronato (ayuntamiento, padres e iglesia local). Pues, sí, en este sí, me fue relativamente mal, en alguna clase muy mal. Ya lo contaré otro día. Acabé la etapa escolar, no de estudiante, que sigo siéndolo siempre, gracias a Dios, sino de alumno, en el seminario. Y no diré que la experiencia fue excelente, pero casi.

Hay dos clases de bullying. El hostigamiento al que le someten a la víctima los compañeros, que es del que más se habla hoy y al que ahora se le da notoriedad y el que el alumno recibe por parte del profesor, que considero es el peor, pero al que no me referiré hoy.

Evidentemente el uso de la palabra bullying es reciente y no pertenece al vocabulario juvenil. Pero el fenómeno es antiguo. El chico o la chica se atreverán en todo caso a confiar a alguien que le merezca confianza y al que consideran que de alguna manera es superior a él, y puede ayudarle, que le tienen manía. Es lo máximo que aventurará confesar. Esta palabra sí que pertenece a su vocabulario.

Le tienen manía los compañeros tal vez por su procedencia, sea cultural o territorial. También por la inferior situación económica en la que vive su familia. Le pueden tener manía por ser más inteligente y resultar el predilecto del profesor, y así le llamarán primero mimado, para en consecuencia, después marginarle, aborrecerle y despreciarle. En la evolución de la sensibilidad y fantasía del adolescente, con frecuencia surge una etapa en que se admira a un profesor y se desea ser como él y el educador, si tiene vocación de serlo y no es un simple enseñante, se siente satisfecho y realizado. Fija su mirada, sus atenciones y predilecciones en este agraciado, que, paradójicamente, se convierte en víctima de los compañeros. Poco a poco será el hazmerreír de los demás. Y duele mucho.

Si en el ambiente se usan despectivamente palabras como gitano, negro, moro o sudaca, por ejemplo, existe un buen caldo de cultivo para que germine el síndrome al que me estoy refiriendo. A la consecuencia, o al impacto que estos improperios y antipatías, recaen en el sujeto que los sufre, le llamaremos depresión, angustia, desaliento, miedo… O también, irresponsablemente, alguien dirá que es neurosis.

El fenómeno, creo yo, viene de antiguo. Ahora bien, lo que ha causado legítimamente alarma, y le ha otorgado notoriedad, ha sido la aparición trágica del suicidio en estas circunstancias. He conocido el fenómeno del suicidio y de los intentos de suicidio, juvenil. Hace unos años dediqué unos cuantos artículos a la falta de esperanza que estaba en la raíz de estas decisiones. En realidad se trataba de las indicaciones que yo le daba a una quinceañera que conocía bastante bien y que se había salvado de milagro.

Decir que la ausencia de Esperanza era una pandemia espiritual peligrosísima, resultaba insólito por aquel entonces. Le he dado muchas vueltas y he escrito mucho. Hoy, para triste satisfacción mía, ponen en ello mucho interés diversos Papas. Ahora bien, la situación actual creo que es peor. Ya no se trata únicamente de ausencia de Esperanza, virtud excelsa. Esta semana leía, copio textualmente: La juventud "está aprendiendo a vivir sin Dios y sin la Iglesia". Más aún, a la institución, los jóvenes la ven como anticuada, cerrada y poco cercana. Francisco quiere recuperar a los jóvenes, futuro de la Iglesia, y lanza para ellos la preparación (con encuesta incluida) del próximo Sínodo de los obispos”.

Me atrevería a decir yo que los jóvenes ni siquiera ven a la Iglesia y menos la consideran, más bien ignoran su existencia. Antropólogos y sobre todo sicólogos, se responsabilizan de sanar los males de la juventud que vengo hablando. Gozan de gran protagonismo social. Me he creído obligado a escribir sobre ello, sabiendo que lo haría improvisando, pero que no podía dejar pasar la oportunidad de hacerlo.

Mentalmente se me ocurren proyectos, pero no quiero abandonar este escrito sin redactar dos cortas notas dirigidas a quien puede tristemente estar implicado y sufrir. Le diría, le he dicho, a algún joven, situado en tal estado de ánimo:

*.- En el plano puramente humano, en primer lugar, tu sufrimiento demuestra que no eres un fresco, un caradura. Tienes sensibilidad, que aunque te haga sufrir, es una cualidad y virtud de gran calidad humana. Los perros no la tienen. No te acongojes y trata de recobrar tu autoestima.

*.- En el plano espiritual, en el que como sacerdote debo hablarte, ahora se me ocurre decirte lo que uno, que debía de estar en situación semejante a la tuya, le dice a Dios: “pobre soy y desdichado, pero el Señor piensa en mí; tú, mi socorro y mi libertador, oh Dios mío, no tardes”. Son palabras del salmo 40, vers 18.

*.- Si esto le pasaba a alguien y Dios quiso que constase en el texto sagrado, es porque creía que podía serle útil a alguien, que podía serte útil a ti.