EL BUEN PASTOR

Por David Llena

Desde Abel, la figura del pastor aparece permanentemente en la Sagrada Escritura como el oficio de aquellos que luego llegarían a dirigir a su pueblo: Moisés y David, el mismo Abraham también tenía ganados… Por tanto, la figura del pastor y su cuido y guía del rebaño estaba bien documentada en el Antiguo Testamento. El salmo 23, donde David recordaría sus días de pastor cuando lo compuso, dice: “El Señor es mi pastor, nada me falta” pastos abundantes, frescas aguas, descansos tranquilos…

Pastores fueron, los elegidos por los ángeles para dar la Buena Noticia al mundo: “Os ha nacido el Mesías, el Señor”, eran ellos los que estaban despiertos velando por el descanso de sus ganados.

Así pues, la figura del pastor, conocida en aquellos tiempos y las referencias del citado Salmo 23, nos llevan a la afirmación de Jesucristo: “Yo soy el buen Pastor” que da la vida por sus ovejas. El pastor que se desvive por su rebaño, que guía, que conduce por el buen camino, que se echa a los hombros a aquellas que están enfermas o dañadas.

Y la reflexión continúa con nuestro papel. ¿somos capaces de dejarnos coger y guiar por el Señor, o nos alejamos de Él rondando las cercanías del lobo? Nosotros decidimos, y muchas veces nos alejamos y nos enredamos entre los espinos y matorrales que jalonan los vericuetos que recorremos. Debemos ser conscientes en poner de nuestra parte y dejarnos encontrar por el Señor.

Y la tercera referenciase dirige hacia los que hoy son escogidos por Cristo para seguir su labor de pastoreo en la Iglesia. Pastores que deben velar y cuidar, atender y curar, guiar hacia el pasto abundante de la Palabra y la Eucaristía y hacia las fuentes de gracia que brotan del Pastor que dio la vida por sus ovejas. ¡Que el Señor ilumine, cuida y proteja a sus pastores para que ellos enseñen, alimenten y curen a las ovejas que caminamos tras el Señor!

 

GENTE Y ESPERANZA

Por Pedrojosé Ynaraja

Dediqué recientemente unos cuantos comentarios a la Fe y las relaciones de esta virtud teologal con la ciencia, sean postulados de la física, astrofísica o metafísica. Acabadas mis consideraciones respecto a la primera virtud, consecuentemente, corresponde referirme a la Esperanza.

Hace años, dije y escribí, que nuestra actual cultura sufría pandemia de Esperanza. No era frecuente, por aquel entonces, referirse a ella explícitamente. Que en el catecismo hubiéramos aprendido que tres eran las virtudes teologales, no implicaba que se dieran muchas nociones a este respecto. Oír decir de alguien que era hombre de fe, podía ser expresión común. De otro afirmar, que dedicaba sus desvelos a la Caridad, también. Pero nunca escuché decir de alguien que era persona de Esperanza.

Son síntomas de la pandemia que nos aflige, el aumento del número de suicidios. Suicidios jóvenes, que es realidad muy inquietante, ocultada, si es posible por la misma familia que sufre tal desgracia. Porque si lo hace un adulto a lo monje budista, o un viejo al paso de un tren, o una modelo o artista, mediante alcohol y pastillas, deja un mal recuerdo, pero, generalmente, nadie se siente culpable. Ahora bien, si el que se suicida es un chico o chica joven, estudiante o no, de inmediato se piensa en que no era comprendido por sus padres, o amenazado injustamente y les interroga discretamente el juez de guardia. Añádase a lo dicho el fenómeno del bullying, que, no lo olvidemos, siempre ha existido, sin consecuencias mayores y en espera de que la madurez cure sus cicatrices y el triunfo que en soledad se logre, satisfaga y al sentir gozo en ello, se sienta el sujeto víctima vencedor de sus antiguos crueles compañeros.

Sin llegar al suicidio, en lenguaje técnico autolisis, que, si lo ha intentado y ha habido intervención clínica, constará en su ficha personal para siempre y condicionará su aceptación. Sin llegar a tales extremos, repito que penetrar en el terreno de la droga, dura o blanda, prohibida o legal, es una suerte de suicidio a plazos. Una patente muestra de falta de Esperanza.

Los medios lo han publicado recientemente: la primera causa de muerte juvenil, de 15 a 34 años es el suicidio.

El descubrimiento de la segunda virtud lo hicimos algunos leyendo a Charles Peguy. Leyéndolo en francés, su lengua y en la que estaba a nuestro alcance. Su machacón estilo literario, dentro de la delicadeza de sus imágenes y descripciones, exigía algún esfuerzo, pero lo conseguí personalmente. Nos llegó una antología de este autor en lengua castellana, fue ver el cielo abierto. Supuso Peguy aire nuevo a una formación que había puesto el acento en que nos sintiésemos siempre encerrados “en este valle de lágrimas”. Poeta místico era, que de la Esperanza hizo una de sus más genuinas banderas.

Creo recordar que fue Juan-Pablo II el primer pontífice que se ocupó del tema.  “Spe Salvi” (Salvados en esperanza) la segunda encíclica de Benedicto XVI, debía ilustrar, enriquecer teológicamente, ayudarme a madurar el entusiasmo que había infundido en mi alma el autor francés. He de confesar que la primera apresurada lectura, me decepcionó. Ni siquiera mencionaba a Peguy. Más tarde comprendí que el papa Ratzinger era germánico, que su enfoque era muy cerebral y que como a tal, le correspondía así escribir. Y que debía acoger gozoso su doctrina, que fortalecía lo que hasta entonces había esperanzado ido viviendo.