ANTE LA PRUEBA

Por David Llena

Al igual que el empezar en la fe, en aquel primer despertar a la vida interior, cada paso en este caminar es un responder a Dios. Elegirle a Él. Así es nuestra libertad: tozuda, exigente, en vigilia permanente. Cada prueba es un momento de volver a repetir aquel sí que comenzó este camino. Un miércoles de ceniza, es un sí a una nueva propuesta de Dios. Cada Via Crucis, cada acción caritativa, cada ayuno es un sí a Dios.

Hay veces que la prueba nos hace dudar de nuestras fuerzas, nos interroga sobre nuestra capacidad de aguante, sobre nuestra superación, y eso está bien pues al final después de mucho esfuerzo acabamos cayendo en cualquier recodo del camino. Y es que por mucha fuerza de voluntad, la caída es inevitable (tres veces cayó Jesús camino del Calvario) con nuestras propias fuerzas no conseguiremos vencer. Pero con la fuerza que nos viene de lo alto unida a nuestra voluntad, adquirimos las armas suficientes para volver a levantarnos y continuar en la lucha.

La voluntad y la humildad las ponemos nosotros; inspirados -eso sí- por la acción del Espíritu Santo; la fuerza y el alimento lo pone Dios.

La prueba nos permite volver a ajustar la dirección, volver a corregir el rumbo, confrontar nuestro caminar con las guías marcadas y eso hay que revisarlo cada poco tiempo. Ver si nuestras metas son las metas de Dios, pues en caso contrario vendrá el fracaso y el desaliento. No podemos pretender más allá de lo que nuestra debilidad llegue, debemos pretender más allá de lo que sus fuerzas nos lleven. Estas fuerzas están en el Santísimo Sacramento especialmente y en el resto de sacramentos. La oración frente al Santísimo nos hará descubrir los planes de Dios, sus caminos (que son caminos dentro de la Iglesia) no son nuestros caminos…

Y ese seguir adelante, como los niños antes de echar a andar que fortalecen primero los músculos del cuello para levantar la cabeza, luego los brazos para elevarse un poco más, la columna, las piernas hasta que son capaces de tenerse en pie; también, nuestro crecimiento espiritual nos llevará a fortalecer algunos aspectos más débiles de nuestra voluntad, pero al siguiente paso habrá que fortalecer otros matices y este es un proceso que acaba con el fuego del Purgatorio antes de pasar al banquete eterno.

Dios, que nos hizo para adorarle, no dejará que ningún alma que desee salvarse perezca por su tozudez, por sus numerosas caídas ante las pruebas, por su relajo en la observancia de sus preceptos, pero hemos estar atentos que en esas caídas y esos relajos el Maligno encuentre (con atractivas mentiras) como cambiar nuestra voluntad y volver la espalda al Creador, por eso echando mano del refranero podemos asegurar que “hombre prevenido vale por dos”.

Y ante la prueba y la oscuridad, repitamos con el Salmo: “¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo

 

FIESTA

Por Pedrojosé Ynaraja

El hombre es un animal festivo, en este aspecto no tiene ningún animal que se le parezca. La fiesta es la más genuina manifestación de su intuición y de la capacidad de usar lenguaje simbólico.

Los medios nos notifican las celebraciones islámicas, la fiesta del cordero, o las chinas, el año nuevo, en esta ocasión llamado del perro, que ha llenado de colorido nuestras pantallas de TV estos días. Más o menos acertadamente, nos notifican también las celebraciones judías. De manera semejante, inundan también los medios y se llenan nuestras calles de ruas de carnaval, propio de nuestros ambientes “postcristianos”.

Cabe pues preguntarse ¿Cuál es la fiesta cristiana? ¿Cómo se prepara? ¿Cómo se celebra?

De tiempo inmemorial y origen bíblico es la semana. Aceptada por el cristianismo y acomodándose a la memoria de la resurrección del Señor, la Iglesia la celebra culminándola el domingo, que es el “octavo día”. Puesto el acento en la luna llena de primavera, solemnizamos el Gran Domingo: la Pascua. Es razonable preguntarse ¿esta celebración tiene notoriedad suficiente, de acuerdo con lo que significa o simboliza? Los vecinos o los transeúntes que se cruzan con nosotros ¿se enteran de que es nuestra gran fiesta y que a nada más dedicamos la jornada?

En uno de los viajes a Tierra Santa teníamos previsto ir al Sinaí, pero al llegar a la frontera no nos fue posible atravesarla. Era día de fiesta en Egipto: la fiesta del cordero y tuvimos que abandonar el proyecto y movernos por tierras judía del sur, en plan turista. Algo semejante me ha ocurrido en Jerusalén. Se trataba en este caso de recoger un coche previamente alquilado. Eran las 14.04 de la vigilia de la fiesta de Sucot. A las 14 en punto habían interrumpido el trabajo en la agencia. Para conseguir el cumplimiento del contrato, fue necesario que nos trasladásemos a un lugar de cultura no judía, a 40 kilómetros de distancia.

Me he referido a aspectos peculiares y singulares, pero semanalmente se experimenta lo mismo. Los viernes se es consciente de que los musulmanes celebran su fiesta, sin tener que preguntarlo, uno sabe por dónde está la mezquita, está en la dirección que camina la gente árabe, elegantemente vestida. Dejan de funcionar sus vehículos, de alquiler o privados, y se visten ellos y ellas con distinción, rebosantes de alegría. Las tiendas del zoco cierran los viernes, ¡ay aquel artilugio que uno iba a comprar, o aquel regalo que quería uno llevarse! Nadie tiene que decirnos que se acerca el sábado. Hacia las seis de la tarde de lo que llamamos viernes, que para ellos es ya sábado, desde las oficinas de la compañía de vuelos El-Al, hasta estancos y correos, todo está cerrado. El muro del Templo está imponente de gozo, canción, danza y oración. Por la mañana del día siguiente, frecuentan las familias los parques públicos de la ciudad y sentados en la hierba, juegan los niños. Es la fiesta en honor de Yahvé, no hay que olvidarlo. Ambos días están espiritualmente perfumados y a uno se le contagia su alegría.

El próximo día 1 de abril es Pascua. Desde el atardecer del sábado 31 hasta el domingo al mediodía, está la vida litúrgica rebosante de gozo, invitando a los fieles a que abandonen toda otra inquietud y se entreguen a la celebración más genuinamente cristiana, la Resurrección del Señor. Tenemos cuarenta días para prepararla. Que no se pierda la ocasión. Hay que dejarse arrebatar por la felicidad que trae Cristo. ¿O tal vez se le olvida a Él y ya se está preparando un viaje, o la estancia en un lugar lejano, donde uno se podrá desentender de todo?