|
||
1.- ALGO DE CULTURA Por David Llena Siempre, desde pequeño, me llamaron la atención esas pequeñas “cuñas publicitarias” que recogían en un fragmento, a menudo ripiado, un trozo de la sabiduría popular, que se pasaban de padres a hijos, de abuelos a nietos y que eran muy útiles en el quehacer diario. Me refiero, como muchos habrán adivinado, a los refranes. Pedazos de experiencia, pasada y repasada y que como las mejores recetas eran parte de la jerga de cada pueblo. Aquel “Haz bien y no mires a quien” nos hablaba de la gratuidad y anonimato de nuestras buenas acciones, teniendo parangón en el mismísimo Evangelio, cuando Jesús asegura que su Padre hacer llover sobre buenos y malos. O ese otro que asegura que “quien mal anda mal acaba” que nos anima a no desviarnos del camino y que también tiene su origen en las enseñanzas de Jesús. Muchos refranes recogen otros consejos: “Es de bien nacidos ser agradecidos”, o “Más vale pájaro en mano que ciento volando”, sobre el agradecimiento y la prudencia. Miles son esas pequeñas obras de arte que nos acompañan y ayudan en las decisiones cotidianas de la vida. Pero últimamente esa sabiduría popular, ha trastocado el paso y ahora ya no se vive auxiliado por los refranes, sino por eslóganes. Lo que antes era digno de seguir y aprender ahora ha pasado a ser un arma de confrontación. El típico y manido “nosotras parimos nosotras decidimos” donde la sabiduría reina por su ausencia, hasta los recientes “sí se puede” que vale para insultar o polemizar, tanto como para animar a un equipo y otras utilidades que están por venir. Cosas como: “La sanidad no se vende, se defiende” o aquel en verso de “sacad vuestros rosarios de nuestros ovarios” que además de soez, está lleno de la misma sabiduría, son las que ahora guían las decisiones de muchas personas de nuestra sociedad. Otras que ya han calado como aquello de “Es mejor pedir perdón que pedir permiso” o hay que probarlo todo antes de decidir” son falacias, elevadas al grado de consigna sobre la que se construyen razonamientos verdaderamente equivocados. A algunos de ellos, antes de probar un vaso de cicuta piénselo dos veces. No es bueno que el hombre se atribuya la toma de decisiones que no le corresponden, Dios nos hizo libres para amarle y sobre todo para amarnos en diálogo permanente, para ello es necesario reconocer la distinta altura en el diálogo, identificar el grado de sabiduría de nuestro interlocutor y responder adecuadamente a él. Igual, que hoy en día, muchos huyen del estrés de la gran ciudad refugiándose en el pueblo, buscando cierta nostalgia perdida, deberíamos también refugiarnos en los muros de alguna iglesia, y volver a descubrir a ese que nos llama y que no reconocemos. Pidamos al Espíritu que sople en este Pentecostés para que nos ayude a descubrir ese camino que desde lo más hondo de nuestro ser llega a ese Dios que espera la vuelta de su hijo.
2.- CARISMA, VOCACIÓN TRANSITORIA (5) Por Pedrojosé Ynaraja En dos sentidos. Me referiré en primer lugar al que descubrí yo en mí mismo. Fue allá por la década de los sesenta del pasado siglo. En un mítico Citroen2CV, con una tienda de campaña, saco de dormir, butano y algunos víveres, emprendimos viaje a Roma. En una tal situación se goza de una libertad incomparable. Cruza uno un territorio, se para al atardecer y planta la tienda en cualquier lugar al salir primero de la autopista, de la carretera después y de un camino vecinal más tarde. Desconoce uno a donde ha ido a parar, que ni siquiera le importa. Lo único es llegar a Roma y rezar el Credo, junto a la tumba de San Pedro. Habíamos parado algo después de las curiosas montañas blancas de Carrara. Estaba solo, los demás dormían. Fui consciente entonces de que ni mi ministerio sacerdotal, ni mis proyectos de subsistencia me interesaban. Durante aquellos quince días me sentía peregrino. Ignorábamos donde podríamos dormir en Roma. Por descontado que no sería ni en hotel ni en residencia. Lo importante era rodar, acercarnos, descubrir, meditar, rezar. ¿Qué iba a encontrar en la Urbe? La visita a la tumba del que presidió la Iglesia en sus inicios, el recorrido por los lugares por donde tantos cristianos valientes habían encontrado el martirio. Me parecía un sueño. Fue en este momento cuando descubrí la vocación de peregrino. Una vocación transitoria, pero auténtica vocación cristiana. Me sentí atraído, entusiasmado por mi situación. Culminamos felizmente nuestros deseos y añadimos otra peregrinación que no teníamos prevista. Fuimos de vuelta a Asís. La Porciúncula y la capilla del llanto, dejaron en mi mente un recuerdo que todavía es acicate para mi vida. También descubrí otro valor: el de la acogida. Desde proporcionarnos un campo de deportes para dormir, gratuitamente, por supuesto, a recibir el regalo simbólico de monedas del Vaticano. Pensábamos que en aquellas fechas el Papa viviría retirado, pero en Castel Gandolfo, salió a la ventana y saludó a los que no habíamos podido hacer otra cosa que aproximarnos a su lugar de descanso. Por allí estaba también Teresa de Calcuta, que al no gozar todavía de la posterior fama, era más asequible y parlanchina. Retraté su sonrisa. Nuevo don e inesperado. Al llegar a casa todo parecía que continuaría igual. Pues, no. Concluida la vocación peregrina, me di cuenta de que algo había cambiado, enriqueciendo, mi vocación sacerdotal. A esta experiencia contada, han seguido muchos descubrimientos. Me refiero a vivencias de otros. Para algunos la vocación transitoria de peregrino les había descubierto una nueva forma de santidad. Me acordé de San Amaro, en Burgos, que conocía desde la infancia. Del santo que atravesó Francia de Oeste a Este, en busca de iluminación para su vida y la encontró, a quien han imitado otros. Leí más tarde el encantador “Relatos de un peregrino ruso” que tanto a tantos nos ha enriquecido. Lamento que hoy en día a cualquier viaje de turismo religioso, se le llame peregrinación. Lo lamento, porque ofuscan tanta riqueza espiritual de la que de otra manera podrían gozar y enriquecerse.
3.- LA LIBERTAD Y LA LEY BAJO EL IMPERIO DE LA MORALIDAD Por Ángel Gutiérrez Sanz Una vida es suficiente para constatar como en cuestión de moralidad se puede pasar del blanco al negro sin solución de continuidad. Comportamientos morales que eran tenidos como aberrantes han pasado a ser defendibles y legitimables. En poco tiempo hemos visto como las virtudes y los vicio han cambiado de nombre, lo deshonroso ha pasado a ser honorable y viceversa. ¿Qué nos está pasando? Existen lobbies y fuerzas siniestras empeñadas en hacernos creer que esto de la objetividad moral es ya una antigualla. Se nos dice que ante el fracaso de la razón filosófica, sólo queda el escepticismo donde la duda es compañera inseparable del pensar. Cada cual ha de crear su propia verdad y si esto sucede en el campo del conocimiento no hay motivo para pensar que en el campo de la ética vaya a ser distinto. Aquí radica el origen de la desorientación que estamos padeciendo Como consecuencia y también como complementación del escepticismo gnoseológico, hace su aparición el relativismo moral, que viene a cerrar la órbita en la que se desenvuelve nuestra cultura posmodernista. Al cuestionamiento de la Verdad le ha seguido el cuestionamiento del Bien, lo que significa la desaparición de la ética como ciencia objetiva y universal. Es el final de un largo proceso que se iniciara ya en la modernidad; pero en esta época, al menos aún quedaba en pie esa pretensión universalista de la que es expresión la ética kantiana que nos hablaba de un imperativo moral categórico basado en “el cumplimiento del deber por puro respeto al deber de obligado cumplimiento para todos, lo cual permitía hablar de una ética universalista, todo lo formalista que se quiera; pero al fin y al cabo ética para todos. Pues bien ahora todo esto se acabó y cada cual tiene que apañárselas como pueda, con su propio código moral. La ausencia de un imperativo moral, fundado en las exigencias de la dignidad de la persona humana, está impidiendo tanto a los legisladores como a las conciencias de las personas, tener un referente seguro, que sirva de criterio moral objetivo a la hora de tomar decisiones. A falta de este juicio bien fundado en la razón última, lo que cuenta son los sentimientos, gustos y vivencias de las personas. Todo esto viene a cuento de la polémica suscitada en torno al aborto y a las aspiraciones cada vez más exigentes de los homosexuales, que tiene dividida a la ciudadanía. Es natural que no se entiendan quienes parten de planteamientos tan distintos. Se trataría pues de un diálogo en distintos idiomas que se hace imposible el entendimiento mutuo ¿Qué hacer entonces? No hay otra salida que encontrar un marco común que haga posible el diálogo. Pienso que antes de pasar a analizar la casuística hay que disponer de un criterio moral común basado en razones sólidas. Es por aquí por donde debiéramos comenzar, si queremos dar respuesta a muchas problemas espinosos que llevan ya bastante tiempo sobre la mesa y no pueden esperar más Se ha intentado fundamentar el discurso ético sobre el ideal de libertad; pero por este camino no hemos avanzado nada, porque la libertad no es ningún absoluto en torno al cual puede tejerse el discurso moral. “Ay libertad decía camino del patíbulo Madame Roland, cuantas atrocidades, han sido cometidas en tu nombre”. Cuando colocamos la libertad por encima del ideal moral nos quedamos sin ética y sin libertad, ya que la libertad no es hacer lo que se quiere, sino lo que se debe, lo cual es tanto como decir que la libertad no es un fin en sí mismo, tan sólo un medio de liberación humana. Se ha intentado también definir lo bueno y lo malo en términos de lo normal y lo anormal, no reparando en el error que supone pensar que lo normal, es decir lo que la gente hace es equiparable a lo normativo. Fácil es constatar a través de la historia como comportamientos de uso corriente entre las gentes, (normales), nada tenían que ver con la moralidad y viceversa. Entonces ¿dónde podíamos encontrar esa base común que hiciera posible el diálogo ético, válido para todos? No en otra cosa que en las exigencias naturaleza humana que es la que nos une, nos identifica, que a todos nos interpela por igual y que viene a ser la garantía de la dignidad de la persona humana. El descubrimiento de los Derechos Humanos, universalmente admitidos es un signo esperanzador de que podemos llegar a ponernos de acuerdo sobre lo justo y lo injusto, lo humano y lo inhumano, lo que es razonable lo que no es razonable, lo moral y lo inmoral. No es la apreciación subjetiva de cada cual la que haga posible el consenso, está haciendo falta más compromiso con la moralidad objetiva. |