SU CONDUCTA ES DIFERENTE

Por David Llena

La frase del título está sacada de la primera lectura de este domingo que corresponde al libro de la Sabiduría. Dentro de una serie de reproches que le hacen al “justo” este es uno de ellos: Su conducta es diferente. Lleva una vida distinta a los demás porque ha descubierto que el Señor le precede en el camino. Cuando una vida está iluminada por el Señor, cuando está vuelta a la luz de Dios y no busca las sombras de camino oscuro, esa vida es distinta, esa vida es diferente y llama la atención.

Mientras el resto de las personas que viven a su alrededor, se perturban por su vida interior y su forma de ser, engañando a unos y otros, y también a sí mismos, el justo permanece en una inalterable quietud, a pesar de los contratiempos y vicisitudes que le depare la vida.

Y ese vivir un camino paralelo al mundo, cerca del mundo, pero sin tropezar en los baches de este mundo chirría y llena de envidia a aquel que lo observa. Y la envidia lleva adosada la soberbia y la difamación de aquel que puede hacerle sombra, sin darse cuenta de que lo único que puede hacer el justo es darle luz.

Y sin embargo, cuando un alma limpia descubre uno de estos faros queda absorto por su luz, por su buen obrar y ve en esa persona un modelo a seguir. Esa impresión sería la de los discípulos de Jesús que vieron en Él sus modos de actuar, sus maneras de tratar a la gente, buscando al más desfavorecido, curando a los enfermos y enderezando a los que se doblan.

Y esas almas que descubrieron en ese actuar una conducta diferente fueron capaces, abriéndose al Espíritu Santo, llegar a relacionar estas acciones con aquellas descritas en el Antiguo Testamento y que describirían al Salvador.

Así pues, si Cristo no despierta en nosotros esa reacción de admiración que lleva a la adoración, debemos pensar que nuestra vida anda por unos derroteros algo alejados del camino que Él llevó, o dicho de otra forma, que nuestra conducta es muy similar a la de este mundo.

 

HOLGAZANERÍA

Por Pedrojosé Ynaraja

Hablo de hace 75 años. En Burgos mis hermanas tenían una amiga, y ésta un hermano. El dicho hermano cometió alguna fechoría y le metieron en un reformatorio. Estaba yo en la edad en la que uno quiere saber todo y lo pregunta todo. Ignoraba lo que tal institución era. Me contaron lo siguiente. Al chico lo meterán en un gran depósito vacío. Llevará unas botas de goma altas hasta la cintura. En el centro del recipiente hay una bomba. Empezará a entrar agua y si no quiere morir ahogado, deberá bombear continuamente para ir vaciando el receptáculo. Así se aprenderá y acostumbrará a trabajar y no robar.

Supongo que no era verdad y que fue respuesta apta para hacer callar al chiquillo que era yo, pero no se me ha olvidado nunca y si soy capaz de situar el hecho anecdótico en el tiempo, es porque en la escuela acababa de estudiar lo que era una bomba aspirante/impelente.

Pese a no estar seguro de que en un reformatorio se obrase así, nunca lo he olvidado y, aún más, he pensado que un tal procedimiento convendría que se aplicara a algunos, o tal vez a muchos, de hoy en día. Van por el mundo unos aprovechando becas que le facilitan la asistencia gratuita a cursillos de no importa que materia, con tal de que pase el tiempo y puedan decir que están haciendo algo, aunque ni siquiera asistan. Otros viven de subvenciones de Caritas, ayudas municipales o aprovechan amistades que invitan a pasar una temporada, hasta que encuentren, según dicen, un empleo que no les explote injustamente, degradando su dignidad. La cosa es vivir sin trabajar y con mucho cuento. Tal proceder me recuerda el dicho de Pablo: “Ahora, sin embargo, nos enteramos de que algunos de vosotros viven ociosamente, no haciendo nada y entrometiéndose en todo. A estos les mandamos y los exhortamos en el Señor Jesucristo, que trabajen en paz para ganarse su pan” (IITs 3,2). Tal vicio es propio de cualquier estado social o eclesial. Y llegar a una tal crisis lo conozco por experiencia. Ya lo contaré otro día. (continuará)