SAN JOSÉ Y EL DÍA DEL PADRE

Por David Llena

Lleva aparejado el ser padre de Jesús, la idea de ser el “patrón” de los padres. Y es que, si María fue preservada del pecado original por ser la Madre de Dios, el que iba a ser padre y protector de ese niño también debió ser agraciado con los más diversos dones del Espíritu Santo para llevar a cabo tan importante cometido. Pero la cuestión es que no podemos hacer disecciones sin más.

San José era el padre de Jesús, pero también el esposo de María y si San José fue exquisitamente preparado por Dios para ejercer la labor de padre, también lo fue para ser un buen esposo. Así pues, debemos fijarnos en todas las cualidades que nos propone la Iglesia sobre el santo Patriarca para destacar que la bondad de una persona no se demuestra sólo en un ámbito de la vida sino en todos.

Ahora bien, y tal como están las cosas hoy en día ¿no sería más interesante proponer a San José como modelo de esposo, trabajador, atento a las necesidades del hogar, fiel y custodio de Jesús y María…?

Quizá una mirada a San José por parte de todos los habitantes de España, o el mundo haría más bien contra la violencia de género que el 016, teléfono gratuito para denunciar dicha lacra.

San José, como protector del hogar, de la convivencia entre esposos, entre padres e hijos, puede hacer más llevaderos los roces del día a día, los contratiempos que acaecen de cuando en cuando, los momentos de tensión.

NO hagamos pues, de San José solo el día del regalo, el día del premio extraordinario que nunca toca, y busquemos ese premio que, si lo buscamos día a día, al final de nuestra vida nos vendrá colmada de años agradecidos a Dios por su cercanía en todos nuestros pasos.

 

AMOR (III)

Por Pedrojosé Ynaraja

Me referí, con experiencias personales incluidas, a la amistad femenina del sacerdote. Fue corta reseña, pero suficiente, pienso yo. Añado que siempre que, durante mi larga época de ocupación ministerial, sea de consiliario de A.C. sea alguna responsabilidad parroquial, quise conocer, tratar y, a ser posible, simpatizar con los maridos de las señoras que pertenecían al grupo que tenía asignado. Nunca me fue difícil.

Cambio de tercio y me refiero ahora a la amistad masculina. En primer lugar entre chica y chico. Ambos simpatizan. Tal vez ocurra lo que decía el otro día: son amigos porque hay enamoramiento, o existe enamoramiento porque son amigos. Todo muy bien y bonito. No se habla del futuro, se vive un amor sencillo, idealista, sin límites temporales a los que no dan importancia. Un día el chico le dice a ella que ha pensado entrar en el seminario, o en un convento. A la sorpresa inicial, sigue la decepción, el desaliento, la angustia emocional. Estoy pensando en casos concretos, no divago. Los dos sienten su Fe cristiana con sinceridad. Incluso la misma devoción cristiana los une. Pero, de repente, en este sincero y vivaz amor, se entromete Dios. Así lo piensa ella. Sentir celos respecto a otra chica, ya es una cosa prevista. Siempre es posible decirle ¿qué tiene la otra, que no tenga yo? Respecto a Dios, la pregunta es improcedente. Pero siente celos de Dios, nunca lo había imaginado.

Que Dios sea exigente respecto a su Ley, ya lo sabía. Era consciente de ello y de sus pecados, de los que se arrepentía sinceramente y se iba corrigiendo. Pero que ahora se haya convertido en rival, nunca lo había imaginado. En el primer caso que conocí, la situación supuso una queja a Dios, al que empezó a dejarle de amar. Nunca se había detenido a examinarse del primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas. Le parecía evidente y pasaba de largo.

Ahora era diferente, se sentía rencorosa de la llamada que le hacía a su chico. No se trataba de cometer delitos, ni de blasfemar. Temía a Dios con bíblico temor. Espiritualmente el agudo problema supuso una fuerte neurosis. No se atrevió a hablar con nadie, hasta más tarde conmigo, en un contexto profesional, ya que compartíamos fatigas pedagógicas, en una situación en la que era propicia la confianza. No puedo dar más detalles.

En otro caso, fui confidente de ambos y por parte de él, me encargó que cuando él estuviera fuera, tratara yo de ayudarla. Hice lo que pude, excuso decir que ella se apartó de toda práctica religiosa y se alejó de la población donde había fraguado su amor. He sabido que, al cabo de los años, ha vuelto a establecer una cierta relación con él, muy bien aceptada por ella y por su actual enamorado (odio utilizar el término pareja). Ignoro que derroteros futuros seguirá su vida espiritual, que me contó que quería volviera a progresar de alguna manera.

De lo que he tenido noticia, no todo ha sido negativo. Aclaro que, cuando tengo ocasión de compartir confidencialmente y con sinceridad con alguien dado sinceramente a una vocación de religiosa y de total entrega, siempre pregunto ¿te enamoraste alguna vez antes?. Los buenos testimonios del país, del extranjero, o que viven en misiones, casi siempre me han dicho que sí y que la experiencia y el recuerdo, les ha ayudado a darse con más humanidad, delicadeza y generosidad a los demás.

El ejemplo al que ahora me referiré, es muy bonito. La chica, joven, pero madura, aceptó la elección que su enamorado le confesó que iba a tomar. No se rebeló, se preguntó, eso sí, si también a ella Dios la llamaba a la vida religiosa, consideró que no y posteriormente se casó. Coincidió con ella una vez, durante la estancia de él, en el lugar de origen. Eran sus días de vacaciones. Se encontraron y se contaron sus vidas. Ella le pidió, y sintió gran satisfacción al conseguirlo, que bautizara al hijo que acababa de nacer. Todo muy puro y, si se quiere, romántico, pero auténtico.

Recuerdo ahora un caso en el seno de la Iglesia católica oriental o griega, en la que se puede acceder al presbiterado desde el estado matrimonial. Él me dijo que enamorado durante un tiempo, no había dudado en proseguir y vivir desde el celibato. Y que ella no se había sentido derrotada.

Podría contar otras situaciones. Respecto a mí, nunca escondí que mi vocación era otra, pero que me sentía muy agradecido a que alguien hubiera estado enamorada y me lo hubieran dicho. Vuelvo a decir que amar y ser amado, siempre enriquece. He procurado compensar de otra manera, el amor que por mí había sentido.

Advierto dos cosas para acabar.- Solo en un caso me he enterado que una chica abandonara a su enamorado, para ingresar en la vida religiosa. Lo supe, pero no existía la suficiente confianza para comentarlo. En segundo lugar señalo que me he referido a enamoramientos sinceros y generosos. Otra cosa es tratar de conseguir una unión, para huir de una soledad no aceptada, o para asegurarse una compañía protectora. Es decir, con más o menos dosis de egoísmo.

Ah! ¿Y el sexo? Como me decía un buen hermano cartujo: el cuerpo es un buen jumento que uno puede domesticar. Se revela a veces, pero se consigue. Y confieso que no me siento héroe por ello.