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DIOS EN NUESTRO INTERIOR

Por Ángel Gómez Escorial

El Adviento –que va pasando muy rápido este año— nos pide conversión. Juan Bautista ha exclamado con fuerza en las últimas semanas que allanemos los caminos de nuestra abulia y soberbia y que, con el corazón humilde, como de niños, nos volvemos a mirar hacia Belén en la espera del Nacimiento del Niño Dios. En fin, el camino de conversión es largo y, sin duda, necesita de esfuerzo y de mucha confianza en Dios, que será Quien nos lleve de la mano al puerto seguro.

DIOS NOS HA ELEGIDO

El camino de conversión va deparando muchas sorpresas. Una de ellas, de muy primera hora, es cuando que descubrimos que Dios no ha elegido, que nos ama, nos conoce y nos llama por nuestro nombre. Hasta entonces muchos habíamos pensado que éramos nosotros los obligados a amar a Dios y a que a partir de ahí, Él nos haría caso. Pero al descubrir esa predilección por nosotros –con la misma fuerza en la forma colectiva que en su efecto personal— nos llena de estupor. Y, sin embargo, la Revelación que nos trae Cristo es precisamente esa: la condición de Padre cariñoso que el Señor Dios ejerce con sus criaturas. Su amor no es dispensado en dosis impersonales lanzadas de arriba abajo y con destinatarios anónimos. Nos llega uno a uno. El envío va perfectamente personalizado como su fuera un sobre en el que se indicara nuestro nombre, edad, situación, anhelos, personalidad, etc. Esto es, sin duda, un descubrimiento.

DIOS EN NOSOTROS

Luego llega otra idea “terrible”: Dios forma parte de nosotros. Tiene su refugio en nuestra alma. Y es posible llegar a Él sin ir a parte alguna. Sólo mirando en nuestro interior. Y también ahora la sorpresa es enorme, porque nuestra idea es que Dios está en otro lugar, es otra cosa, otra persona. Podíamos pensar que al ser todo de Dios, parte de nuestra naturaleza tendría algo del Dios, como lo tiene toda nuestra naturaleza. Además, en el Génesis se dice que Dios quiso crearnos a su imagen y semejanza. Por tanto, la similitud es posible, pero la presencia interior parece imposible e inapropiada.

Han sido los místicos –y, sobre todo, San Juan de la Cruz y Santa Teresa— quienes, a nuestro juicio, mejor han explicado esa presencia divina. En estos días que celebramos la fiesta de San Juan de la Cruz en “Cántico Espiritual” el santo alude a ese Dios escondido que está en nuestro interior y que se esconde para que vayamos a buscarle. En ese sublime juego del escondite reside, pues, un camino de relación entre el hombre y Dios. Pero la cuestión central es que está en nosotros, a nuestro lado, en nuestro interior. Y ello, de solo pensarlo, da vértigo.

GOCE INTERIOR

El descubrimiento y goce de Dios es nuestro interior ha de marcar ese otro episodio fundamental de nuestra conversión. Y no es fácil, porque, tal vez, nuestro miedo o nuestro egoísmo no deseé esa presencia y ese abocamiento a estar en Dios, con Dios y para Dios. Una cosa es adorarle en la distancia, servirle mejor o peor en la lejanía, que admitir que está dentro de nosotros, de todos y cada uno de nosotros. Nos cuesta trabajo admitirlo y mucho más sentirlo. Pero atemos cabos. Sabemos que el Espíritu Santo, Dios verdadero y Segunda Persona de la Trinidad Santa, está en nosotros. Llegó con el Bautismo y la Confirmación. Debemos pues centrar nuestro camino en la presencia interior del Dulce Huésped del Alma.

SANTA TERESA

Santa Teresa, en las Moradas, habla de un bellísimo castillo, todo de cristal o de diamante purísimo en nuestro interior. Y que en esas moradas está Dios y se manifiesta cada vez de manera más evidente. Será la oración la que nos muestre y nos “aclare” en el cristal la imagen divina. Y la santa de Ávila dice que la oración sólo se puede perfeccionar por el amor. Será nuestro amor a Dios, lo que nos enseñe a dialogar con eficacia con Él. Y no tanto un entrenamiento de nuestra voluntad y nuestras facultades.

EN ADVIENTO

Me parece muy oportuno suscitar este asunto del Dios en nosotros en este tiempo de Adviento. Tal vez, la presencia de un Niño Dios, entrañable, pequeño, indefenso, nos ayuda a permitir pensar en su presencia en nuestro interior. Ya que, realmente, si pensamos –así de golpe— en contener al Dios grande, al Dios de los astros, nos puede dar vértigo de altura. “Administremos” todo esto con mucho amor y toda la humildad posible, porque dicha presencia divina no es por nuestros méritos. Ha llegado por la gracia y la misericordia de un Padre amantísimo que solo quiere la felicidad plena de sus hijos.