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TENER MIEDO AL MIEDO

Por Ángel Gómez Escorial

No puedo negar que el miedo siempre ha tenido un cierto peso en mí. Y hoy, Jesús de Nazaret, en el Evangelio me dice: “No tengas miedo”. Y la realidad es que recibí bien ese mensaje cuando ya hace 25 años me vi cerca de Él, y en sintonía con la Iglesia católica, tras muchos años de distanciamiento. El miedo desapareció casi por entero.

¿Qué miedos tenía yo? Era como un planteamiento permanente de miedo al fracaso generalizado, un pesimismo a que todo pudiera salir mal y que, incluso, mis acciones malas realizadas, más o menos, en secreto pudieran descubrirse. Pero, fundamentalmente, tenía yo miedo al miedo. Es decir, que el miedo llenara mi vida sin profundizar en causas o efectos que lo produjeran.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Aprendí en lo que yo llamo mi conversión –allá por el principio de los años noventa del siglo pasado— una realidad inesperada. La de la objetividad. Y también que la verdad es una sola. ¿Qué quiere decir esto? Pues que trazando con sinceridad y honestidad un permanente examen de conciencia aparecía la realidad y desaparecía una perniciosa imaginación basada en la mentira o, al menos, en la lejanía de la realidad. Una de las cosas que hace el miedo es mentirse a uno mismo e intentar evitar las cuestiones difíciles o trabajosas. Esa especie de defensa inconsciente contra la realidad genera, a su vez, más miedo porque todo puede ser malo o salir mal.

Más de una vez entro, aquí en Betania, en estas disquisiciones personales, verdaderamente intimas, y no tanto por hacerlas públicas --que me cuesta trabajo— sino por la idea de que pueden ayudar a mis hermanos. La experiencia es siempre un camino de enseñanza. Y aunque cada uno debe experimentar sus propias realidades, siempre lo que antes han pasado otros, puede servir de ayuda.

CAMBIO EN MI VIDA

Tengo así que reconocer que la fe cristiana, el seguimiento de Cristo, algunas técnicas de oración como pueden ser los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, el rezo diario del Diurnal –Liturgia de las Horas— y, por supuesto, el trato frecuente con Jesús en el sacramento de la Eucaristía, han cambiado profundamente de mi vida, convirtiéndome en un ser más objetivo, más verdadero, más razonable.

Y la otra enseñanza, muy útil, es despejar el miedo de mí, insistiendo que el peor es aquel yo llamo miedo al miedo. Es decir terror a tener miedo, cuando en realidad, fuera de los hechos reales u objetivos que pueden desencadenar el miedo y, por tanto, una serie de mecanismos interiores y exteriores para articular una defensa, el miedo “mental” no existe.

No es extraño que el primer consejo que Jesús diera a sus discípulos es el de no tener miedo. Quitándose el miedo de encima se vive mejor y se es más feliz. No lo olvidemos.