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AMOR, TRIGO; DESAMOR, CIZAÑA

Por Ángel Gómez Escorial

Sobre la muy real y cotidiana convivencia del bien y del mal se abre como un mensaje superior la parábola del trigo y de la cizaña. Y siempre que nos toca escucharla se tiene la impresión de que hay una muy profunda advertencia de Jesús de Nazaret al respecto. Yo mismo, esta semana, he llevado la redacción de mi homilía por otro sitio… y ahora, en el momento de pergeñar la presente Carta del Editor me encuentro en la situación de referirme a ello, a esa convivencia no entendida, ni menos deseada del trigo con la cizaña. Pero paradójicamente tampoco los malos –los que están representados por la cizaña—tampoco quieren convivir junto a los buenos.

LA GRAN MALDAD

Diré que los casos de maldad terrible están bien representados en el siglo XX por los desarrollos creados por los gobiernos totalitarios de derechas y de izquierdas, donde el nazismo de Hitler y el comunismo de Stalin llegaron al paroxismo de su maldad. Pero, luego, casi al final del siglo pasado la cruelísima guerra de la antigua Yugoslavia nos ofreció un escenario de maldad enorme. Algunos episodios de las luchas tribales en países de África, considerados como genocidio, también son muestras de la maldad humana. Llama la atención que algunos seres humanos hayan podido urdir tanta maldad contra sus semejantes. Hasta ahí se puede describir episodios terribles, con un resultado de millones de muertos, por ejecuciones de civiles desarmados, no fueron –para nada—bajas de guerra, ni consecuencia de la ferocidad de unos combates. Otro examen de maldad, pueden tener las guerras, en sí mismas; pero, obviamente hay que acotar las cosas. Sea como sea tampoco justifico la guerra en casi ningún caso, probablemente ni siquiera en legitima defensa.

Tras plantar buena semilla crece la cizaña. El Enemigo es el que planta las semillas del mal. Pero ocurre que los buenos son de la misma naturaleza que los malos. Seres humanos idénticos que unos hacen el bien y otros el mal. ¿De donde surgen estas actitudes? ¿Hay componentes genéticos? ¿Es solamente la educación lo que lleva al bien o el mal? ¿Son realidades absolutas el bien y el mal? Tal vez, el tema es menos complicado. Y la realidad de una siembra de semilla para malos y otra para buenos tenga más sentido que lo que nuestro racionalismo nos indica. Es verdad que los códigos éticos pueden llegar a establecer diferencias insondables. El tópico está en comer cerdo, que abominan musulmanes y judíos, y admiramos y ensalzamos algunos cristianos, sobre todo los españoles en el caso del buen jamón ibérico.

NOCIÓN DE DIOS

Pero cuando uno tiene en su interior una clara noción de que Dios nos ha creado y ha puesto en nuestra vida una direccionalidad podemos entender que el bien existe y el mal se contrapone a él, incluso por encima de algunos matices de los códigos éticos o culturales en cada civilización. Es lo que llamaríamos la intuición del bien que produce paz y serenidad y la intuición sobre que el mal que trae inquietud y desesperanza. Ni aún gritando o vociferando con toda la razón a un semejante tenemos la idea de haber hecho el bien. Se acertaría con la idea defendida, pero no con la forma de expresarse. Admitiríamos que alimentarse es necesario y que una cocina adecuada de los alimentos satisface, pero cuando de produce el abuso, no solo hace daño al estómago, sino también a la conciencia, porque nuestro malestar físico por el exceso de alimentos conlleva una tristeza evidente al saber que otros pasan hambre. No estoy definiendo en lo anterior crímenes contra la humanidad, pero si que el mal separa del bien algunos actos de relativa importancia.

CONVIVEN EL BIEN Y EL MAL

Lo que quiero decir es que el mal está cerca y que convive en nosotros con el bien. Y que este bien se puede transformar en mal con facilidad. Pero nunca será una cosa inesperada, imprevista o no reconocida. Cuando, tras la caída del Edén, el género humano comienza a diferenciar entre bien y mal, no es ya una cuestión de filosofía profunda o de grandes conocimientos jurídicos o morales. Es una sabiduría interna que separa y diferencia el bien del mal y viceversa. Y es ese propio conocimiento interno lo que nos puede llevar a preferir el bien o el mal. Y con el paso del tiempo el bueno tenderá a ser mucho más bueno y el malo mucho más malo, porque se le toma gusto a cualquiera de los dos caminos.

EL AMOR Y EL BIEN

Jesús de Nazaret habla del camino estrecho y de la puerta angosta, frente al camino ancho y la puerta enorme. En realidad también habla de los malos que saltan la valla del cercado, en lugar de buscar la puerta legal. Es posible que para no caer en la gula habrá que limitar la ingestión de alimentos a unas cantidades lógicas. Y también que una buena formación y un amor generalizado hacia los hermanos nos impedirá hacer efectiva nuestra ira en los gritos de una discusión.

No es suficiente, pues, observar los grades malvados, los males muy grandes o los enormes pecadores como algo lejano a nosotros. Hemos de tener siempre encendido el catalizador del bien y del mal, pues si lo tenemos desactivado podemos comenzar a equivocarnos. Realmente, la mejor receta para no hacer el mal es el amor. Si amas de verdad a alguien no quieres, ni puedes, hacerle daño. Ya San Agustín dijo una frase enorme: “Ama y haz lo que quieras”. Si el amor preside tu vida nunca caerás en el mal. Y atentos desde el amor se puede transformar mucha cizaña en trigo y desde el desamor el buen trigo puede convertirse en malísima cizaña.