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LA TERNURA DE DIOS...

Por Ángel Gómez Escorial

Toda la Sagrada Escritura ofrece la imagen de un Dios lleno de ternura que lamenta siempre el alejamiento del pueblo elegido y que pretende estar cerca de sus criaturas aunque ellas no quieran. Es verdad que el Dios que ve Moisés es "terrible" porque es nube y fuego, pero también es tierno y entrañable pues intenta tener siempre próximo a su rebaño. La Redención de Cristo es otro "golpe" de amor y de ternura. Envía, como en la parábola terrible de la viña y los viñadores, a su propio Hijo, quien iba morir a manos de los hombres. Pero ese Sacrificio servirá para perdonar a todo el género humano. No es Dios quien pide víctimas rituales. Es el mismo Dios hecho hombre quien se convierte en víctima. Jesús, además, llama al Padre Dios: "Abba"; cuya traducción más próxima al castellano sería "papaíto". Hay una cercanía evidente a Dios --lo que algunos llaman Dios personal-- que se aleja un tanto de la imagen del Dios poderoso, dueño de los espacios infinitos y motor inmóvil de la creación.

ENTRE LA PRIMERA Y LA SEGUNDA VENIDA

En el Evangelio de este domingo XXXIII del Tiempo Ordinario lo que se anuncia es el final del mundo y la Segunda Venida de Jesús. Y en el contexto de una tierra que se deshace nos parece algo temible. Pero, tal vez, no hemos hecho la lectura adecuada. Él volverá cuando sus enemigos no existan o sean estrado de sus pies. Le esperaran quienes le han seguido y su llegada no llenará de terror, y sí de dicha. Ya no hará falta la esperanza, porque se habrá traspasado el umbral temporal en el que la espera ya es realidad. El espectáculo de su Gloria será maravilloso, como lo son --a veces-- esas nubes grandes teñidas de rojo suave por el sol del atardecer. No puede producir miedo a quienes creen en Él.

ATENTOS Y VIGILANTES.

Otra cosa es que estemos atentos y vigilantes. Pero esa atención es para toda la vida. Es nuestra actitud en todos los momentos. El pecado, la desobediencia, la falta de amor a nuestros hermanos, eso puede llegarnos en cualquier momento. Y no seamos ilusos: el engaño del Maligno siempre está a la orden del día. Nosotros tenemos un ideal que es seguir el camino de Jesús, pero en los vericuetos de esa marcha aparecen constantemente engaños que nos desvían. Muchas veces ni siquiera son golpes de instinto de nuestra naturaleza más primaria. Son trampas manifiestas que nos llegan entre los quehaceres habituales de nuestra vida de cristianos. Ciertamente, debemos de estar atentos.

EL FINAL DE CADA UNO

Hay un final personal en este mundo, que es la muerte y se espera un final colectivo que traerá el fin de nuestro planeta. La posición del cristiano debe ser la misma. Terminado un periplo por el mundo conocido se abre el tiempo futuro. ¿Da miedo la muerte? ¿Da miedo el fin del mundo? Sí, claro que sí. Y, sobre todo, por lo que tiene de viaje a lo desconocido. Pero desde la fe en Jesús no hay sitio para los tremendismos apocalípticos. Vimos el efecto catastrofista del milenio y del milenarismo al final del Siglo XX, y ya han pasado 18 años del inicio del Tercer Milenio. Es igual. No pasó nada. Bien, pero si se acabara el mundo: ¡qué importa! Nosotros esperamos la resurrección de la carne, el mundo futuro y ver a Dios cara a cara. El proyecto es formidable. Y como tampoco podemos ni evitar, ni adivinar el momento, lo mejor es seguir igual: rezando a ese Dios próximo, amoroso y tierno que nos mostró Jesucristo. Lo demás es, simplemente, locura. Ocurre, no obstante, que Jesús oferta esa advertencia de cara a nuestra posición vigilante. No es muy diferente esta invocación a los últimos tiempos que la parábola de las lámparas, el aceite y las jóvenes discretas y las necias. La Esperanza es verle.

¡VEN SEÑOR, JESÚS!

Cuando alguien huye ante un pequeño suceso, aunque de gran peligro, o a causa de una persecución criminal, aun siendo una acción individual, tiene los mismos sentimientos y sufrimientos que cuando se ve inmerso en una gran catástrofe o un cataclismo de dimensiones planetarias. La angustia de la última hora y la esperanza ante el "primer minuto" de la nueva existencia son muy parecidas. Lo único que cambia es si tenemos fe y esperanza ante las promesas de nuestro Dios. Pero lo más interesante es imaginarse esa Segunda Venida como un espectáculo bello y maravilloso que, al verlo, al reconocerlo, ya que nos comunica que estamos con Él. Y ante eso, aquí y ahora, solo se nos puede ocurrir decir una cosa: ¡Ven Señor, Jesús!