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LA SEGUNDA CONVERSIÓN

Por Ángel Gómez Escorial

El lunes pasado, día 15 de octubre, celebramos la fiesta Santa Teresa de Jesús. Se me quedó en el tintero del número anterior referirme a Teresa, una santa fundamental para mí y para mi desarrollo espiritual. Siempre la gran santa española está en mi recuerdo y he escrito muchas veces sobre ella. No me resisto a hacerlo una vez más. Hay un tema que llama mucha la atención. Me refiero a como Teresa de Ávila, tras veinte años de monja, se “convierte” e inicia una vida totalmente distinta y de enorme aprovechamiento. Realiza la reforma del Carmelo y se lanza a una actividad fundadora de conventos de carmelitas reformadas que, desde luego, es lo que hará de ella una persona de enorme dimensión espiritual e histórica. Pero, entonces, ¿qué hizo durante sus 20 años de monja?

UN CRISTO MUY LLAGADO

Pues ella misma lo refiere en el Libro de la Vida. Parece que se contentó con pasar el tiempo con llevar una vida “correcta” pero sin entregarse del todo. Cuenta, además, Teresa que al ver una imagen de un Cristo muy llagado, comprendió todo lo que el Señor había hecho por ella. Y cambió radicalmente de vida. A eso se ha llamado “segunda conversión” o “conversión definitiva”. La diferencia, pues, entre la “primera” de Teresa, y la “segunda” fue, como decía, enorme. Las fundaciones, sus libros, su extraordinario misticismo, su escuela de oración forman parte de una proeza importantísima. ¿Y antes por qué no consiguió todos esos desarrollos?

¿CÓMO ESTAMOS?

¿Cómo estoy yo? ¿Y cómo estás tú, hermano y hermana? ¿Cómo vivimos nuestra fe? ¿Cómo nos relacionamos con Cristo y con los hermanos? Pues es más que posible que si profundizamos un poco en nuestra vida de cristianos nos encontraremos con esa sensación –probablemente más que cierta— de que no hacemos suficiente o que, además, hemos perdido la ilusión o la alegría. Teresa no se entrega a Jesús. Teresa confiaba en sus propias fuerzas y no “soltaba” nunca la idea de que ella la única autora de su vida de cristiana. ¿Y no nos pasa a nosotros lo mismo? Pues creo que sí. Y ese periodo largo de tiempo en el que no se avanza ha de ser prueba de algo está pasando. O, mejor dicho, “que algo no está pasando”.

SOLTAR AMARRAS

Y es que es muy difícil soltar las amarras de nuestro propio yo. Es casi imposible olvidarse de que somos protagonistas únicos de nuestra vida, Con ello, cerramos el paso a todo aquel que quiera cohabitar con nosotros. Incluso, podemos tener la idea de que Dios no nos hace caso. Pero ocurre que le ponemos tantas condiciones a Dios que Él, casi, no puede pasar. Además Dios nunca nos violentará, nunca forzará nuestra voluntad. Eso sí, esperará pacientemente a que le abramos la puerta.

DIOS NOS HA ELEGIDO

Para mí mismo fue toda una sorpresa descubrir –muy tarde como casi todas las cosas en mí— que no había elegido yo a Dios, si no Él a mí. Y otra: que Él me había amado antes a mí que yo a Él. La idea de un Dios omnipotente, poderoso, lejano vive en nuestro interior y nos tiraniza un poco, o un mucho. Jesús de Nazaret nos mostró a Dios Padre. No enseñó la auténtica imagen del Padre, pero, sin embargo, ahí estamos: inmersos en una situación un tanto contradictoria. Queremos amar a Dios sobre todas las cosas, pero no le permitimos, ni siquiera compartir algunos de nuestros trabajos y de nuestras vivencias. Y son “esas otras cosas” las que, a veces, obstaculizan el paso de Dios al interior de nuestro corazón. Y además –creo— que vamos de listillos. Queremos quedar bien con Dios, pero no abandonamos nuestros gustos, nuestras comodidades o, incluso, nuestros defectos habituales –como diría Ignacio de Loyola--, nuestros pecados habituales. Y por ello hay algo de superficialidad en toda nuestra vida de cristianos.

CARA A CARA

Pero llegará un día que comprenderemos nuestra auténtica situación, que el mismo Dios nos hará ver lo poco adecuado de nuestra forma de entender la relación con Él. Y entonces llegará la “segunda conversión”. Desde luego no es fácil, pero lo fundamental es no cerrarle las puertas a Dios. Y saber que sin Él nada podemos hacer. Salgamos de nuestros letargos y de nuestras comodidades y nos enfrentemos, cara a cara, con Jesús de Nazaret –tal vez en la forma de ese Cristo tan llagado al que aludía Teresa— o en el rostro de cada uno de los hermanos y hermanas que sufren, y que ese encuentro nos sirva para iniciar el tiempo de la “segunda conversión”, tiempo de mayor entrega, de mayor servicio a los hermanos.